Brave New Classroom 2.0

La Enciclopedia Británica -una de las desbancadas del podio del Olimpo histórico de las obras de referencia y consulta-, organiza desde el mes de octubre en su página web un blog (sí, un blog, para los escépticos defensores a ultranza de los canales ungidos por la tradición) en torno a lo que han denominado Brave new classroom 2.0., algo que solamente me atrevo a traducir como la nueva aula feliz 2.0, y en el lanzamiento y administración de ese nuevo foro virtual se entreven dos motivaciones: la de no quedarse atrás permitiendo a los agentes que quieran participar construir parte del contenido que constituirá la Enciclopedia Británica futura, anclada demasiado tiempo en las cómodas certezas de la cerrazón y la clausura; por otra, la de reflexionar sobre el futuro de la educación y el papel que las nuevas tecnologías jugarán o no en su desarrollo.


Hace pocos días pude leer, con la atención con que lo hago siempre, el post que Juan Freire incluyó en su blog a propósito, precisamente, de uno de los mayores y exhaustivos estudios de campo sobre la generación de los nativos digitales y el uso que hacen de las nuevas tecnologías: Medios digitales y aprendizaje informal. El proyecto digital youth. Las conclusiones del proyecto no son, sin embargo, todo lo optimistas o luminosas que se apuntan en el blog o, por decirlo de otra manera, no sabemos mucho más de lo que sabíamos hasta ahora y las preguntas fundamentales siguen sin contestación: hemos confirmado ahora, en cualquier caso, como apunta Freire, que los jóvenes practican tres clases de actividades digitales, las dos primeras de ellas relacionadas con un uso lúdico e informal, relacionado con el mantenimiento de sus redes sociales más cercanas, sin otro propósito que el de ejercitarse en el uso de las distintas herramientas digitales, como fundamento de una habilidad futura superior (hanging out y messing around, en inglés), y una práctica más compleja que tiene que ver con la remezcla de fuentes de información y de diversos contenidos digitles, el geeking out. Confirmamos, también, algo que la sociología de la educación constata con frecuencia: que los hijos de padres más desposeídos de títulos escolares y de capital cultural y económico, poseen una competencia digital inferior, en particular, y un desempeño escolar más deficiente, en general.

Todo eso, sin embargo, aún siendo importante, nos deja como siempre con más preguntas que respuestas, lo que no es necesariamente malo. En todo caso, el debate podría sintetizarse leyendo dos de los post más interesantes que se han escrito en las últimas semanas en Brave new classrom: el primero de ellos, firmado por Steve Hargadon, Moving toward web 2.0. in K-12 education, es un artículo voluntariosamente optimista que pronostica una revolución educativa vinculada a las propiedades genéricas de la web 2.0., de la web como soporte del clásico project based learning o aprendizaje basado en proyectos: una conversación global donde la implicación de cada agente es más plena y la proactividad es su emblema, donde la discusión crece como una enredadera, donde se estimula la creatividad y la participación, donde el conocimiento corre libre y se construye colaborativamente, donde la pasión personal se convierte en afán por comunicarlo y compartirlo. Todo eso es cierto, porque se trata de propiedades consustanciales al nuevo medio. En el lado contrario, con mesura y distancia, se sitúa el artículo de Daniel Willingham, Why Web 2.0. will not be an integral part of K-12 education: a reply to Steve Hargadon, en el que el autor se pregunta si realmente cabe pensar que los profesores serán más capaces de conducir y encauzar los procesos de aprendizaje basados en proyectos mediante el uso de esas herramientas, porque ni los profesores sabrán usar las tecnologías necesarias ni existe una diferencia esencial en el método, tan sólo en los recursos.

Yo soy de los que cree que la eduación del futuro será digital o no será, por si pudiera caber alguna duda, pero esa convicción no puede hacernos inmunes ni ciegos a las enormes y quizás indeseables transformaciones que puede acarrear su uso acrítico. Recuerdo el libro de Los bárbaros, de Alessandro Baricco, en el que trata de comprender, precisamente, cuál es el tipo y el alcance de la mutuación que estamos sufriendo, en un ensayo velado de pesimismo. Recojo tan solo una cita de sus últimas páginas, en las que da por hecho la llegada de los bárbaros, el ineludible destino que nos aguarda, y argumenta: “dicho en términos elementales, creo que se trata de ser capaces de decidir qué hay, en el mundo antiguo, que queremos llevarnos hasta el mundo nuevo. Qué queremos que se mantenga intacto incluso en la incertidumbre de un viaje oscuro. Los lazos que no queremos romper, las raíces que no queremos perder, las palabras que queremos seguir pronunciando y las ideas que no queremos dejar de pensar [...] En la gran corriente, poner a salvo todo lo que apreciamos”. Y quizás de eso se trate, efectivamente, de valorar y calcular lo qué podemos llegar a perder si se producen transformaciones irreversibles en nuestros mecanismos cognitivos, tal como señalan los neurolingüistas, y de desarrollar métodos de enseñanza, en consecuencia, capaces de formar cerebros bitextuales en nuevas y felices aulas.

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