El (deliberadamente interesado) debate sobre el futuro del libro (IV)

Si hay un leitmotiv que se repite recurrentemente en la discusión sobre el futuro del libro para señalar la naturaleza intrínsecamente perversa de la digitalización y de la difusión de los contenidos a través de la web, ese es el de la supuesta violación de los derechos de autor. Pero, ¿es cierto que realmente se usurpan o es de libro que hay entidades que se benefician de la confusión sembrada?

Si hay un retahila que se esgrime en contra de la digitalización y circulación de contenidos en la web esa es la de usurpación de los derechos de la propiedad intelectual de los legítimos creadores de las obras que se difunden. Es cierto que una vez que un contenido ha sido digitalizado y, por tanto, liberado de su peso físico, de su corsé material, es susceptible de recorrer el éter o la red a velocidades inigualables, de ser simultáneamente difundido a cientos o miles de potenciales receptores, y que eso produce un terror y una consternación inconsolable a las sociedades de gestión coletiva de derechos. Convendría, como casi siempre en la vida, intentar entender cuál es la génesis de esa alarma, comprender si realmente está justificada o si responde a la defensa de intereses corporativos. En realidad, a nadie en su sano juicio se la ha pasado por la cabeza forzar a ningún autor a que renuncie a los derechos sobre su obra, no sólo a los morales, inalienables en sí, sino a los pecuniarios, a los comerciales. Ningún autor, en consecuencia, pertenezca o no a una sociedad de gestión colectiva de derechos, tiene por qué renunciar al copyright, a la percepción de un pago determinado por cada una de las copias vendidas. Ningún autor, en justa lógica, está obligado, tampoco, a aplicar a su obra una cortapisa legal que limita su uso y copia, una princio legal concebido para la era analógica, porque seguramente -sobre todo si es un científico, un miembro de la comunidad científica- quiera, al contrario, que sus escritos sean leídos, difundidos y reutilizados para la construcción de obras derivadas, para el incremento y ampliación del procomún. Lo que no se entiende, en consecuencia, es que las entidades de gestión colectiva de derechos hagan hincapié, unilateralmente, en la extensión ecuménica del copyright sin prestar atención a aquellos socios o colectivos que deseen voluntariamente aplicar otro tipo de licencias al uso y explotación de sus contenidos. ¿Por qué no se hacen eco de las licencias Creative Commons como una parte más de la tipología de licencias disponibles y aplicables? Y aún podemos ir algo más allá: según establece el reciente Proyecto de Ley De la lectura, del libro y de las bibliotecas (cuántas ganas tengo de hablar por extenso de él) en su Artículo 2. Definiciones, en su apartado f) Consumidor final, dice así: “persona natural o jurídica que, sin asumir obligaciones subsiguientes de compra o determinados pagos de cuota, adquiere los libros para su propio uso o los transmite a persona distinta si nque medie operación comercial o cualquier otra operación a título oneroso”. Si la transmisión, comunicación o préstamos personales, en la realidad física y tangible, no son un delito punible o perseguible (no imagino todavía a una pareja de la Guardia Civil en cada esquina avizorando a los prestamistas de libros), no veo por qué, cambiando de soporte y medio, el mismo acto pudiera convertise en un delito censurable y susceptible de castigo. Un poco más allá todavía, si los “libros antiguos o de ediciones agotadas” y ”los libros usados”, tal como establece el Artículo 9 del Proyecto, “Exclusiones al precio fijo”, están liberados de esa tasación invariable y no generan derechos para sus autores, ¿qué oscuros intereses podrían llevarnos a creer que en la red vaya a suceder algo distinto”. Es de libro…

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Comentarios

Lo malo que tienen los intereses inconfesables es justamente eso: que son inconfesables. El interesado no puede hablar de ellos y en su lugar tiene que enunciar otros diferentes. Pero estos otros no suelen ser lo suficientemente sólidos, coherentes, creíbles ni razonables como lo son los auténticos intereses, los inconfesables, si pudiesen enuncarse. Y esta endeble condición suya a su vez es la que los delata como falsos y que conduce a pensar que tiene que haber algo más detrás, algo de lo que no se está hablando. Cuando la argumentación que defiende (que justifica, que legitima) una iniciativa es confusa y/o desproporcionada, creo que legítimamente estamos autorizados para sospechar que los intereses que promueven esa iniciativa son en realidad otros diferentes. Y si se han puesto otros intereses en lugar de los auténticos, que permanecen ocultos, es de libro que estos, los auténticos intereses, son inconfesables.

Ignoro cuales serán los intereses reales de quienes defienden acérrimamente el copyright, pero os propongo pensarlo desde esta perspectiva, quizá encontremos algo.

El argumento de que la digitalización masiva de obras originales permite el plagio, por ejemplo, parece insostenible. El plagio ya existía. Podemos convenir en que las nuevas tecnologías permiten practicarlo con mayor facilidad y asiduidad, pero con un boli, un cuaderno y una buena biblioteca, aunque más lenta y trabajosamente, bien puede practicarse la intertextualidad en todas sus variables. Luego, el plagio no necesita de la difusión masiva de las obras que posibilita internet para tener lugar. La diferencia es que si antes las obras se encontraban en las grandes bibliotecas universitarias, a las que sólo tiene acceso la comunidad académica, si llega el caso de que esas obras se digitalicen, el acceso a ellas se democratizará, a la vez que la posibilidad de crear nuevas obras a partir de ellas.

Por lo demás, otras alternativas, como las de copyleft, tal como ya se ha dicho en el blog, no proponen que el autor pierda los derechos que tiene sobre su obra, sino que lo que hace es abrir puertas, para los autores que quieran, a la posibilidad de compartir sus obras de otras maneras que las hasta ahora tradicionales. Con la alternativa del copyleft, creo, no se están discutiendo temas de fondo como qué significa ser un autor y qué es una obra original: simplemente se están abriendo nuevas posibilidades de difusión de las obras que el copyright no contempla.

Se expuso en el blog que “lo que no se entiende, en consecuencia, es que las entidades de gestión colectiva de derechos hagan hincapié, unilateralmente, en la extensión ecuménica del copyright sin prestar atención a aquellos socios o colectivos que deseen voluntariamente aplicar otro tipo de licencias al uso y explotación de sus contenidos”. Justamente el hecho de que un argumento no se entienda, de que dé cabida a la pregunta ¿a qué viene esto?, es síntoma de que responde a otros intereses que los que dice defender. Estos síntomas habrán de trazarnos la silueta de los auténticos intereses que permanecen escondidos.

El plagio no necesita de internet para existir, y el copyleft preserva los derechos del autor y no pretende imponerse al copyright sino convivir con él. ¿A qué responden los temores de los defensores del copyright?

Como ellos, quienes conocen los intereses que defienden, no van a contestar a esta pregunta, es nuestra tarea proponer hipótesis que rellenen el hueco de lo no dicho.

Me atrevería a intentar una, que postulo a vuestra crítica y corrección (me gustaría discutirlo): lo que producen las obras nuevas son derechos nuevos, entre ellos derechos de explotación que hay que gestionar, gestión esta que produce riqueza para el autor pero también para el gestor. El copyleft incluye la posibilidad de que la obra circule libremente, sin generar derechos de explotación, ni, en consecuencia, necesidad de gestionarlos. Si yo me dedicase a tramitar derechos de explotación, me preocuparía mucho de ejercer toda la presión que estuviera a mi alcance para que todas las obras posibles contasen con estos derechos.

(requerido)

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