El (trasnochado) debate sobre el futuro del libro (V)

En la edición de El País del 11 de diciembre de 2006 Enrique Murillo escribe un interesante artículo titulado Virtudes de un vejestorio, una alabanza del libro a la manera de Elegía a Gütenberg, de Sven Birkerts, emocionado pero trasnochado en sus términos. La emoción no puede ni debe turbar la razón ni la reflexión.

 

Es muy probable que cuando los piratas del siglo XIX, embarcados en sus galeones, corbetas o bergantines, vieran acercarse a los primeros buques de vapor con palas, se opusieran frontalmente al pseudo avance tecnológico que eso pudiera suponer y presentaran sus alegatos contra James Watt por haber convertido la máquina de vapor en un invento excesivamente eficaz. Cualquier observador perspicaz hubiera sospechado que las críticas a ese nuevo invento trataban más de un recelo corporativo -no había velero que pudiera superar en las persecuciones a las nuevas máquinas- que de una perversidad intrínseca de la maquinaria inventada. Tampoco importaría -sospecharía cualquier otro espectador avisado- que hubiera sido James Watt o cualquier otro el propulsor del nuevo invento: en realidad, como sucede constantemente a lo largo de la historia, una tecnología determinada viene a cubrir una necesidad estructural presentida y, sean unos u otros, tarde o temprano madurará y se propagará.

Pues algo así parece que les pasa a los libreros y a quienes, sobre todo, hablan de los libreros: que, como argumenta Enrique Murillo, “no es de extrañar que [los libreros], sobre todo aquellos cuyos comercios tradicionales vendes librose exclusivamente [...], hayan manifestado mayoritariamente su oposición frontal a la seudodemocracia que trata de imponer Google…”. También los últimos piratas se quejaban penosamente de que los brazos de sus remeros no podían con la fuerza motriz de la máquina. Para que no parezca esto un alegato contra el bello oficio del librero -del que soy un cliente compulsivo-, me apoyaré en autoridades casi indiscutibles para la comunidad editorial: Jason Epstein dejó escrito en La industria del libro. Pasado, presente y futuro de la edición (versión original de 2001 y traducida en 2002) que las librerías desaparecerían tal como las conocemos y que los distribuidores desaparecían simplemente, completamente. Las librerías pervivirían no tanto especializándose como adecuándose al ímpetu de la tecnología, sobre todo a la impresión digital o bajo demanda: los libros que fueran susceptibles de ser impresos y encuadernados en una máquina instalada en el punto de venta, no necesitarían ocupar permanentemente un lugar en la mesa de expsiciones, sitio que conquistarían los libros que requirieran un tratamiento y acabado gráficos -los libros de arte, de fotografía, etc.- que sólo el offset tradicional pudiera proporcionar. De hecho, puestos a pensar, ¿que nos impediría que DILVE, el Distribuidor de Información del Libro Español en Venta, como base centralizada de información bibliografíca entre editores y libreros, fuera el origen y fundamento de una verdadera base de datos centralizada que almacenara igualmente contenidos imprimibles directamente en las librerías? Nadie habla aquí de la desaparición del libro en papel, sino de la metamorfosis y modernización de un modelo de producción caduco y periclitado -offset, tiradas masivas, ocupación furiosa de la mesa de novedades, búsqueda azarosa de los clientes, devoluciones formidables, sobreproducción editorial para contrarrestar esos retornos y el reintegro del dinero abonado por el librero…-. En fin, no seré yo quien eche de menos ese círculo vicioso.

Y Enrique Murillo sigue mezclando churras con merinas: “con la muerte del libro impreso en papel y encuadernado en rústica o tapa dura, se nos anuncia, también, aunque no se mencione, la muerte de las librerías y, de rebote, como quien no quiere la cosa, todos intumos que ese desastre traerá consigo un efecto colateral comparable al que ha padecido la industria del disco desde la invención de las descargas con MP3, a saber, una grave amenaza contra los derechos de autor”. Esto sería cierto siempre y cuando, masiva y unánimemente, todos los autores del mundo, de la materia que fuere, renunciaran univesalmente a la propiedad de sus derechos, pero que yo sepa, eso no ha sucedido y lo que sí ha ocurrido es que han surgido un nuevo tipo de licencias que permiten a los autores regular legítima y cabalmente qué quieren que se haga con los contenidos que ellos producen. Sucede también, como ya se comentó en un artículo previo, que las nuevas tecnologías facilitan que el préstamo entre particulares se produzca en un ámbito virtualizado, pero mientras no exista el ánimo de lucro, y así lo contempla y recoge el mismo Proyecto de Ley “De la lectura, del libro y de las bibliotecas”, eso no puede resultar sancionable ni perseguible, y así debe ser mientras en el mundo palpable en que nos movemos el préstamos entre amigos o camaradas se considere una virtud muestra de generosidad y no un delito atroz contra los autores y sus representantes. Establecer un vínculo entre vulneración de los derechos de autor y digitalización es ignorar, simplemente, que desde el mismo momento en que un contenido se converte en algo fluido, susceptible de ser transmitido, las antiguas leyes del copyright, exclusivistas y apegadas a soportes físicos, dejan de tener valor.

Los libros en papel no desaparecerán, yo también lo creo así, pero no porque el nuevo invento de Sony (el Sony Reader, del que hablaré otro día) vaya a ser un fiasco más en la alocada carrera de fracasos electrónicos que van desde el Rocket ebook hasta Cytale. Pervivirá por varias razones: porque existen hábitos perceptivos, de pensamiento y racionalización, muy arraigados en nosotros, que difícilmente serán erradicados en unos pocos años. Al menos nuestra generación y la que nos sucede, todavía habituada al uso del papel y a la racionalización consecutiva, utilzarán este soporte para trabajar y disfrutar; porque aquellas obras, particularmente literarias, que no necesiten de ninguna relación o vínculo externo para completarse o desenvolverse, que son autosuficientes y autorreferenciales, que se bastan a sí mismas y encierran una fuerte enseñanza moral, encontrarán mejor acomodo entre las páginas de un libro de papel. Esto, dicho de manera algo elusiva e incompleta, ya lo adelantó Umberto Eco en La imaginación virtual. Al contrario, aquel tipo de obras que dependan de antecedentes y se enriquezcan y completen mediante vínculos a otras obras -toda la literatura profesional y científica, claro está, pero también todas las obras de referencia y consulta, los libros de texto y de viajes, etc.-, serán candidatos idóneos a cambiar de soporte, sin que esto deba suponer baldón alguno para el libro tradicional. Debemos prepararnos, eso sí, tal como nos enseña la historia de las formas escritas de comunicación, que existen periodos más o menos largos de convivencia de soportes -tal como ocurrió con el papiro y el códice-, pero que, con el paso del tiempo y la acomodación de hábitos, uno acaba por preponderar sobre el otro. Nos quedan cincuenta años de placer, por lo menos, porque no debemos tampoco olvidar que las regatas de veleros y la navegación a vela siguen siendo hoy en día la expresión más depurada y elegante del verbo navegar.

No existe un futuro unilateral del libro, existen futuros del libro, porque existen varios tipos de libros y de contenidos acogidos en soportes a los que podemos denominar libro, y resulta por eso banal que celebremos ciega y fanáticamente la salud de hierro del libro sin reflexionar sobre sus limitaciones y ventajas estructurales, sobre su ciclo de vida histórico, sobre el contexto social en el que es creado y utilizado.

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Comentarios

La verdad que la industria de contenidos se ve movilizada por esta serie de cambios y avances tecnológicos. Los que puedan captar el modelo de negocio adaptado a estos tiempos sera el que sobreviva.

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