‘Futuros del libro’

La era de las máquinas espirituales

Uno de los libros más decisivos de la última década del siglo XX fue, seguramente, La era de las máquinas espirituales, el libro del visionario y tecnólogo Ray Kurzweil. Previamente, entre los años 1991 y 1993, escribió una columna mensual en el conocido Library Journal, titulada The Futurecast, y en agosto del año 1992 publicó un conocido artículo titulado The future of book technology, en el que auguraba en alguna medida la explosión posterior de los libros digitales. Su visión, su previsión casi onírica, también su creencia, es que los seres humanos seremos más inteligentes gracias a las computadoras, a que depositaremos nuestra memoria y conocimiento en la nube digital y a que dispondremos de un patrimonio inagotable de contenidos, una especie de omnisciencia digital peremne. Y es posible que en buena medida sea así porque, ¿quién de mi legión de lectores podría negar que en gran medida ha depositado ya parte de su memoria en la red y utiliza sus aplicaciones y herramientas para expandir y perfeccionar sus propias capacidades?

En el último TOC de New York, celebrado hace unos pocos días, uno de los encuentros estelares fue, precisamente, el que se produjo cuando Ray Kurzweil se entrevistó con Tim O’Really, previa presentación de un nuevo software de lectura desarrollado por su empresa, el Blio eReader. Lo cierto es que el software añade una muesca a la concurrida escena de los libros electrónicos y sus aplicaciones derivadas: como algunos otros productos que están apareciendo en los últimos meses, Blio combina acertadamente la lectura en voz alta con el reconocimiento visual de los caracteres, fundamento de la enseñanza de los métodos más recientes y exitosos de enseñanza de la lectura. Y por lo que respecta a los libros de consulta y a las obras científicas, permite añadir ilustraciones, animaciones e interacciones que enriquecen, sin duda alguna, el contenido del libro (siempre que se utilice, claro, la herramienta de autoría que proporciona la aplicación).

En la entrevista que sucede a la presentación Kurzweil  habla de realidad aumentada, de desarrollos de mundos virtuales, de herramientas que proyectarán nuestros sentidos y que, en buena medida, sustituirán a los soportes que ahora conocemos. En eso sigue fiel a las  predicciones que ya realizara décadas atrás. Resulta interesante escuchar, sin embargo, ciertos fragmentos del diálogo para presumir (minutos 25 y 29) que el rescoldo de las tecnologías previas, del libro de papel y del tipo de narratividad o textualidad que ampara, no desaparecerán con tanta facilidad: los libros en papel poseen muy profundas raíces, según Kurzweil, no son meros soportes que puedan sustituirse de un plumazo, sino receptáculos de un tipo de arte que el alaba y pondera, como las novelas de Gabriel García Márquez que elogia y que parece leer.

La pregunta que me hubiera gustado hacerle y que no descarto plantearle en un futuro, sería: ¿cuál de las máquinas es más espiritual: el libro en papel o la realidad aumentada?

Etiquetas:

Buzz, Google editions y el tribunal constitucional alemán

Francis Pisani contaba ayer en “La precipitación de Google Buzz” cómo la cuestión de fondo en el lanzamiento malogrado de la nueva herramienta de Google (que pone al descubierto, sin tapujos ni recortes, a todos nuestros contactos y a todos los mensajes que intercambiemos) es la privacidad o, más bien, la falta de privacidad, la exposición pública y sin cortapisas de nuestra intimidad. En el debate consiguiente el Consejero Delegado de la firma norteamericana, Eric Schmidt, parecía tenerlo claro:  “si hay algo que no desee que alguien conozca, para empezar, no debería hacerlo”.

No parece que la comprensión norteamericana del derecho inviolable a la intimidad sea compartida por la Unión Europea o, al menos, por uno de sus países principales: el Tribunal Constitucional Alemán viene de condenar el almacenamiento indiscriminado de datos personales de los usuarios de internet sin motivo justificado, ni siquiera los seis meses que antes se consideraban preceptivos, lo que ha dado la razón al Partido Pirata alemán, que venía reclamando hace tiempo lo que los circunspectos jueces del constitucional han reconocido: que el acopio indiferenciado de datos privados (no de las IPs, que son dinámicas, y que sí pueden recogerse porque no delatan tendencias ni propensiones) puede socavar gravemente la confianza de los ciudadanos en los medios de información digital al sentir un difuso sentimiento de amenaza o vigilancia permanente.

La reponsabilidad de que estas medidas se cumplan, según el Constitucional, recaen en las operadoras telefónicas -inspeccionadas por las autoridades públicas-, que si bien deben correr con los costes que de eso se deriven también se benefician con creces del tráfico digital. Al mismo tiempo, el Parlamento alemán publica una encuesta entre los miembros de sus diferentes partidos como fundamento común de una política consensuada sobre el papel del Estado en la sociedad digital: su función, se dice en el documento, debe ser la de “garantizar el funcionamiento y la integridad (de Internet) como bien común”, ni más ni menos. Cada partido insiste en un aspecto concreto de esa comunalidad (la CDU gobernante en que Internet es un espacio sujeto a derecho; la FDP en garantizar la privacidad; los Verdes en el uso de estándares abiertos y software libre), pero todos comprenden que Internet es el procomún moderno por antonomasia.

La computación en nube, herramientas como Buzz y otras muchas, se sitúan en un limbo legal que atenta contra garantías fundamentales del Estado de derecho. Proyectos como Google Editions, Apple Store, etc., etc., que conciben el futuro de la edición como una nube de libros ubicua pero intangible, caen de lleno en esta suposición. ¿Cómo preservarán la intimidad y privacidad del posible lector del futuro?

Etiquetas:

Loor al pequeño editor

En el imprescindible Por cuenta propia. Leer y escribir, de Rafael Chirbes, dice el escritor respecto a la relación con los editores: “dejemos que cada escritor lleve adelante su carrera, un editor inteligente es el que sabe eso y, aunque con menos libertad que el escritor, porque una editorial es un negocio, mezcla en su catálogo la buena literatura que le dará beneficios con otra que, hélas, es sólo y nada menos que buena literatura, y trabaja a favor de su prestigio. A veces”, asegura, y estoy pensando en algunos de los que voy a enumerar a continuación, “se encuentra con uno de esos milagros que juntan las dos cosas, e imagino que eso lo anima a no desconfiar de sí mismo”.

Javier Santillán, el fundador de Gadir (Premio Nacional de la Edición en el 2009 y reciente premio de la Crítica de Castilla y León por uno de sus últimos libros editados), dejó el dinero por las letras, y aunque anda desmelenado por los pasillos de las ferias diciéndole a quien le quiera oir que lleva siete años sin vacaciones, lo cierto es que los lectores nos damos todos los meses un festión con su catálogo de fundamento mediterráneo, especiado con ciertas sutilezas orientales y algunas reciedumbres castellanas; José Pons, el fundador del sello Melusina, aparcó una prometedora carrera diplomática con estudios en Berkeley por la dudosa incertidumbre de una editorial que sostiene con el consentimiento de su director de sucursal bancaria y con el concurso de la legión de acérrimos lectores que conocen la excelencia y bizarría de su gusto; Manuel Pimentel es el único caso que recuerdo de político honesto, capaz de renunciar a un cargo por convicción y de refugiárse en su Córdoba natal para poner en pie un sello singular, Almuzara, trufado de manjares editoriales; Diego Moreno, el temerario fundador de Nórdica (premio Nacional de la Edición en el 2008), se adentra en los oscuros bosques del norte para traernos su mejor savia.

Podría seguir enumerando editores pequeños, arriesgados, osados, que ponen ilusión y esfuerzo todos los días en su trabajo y que hacen bueno lo que el portentoso y acerado Luigé Martín decía hace poco en ese árticulo que debe conservarse en todas las bibliografías editoriales, “Mueran los Heditores“: discutiendo sobre la pervivencia o no de la figura del editor en la era digital, donde supuestamente las intermediaciones desaparecerán en beneficio de la gestión autárquica, Luisgé dice: “los editores, además, editan los libros, si se me permite decirlo de un modo tan tautológico. Es decir, les aportan valor añadido: hacen sugerencias, corrigen deslices o erratas, proponen cambios, pulen el estilo… Los autores estamos absolutamente ensimismados en lo que hemos escrito y aquellos amigos a los que pedimos opinión no son capaces siempre, aunque lo intenten, de examinarnos con distancia, de modo que los editores son los únicos que pueden enfrentarse a la obra con competencia y desapego a la vez”. En el edén del ruido que es Internet, el editor, con su criterio y con su trabajo de pulido y recomendación, resulta insustituible. Además, dice Luisgé, refiriéndose a la supuesta avaricia del gremio, “yo he conocido a muchos editores preocupados sólo por llegar a final de año, por mantener puestos de trabajo y por poder editar libros arriesgados aunque su rentabilidad fuera dudosa. Claro que se han hecho algunas fortunas con la edición: ¿y qué? Pero lo peor es que los mismos que abominan del editor mercader nos aseguran sin empacho que una de las soluciones para que el autor tenga ingresos es introducir publicidad en el propio libro”.

La editorial Trama -uno de esos sellos sellos indispensables que dan altura intelectual y moral a un país-, dirigida por Manuel Ortuño (otro de los que seguramente ha postergado más altos vuelos para conformarse con amasar un catálogo), acaba de publicar Jérôme Lindon, mi editor, el sentido alegato de Jean Echenoz a la muerte del fundador de Minuit, la descripción de una relación tempestuosa y equívoca, ineludible y esencial, en todo caso, en el que dos espíritus ilustrados consiguen alcanzar el milagro de juntarse, como anhelaba Chirbes en el párrafo inicial.

Loor a los pequeños editores que luchan cada día por adecentar con sus libros el mundo que vivimos (y, cómo no, por intentar sobrevivir legítimamente del fruto de su esfuerzo).

Etiquetas:

El precio de los libros electrónicos

Rupert Murdoch, que no es precisamente un alma caritativa, parece que ha dicho: “no nos gusta el modelo de venta de Amazon sea todo a 9.99 $”. Y añade, en una afirmación que parecería reconfortar el corazón de cualquier librero: “Creemos que devalúa realmente a los libros y que daña a todos los minoristas”, es decir, a todo el canal tradicional de pequeñas y medianas librerías. El Financial Times así lo cuenta y le dedica una página completa a la gran guerra de los editores  y los libreros virtuales. Si Murdoch ha dicho esto no es porque se le haya despertado una dormida alma de librero tradicional sino porque su poderío mediático y comercial se ve amenazado por otro aspirante a gigante propietario del jardín de los libros: Amazon.

El modelo de negocio de Amazon es sencillo: comprar libros al 50% de descuento respecto al precio de cubierta de los libros en papel y venderlos por un precio unitario único -algo permitido en los Estados Unidos- de 9.95 $, perdiendo en cada operación, al menos, 5 $, dumping consentido que tiene como objetivo hacerse con una clientela cautiva que utilice el Kindle como dispositivo único de descarga, compra y lectura. El DRM privativo y el formato propietario ayudan a que el modelo de estricta integración vertical cumpla su cometido. Hasta ahí todo bien, al menos para Amazon. Pero, ¿qué ocurre si a un editor se le ocurre que ese modelo de precio único jibarizado no se compadece bien con su política comercial? McMillan le ha dicho a Amazon que el reparto será, de ahora en adelante, de 70% a 30%, y Amazon ha procedido colocando el siguiente anuncio en su librería virtual: “Sign up to be notified when this item becomes available”.

La guerra por los precios y el control comercial de los libros entra en su fase más álgida, porque los agentes en liza son pocos y poderosos: Apple ha consentido que en su tienda sean los editores quienes establezcan sus precios, demostrando cierta flexibilidad viperina en la contienda por la adopción del dispositivo definitivo. HarperCollins, coto de Murdoch, ha optado por el uso de esta plataforma. Queda por saber cómo obrará finalmente Google Editions y de qué manera reaccionara la tienda de Sony.

En todo caso, la estructura de costes de un libro se ve obviamente abaratada cuando su distribución es estrictamente digital: no hay costes fijos de producción, no hay almacenamiento, no hay devoluciones. El precio de venta al público, por tanto, debe de ser necesariamente inferior, por mucho que algunas voces clamen por su mantener la paridad o por mucho que algunos editores no se hayan querido enterar de la diferencia.

“El distinguido negocio de los libros se está convirtiendo en un choque entre titanes tecnológicos y, si los editores no juegan sus cartas acertadamente”, dice el Financial Times, si los libreros y los distribuidores no lo hacen, añadiría yo, “pueden desaparecer como daño colateral”.

Etiquetas:

Cómo fabricar un libro electrónico útil

Quizás el título resulte excesivo, pero siento un cierto desasosiego por los obstinados modelos de tecnologías propietarias que las grandes compañías insisten en imponernos. Existe, afortunadamente, la tendencia contraria: la de crear lenguajes y tecnologías abiertos que nos permitan intercambiar información y contenidos con facilidad, de unos soportes a otros, sin cortapisas ni predios digitales.

A través de Silvia Senz llego al I Free Tablet, una respuesta del grupo de investigación EATCO de la Universidad de Córdoba a las propuestsa multinacionales de Apple basado en un sistema operativo libre, SIeSTA, adaptación de la distribución Debian de Linux, que incorpora, además, paquetes educativos y ofimáticos bajo licencias de libre uso y distribución. Nada que ver, afortunadamente, con los cortijos digitales.

El problema de la tercera generación de libros electrónicos que abandera el I Pad no es ya, solamente, que quieran convertirse en proveedores únicos de contenidos y soportes sino que, además, no incorporan las herramientas que los usuarios de un netbook utilizarían con toda normalidad: El Universal de México las enumera:

Video chat. La mayoría de las Netbooks, incluso las más sencillas, cuentan con webcams que permiten realizar una llamada de videochat a través de Skype u algún programa similar. El iPad no. Un cámara web en la tablet de Apple la convertiría en un dispositivo de comunicación único y una real competencia para los smartphones.

Soporte de Flash. Aunque Steve Jobs llamó al iPad “la mejor experiencia web que jamás hayas tenido”, existe un gran vacío en este gadget: uno que está en todo internet. Las aplicaciones y el contenido web basados en el software Flash se encuentran en gran medida en muchos sitios webs, y el iPad no tiene la posibilidad de correrlo. Aunque las Netbook pueden ser lentas cuando se trata de reproducir video web, cualquier animación en este software es visible.

Programación. Es cierto que el grueso de los usuarios no son programadores o algo que se le parezca, pero la mayoría de las Netbooks trabajan ya con sistema operativo Windows 7 que puede ser utilizado para la programación o para hacer modificaciones. Para todos los hackers, hacer esto en el iPad será todo un reto.

Bajar fotos desde una cámara digital. La falta de puertos USB en la iPad significa que no se pueden conectar cámaras digitales o algún otro dispositivo periférico, lo que se convierte en un lastre si es que la iPad está pensada como un dispositivo que puede reemplazar a una computadora portátil para los bloggers. Las Netbooks cuentan con al menos dos puertos USB estándar.

Capacidad de 64 GB. La mayoría esperaba más capacidad de memoria en el iPad. Incluso la Netbook más básica tiene por lo menos un disco duro de 160 GB.

Los juegos de Facebook. Sin el antes mencionado soporte de Flash, los juegos de navegadores son imposibles de correr en la iPad. Aquellos que esperaban pasar horas jugando el popular Farmville en su nueva tablet tendrán que esperar a que surja una aplicación para ello o de plano volver a su Netbook.

Cambio de batería. Sí, la iPad es muy delgada y minimalista, atractiva y vistosa, pero su batería es fija, mientras que la Netbook no sólo permite el cambio de baterías, sino que puede ser mejorada por alguna que vaya de tres a seis celdas o más.

Software en CDs. Con la conexión USB de un simple DVD/CD-ROM externo, cualquier software basado en disco compacto puede ser instalado en una Netbook. Éstas también pueden instalar archivos vía memorias USB o cualquier otro dispositivo que se conecte al aparato. La iPad no fue diseñada para tener la flexibilidad de adherir software, a excepción del adquirido a través de la tienda Apple.

Teclear sobre tu regazo. Sí, la iPad tiene un teclado virtual e incluso un puerto externo que convierte a la tablet en una cuasi Netbook, pero éste no puede ser usado mientras estás sentado en la banca de un parque o un autobús. Incluso en las demostraciones que ha hecho Apple parece que el teclado virtual no es del todo cómodo, al menos no tanto como colocar la Netbook en tu regazo, acomodándola a manera que la pantalla y el teclado creen el perfecto ángulo para escribir sin importar donde estés.

Mejoras. Las Netbooks pueden mejorar su memoria RAM e incluso sus discos duros. La iPad es un dispositivo inalterable, así que no hay vuelta atrás una vez que hayas escogido 16, 32 o 64 GB.

Mag+ (video prototype footage only) from Bonnier on Vimeo.

Ocurre, sobre todo, que para que un libro electrónico cumpla con las expectativas que promete, debe fomentar cosas que sus interfaces y sus sistemas operativos no hacen: acceder de manera inmediata a los contenidos digitalizados; disponer de verdaderas conexiones wifi y 3G; poder seguir los enlaces que un texto incluye mediante tecnologías abiertas como CrossRef, de manera que podamos creernos eso del conocimiento en red; cortar, agregar, enmendar o enviar un texto cualquiera mediante el simple movimiento de un dedo, para hacer efectivo el principio de la creación comunitaria; concebir una puesta en página, una composición de página, que no imite desventuradamente la puesta en página original de un texto en papel; generar sus propios paratextos o sus propios dispositivos textuales, al igual que tuvieron que inventarlos en su momento los creadores del códice… Bonnier, una empresa sueca compuesta por diseñadores, ha ido mucho más allá que Apple en la concepción de un dispositivo que cumpla progresivamente con esas expectativas.

Ayer, en el CITA de Peñaranda de Bracamonte, se reunió por primera vez, dentro del proyecto Territorio Ebook, el grupo de expertos Ebook Universidad, que pretende, entre otras muchas cosas, conocer el grado de penetración y aceptación de los nuevos dispositivos en los hábitos de lectura de poblaciones bien diferenciadas; reflexionar sobre las textualidades y los soportes, para crear nuevos libros electrónicos adecuados a los requerimientos de la lectura científica; trabajar en el desarrollo de la especificación EPub, el único lenguaje abierto y universal que permitirá la lectura de cualquier contenido en cualquier soporte; proponer recomendaciones para una plena alfabetización digital en el ámbito de la educación superior, sin excluir otros ámbitos escolares, y para la integración sin fisuras de los dispositivos de lectura en el aula; explorar los cambios cognitivos y perceptivos que se suceden en la lectura en dispositivos digitales, por si de ahí se derivaran consecuencias que recomendaran otra forma de escribir, componer o comunicar los contenidos.

Un primer paso en un camino aún muy largo que recorreremos todos juntos.

Etiquetas:

De la duración en la era digital

Hablemos de metadatos (seguro que mi asesor de márketing y comunicación estaría en desacuerdo con este inicio. Es posible que me hubiera recomendado comenzar una nueva entrada utilizando aquella famosa fórmula de Elena Ochoa, “Hablemos de sexo”, pero yo soy así). Hablemos de metadatos, insisto: en la primera década del siglo XXI, por ponerle una fecha arbitraria, gran parte del trabajo, el esfuerzo y el dinero de bibliotecarios y archiveros, además de ingenieros informáticos, ha ido a parar a la nebulosa disciplina de la generación de metadatos. Proyectos como METS (no el equipo de baloncesto de New York sino el Metadata Enconding & Transmission Standards) o como Dublin Core, ponen de manifiesto una aberración subyacente: la de la desatinada caducidad de los datos digitales; la de la imposibilidad de recuperarlos retroactivamente, bien porque fueron escritos en lenguajes ininteligibles, bien porque la duración de los soportes no sobrepasa los 10 años, bien porque las compañías que desarrollan los programas de software que interpretan la información binaria se ocupan deliberadamente de hacerlos incompatibles y mutuamente ininteligibles; la de la computación en la nube, el cloud computing, que dispone nuestros datos en una nebulosa inalcanzable e irrecuperable, administrada con tecnologías propietarias, al albur de los ataques de la piratería y el espionaje.

Las cosas no mejoran en absoluto con el advenimiento del mágico IPad: nuestra música, nuestras imágenes y nuestros textos están en nuestros soportes pero no lo están del todo, porque debemos administrarlos y gestionarlos a través de plataformas propietarias traduciéndolos a lenguajes cerrados e incompatibles.

Todo esto puede parecer una mera rabieta, pero no lo es: en el año 2001 la Office of Scientific and Technical Information del Departamento de Energía de los Estados Unidos encargó a Los Alamos National Laboratory que investigara un asunto preocupante: ¿de qué manera podría y debería preservarse de manera duradera e inteligible información sensible sin que estuviera sometida a los avatares de la información digital, a sus incompatibilidades deliberadas, a la precariedad física  de los soportes magnéticos? ¿qué clase de técnica de escritura y de soporte serían los más apropiados para asegurar la transmisión de la información, su inteligebilidad y su interpretación? ¿acaso un programa de metadatos, como sugiere METS y DublinCore, para que seamos teóricamente capaces en un futuro lejano de interpretar aquello que fue escrito en un lenguaje binario y no directamente legible por los seres humanos?

Pues no: los expertos del laboratorio de Los Alamos encontraron una solución a caballo entre la historia antigua y la modernidad: la HD-Rosseta, una técnica de inscripción mediante un haz de iones o de electrones litográfico sobre un soporte duradero, bien planchas de níquel u otros metales perdurables. No en vano la tecnología utilizada se bautizó con el nombre de un célebre precedente de prolongada duración: Rosseta. 1000 años al menos de conservación y permanencia asegurados frente a los 500 del papel sin componentes ácidos y frente a los 10 de los frágiles y evanescentes soportes digitales. Un sólo inconveniente: las gafas para leer las inscripciones deberían tener forma de microscopio electrónico.  El artículo que hoy puede leerse y que fue el resultado de esas indagaciones lleva por título “Is there room for durable analog information storage in a digital world?“, y en sus conclusiones destacaba una obviedad que entre tanta nube digital suele pasar desapercibida: “hay espacio para el almacenamiento duradero en soportes analógicos en un mundo digital porque existe la necesidad de preservar la información seleccionada independientemente de la tecnología y el tiempo”.

A día de hoy, tal como ponen de relieve las discusiones que pueden encontrarse en distintos foros de la web, la piedra y el IPad andan a la par en cuanto a ventajas potenciales, aunque después de leer las conclusiones de los científicos norteamericanos, estoy por afirmar que me quedo con la primera.

Etiquetas:

Donde dije digo…de la ficción y la lectura digitales

Quienes tengan la paciencia y la presencia de ánimo para seguirme, sabrán que soy carne de contradicción. Es lo bueno de tener un blog. Que uno puede contradecirse a uno mismo en público sin el menor rubor. Para ser justo conmigo mismo, sin embargo, quizás no debería hablar tanto de refutación como de agregación de ideas complementarias. Me explico: esta misma semana, en una entrada previa, hablaba de la lectura como un acto solitario (que lo es, aunque podamos dialogar con los muertos, como hablaba Quevedo, o por mucho que cualquier texto no sea otra cosa que una puntada en el tejido infinito de la literatura). Pues bien, eso no me detiene a la hora de reconocer iniciativas experimentales interesantes que invitan a todo lo contrario, a comprender la literatura como un ejercicio de anotación progresivo y colectivo, un proceso de agregación de significados continuo y cooperativo que agrega capas sucesivas y reinterpreta el texto original.

Fictional stimulus es un profecto de If:books que invita a practicar una lectura en línea cooperativa, una reinterpretación hecha con los comentarios que los lectores van agregando al original.

Hace apenas unos días los BETT Awards 2010, concedidos en Inglaterra a los mejores productos de tecnología educativa, premiaron en el apartado de “herramientas para el aprendizaje y la enseñanza”, precisamente, a una herramienta de lectura colaborativa y en línea denominada Bitesize desarrollada por la BBC Learning. Permite buscar conceptos, resaltarlos, realizar comentarios que se agregan y colorean el texto, marcar el desarrollo argumental con etiquetas que definan su contenido e intercambiar todo con la comunidad que participa del festín literario.

BBC

También el omnisciente Google incorpora a su suite, dentro de Google Docs, la posibilidad de la construcción coordinada de un sólo documento en el que pueden revertirse los cambios, seguir su traza y las manos que han intervenido sucesivamente.

Todo en el ámbito digital apunta a una era de lectura y escritura digital cooperativa, qué duda cabe, con múltiples y reconocibles ventajas en determinados ámbitos que requieren la sabiduría colectiva para iluminar el significado de un texto, para construirlo o reconstruirlo. Seguramente, sin embargo -y persito obstinadamente en ello-, la lectura profunda sea siempre un ejercicio individual, silencioso y reflexivo, que sabe poco de cooperaciones y cooperativas.

Etiquetas:

La gran transformación editorial

Karl Polanyi, el gran antropólogo de la economía, escribió La gran transformación para explicar el cambio radical que supuso para occidente la mudanza de un modelo productivo feudal a un modelo productivo capitalista. Edgar Morin, uno de los grandes sociólogos franceses de finales del siglo XX y de la primera década del que llevamos vivido, dice en “Elogio de la metamorfosis“, un artículo publicado ayer en la prensa nacional: “la orientación crecimiento-decrecimiento significa que hay que potenciar los servicios, las energías verdes, los transportes públicos, la economía plural -y por tanto la economía social y solidaria-, las disposiciones para la humanización de las megalópolis, las agriculturas y ganaderías biológicas, y reducir los excesos consumistas, la comida industrializada, la producción de objetos desechables y no reparables, el tráfico de automóviles y de camiones en beneficio del ferrocarril”. Asistimos, por tanto, a la transformación de la transformación, al eclipse de un sistema por colapso e ineficiencia, tan lejos de las fulleras predicciones de Fukuyama y los guardianes de un sistema que se quería y pretendía eterno.


(más…)

Etiquetas:

El quinto poder

Todo uso trae su abuso y el sustantivo Web 2.0. se ha convertido en un adjetivo que sirve para aderezar cualquier ensalada digital. José María Álvarez Monzoncillo dice en Incertidumbres de la web 2.0. que la promesa que esa cifra mágica encerraba se ha incumplido. “Los millones de blogs“, dice Álvarez de manera aparentemente inapelable, “son verdaderos monólogos, sin capacidad de influencia y sin que sus opiniones lleguen a nadie. La escalera generada por Forrester, segmentando según los diferentes niveles de participación en la Red, tampoco parece cumplirse (creators, critics, joiners, spectators, collectors e inactives). Las redes sociales evolucionarán hacia el marketing, desarrollando nuevas productividades y rompiendo la lógica por la que surgieron”.


(más…)

Etiquetas:

La parábola de Pocoyo y la propiedad intelectual

Quien haya seguido en los últimos días la polémica escrita entre Rodríguez Ibarra, Víctor Manuel y Muñoz Molina a propósito de la propiedad intelectual, entenderá que la discusión se encuentra atorada en un punto que requiere un poco de ecuanimidad y distancia. Imparcialidad y desapego que proporcionan, por una parte, la lectura de la Ley de Propiedad Intelectual, y la comprensión de la economía de la red, por otra. Me propongo, ni más ni menos, que terciar sin que me llamen en una polémica espuria y artera, sin satisfacer a unos y a otros, me temo.


(más…)

Etiquetas: