Evaluación para el éxito, evaluación para el fracaso

En el colegio de mis hijos nos reúnen a los padres para hablarnos, exclusivamente, de las calificaciones que deben obtener para alcanzar el supuesto grado de competencia y madurez (aunque nunca sepamos en que consiste eso exactamente) propios de su edad, de la presión que el colegio ejerce de manera permanente sobre ellos para que se esfuercen en esa arcana mejora cuantitativa, de los enigmas que separan a un 4 o de un 5. Nada nos transmiten, eso nunca, sobre su progresión personal, sus facultades, sus aspiraciones, sus talentos, el elemento en el que destacan y convendría reforzar. Tampoco parecen preocupados por minusvalorar el trabajo colaborativo en beneficio de la mera confrontación entre alumnos, animada por la constante categorización de las notas. Mi hija mayor llega a casa estupefacta tras haber recibido la nota de un examen -yo, salvando las abismales distancias, practico la ciencia de la inferencia en mi domicilio tal como hacía Piaget con sus hijos-: no sabe exactamente a qué obedece la puntuación que le han otorgado porque nadie se ha preocupado de reflexionar con ella sobre los fallos, los aciertos, sus posibles causas y las medidas para enmendarlos o cultivarlos. No me atrevo, menos aún, a hablar de aprendizaje personalizado o adaptativo (aun cuando mucho de lo que se esté empenzando a publicitar sea puro humo, vaporware), porque la maquinaria de la evaluación castradora no tiene tiempo para detenerse en esas minucias. No me cabe la menor duda que el colegio de mis hijos es magnífico en la evaluación para el fracaso, en el aprendizaje insignificante y en la desorientación.

Mi amigo Fernando Trujillo me invitó esta semana a participar en una encuesta sobre la nueva evaluación de Primaria que no tuve oportunidad de contestar (así que me desquito ahora y lo hago por extenso): toda evaluación que no procure potenciar el desarrollo individual de cada alumno, consciente de las extraordinarias diferencias sociales y culturales de partida y de su peso indeleble en su trayectoria, de sus diversos estilos de aprendizaje y de su naturaleza nativamente digital, será una evaluación que certifique y redunde en su fracaso; toda evaluación, por el contrario, que se exija así misma no dejar atrás a ninguno de sus alumnos, ofreciéndoles el refuerzo y la personalización necesarias, convirtiendo el error y el fracaso en ocasión de aprendizaje, insisitiendo en el valor del recorrido y el proceso de descubrimiento tanto como en el resultado, serán una evaluación transformadora, una evaluación para el éxito. Todo lo demás son clasificaciones que sirven para medir, exclusivamente, aquellos indicadores o parámetros para los que esté diseñada la encuesta. Lo que quede fuera de su ámbito será, simplemente, trivial o intranscendente.

En el año 1998 Paul Black y Dylan Wiliam publicaron un libro con el significativo título de Inside the black box: Raising standards through classroom assessment (Dentro de la caja negra: elevación de los estándares mediante la evaluación en el aula) en el que argumentaban que la evaluación formativa era la clave fundamental para la mejora educativa ya que, en aquel momento, se disponía ya “de un cuerpo de evidencias firme que corrobora que la evaluación formativa es un componente esencial del trabajo en el aula y de la posibilidad de elevar y mejorar los estándares. No conocemos ningún otro mecanismo para mejorar los estándares”, afirmaban, “que pueda ser defendido con tal rotundidad”. Claro que la evaluación formativa no es otra cosa que la evaluación continua, no tanto una herramienta disruptiva como un proceso en el que tanto profesor como alumno aprenden a adaptar sus objetivos de aprendizaje en función de los resultados obtenidos. Es la única manera cabal de obrar, en cualquier caso: la evaluación proporcion información que demanda que tanto profesor como alumno varíen su manera de proceder.

El UK Assessment Reform Group, en esta misma línea, publicó una lista de cinco requisitos esenciales para mejorar el aprendizaje basados en la modificación de nuestra manera de evaluar:

  1. The provision of effective feedback to students.
  2. The active involvement of students in their own learning.
  3. The adjustment of teaching to take into account the results of the assessment.
  4. The recognition of the profound influence assessment has on the motivation and self-esteem of students, both of which are crucial influences on learning.
  5. The need for students to be able to assess themselves and understand how to improve.

No lo traduzco para no estropearlo.

No sé si he respondido a la pregunta de Fernando Trujillo sobre la pertinencia de una evaluación meramente puntual y sumativa… En todo caso, solamente mediante una evaluación pensada para la transformación y el éxito cabe pensar en una eventual mejora de nuestro sistema educativo.

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