Crónica de un balance anunciado (el Plan de Fomento de la Lectura 2004-2007)

Ayer se presentó el Balance del Plan de Fomento de la Lectura 2004-2007, poco después de conociéramos los nefastos resultados de PISA, y los resultados que ese balance arroja, si se leen desapasionadamente y con cierta perspectiva sociológica, es que, más que fomento, ha habido inercia, o lo que es lo mismo, se ha dejado actuar a los mecanismos sociales de exclusión a pleno rendimiento, sin cortapisas, y se ha alcanzado simultáneamente una situación sólo en apariencia paradójica, fruto de decenios de exclusión y especialización, la de la mujer como lectora predilecta.


La mayoría de los periódicos abren hoy sus ediciones con una noticia que dice El lector español es mujer, joven y universitaria (y vive en grandes ciudades). Esos datos estaban ya al alcance de cualquiera que hubiera querido urgar en las estadísticas trimestrales y anuales que la FGEE proporciona regularmente. La tendencia que en los últimos años se anunciaba no hace sino ratificarse: después de decenios en que la división sexual del trabajo abocaba a las mujeres al trato con la cultura y las diferentes dimensiones de la sensibilidad y que, las que podían estudiar, lo hicieran mayoritariamente en carreras de letras o humanidades, sucede que, como si se tratara de una revancha generacional, han acabado convirtiéndose en los lectores más asiduos y competentes. ¡Hurra!, por fin algo de justicia histórica, aunque en esto hayan obrado los mecanismos de exclusión tanto como las políticas activas de fomento e inclusión.

El documento del Balance hace hincapié, entre otras cosas, en el conjunto de actividades que las diversas instituciones, orquestadas por la Subdirección General del Libro, han puesto en marcha en este trienio para fomentar el hábito lector. Vaya por delante que es más fácil reprobar o criticar que construir, y que no pretendo en las líneas que siguen desacreditar ninguna de las operaciones realizadas sino, más bien, complementarlas o, quizás, señalar una deficiencia estructural esencial que malbarata o debilita buena parte de esas bien intencionadas estrategias.

Es de justicia reconocer que se han hecho grandes esfuerzos presupuestarios en la dotación de las bibliotecas públicas para equipararnos con las recomendaciones que el IFLA hace a los países occidentales (20.120.380 millones de € invertidos para alcanzar entre 1.5 y 2.5 libros por habitante), y que ha habido un notable gasto en la mejora de las infraestructuras bibliotecarias, en el mejoramiento de los equipos informáticos y en el trabajo en red para la consulta y la catalogación colectivas, en la formación de los profesionales de las bibliotecas, en la digitalización progresiva de algunos fondos representativos (como los de la prensa histórica), en la creación de un repositorio público de proyectos de digitalización que evite (o que intente evitarlo, al menos) la duplicación y el derroche, en la formación de usuarios, en fin, en todo aquello que tenga que ver, de una u otra manera, con la facilitación del acceso a los recursos de titularidad pública.

Se han comenzado a tejer, también, relaciones con organizaciones transnacionales para el intercambio de experiencias sobre el fomento de la lectura, se ha prometido la creación del tan necesario Observatorio de la lectura, y se ha convocado el primer congreso nacional sobre la materia. No han sido pocos, también, los esfuerzos que se han llevado a cabo para estudiar el comportamiento de las librerías y el tejido comercial que pone a disposición de los lectores los libros.

Todo, sin embargo, sin asomo alguno de malicia, no ha sido sino la crónica de un balance anunciado: todos los loables esfuerzos que se han realizado han redundado en el peor de los resultados obtenidos en los últimos años sobre competencia lectora, por un lado, y en la corroboración de que quienes más leen son aquellos (aquellas) que durante decenios fueron “obligadas” a hacer de la lectura un refugio. La Ministra de Eduación Cabrera no mentía cuando decía que, en buena medida, y dado el nivel sociocultural y económico de las familias, no podían haberse alcanzado mejores resultados, timoramente, y acusada después por eso, sin conocimiento alguno, por la prensa más desinformada. El problema, precisamente, es que no hay una sola actividad entre todas las que el informe presenta que tenga como divisa principal el problema estructural fundamental: el que los británicos denominan Literacy and Social Inclusion.

El problema, como ya vieron hace bastante tiempo -es necesario leer Every which way we can. A literacy and social inclusion position paper y conocer el programa global diseñado por el Literacy and Social Inclusion Project-, es que los hijos de padres con un capital académico y cultural inferior, en situación económica desfavorecida, habitante de suburbios urbanos, de poblaciones periféricas o inferiores a 50000 habitantes, reproduce estadísticamente, con escaso grado de desviación, la trayectoria de sus padres y si no existe, de alguna manera, intervención de la adminstración pública que evite esa reproducción circular, los jóvenes se verán igualmente abocados a un futuro de exclusión aliteraria. No esconderé que el Ministerio puso en marcha una campaña de animación a la lectura, María Moliner, para municipios con menos de 50000 habitantes y que, entre sus proyectos, está el de propiciar, por ejemplo, que la población reclusa tenga acceso a la lectura.

Pero aunque bien intencionada, esa política es totalmente insuficiente, porque sigue sin afrontar seriamente el problema estructural que aqueja a nuestros hijos, que no es otro que el que señalaba la ministra, y además de insuficiente está descordinada, porque la relación entre el Ministerio de Cultural y el de Educación -como el propio informe indica y reconoce- no pasa de una colaboración episódica en una feria anual.

¿Por qué no, para empezar, declarar un año nacional de la lectura, como acaban de hacer en Gran Bretaña, y ponerse a trabajar coordinadamente, quizás a través de ese futuro Observatorio de la Lectura, en políticas que promuevan entre los más desfavorecidos las competencias lingüísticas y lectoras, que respalden a los padres más carentes de recursos, que procuren atención extraescolar a los alumnos más endebles, que busquen nuevas fórmulas de motivación para los jóvenes en sus áreas de desarrollo más cercano?

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Comentarios

Hablas de exclusión y sexismo para explicar el hecho de que la mujer capitalina de cierto nivel cultural se fuera abocando a la lectura hasta convertirse en el paradigma del lector español.

Paradójicamente, la lectura como refugio y amparo de la mujer excluida de la vida laboral y social es, en España, un fenómeno bastante moderno. Incluso entre las clases pudientes, los libros (como el estudio) fueron terreno vedado para las mujeres que hoy tienen entre 80 y 90 años. Cuando eran jóvenes, leer estaba mal visto entre las señoritas, y las clases trabajadoras apenas podían aspirar a la escolarización.

Las mujeres que hoy leen (leemos) libremente lo hacemos porque no sufrimos ya la terrible discriminación cultural (entre muchas otras formas de marginación) que sufrieron nuestras madres y abuelas. Porque nuestro padres aceptaron comprarnos libros y darnos estudios, al igual que a nuestros hermanos. Y si somos lectoras más fieles y competentes que los hombres (por término medio, se entiende) es probablemente porque el cerebro femenino está especialmente capacitado para el lenguaje (y la lectura, siempre que no sea de mapas y planos, :-) ).

Hombre Silvia, las chicas tienen un desarrollo lingüístico precoz, más acelerado y completo que los chicos (y sé de lo que hablo porque tengo uno de cada), pero la curva de aprendizaje se entrecorta rápidamente, alcanzándose los sexos hasta que no cabe distinguirlo como argumento definitorio.

En cuanto al perfil sociológico de las alumnas de letras y humanidades es un hecho contrastado (y también te lo digo por experiencia, porque tengo cinco alumnos varones entre setenta alumnas), que la tradicional disposición social a familiarizar a las mujeres con lo que, supuestamente, tenía que ver con la "cultura" y la "sensibilidad" (al contario también, los hombres con la tecnología y las disciplinas científicas), han hecho que las últimas generaciones de mujeres sean las más proclives a la lectura, dicho todo esto de manera burda y poco matizada.

Bueno, Joaquín, también yo sé de lo que hablo, o al menos repito lo que me dice el neurocientífico que tengo en casa, siempre de guardia.

Individualidades aparte, el, tópico simplista de que las mujeres no saben leer los mapas y los hombres no saben escuchar (y viceversa) tiene su base biológica.

Imprescindible para el neurobiólogo: Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain. 2007. Harper. 320 p.

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