El precio de los libros

En contra de lo que mi antinómico y admirado Manuel Gil sostiene en su artículo de obligada lectura “Falacias y mixtificaciones del precio fijo“, no creo que los libros sean caros. Más bien se han encarecido. Y ha sido así porque el precio de los prototipos se ha incrementado, las ventas han seguido cayendo, el capital circulante ha menguado, los bancos han dejado de descontar letras y lo único que las editoriales han podido alterar ha sido el precio para intentar mantener unos márgenes ya parcos de por si.

Es posible que el precio fijo ya no sirva para el propósito que fue concebido: en primer lugar, es una falacia, porque el 50% del mercado ya se rige por la libertad de precios; en segundo lugar, muchas editoriales se saltan los supuestos pactos no escritos entre los sellos y los canales, haciendo de la venta directa su fuente principal de ingresos; en tercer lugar, su uso no ha contribuido a una multiplicación de los puntos de venta especializados e independientes, sino a un incremento de las librerías que hacen de la venta del libro de alta rotación su credo comercial, traicionando su propósito original; en cuarto lugar, tampoco ha servido para que las editoriales automoderen y controlen su oferta. Más bien todo lo contrario: ha servido para desatar un flujo perverso de activo circulante que contribuye a la precarización de todos; en quinto y último lugar, por no prolongar la lista, pocos compradores pueden comprender que este bien material sea una excepción que requiera de una clase de protección de la que otros sectores no gozan, por mucho que los franceses -Vive la france-, pretendan aplicar el precio fijo como excepción cultural transfronteriza a los mismos productos electrónicos.

Existen escasas evidencias empíricas a favor o en contra de su mantenimiento o de su liberalización: se calculaba, eso sí, como nos recuerda el diario Telegraph de hoy mismo, que cerca del 50% de los libreros independientes británicos habían echado el cierre después de la liberalización de los precios y que, además de esa pérdida de puntos de venta, el precio de venta al público había acabado encareciéndose por el efecto de la concentración consiguiente. Es posible, no lo negaré. Perderíamos, sin duda alguna, librerías que reprodujeran el modelo de la venta de títulos de venta masiva e indiferenciada y eso, quizás, acabaría afectando a los editores, que dispondrían de menos puntos a los que servir sus mercancías, un tejido comercial que irrigaría el territorio de manera más parca y selectiva. Los suizos, que para eso son seres pragmáticos, realizaron un estudio de los efectos que la liberalización de precios tuvo en su país (libre en la parte italiana; sujeta a acuerdos particulares entre editores y libreros en la parte alemana y libre desde los años 90 en la parte francesa). El estudio, Erste auswirkungen der Abschaffung der Buchpreisbindung (Primeros efectos de la abolición del precio fijo del libro), no fue excesivamente concluyente, pero sí dio una pista elemental: los precios no variaron excesivamente en las librerías físicas, pero se desató una verdadera guerra de descuentos en la web y se desarrollaron multitud de sitios dedicados al comercio electrónico de libros desarrollados por editores y/o libreros.

Me cuesta creer que el precio fijo de compra para los canales (como propone Manuel Gil) sea una solución factible. Si la desregulación del 50% de los precios ha de llegar, da lo mismo que el descuento se practique al inicio o al final, porque el margen de maniobra en la fijación del precio no variará demasiado.

A mi juicio, la cuasi inevitable y quizás deseable liberlización debería redundar en dos cosas fundamentales: el crecimiento del comercio electrónico de libros, la decidida apuesta de los libreros y los editores por la construcción de plataformas compartidas y coaligadas, y la especialización definitiva de la librería, su conversión en un espacio de cultura y entretenimiento preferente, de encuentro de un grupo de personas a las que reúne el mismo interés.

El precio de los libros no me parece caro y ni siquiera la baza más determinante (they no longer think they have to compete on price. Instead, they compete in different ways, puede leerse en How to survive as an independent bookshop), pero, en todo caso, la electrificación y la especialización son indispensables.

 

 

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Comentarios

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