Breve historia del libro electrónico (I)

El lanzamiento del Sony Reader reabre, una vez más, la polémica sobre la muerte del libro, su sustitución progresiva o su convivencia pacífica. Lo cierto es que la breve historia del libro electrónico está repleta de fracasos y aciertos.

Entre los años 1999 y 2006 hemos vivido, seguramente, la fulgurante y brevísima historia de la primera fase del libro electrónico. Multitud de dispositivos nacieron, se lanzaron, se intentaron vender, fracasaron y desaparecieron, todo en el cortísimo plazo de cinco o seis años. Las leyes elementales de la promoción dicen que cualquiera sea la cosa que se lance e intente vender, debe hacerse pasar por insustituible e imprescindible y, si cabe, debe suplantar su identidad para hacerse pasar por lo que no es (cuánto sabemos de esto los lectores que nos enfrentamos a los centenares de novedades comerciales lanzadas por las editoriales que se quieren hacer pasar por suceso editorial de primer orden). Es cierto que en la brevísima historia del libro electrónico hubo demasiado de promoción y poco de reflexión sobre las necesidades estructurales verdaderas de los posibles receptores, que la inercia de la tecnología y sus descubrimientos ignoró esa regla básica que dice que no ha habido invento en la historia que se haya asumido plenamente sin que haya habido necesidad de  hacerlo (las oficinas de patentes son testigos mudos de la multitud de inventos innecesarios que concibe el hombre), que las guerras de las incompatibilidades y las tecnologías propietarias llevaron a un callejón sin salida a la mayoría de los dispositivos, que además, sólo servían para un propósito -de ahí la horrible denominación de dispositivos dedicados-, el de leer textos en el formato propietario del mismo fabricante que había construído el dispositivo, que la oferta de títulos que podían descargarse de la red -en sitios, la mayor parte de las veces, propiedad de los mismos fabricantes- era escasa y poco atractiva. Todo eso es cierto y, de hecho, ¿quién se acuerda de ya del Rocket ebook, del Softbook, de Librius, de Everybook, del Glassbook, de los dispositivos de Gemstar, del contraataque francés, Cytale? (no intenten seguir ningún enlace, ya no existen).

Por decirlo todo: existen todavía muy pocos textos digitalizados o disponibles en línea; muy poca gente, en términos globales, dispone de los conocimientos o del equipo informático necesario para realizar las operaciones necesarias; el seguimiento de los enlaces hipertextuales puede abocar a una lectura caótica, la lectura hipertextual puede desorientar más que enriquecer; no se sabe, todavía, cómo se preservarán los textos, cómo han de clasificarse y protegerse; en buena medida no eliminarán el papel. Muchos de los métodos en línea obligan a imprimir el texto digital. El trabajo se traslada de la editorial al consumidor; se puede estropear fácilmente; el soporte es rígido y la relación que mantiene con el lector, de momento, algo exótica. Su aspecto electrónico puede chocar, al principio, a la percepción, resultar en una experiencia chocante y estrambótica.

¿Significa todo eso que el libro electrónico es como un fuego artificial que se consumirá en su propia deflagración? No lo creo. Más en el segundo capítulo.

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