‘Prensa digital’

La iglesia de los copistas

Los suecos, ya se sabe, son gente que marca la pauta, que se adelantan décadas a los progresos que el resto, más adelante, acaso, intentarán remedar. El Estado nórdico ha admitido a trámite la creación de la Missionary Church of  Kopism, que vendría a ser algo así como la iglesia misionera de los copistas, porque tiene afán ejemplar y aleccionador, vírico y contagioso. Sus 3000 fieles actuales creen, tal como figura en su página web oficial,”que copiar y compartir información es lo mejor y más bello que existe. Que alguien copie tu información es un símbolo de aprecio, significa que alguien piensa que has hecho algo bien”. La búsqueda de conocimiento es sagrada; la circulación del conocimiento es sagrada; el acto de copiar es sagrado. Esa sería su santísima trinidad digital.

La religión de copy and paste, de copiar y pegar, de Ctrl-C + Ctrl-V, tiene sus antagonistas bien definidos: como cualquier igleisa que se precie debe detallar en qué consiste el cielo y en qué el infierno, en qué la salvación y en qué la condenación, y esta última parte recae, claro, en quiene sustentan la vigencia del copyright.

Es cierto que la internet de los datos solamente puede construirse mediante el fomento de la copia, de la replicación, mediante la generación de nuevos contenidos a partir de un fundamento de datos compartidos que son manipulados para servir al propósito que se decida: proyectos como el Open Street Map, como el Google Public Data Explorer, como el Semantic Web Health Care and Life Sciences del W3C o, cómo no, como el proyecto del gobierno norteamericano, Data.gov, son sitios que invitan a renunciar al antiguo concepto de propiedad intelectual en beneficio de una concepción compartida de los datos y de los beneficios que puedan derivarse de su manipulación. Como dice Antonio Lafuente, “abrir los datos, no sólo es un requerimiento derivado de la doble necesidad de que la ciencia se acerque al viejo modelo de una República de Sabios y al que exige una democratización del conocimiento, sino que implica apostar por la oportunidad difícilmente discutible de que aparezcan nuevas e imprevistas formas de usarlos y conectarlos o, en otros términos, de crear conocimiento. Los datos, en consecuencia, deberían ser algo que se encontrase en la web, antes que en el laboratorio. La web 2.0 llevará el sello Data Inside, una analogía con el Intel Inside del PC que domina la cultura del escritorio y que será reemplazado por la noción de la red como una plataforma global de computación. La web del futuro, sentenció no hace mucho Tim Berners-Lee, el inventor de Internet, será una red de datos”.

Yo, como leí el otro día no sé dónde, no tengo problemas con dios, sino con sus representantes. Quiero esto decir que me revelo contra cualquier representante de la fé canónica, y no será menos en este caso: el hecho de que muchos de nosotros renunciemos deliberadamente y de forma expresa a la propiedad sobre lo que creamos en beneficio del conocimiento que pudiera derivarse de lo que liberamos y de la expectativa de que recibiremos una compensación simbólica, intelectual o profesional, no implica, de ninguna manera, que existan creadores que defiendan, de manera legítima, la propiedad de lo que forjen, y que abominen del comportamiento de algunas iglesias nigromantes que hacen de la denuncia y la delación su arma de conversión.

El problema, seguramente, sea que en nuestra época actual convivan dos regímenes aparentemente enfrentados y sin embargo legítimos y complementarios de propiedad intelectual: aquel del que Balzac hablaba a comienzos del siglo XIX -recogido en un magnífico artículo rescatado de La Magazine Litteraire- en la “Carta dirigida a los escritores“, donde reclamaba la propiedad de lo producido y el control sobre su reproducción y comunicación, momento histórico de constitucion del campo literario y, por tanto, de reivindicación de los derechos y de las respectivas posiciones; y aquel en el que hoy vivimos, a comienzos del siglo XXI, en el que la Internet de los datos nos demanda una apertura de miras basada en la construcción colectiva del conocimiento, momento histórico, también, de demanda y de requerimiento, de ensalzamiento del “Copy. download, uplooad!”.

La replicabilidad y el carácter digital de los bienes, sin embargo, no justifican que su intercambio no esté sujeto a la voluntad de quienes lo hayan producido, siempre que ese contenido no haya sido producido con dinero público o siempre que el beneficio social que pueda derivarse de su circulación exceda al de su posesión.

Prefiero, la verdad, no ser de iglesia alguna, aunque sea sueca.

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7.5 en la escala sismológica de Richter

En la escala logarítmica que cuantifica el efecto de un terremoto y que se conoce con el nombre del sismólogo norteamericano Charles Richter, yo diría que la noticia publicada hoy por la prensa es de, más o menos, un 7.5 de intensidad, equivalente al terremoto de Santiago de Chile de 1985. Nadie que haya estado medio atento dentro de la industria editorial los últimos años puede parecerle insólito, ni siquiera extraño, que Google haya decidido convertir su servicio de vista de libros en una plataforma centralizada de gestión de contenidos digitales que adoptarán la forma que convenga, sea esta electrónica, sea esta en papel, por medio de la impresión bajo demanda en el punto de venta o derivada a proveedores concertados. Eso lo sabía hasta el ordenanza de la puerta del Ministerio de Cultura. El contrasentido de todo esto es por qué, aún sabiéndolo, no se han dado ya pasos decididos para desmantelar el modelo industrial obsoleto con el que trabajamos y por qué nos seguimos echando las manos a la cabeza, cuando la información ha sido pública y sencillamente consultable.


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We are the media, o el caso de Ediciones 66

Los norteamericanos denominan al fenómeno de la creación colectiva de contenidos como la encarnación de un hecho incontrovertible: we are the media, nosotros somos los medios, no somos ya, meramente, receptores indiferentes sino agentes creadores. Que se lo digan si no a los encargados de Encarta, que han tenido que tirar la toalla ante el empuje irrefrenable de la Wikipedia y de otros proyectos de generación agrupada de conocimiento. El desdén hacia esas manifestaciones altruistas amparadas en licencias Creative Commons es una de las reacciones predecibles de los Grupos Editoriales, pero yo me tentaría la ropa y  me andaría con cautela, examinando mi modelo de negocio, antes de despreciar la expansión irreprimible de la edición colectiva.


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El imparable ascenso de la autoedición

En el año 2008 se publicaron en los Estados Unidos unos 480.000 libros, casi 100.000 más que en el año 2007, y ese incremento parece deberse, en buena medida al menos, al imparable incremento de la autoedición o, también, a las posibilidades que las nuevas tecnologías de impresión digital nos ofrecen y al uso que de ella hacen una miríada de compañías que operan en ese campo. Empresas como Blur, Author Solutions, iUniverse o Xlibris, por no volver a cita a la archiconocida Lulu (empresa del grupo Amazon), ponen a disposición de sus potenciales clientes las tecnologías que hacen posible imprimir casi de un día para otro un original, a demanda, a precios asequibles, y con resultados gráficos e industriales notables, además de ofrecer una cartera de servicios adicionales que van desde la promoción hasta la distribución.

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La tinta digital en color y algunas presunciones sobre el libro electrónico para el 2009

En el artículo que la revista Forbes sobre el futuro de los libros electrónicos, The future of E-books que publicó en el año 2007, pronosticaba que el año 2009 sería el de la aparición de los primeros libros electrónicos con tinta digital en color. “That first color E Ink technology is likely to be available in 2009″, decía el periodista que redactó el aquel artículo premonitorio. Los primeros prototipos parece que pudieron verse en la Display Expo 2008, en Japón, y en abril de este 2009 recién inaugurado ya se anuncian novedades relacionadas con el papel electrónico y las tecnologías de presentación de contenidos. ¿Cambiarán estos nuevos soportes de manera definitiva nuestra manera de leer?


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Blogs e identidades asesinas

Año noveno del siglo XXI. Una paradoja cavernícola y retrógrada nos acecha y nos recuerda de qué estamos hechos. Dos mitologías pueriles trasmutadas en identidades asesinas -como lo denominara, hace ya tiempo, Amin Maalouf- alimentan mutuamente su odio creciente y desbocado y mineralizan sus diferencias afferándose a una tierra triste y polvorienta. Mientras eso sucede, como un gorjeo arcaico que nos habla de lo endeble de nuestra identidad, decenas de blogs transmiten en directo los acontecimientos que las fuentes de los grandes medios de comunicación silencian o, en todo caso, nos trasladan los sentimientos de dos comunidades petrificadas en sus aniquiladoras cosmogonías.


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La lógica del plástico o los nuevos soportes para la lectura

No pasa un mes sin que una compañía presente un nuevo soporte o, si no es completemante nuevo, sí al menos presenta algunas características que lo diferencia del resto de los dispositivos que compiten por desbancar al libro tradicional, al menos de una parte de sus cometidos tradicionales. Junto a dos viejos conocidos, el Sony Reader y el Kindle, Plastic Logic ha lanzado muy recientemente un dispositivo dedicado, particularmente -según puntualiza muy acertadamente su fabricante-, para la lectura de negocios, para los documentos de trabajo que llenan nuestras carteras y para la prensa especializada que consultamos tan rápido como olvidamos.


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Literatura móvil y superhéroes digitales

Uno de los ámbitos temáticos donde la transición de los soportes se está documentando más plena e incuestionable es en el mundo del cómic. Quién lo diría, sobre todo a aquellos que, como yo, recordamos aquellas largas tardes de la adolescencia sumergidos en aventuras en papel de improbables y marciales superhéroes (sí, reconozco un ramalazo de pulsión sensual en el tacto de aquel papel de mala calidad, de pasta mecánica que pronto amarilleaba, y doy en esto la razón a uno de mis críticos lectores, que me aconseja sesiones de psicoterapia para entender esto de la evolución de los soportes). En Japón la industria del cómic, que distribuye sus contenidos a través de diversas plataformas digitales, facturó unos 200 millones de dólares, y la industria norteamericana le va a la zaga.


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El futuro digital de las revistas culturales

“Quizá la primera característica de las revistas de pensamiento y cultura sea estar preguntándose constantemente sobre sí mismas, sobre su función, su viabilidad, sobre la necesidad de su existencia como género, por decirlo así: sobre su especificidad y su diferencia”, escribía Manuel Ortuño en un artículo titulado “Las revistas culturales: el privilegio de la diferencia” en el Boletín nº 63 de CEDRO. Y así es, efectivamente: las revistas culturales viven en crisis permanente, como esos personajes de Woody Allen que sin tribulaciones psicológicas ni malestares anímicos se quedarían en nada. Pero ahora la cosa va en serio, porque se suman varios factores que, agregados, generan un momento de especial incertidumbre.


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Activismo blog

La web -es casi ya un tópico resaltarlo- es capaz de acoger voces divergentes o, mejor aún, dar voz a quienes desean expresar, transmitir y dar a conocer ideas o asuntos que no reciben el tratamiento que merecerían en los medios de comunicación masivos, excesivamente entretenidos con el tema del día, aferrados a una actualidad tan refulgente como efímera, asociados franca o oscuramente a corrientes políticas o lobbys del poder, sojuzgados, a veces, por la publicidad que les da de comer. En la red han surgido periódicos o medios de comunicación cooperativos y autoregulados que se han convertido en verdaderas alternativas informativas, como es el caso de Global Voices, un proyecto ciudadano fundado en la Harvard Law School’s Berkman Center for Internet and Society.


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