Inteligencia, herencia y educación

En el último número del semanario alemán Die Zeit se preguntan en su portada: ¿qué es lo que nos convierte en inteligentes?, ¿qué nos hace inteligentes? Antaño se aseguraba que cada cual venía dotado de un don indescifrable que nos diferenciaba, una ideología que naturalizaba las diferencias originadas en el entorno familiar y social en el que crecen los niños. El primero que detalló empíricamente la forma artera en que esa ideología segregaba a los niños de por vida, fue Pierre Bourdieu: en trabajos como La reproducción, escrito hace casi 60 años, se pudo constatar que lo verdaderamente determinante en el desarrollo de la inteligencia de los niños y en sus éxitos o fracasos escolares era, sobre cualquier otro factor concebible, el capital cultural y educativo de los padres, especialmente el de la madre (lo que determinará todas sus prácticas culturales, la afinidad en el trato con los libros, el cine, el teatro o los museos o, todo lo contrario, con actividades que disten de lo considerado culto y letrado). En muchos estudios posteriores, entre ellos el famoso The early catastrophe, escrito por Hart y Risley en 2003, pudo corroborarse que los niños de entornos sociales desfavorecidos escuchaban 30 millones de palabras menos que los nacidos en familias con un capital educativo superior, algo que gravaría de por vida sus destinos, una catástrofe temprana que apenas tiene paliativos.

La Universidad de Bamberg, en Alemania, puso en marcha en el año 2005 un estudio extensivo titulado Procesos de aprendizaje, desarrollo de las competencias y decisiones sobre su selección en la escuela infantil y primaria, BiKS, en su acepción alemana.

Los resultados del estudio, publicados en 2014, son taxativos: el origen, la herencia, determina el futuro, el destino (Herkunft bestimmt Zukunft, un juego de palabras difícil de traducir): el hijo de un profesor o un catedrático tiene al menos el triple de posibilidades de cursar estudios de bachillerato que el hijo de un vendedor o un cajero. Y esto ocurre en un país como Alemania, donde su sistema social todavía compensa diferencias debidas al origen social que en otros países ni se discuten. Pero lo que es aún peor: ni la escuela infantil ni la escuela primaria pueden remediar o subsanar esa brecha inicial, al contrario: la escuela, abandonada a su inercia, funciona como una máquina de reproducción de las diferencias iniciales, algo que los pedagogos alemanes denominan el Efecto Mateo, por el pasaje bíblico en el que se asevera “al que tiene le será dado”.

Que las consecuencias de esta brecha resultan insalvables y determinan la biografía de cada cual, lo deja claro el último estudio de la OCDE Skills and Wage Inequality. EVIDENCE FROM PIAAC:

[...] a strong positive correlation (for both proficiency and wages) is found between the extent of inequality in both the distribution of proficiency and wages and the strength of the parental education gradient, suggesting that in more unequal countries adult outcomes are more influenced by family background.

Las diferencias salariales que perdurarán el resto de nuestras vidas, al igual que los títulos y las competencias profesionales que adquiramos -con ciertas diferencias geográficas debido a la atención que cada país preste a su sistema educativo-, vendrán en gran medida determinadas por el capital educativo de nuestros padres.

Cuando un político responsable de la educación y del futuro de cada niño declara que está en la mano de los padres decidir el tipo de escuela al que llevar a sus hijos y que no conviene inmiscuirse en esa decisión, está redoblando el efecto Mateo, “porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”. Cuando un político asevera que resulta conveniente segregar a los más dotados de los menos capacitados, está cometiendo un latrocinio, porque al ignorar la decisiva relación entre herencia e inteligencia que todos los estudios científicos avalan, condena a los niños de las clases más desfavorecidos a una vida empobrecida.

Sólo denunciando la determinante relación entre inteligencia y herencia y trabajando porque la educación pueda aminorar, siquiera un ápice, esa crucial conexión, cabrá hablar cabalmente de educación.

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