El (tendencioso) debate sobre el futuro del libro (III)

La contribución de muchos autores e intelectuales al debate sobre el futuro del libro se caracteriza, desafortunadamente, por su vacuidad, endeblez y tendenciosidad.

John Updike -prestigioso escritor e intelectual norteamericano- pronunció hace pocos meses una conferencia titulada “El final de la autoría” ante los libreros norteamericanos, una contestación, en realidad, al artículo que previamente publicara en las páginas del New York Times Kevin Kelly con el título de “Scan this book“. Lo sorprendente del artículo de Updike es la debilidad de su fundamentación intelectual, su intención tendenciosa. Es posible que aquí se esté cumpliendo ese casi axioma de la sociología que dice que el agente es el menos predispuesto o preparado para decir la verdad objetiva de sus prácticas. En fin, su enclenque argumentación se basa sobre tres puntos: el peligro que la digitalización de los libros representa para los derechos de autor y, en consecuencia, para el autor mismo como creador; el peligro que la circulación masiva y gratuita de libros en la red representaría para los libreros mismos; la insoportable posibilidad de que algún día dejara de contemplar los lomos de los libros en su biblioteca.

Es cierto que el modo de producción digital de los contenidos y la posibilidad que la red nos ofrece de generar de forma solidaria, cooperativa o distribuida otros nuevos, distintos, fruto de la agregación anónima o de la unión o aglutinación de distintos fragmentos, supone una modalidad de creación distinta, nada novedosa, en cualquier caso, porque se parece más a los textos medievales comentados y anónimos que a cualqueir otra cosa que conozcamos. La red, efectivamente, nos permite elaborar enciclopedias gigantéscas y anónimas como la Wikipedia o novelas colectivas a partir de fragmentos iniciales conocidos, como en la Wikinovela. Los autores, en tanto que ente jurídico y ser independientes cuyos derechos morales e intelectuales soberanos son reconocidos legalmente, es una figura datada con fecha y casi con hora, fruto de las discusiones de Diderot y Condorcet, un ente, por tanto, con una génesis trazable, hijo de la Revolución Francesa. Chartier lo dice con más propiedad. Que pudieran desaparecer los autores en el nuevo entorno digital no sería, por tanto, más que un avatar histórico fruto de las nuevas condiciones de producción, circulación y uso de los contenidos. En cuanto a los derechos, hubiera convenido que  hablara de dos cosas distintas, que hubiera sido capaz de diferenciar entre dos tipos de licencias de uso: nadie podrá arrebatarle el copyright sobre sus textos o contenidos si él así no lo desea. La venta de sus libros a través de la red sólo puede contribuir a incrementar los dividendos que perciba. Nadie en su sano juicio discutirá la vigencia de este tipo de reconocimiento legal. Otra cosa, sin embargo, es que hubiera elegido, legítimamente, utilizar una licencia Creative Commons, en alguna de sus modalidades, y que hubiera permitido con absoluta legitimidad que sus textos fueran manipulados, difundidos, enriquecidos (o no).

En casa del ahorcado no conviene, claro está, mencionar la soga, así que en vez de aconsejar a los libreros americanos que reflexionaran sobre los profundos cambios estructurales que están sucediendo, prefirió tomarla con la digitalización y la circulación (imparable) de los contenidos a través de la web. Algo así como levantar un murete de ladrillos en las cataratas Victoria esperando a que el agua no rezume.

Y en cuanto a los lomos de los libros… en el Rastro venden cajas de cartón de distintos colores que simulan ser libros venerables para adecentar y decorar nuestras bibliotecas y salones.

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Comentarios

Una de las sensaciones que más me ha decepcionado desde que estoy entrando en el mundo editorial, sin duda, ha sido la de estar perdiendo el ‘amor al libro’. Todo se ha convertido en economía y empresa. Ya no importa lo que se publique, dan igual los contenidos, sólo importa vender, saturar al lector de oferta, y mientras más se compre, mejor. Hay que garantizar el éxito del negocio. Da igual abastecer a la sociedad de literatura basura, de esa que al igual que la televisión cumple una función de satisfacción momentánea, lavado cerebral y paso vacío del tiempo, respondiendo a tópicos más que a inquietudes, no diciendo a los lectores nada nuevo, sólo lo que quieren oír (como decía Guy Debord en ‘La sociedad del espectáculo’ con respecto al cine: no hay película de la que no se conozca ya el final, ni nada que una vez ideada, pueda variar ese final. Igual pasa con cierto tipo de literatura). Es impresionante cómo la mentalidad capitalista y mercantil ha invadido este terreno, para muchos de nosotros, sagrado.

El ‘amor al libro’ nos lleva al difícil terreno del amor, del querer, del deseo sin límites ni limitaciones. Pues ‘querer’ es un verbo incompleto que, en abstracto, reúne en sí todas las formas concretas y posibles del objeto querido, pues es querido por sí y por su valor más allá del egoísmo y la posesión, de su momento concreto y su materialidad formada. Sí, porque el valor del libro hay que crearlo, y no imponerlo por moda o intereses personales, mucho menos económicos. El valor del libro no está, amigos fetichistas, en un lomo atractivo, ni está en su materialidad, queridos amigos de la propiedad; el valor del libro, respetables autores, no está en el nombre y dignidad de quien lo escribió, pues no os pertenecen ya, además de no ser digno del valor todo lo que hacéis por ser vosotros; el valor del libro, amigos editores y libreros, no está en la dialéctica costes-ganancias ni en la reputación de vuestra empresa. El valor del libro está en la experiencia que puede cultivar, en la cultura que puede transmitir y ayudar a formar, en esos contenidos que son información en flujo abierta a ser interpretada. El valor del libro lo ponemos nosotros, los lectores, aparentemente los últimos de la cadena editorial, y sin embargo los únicos dignos de recibir la obra, pues somos los únicos que aún sentimos ese ‘amor por el libro’ de manera auténtica.

Sin duda, la evolución del soporte del libro y el avance de la sociedad digital están llevando a transformaciones muy radicales. No sé, igual que nadie, predecir a dónde llevará: tampoco me asusta. ¿La desaparición del libro físico?… No lo sé, aunque no lo creo. Sólo siento que los argumentos que se proponen en contra de la digitalización sólo defienden intereses capitalistas de fondo. El mismo John Updike se delataba al decir: "Para algunos de nosotros, los libros son intrínsecos a nuestro sentido de la identidad personal". Lo importante para él no es el libro (o el suyo concreto), lo que puede reportar a la sociedad, lo que puede transmitir. Lo importante es su billetera, con la que se identifica y por la que teme. Es esa imagen de autor, artista, creador, que ve todas las mañanas en su espejo y que le justifica la existencia. Si no, ¿qué miedo habría a una distribución abierta y digital del libro? ¿Qué sucede con los Creatives Commons, como alternativa a unos derechos de copyright que restringen y prohíben, en vez de invitar y ofrecer más posibilidades de uso y transmisión? ¿Qué sucede con vuestros derechos de autor, que valoran más el reconocimiento social de los autores que la obra? ¿Propiedad intelectual, o ánimo de lucro? ¿De qué tenéis miedo? ¿Por qué teméis?

Vivimos una nueva sociedad, y esta sociedad requiere cambios estructurales. Desde el ciberpunk, por ejemplo, se descubre que la información es libre y está en flujo, no pertenece a su autor-creador (¿quién se han creído que son?), ni si quiera supone un corpus inmutable al paso del tiempo (pues cada época dotará de un sentido diferente a la obra, que desaparecerá y renacerá constantemente en una nueva identidad de sí). La información viva es la que circula, la que se comparte, la que se interpreta y se integra en las mentes, transformando el mundo. El resto, aunque nos duela o nos toque el orgullo, no son más que ganas de gastar papel.

Sin duda, la imagen del ‘rizoma’ a la que Gilles Deleuze nos invitó no deja de ser una clave para analizar las transformaciones actuales y entender los complejos movimientos de expansión y callejones sin salida que el mundo editorial (y cualquier otra realidad, individual o colectiva) se encuentra a cada paso. Y el criterio de dicho movimiento lo encuentro entre otras en la siguiente frase de Nietzsche, la cual es digna de toda vuestra atención previa al juicio (tras el juicio, ya nada es posible, pues toda posibilidad se pierde y muere):

"Conclusión: lleguemos a ser lo que aún no somos: buenos vecinos de las cosas venideras".

Esta frase es la única que quería expresar en esta reflexión rápida y no del todo fundamentada, compuesta de ideas cortas y fragmentadas, que no por ello pierden su fuerza de sospecha y de crítica. Aprended a escuchadla, y que resuene como un eco en vuestras cabezas… Sed buenos vecinos de las cosas venideras.

(requerido)

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