PIRLS 2006 o el fracaso de la lectura en España

Acaba de publicarse el Progress in International Reading Literacy Study 2006, y los resultados alcanzados por España son, a mi entender, desesperanzadores, porque no hacen otra cosa que poner de relieve hasta qué punto las cifras de compra y lectura de libros en España no son otra cosa que el correlato lógico de la desafección por esta práctica.

España alcanza una puntuación de 513 puntos, 13 por encima de la media que la organización internacional establece como media imprescindible, situándose, aproximadamente, en el puesto trigésimo de la clasificación por países. Siguen pesando, en esa baja calificación, el origen social de los encuestados, el capital cultural heredado, su condición de emigrantes en países de acogida, la distancia insalvable entre la lengua académica estándar y las jergas o incluso dialectos que se hablen en sus comunidades de origen, el desapego difícilmente recuperable respecto a la lectura y los libros, fruto de la suma de los factores anteriores. Entre todos estos datos sólo destaca el destello esperanzador de la igualdad de los sexos ante la práctica de la lectura, revancha histórica justa de las mujeres, que se equiparan al menos en su afán lector con los hombres.

Recojo, recortados, algunas de los cuadros que pueden encontrarse en el extenso y prolijo estudio de la IEA (International Association for the Evaluation of Educational Achievement), cuadros de baja calidad, seguramente pixelados, que convendría consultar en la publicación original:

1. Distribución de los logros lectores



2. Comparación múltiple de la media de los logros lectores



3. Media de lectores que alcanza las puntuaciones medias establecidas por la organización



Cuando discutimos, una y otra vez, sobre el futuro de la industria editorial, no suele aludirse, casi nunca, al menos no con la suficiente seriedad, a la extraordinaria relevancia estructural que tiene la falta de lectores, la tendencia irrecuperable de nuestra sociedad hacia la claudicación lectora, a convertir al libro (aunque quepa discutir si el libro deba ser o no el referente fundamental de esta clase de encuestas) en un excipiente prescindible de la alta cultura. La implicación de las instituciones públicas, privadas y de los propios agentes privados editoriales en el fomento de la lectura debería ser unánime, no por razones exclusivamente altruistas, sino pura y simplemente comerciales.

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