El Informe Atocha. Cómo preservar la propiedad intelectual en el siglo XXI

Imaginemos que la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, la Asociación Internacional de Editores, la Comisión del Mercado Interior de la Unión Europea y la sección de cultura de la UNESCO encargan a un grupo de sabios que valoren, en riguroso secreto, las medidas que sería necesario tomar para que la propiedad intelectual, que está reconocida como derecho fundamental en el artículo 17 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se preservara en la era digital. A tal efecto, y siguiendo las indicaciones que esos ilustres mandatarios realizan, se elabora con entera libertad, siendo rigurosamente coherentes, un documento titulado INFORME ATOCHA. COMO PRESERVAR LA PROPIEDAD INTELECTUAL EN EL SIGLO XXI, que suena vagamente al Informe Lugano de Susan George, pero que no es igual.


Mañana jueves 17 de enero, a las 19.00, en el Medialab de Madrid (que está en Atocha, de ahí el título), siguiendo la acreditada tradición de sentarse a discutir sobre diversos temas relacionados con el futuro de la humanidad, nos reuniremos en torno al documento Comunes y la economía del conocimiento, elaborado por Emmanuel Rodríguez, que espero que me perdone la equívoca equiparación con la filósofa y politóloga, pero que en buena medida ha concecibo y expuesto como un Informe Lugano de la propiedad intelectual, como una reflexión aceradísima sobre las razones por las que una nueva economía del conocimiento exige nuevas formas de regulación, nuevas formas de propiedad, no estrictamente excluyentes ni monopolísticas.

Habida cuenta de los considerandos anteriores, el grupo de sabios encargados de la redacción del INFORME ATOCHA, y en estricto cumplimiento del encargo realizado, con completa libertad de criterio y en ejercicio de su responsabilidad, siguiendo las ideas desarrolladas por Emmanuel Rodríguez, expone:

1. La legislación vigente sobre la propiedad intelectual es predigital porque, nacida para regular la reproducción y circulación de bienes tangibles y materiales escasos, apenas puede lidiar con una realidad intangible, en constante movimiento, sobreabundante, sencillamente reproducible con costes marginales.
2. La nueva economía del conocimiento, una especie de economía del don digital en la que se hace realidad el sueño iniciático de la comunidad científica, que el conocimiento circule y se distribuya de manera irrestricta entre los pares y entre la comunidad de interesados, exige formas de regulación que superen la inoperancia de las leyes vigentes, ateniéndose a su naturaleza fluida, replicable, transfronteriza.
3. Las herramientas de generación colectiva de contenidos que la red pone a nuestra alcance y la democratización masiva de los instrumentos de creación y edición, ponen en solfa la idea misma del autor y de la autoría, sobre la que sustenta la Ley de Propiedad Intelectual, al convertirse en una categoría anticuada, arcaica, al menos potencialmente.
4. Ya lo dijo Barthes, de manera mucho más intrincada e incomprensible que nosotros: “un texto no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura”. Es decir, el texto que yo produzco nunca será completamente mío, porque ese texto es fruto de lo que he leído, de lo que he escuchado, de lo que he aprendido, de la deuda que he contraído con otras muchas personas.Así las cosas, ¿quién se atreve a seguir aplicando de manera inmoderada e irrestricta la vigente ley de propiedad intelectual, cuando ya no sabemos quién es el autor?
5. En realidad, sólo unos pocos autores viven de lo que escriben, publican, radian, componen o proyectan, y ni siquiera los que viven exclusivamente de ello merecerían hacerlo en muchos casos (es sabido que quien más cobra en España por el canon que CEDRO establece a la reprografía es alguien que reproduce sistemáticamente los apuntes de las academias de oposiciones). ¿Por qué, por tanto, aplicar las mismas restricciones, extralimitándose en su alcance, al resto de las obras y al resto de las manifestaciones culturales y artísticas?
6. La extensión permanente y continuada del horizonte temporal de la propiedad intelectual (70 años en el caso de la legislación española), puede convertirse en una amenaza para otros bienes de carácter público, como pueda ser el patrimonio histórico y cultural de un país (su cine, su literatura, sus manifestaciones pictóricas, por ejemplo).

Yo, Joaquín Rodríguez, agente al servicio de las organizaciones internacionales y de algunos grupos editoriales de mediano y pequeño tamaño, comentaré el texto de Emmanuel, que esa es la dinámica que seguimos en el Medialab, para dar paso después a una discusión abierta con aportaciones de todo el mundo, y por eso le doy la réplica públicamente, para que sepa que algunos seguimos velando por otra clase de propiedad:

1. ¿Deberíamos proceder a una especie de expropiación forzosa de la propiedad intelectual invocando la utilidad social de los contenidos creados, aboliendo la propiedad como derecho fundamental y elevando el acceso a la información a un derecho de la misma categoría (cuando ahora no es más que una limitación al derecho de propiedad)? ¿Es procedente esa permutación de derechos?
2. Y si en esa abolición conserváramos el derecho moral, inalienable, pero prescindiéramos de sus connotaciones unilateralmente posesivas, ¿qué dejaría de crearse? ¿Sería relevante para el patrimonio común aquello que dejara de crearse? ¿Podríamos vivir sin grandes producciones cinematográficas? ¿No son las operas, que requieren una inversión magnífica del productor, una parte significativa de nuestra cultura?
3. La industria de la música, a regañadientes, haciendo de la necesidad virtud, ha comprendido que el control de la red es una tarea imposible (por mucho que Sarkozy se empeñe) y se ha aprestado a generar un modelo de negocio basado en la música en directo, en el merchandasing, en la confección de productos para coleccionistas y fans de toda índole. ¿Podemos imaginar a Javier Marías dando charlas por las tierras de España para ganarse la vida, leyendo fragmentos de sus novelas, prestándose a ser arañado por sus fans, firmando libros en pequeñas y grandes librerías, promocionando una colección de llaveros con su rostro o una colección de camisetas? ¿Son realmente los autores una especie en extinción o, tal como ha puesto de relieve el proyecto Knol de Google, un principio activo insustituible?
4. ¿Podríamos llegar a prescindir de toda instancia mediadora que qusiera lucrarse legítimamente de ese trabajo de mediación y de selección? O, dicho de otra manera: ¿podríamos suprimir a las editoriales, a los editores, a los productores? ¿Querríamos prescindir del valiosísimo trabajo de intercesión editorial de Traficantes de Sueños, sin ir más lejos?

El debate se promete animado. No faltéis ninguno. Pasamos lita.

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Comentarios

Últimamente, por la aparición casi simultánea de iniciativas en la red que ponen de nuevo en el tapete el concepto y el valor de la autoría (paternidad) de una obra, he ido enlazando este debate de un blog a otro, de una conversación personal a otra, y compartiéndolo especialmente con autores especializados (de mi campo: el de la lingüística y la edición) que viven el neocomunismo cultural al que aludes como una amenaza real, que los inhibe ya no de compartir, sino incluso de producir, por miedo a la apropiación de su trabajo mediante (aunque sólo fuera) el abuso del derecho de cita o una interpretación sui géneris del derecho de reproducción.

Otros especialistas menos celosos de sus conocimientos simplemente se niegan a colaborar en obras colectivas del tipo Wikipedia por evitarse el tremendo engorro de tener que debatir hasta la saciedad cuestiones cuyo dominio no está al alcance de cualquiera y que, en todo caso, hay que acreditar. Y también porque ninguna de esas iniciativas suelen estar sujetas a criterios de calidad científica ni a metodologías de trabajo que la garanticen.

Por otra parte, cualquiera que se haya tomado el trabajo de escribir con seriedad sabe que cuando se elabora una obra no se está reproduciendo, sencillamente, un cúmulo de saberes adquiridos, que uno ha bedido de otras fuentes, sino que en toda obra, sea más o menos perfecta, hay un ingrediente de elaboración propia, identificable con su responsable, que es lo que la hace singular y lo que le confiere la categoría de creación.

Finalmente, opino que mientras haya quien valore la singularidad y novedad de una creación, mientras exista quien quiera sostener a quienes la producen (autores) para que puedan consagrarse a seguir produciéndola, y quien espere que además se la sirvan en las mejores condiciones de recepción, habrá también autores con derechos de propiedad sobre sus obras y editores con derecho a reproducirlas y explotarlas en las condiciones que ambos determinen, que pueden, eso sí, ser mucho menos restrictivas de lo que lo han sido hasta ahora.

Las preguntas últimas incurren en algunos errores frecuentes. En la primera, asumes que la propiedad intelectual es de la misma naturaleza que la propiedad física (y por tanto podría plantearse su "expropiación"), Ni jurídicamente ni factualmente son equivalentes: la forzada analogía que se intenta hacer (con todo el campo semántico asociado: "robo", "piratería", "propiedad", etc.) y que impide percibir correctamente el problema. Aprovecharlo por tanto como supuesto teórico para plantear la abolición de la propiedad es un error conceptual.

La segunda pregunta es algo que la industria plantea muy a menudo: "si no hay estímulo económico, se acabará la creación intelectual". Nuevamente, demasiados presupuestos: para empezar, la mayor parte de la creación cultural a lo largo de la historia se ha efectuado por otro tipo de motivaciones, que no son económicas. Eso sigue sucediendo ahora. No obstante, es cierto que el lucro es un estímulo necesario, tanto para pequeños creadores como para determinadas iniciativas que requieren grandes inversiones: pero nada impide compatibilizar la cultura libre con el beneficio económico. Libre no significa gratis. Es una obviedad que suele olvidarse pese a que la tenemos muy a la vista en el caso del dominio público: un editor puede explotar cualquier obra literaria del dominio público. Lo hace de forma no exclusiva y cualquier otro editor puede hacer lo mismo, entrando las leyes del mercado para decidir qué edición es de más calidad, o más cuidada o más barata… Exactamente lo mismo sucede con los modelos basados en la cultura libre (cualquier editor de software puede crear su propia distribución de Linux o su propia edición de Wikipedia).

Sobre la tercera pregunta: a Javier Marías quizá no le guste dar conferencias (lo ignoro), pero su prestigio literario y académico le permite por ejemplo colaborar en revistas y periódicos sin moverse de casa, donde obtiene ingresos más que dignos. Mucho otros autores, en cambio, sí hacen bolos y obtienen magníficos ingresos en universidades de verano, tertulias radiofónicas o televisivas, clases de instituto, conferencias bien remuneradas…. Un músico puede hacer exactamente lo mismo, y la mayoría viven de sus conciertos, tal y como la inmensa mayoría de escritores (con la excepción de unos cuantos novelistas de éxito) no han vivido nunca de sus libros, sino de otras actividades profesionales.

La cuarta y última pregunta vuelve a ser una pregunta falaz: no hace falta plantear la desaparición de editores y mediadores, precisamente Traficantes de Sueños es un magnífico ejemplo de un modelo de negocio digno y viable basado exclusivamente en obras publicadas con licencias libres. Hay grandes negocios basados en contenidos libres o gratuitos (desde Red Hat a Google). Lo que hay que plantear (o el propio mercado lo hará) es que muchos de esos "mediadores" deberán readaptarse, como ha sucedido en muchas otras industrias. Seguirán haciendo falta editores, pero sus funciones y sus tareas probablemente no serán las mismas que hacen ahora y su forma de obtener ingresos tampoco será la misma. Tal y como no hace lo mismo el impresor del siglo XVIII que un editor actual. Ni un transportista (otro intermediario). Ni un distribuidor.

Lo importante es entender que ganar dinero no exige apostar por modelos restrictivos ni por provocar artificialmente escasez en el ámbito de los contenidos, como si aún viviésemos en la época de las diligencias. Lo libre es compatible con los negocios viables (y evitar la tentación de la subvencionitis): seguirá habiendo cine y ópera, si sigue habiendo una demanda de dichos espectáculos. O desaparecerán si deja de haber demanda, como desapareció el canto gregoriano o el circo romano, y surgirán otras formas de cultura y ocio.

Añado que en este tipo de debates suelo percibir bastante confusión entre términos que tienen poco que ver, y que aún confunden más a las personas poco dadas a la reflexión.

Una cosa es derecho de reproducción y explotación ,y otra es la paternidad de una obra. Lo primero ha de poder regularse, y cada cual ha de poder aplicarlo según su interés y grado de filantropía. Lo segundo ha de respetarse también si se exige, y ampararse y reconocerse en consecuencia. Para ambas cosas ha de haber, pues, la necesaria regulación y el exigible control del cumplimiento de esa regulación.

Lo que no puede haber es esa tendencia, demasiado común, a hacer creer que todo el monte el orégano y que todo lo tuyo es mío. Y que el que no se avenga a estas ideas es un h… de p…, un monopolista o cosas peores (ese salteador de caminos del que hablaba Joaquín hace poco).

Lo que no puede fomentarse es la confusión constante entre la libertad (y la liberación) y la apropiación, porque en ese caso acabaremos volviendo a las mismas: a que la tierra (siguiendo la analogía entre lo material y lo intelectual), que según yo creo es de quien la trabaja, pase a ser ya no sólo del terrateniente de turno, sino de cualquiera que pase por ahí.

La tierra ha de ser siempre de quien saca de ella los frutos que puede dar, con su esfuerzo y pericia, y con las técnicas y saberes heredados o adquiridos por propia experiencia. Y es quien la hace rendir quien ha de disponer de los medios para decidir libremente (sin coacción ni siquiera ideológica) qué hacer con los frutos obtenidos, según considere pertinente: guardárselos para consumo propio, regalarlos, compartirlos, venderlos directamente, utilizar un intermediario especializado para hacerlo (que pulirá cada manzana y la adornará con un sellito propio), usarlos para la cocina creativa…

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