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Crea cultura, no la consumas (solamente)

La Ley de Propiedad Intelectual española ampara, en su Título 1 Artículo 2, la libre disposición de los recursos y contenidos creados por cualquier persona física, esto es, la posibilidad de ampararlos y protegerlos mediante el uso estricto del copyright o la posibilidad, equivalente, de renunciar patrimonialmente a ellos. No existe en el ordenamiento jurídico español, por tanto, oposición entre lo que se entiende por copyright y copyleft, sino, más bien, la posibilidad igualmente reconocida de blindar la circulación de un contenido o la posibilidad de liberarlo sin restricciones. La discusión es, por tanto, gratuita: no se trata de que un derecho pueda preponderar sobre el otro, sino de que, mediante su conocimiento, se haga libre uso de uno o de otro. Están, como la imagen pretende representar, concatenados, indisoluble y consecutivamente encadenados.

 

Entre una y otra opción, igualmente legal y parte constitutiva de la idea que deberíamos formarnos sobre la propiedad intelectual, se encuentran aquellas licencias que gradúan la disponibilidad del contenido de acuerdo con la voluntad del creador: las licencias Creative commons permiten a cualquier autor graduar a su conveniencia y voluntad la distribución del contenido creado: cabe, por tanto, en función del propósito del creador, permitir o no usos comerciales derivados, generar o no de obras derivadas, mencionar y reconocer o no el nombre original del autor, etc, etc. Toda la panoplia de posibilidades es, entre uno y otro extremo, perfectamente legal siempre que se ejerza conscientemente su uso y su aplicación.

Ese sería, sin duda, el objetivo primordial de un programa de trabajo destinado a la educación en los valores que promulga la Ley de Propiedad Intelectual: un programa de formación integral, alejado de cualquier tentación punitiva unilateral, que intentara sensibilizar a los usuarios sobre los abusos que se cometen en nombre de esos mismos derechos de una y otra parte (el ejercicio abusivo de la propiedad cuando va en contra del interés general, por una parte, o la descarga incontrolada de contenidos protegidos, por otra), y que les capacite y empodere, sobre todo, para hacer un uso consciente, constructivo y creativo de los derechos que les asisten. De hecho, tal como la imagen muestra, el uso de las licencias Creative Commons crece al mismo tiempo que lo hacen los contenidos generados por los usuarios.

Tal como ya advertía la OCDE hace ahora siete años en su informe Participative web: user-created content, la cadena de valor tradicional en la creación, difusión y uso de los contenidos no podía perdurar ya por mucho tiempo porque los dispositivos digitales y las redes que nos permiten intercambiar información y relacionarnos, romperían con el monopolio de la comunicación ejercido durante el siglo XX por los medios de masas. Es perentorio, por tanto, capacitar y empoderar a los jóvenes para que hagan un uso creativo de la web, como ciudadanos que son de un siglo en que el acceso al conocimiento se democratiza tanto como lo hace su creación y difusión. Henry Jenkins ha insistido mucho sobre esto: en su célebre Confronting the challenges of participatory culture: media education for the 21st Centuryinsiste en que las competencias que deben adquirir nuestros jóvenes están relacionadas con la capacidad de crear colaborativamente y compartir, con la posibilidad de construir conocimiento de manera colectiva, con el objetivo de crear comunidad, entre otras muchas cosas. “The new media literacies should be seen as social skills”, escribe Jenkins, “as ways of interacting within a larger community, and not simply as individualized skills to be used for personal expression”, y algo más adelante, “Youths need skills for working within social networks, for pooling knowledge within a collective intelligence, for negotiating across cultural differences that shape the governing assumptions in different communities, and for reconciling conflicting bits of data to form a coherent picture of the world around them”.

Es esencial que entendamos que vivimos en una nueva cultura, la de la participación, en un nuevo ecosistema de la información que favorece y facilita su intercambio, y que eso requiere que comprendamos cabalmente las potencialidades que se inscriben en la ley de la propiedad intelectual para que podamos respetarla y utilizarla como corresponda en cada caso: un buen ejercicio pedagógico, que rebase su mero conocimiento y evite el aire disciplinario que suele vincularse al uso de la web, sería el desarrollar proyectos transmedia en las aulas, construcción de narrativas multimediales que capacitaran a los alumnos en el uso de las herramientas, en la consulta y análisis de las fuentes, y en el conocimiento práctico de los requisitos de la propiedad intelectual. Lo transmedia como soporte y/o acicate de otras muchas competencias asociadas, como ya advirtiera, también, Henry Jenkins en su Reading in a participatory culture.

Debemos prepararnos, incluso, para cambios en la idea que tenemos de autoría y propiedad intelectual como aquellos que sufrieran en su momento los que vivieron el auge de la imprenta: en el año 1969 Ernst Philip Goldschmidt escribía en Medieval Texts and Their First Appearance in Print: “una cosa se hace evidente en seguida: antes de 1500, aproximadamente, la gente no daba la misma importancia que damos nosotros a la seguridad acerca de la identidad del autor de un libro que estamos leyendo o citando. Raramente hallamos referencias de que entonces se comentaran tales cuestiones”. La asociación entre una obra, un autor y un soporte se hizo realidad cuando la imprenta hizo factible y visible ese vínculo. Hoy, más allá de la era electrónica de la que hablaba McLuhan, regresamos a cierta forma de creación colectiva en la que autoría pierde parte de la vigencia y visibilidad que la imprenta impuso. “La imprenta”, decía McLuhan, “es la tecnología del individualismo. Si los hombres decidieran modificar esa tecnología visual con una tecnología eléctrica, el individualismo quedaría también modificado”. Las redes, en fin, como tecnología social, podrían acabar con la arraigada idea del individualismo y de los derechos asociados de la propiedad intelectual. Ese es, sin duda, un futurible, algo no enteramente descartable, que en cualquier caso debería formar parte de una pedagogía integral de la propiedad intelectual.

Llevar la propiedad intelectual a los colegios, como se propone la Fundación Atresmedia, debe ser un ejercicio, en consecuencia, en el que se fomente, potencie y fortalezca la dimensión creativa, inquisitiva y participativa de los alumnos, mediante el desarrollo de proyectos integrados y transmedia a lo largo de los que se conozcan, valoren y ponderen los derechos que les asisten en ese ejercicio. Creando cultura, no consumiéndola, al menos no solamente, en fin.

[Esta entrada ha sido previamente publicada en el blog de Atresmedia Crea Cultura]

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Acceso abierto en América Latina

Las cifras dejan poco lugar a dudas: la producción científica en América Latina, medida por la producción total de artículos científicos o por el número de artículos per capita, no alcanza más que el 2,69% y el 2,38% del total. A la cabeza de ese ranking se encuentran los Estados Unidos de América y los países de Europa occidental, tal como deja ver el siguiente cuadro.

Es cierto que en los últimos años, al menos en términos relativos, el incremento de la producción científica ha sido superior en Latinoamérica, pero el neto de la producción sigue cayendo del lado de las potencias científicas internacionales. Aunque las correlaciones estadísticas sean en muchos casos dudosas y aún indemostrables, lo cierto es que el PIB latinoamericano no solamente no remonta, sino que cae en los últimos años hasta el 1,3% previsto para este año. Y es que los modelos de desarrollo de los países iberoamericanos apenas pueden basarse (apenas parecen querer basarse) en la ciencia y en la innovación. Ni la mismísima Christine Lagarde, con ocasión de sus últimos viajes por el continente, parece atribuirle ningún papel relevante a ese aspecto del desarrollo. Y sin embargo apenas es creíble un modelo contemporáneo de desarrollo económico que no se base en la cualificación de las personas, en la educación, en la ciencia y en la innovación (y en las infraestructuras necesarias para hacerlo posible). Todo lo demás son atajos que conducen a callejones sin salida.

Sería demasiado fácil decir que, simplemente, la calidad de la ciencia latinoamericana no es equivalente a la de las potencias científicas mundiales. Estaríamos más cerca de la verdad si dijéramos que los indexadores que deciden qué revistas y universidades forman o no parte de los candidatos evaluables y que los índices e indicadores que (supuestamente) miden la calidad de lo producido, apenas tienen en cuenta la ciencia producida en Latinoamérica: el Journal Citation Report, de Thomson Reuters, y el Scopus de Elsevier (aun con las recientes adiciones de cabeceras iberoamericanas), siguen representando de manera muy deficiente la investigación latinoamericana. Esa subrepresentación tiene, claro, efectos directos sobre muchos otros aspectos concomitantes: persuadir negativamente a los científicos iberoamericanos de que publiquen en sus propias revistas; desviar los fondos de financiación a empresas que hayan sido positivamente evaluadas por índices ajenos a la realidad de cada país; devaluar el trabajo de las universidades latinoamericanas que realizan ya de por sí un sobreesfuerzo considerable por convertirse en polos de innovación y desarrollo en sus países respectivos.

Es casi un lugar común, por eso, hablar en América Latina de ciencia perdida o ciencia supeditada, de ciencia invisible o carente de impacto, de relevancia. Quizás la apuesta, en consecuencia, no haya de ser la de persistir por un camino que no dará frutos y está en buena medida viciado, sino la de recorrer el camino de autonomía e independencia que Internet ofrece. Antonio Sánchez Pereyra escribía en Latin American Scientific Journals: from “Lost Science” to Open Access que “la cuestión ha dejado de ser ‘si’ debemos tener acceso abierto. La cuestión es ‘cómo’ debemos desarrollarlo aun más y promocionarlo”. No es de extrañar, por eso, que el movimiento de Open Access esté arraigando con fuerza en toda latinoamérica y que países como Brasil, México, Argentina, Chile, Colombia o Venezuela se encuentren a la cabeza del acceso abierto en su modalidad Gold.

Es imperativo no solamente utilizar las distintas modalidades del acceso abierto para promover el valor de la ciencia suramericana: es esencial que se trabaje de manera estratégica y sistemática en todas las vertientes que pueden mejorar su alcance y su llegada: tal como se recoge en la presentación que tuve la oportunidad de discutir en el IV Foro Internacional de Edición Universitaria y Académica celebrado en la FIL de Guadalajara hace unos pocos días, es necesario incrementar la producción científica, generar mayor difusión y visiblidad, arbitrar nuevos indicadores e índices de visibilidad e impacto más contextuales, trabajar por una nueva ordenación internacional del ranking de los científicos y las universidades y, por último, como corolario, disminuir la dependencia de la ciencia latinoamericana. Todo esto no tendría viabilidad alguna si los gobiernos latinoamericanos no proceden como acaba de planteárselo el gobierno holandés: ante la abusiva posición de poder del grupo Elsevier, la administración holandesa ha decidido promover el acceso abierto de manera decidida. Las razones son varias, pero basten dos: promover el acceso abierto a la ciencia que sus universidades produce ahorros de unos 8 millones de euros al tiempo que lo financiado con dinero público revierte directamente y sin intermediación en la sociedad.

Internet desintermedia las cadenas de valor tradicionales y redefine los papeles de cada cual. La cuestión, en América Latina, no parece ser ya si debe o no promoverse el acceso libre como herramienta estratégica sino, más bien, de qué manera puede promoverse más y mejor, y de qué forma los editores y los científicos deben asumir ese reto a la vez profesional y social.

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¿Por qué Open Access?

  1. Si uno quiere dedicarse a la ciencia debe anteponer -como dejara escrito Pierre Bourdieu- la libido sciendi a la libido dominandi, el amor y el interés por el conocimiento por encima del afán de poder y de prebendas;
  2. Ser miembro del campo científico requiere del conocimiento preciso de un lenguaje especializado y de su historia y genealogía. De no ser así, en el mejor de los casos, uno se arriesgaría a no enunciar más que trivialidades y lugares comunes. El hecho de que el lenguaje sea complejo y requiera de un largo tiempo en su adquisición, no es óbice para que no se abra a la sociedad y se comparta con todo aquel que lo requiera;
  3. El reconocimiento de los pares, su evaluación y su juicio, en una suerte de diálogo que no recurre a otra autoridad que a la intelectual, es determinante para el avance de la ciencia. Las métricas que se inventaron en los años 60 para hacer aflorar el conocimiento más valioso entre la miriada de artículos científicos producidos, no son perfectas ni inamovibles. Fueron un recurso que sirvió durante mucho tiempo para señalar aquello que más atención merecía, pero ha acabado por pervertir su propia misión: impulsados a publicar sin descanso, los científicos hacen y difunden ciencia mentirosa, sin fundamentación empírica suficiente, en las cabeceras que más visibilidad puedan otorgarles, con el fin de conseguir becas, puestos, financiación, influencia. Todo aquello, en fin, que no debe ser la ciencia;
  4. El peer review no tiene nada que ver, a propósito, con la condición abierta o cerrada de una publicación. Es más: en las publicaciones en abierto cabe corregir los excesos bien conocidos de las revisiones tradicionales;
  5. La mayoría de las revistas que ocupan el rango superior de visibilidad demandan a sus autores derechos exclusivos sobre su difusión y reproducción, de manera que embargan el contenido de manera permanente. Con tal de publicar en esas cabeceras, los científicos están dispuestos a que el conocimiento no circule sino entre aquellos que disponen de financiación necesaria para procurarse el acceso;
  6. De las cinco editoriales con una facturación más alta en el mundo, cuatro son de contenidos científicos, técnicos y profesionales;
  7. Según el último informe de REBIUN, las bibliotecas universitarias españolas gastaron en suscripciones a revistas científicas 100 millones de euros. Según la revista Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America significativamente titulado Evaluating big deal journal bundles, los precios de las revistas seguían incrementándose y las editoriales pretendían comercializar paquetes de suscripciones no desagregables, que no tenían en absoluto en cuenta la dimensión de la institución y/o bibliotea a la que se lo vendían y los recursos financieros de los que disponían, todo con la obvia intención de maximizar sus márgenes de contribución y sus beneficios netos (toda la información, cuantificada, puede encontrarse en este enlace);
  8. Mientras las Agencias de Evaluación nacionales sigan empeñándose en utilizar como único índice de calidad de la actividad científica (como hace ANECA en España) el Journal Citation Report (las métricas de los años 60, por tanto), no habrá posibilidad de que el conocimiento se haga público. Su actitud contradice incluso las leyes nacionales de la ciencia y todos los acuerdos internacionales sobre Open Access, incluido la Berlin Declaration on Open Access;
  9. Es urgente e imperativo, por tanto, cambiar las modalidades de reconocimiento para cambiar los hábitos de producción, circulación y uso del conocimiento. Es urgente e imperativo, por tanto, apoyar las iniciativas de exploración de métricas alternativas, Alt-metrics, y suscribir declaraciones como la de Alt-metrics: a Manifesto.
  10. Encontraremos oposición, sobre todo de la oligarquía académica y de los grandes grupos editoriales internacionales, sin duda. Pero la ciencia es mucho más importante que todos ellos juntos.
  11. La inteligencia colectiva se basa en la posibilidad de compartir el conocimiento y de incrementar exponencialmente su valor mediante su uso, tal como demuestran iniciativas como la de PLOS Ebola Collection;
  12. Como contribuyente espero, además, que el conocimiento producido con parte del dinero que aporto a las arcas del Estado, se comparta y se difunda libre y abiertamente, haciéndolo compatible mediante embargos razonables con los derechos de propiedad intelectual de los autores;
  13. Ulrich Beck ya nos lo advirtió en La sociedad del riesgo: desde Hiroshima, al menos, sabemos que no podemos dejar la ciencia en manos solamente de los científicos, que los ciudadanos tenemos el derecho y el deber de cogestionarla, de decidir cuáles deban ser sus fines, porque no somos meros sujetos pasivos (cobayas, sujetos de experimentación) a merced de lo que deseen hacer. La ciencia ciudadana es la exigencia de esa participación sin cortapisas, y necesita, para convertirse en realidad, de un conocimiento que circule libre y abiertamente;
  14. El Estado, el mismo que debe promover la investigación, puede y debe asumir parte de su difusión y circulación: en Francia la iniciativa openedition.org resulta un ejemplo envidiable de transparencia y accesibilidad.

La semana pasada se celebró en Madrid el encuentro internacional Open Access Madrid 2014, auspiciado por la Wenner-Gren Foundation. El resultado de las intervenciones de todos los especialistas que intervinieron puede encontrarse en la siguiente publicación:

Pre-publi OA MADRID 2014.pdf by Joaquín Rodríguez

14. El invento de Tim Berners-Lee, Internet, trata de la posibilidad de que los científicos asuman el control de los medios de producción, difusión, circulación y uso del conocimiento que producen. Usemos Internet.

 

¿Por qué Open Access? Tenemos suficientes razones.

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Una invitación a cenar

Tuve la suerte durante casi una década de compartir con Amador Fernández-Savater la dirección de la (extinta) revista Archipiélago. En pocas ocasiones puede uno encontrarse con una persona tan inteligente, generosa y bienhumorada como en el caso de Amador, lo que no quiere decir, afortunadamente, que siempre esté de acuerdo con él. En los últimos días ha corrido como pólvora en la red el post que incluyó en el blog de la Editorial Acuarela que ahora dirige refiriéndose a la cena ministerial a la que le habían invitado a participar con motivo de la desestimación de la Ley Sinde(scargas). Ese post, que ha sido masivamente retweeteado y ha sido luego publicado en un ejercicio de reingeniera informativo por El País, se titulaba “La cena del miedo” que fue, al parecer, el ingrediente con el que se cocinaron las viandas servidas. Es cierto que la culpabilización o la persecución masivas sin que prevalezcan las garantías jurídicas indispensables no parece una estrategia adecuada. La vigilancia tecnológica perfecta, la pesadilla de un gran hermano tecnológico ajeno al control jurídico efectivo, que pueda intervenir en las comunicaciones privadas sin el resguardo que la Ley procura, no parece que sea la estrategia que un Estado de derecho deba adoptar. La naturaleza elusiva de la red, su arquietectura nodal, permitirá eludir casi todos los controles que se interpongan, por otro lado. Hasta aquí puedo convenir con el autodenominado movimiento por el procomún o el acceso libre su preocupación por esa posible violación jurídica. No creo que alentar el miedo sea la fórmula pedagógica que nos haga entendernos ni aprovechar todas las potencialidades que la red nos ofrece.

La Ley de Propiedad intelectual, en el Artículo 2 de su Título 1º dice que “la propiedad intelectual está integrada por derechos de carácter personal y patrimonial, que atribuyen al autor la plena disposición y el derecho exclusivo a la explotación de la obra, sin más limitaciones que las establecidas en la Ley”. No hace falta ser Catedrático de Derecho en Salamanca para interpretar el sentido de la Ley: cada cual puede disponer soberanametne del contenido original que cada uno pueda producir. Solamente resulta irrenunciable la propiedad moral, pero es plenamente conferible la propiedad material o patrimonial de lo creado. El copyleft es, en definitiva, copyright, no son extremos antagónicos, sino potencialidades contenidas en el mismo texto de la ley. En estas circunstancias, lo que habría que explicar, en una pedagogía verdaderamente amplia de la propiedad intelectual (no en la estrecha y atrabiliaria iniciativa de Esdelibro), es por qué, en algunas ocasiones, puede resultar extremadamente beneficioso desprenderse patrimonialmente de lo creado, haciéndolo circular, para verlo exponecilametne acrecentado. La generación de contenidos científicos en abierto es el ejemplo por antonomasia de este extremo, porque el fin principal de la ciencia es, precisamente, ese: construir conocimiento a partir del conocimiento heredado en una hilazón sin fin; o, también, el ejemplo por excelencia de la Wikipedia, donde el esfuerzo sumado de cientos de miles de personas logra construir el mayor repositorio de conocimento abierto de la web. Las licencias Creative Commons -creación común y compartida, creación comunitaria-, no son distintas al Copyright: son, simplemente, la posibilidad de graduar a voluntad la disponibilidad legal de lo creado, haciendo posible que cualquiera ponga a disposición de los demás el contenido generado si así lo desea y si piensa que de su contribución puede derivarse un beneficio personal y general. Las leyes no pueden ni deben coaccionar la creatividad si los autores han decidido, voluntariamente, valerse de este recurso legal.

En Free Culture, el libro con el que Lawrence Lessig llamó la atención sobre este enrevesado asunto, se discutía la manera en que las grandes corporaciones pretendían acaparar los derechos de las obras huérfanas, evitando su reutilización y extendiendo, en la medida de sus fuerzas, el ámbito temporal de aplicación del copyright, pero en ningún caso -y Lessig lo reiteraba sin ambages-, abogaba por la piratería o el hurto de contenido sin la aquiescencia de sus legítimos propietarios. Es un silogismo inicuo aludir a que la naturaleza virtual e infinitamente reproducible de los bienes digitales nos obliga casi a una suerte de intercambio incontrolado de contenidos, a un tráfico de copias y difusión sin barreras, a la justificación, en fin, de la descarga y la copia. En esto -igual que me ocurre con Amador-, tengo que disentir de uno de los abogados más inteligentes e intelectualmente inquietante que conozco: Javier de la Cueva, del que tanto he aprendido. Es otro silogismo trivial aludir a que compartir e intercambiar es esencialmente bueno: claro, también lo es en el mundo físico y analógico, igual que lo sería que todos dispusiéramos de alimento y vivienda gratuitos y, a ser posible, de un trabajo bien remunerado y gratificante. La esencia reproducible de los bienes digitales y las posibilidades de comunicación y transferencia ilimitadas que la red nos ofrecen no son razón suficiente para enajenar forzosamente ningún contenido si no media la voluntad de su autor.

Por eso quiero yo invitar a cenar, ahora, a Amador y a Javier, y también a la Ministra y al resto de los comensales miedosos que abogaban por soluciones tajantes, para intentar explicarles este punto de vista conciliador: las penalizaciones sin control jurídico, el gran hermano vigilante, no son la solución; las campañas arteras de los gremios editoriales y de las asociaciones que gestionan los derechos de autor (parte interesada poco proclive a perder sus privilegios), tampoco lo son; una pedagogía integral de la propiedad intelectual que explique que los autores pueden disponer soberanamente de sus derechos, sí  lo es; una didáctica que exponga hasta qué punto puede resultar extraordinariamente beneficioso, para el autor y la comunidad, liberar los contenidos creados valiéndose de la fuerza irreductible de la web y de la condición inagotable de los bienes digitales, también me parece que puede ser una solución satisfactoria para todos las partes; el copyright, paradójicamente, recobra vigencia en la web, porque la sobreabundancia informativa exige intermediadores cualificados, brokers o curadores digitales, que pongan su criterio selectivo a trabajar y se beneficien de ello; utilizar con conocimiento las licencias que nos permiten operar voluntariamente de una u otra forma, en diferentes contextos, también será la solución; emplear licencias aún más novedosas, como la Public Domain Mark 1.0, para calificar como obras de Dominio público a aquellos contenidos sobre los que no existe restricción alguna -evitando el uso abusivo que las corporaciones puedan hacer sobre las obras huérfanas-, también lo es.

Pago yo.

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El copyright y el Premio Nobel

(Con ocasión de la entrega de los Premios Nobel ayer 11 de diciembre, me permito recobrar un texto que publiqué originalmente en el número 55 de la revista Archipiélago, marzo-abril 2003)


Para ser premio Nobel es conveniente no confundir el copyright –el reconocimiento público y general de la propiedad intelectual o artística sobre una determinada obra o producto– con el derecho a ser reconocido por los pares –la valoración positiva de los iguales, la estimación del círculo restringido de los conocedores, la consideración del limitado y selecto grupo de los especialistas en la materia tratada–. El primer derecho genera, sobre todo, dinero y visibilidad pública; el segundo derecho engendra pres- tigio intelectual, honores académicos y capital simbólico, es decir, el reconocimiento de singularidad que los pares conceden. Para ser premio Nobel parece evidente, por tanto, que conviene cultivar más la celosa sanción de los semejantes que la dis- tante confirmación administrativa, y ese asentimiento de los iguales se consigue, sobre todo, gracias a una curiosa mezcla de desinterés –la insumisión de la lógica del descubrimiento científico a demandas externas o ajenas a la propia lógica del descubrimiento– e interés –por la propagación del contenido de lo descubierto o lo investigado entre el restrictivo grupo de los expertos y los especialistas–.




Según establece Bourdieu en El oficio del científico, la existencia misma del campo científico depende de tres aspectos íntimamente ligados: la limitación del derecho de entrada asociada a la elevación y especialización de los conocimientos requeridos, a la disposición de un capital científico específico que sólo se adquiere mediante el conocimiento de la propia tradición científica; la transformación de cualquier aspiración o impulso, de la libido dominandi, en libido scientifica, en la ambición y el empeño por avanzar en el conocimiento científico de la realidad dirimiendo las diferencias mediante la razón y el sometimiento al juicio de los pares; y, por último, la profunda convicción llevada a la práctica de que sólo el desinterés –afirmando la independencia radical de la investigación científica respecto a intereses heterónimos y ajenos al campo y abogando por la difusión y uso igualitario del conocimiento y los productos de la ciencia– puede a la larga engendrar interés (forma de acumulación del capital simbólico bien conocida en antropología).



Pues bien: si uno pretendiera ser premio Nobel de algo y tuviera Internet a mano y pudiera prescindir, en consecuencia, de la intermediación de los editores para hacer circular las ideas y los descubrimientos científicos cumpliendo, con ello, el mandato implícito propio del campo científico, no habría lugar a dudas sobre el procedimiento a seguir. Al fin y al cabo, Internet devuelve el mango de la sartén –como nos recuerda la carta abierta de la Public Library of Science– a los que la habían dejado de tener porque las complicaciones de la puesta en página y, sobre todo, de la difusión, requerían de profesionales especializados que se hicieran cargo de ello. Cuando las herramientas de edición y las propiedades del soporte permiten que uno controle tanto la generación de los contenidos como su difusión, no parece que la edición, tal como la entendíamos hasta ahora mismo, tenga un futuro muy alentador por delante. Tanto es así que las editoriales tradicionales que vivían (aún lo intentan) de la edición científica, a falta de mejores ideas y ante la evidencia de que la alianza de la libido scientifica y la edición electrónica es imparable, se dedican a la aplicación indiscriminada de políticas abusivas y restrictivas –cómpreme usted toda una base de datos y cuidado que le controlo el número de accesos y las veces que intenta copiar un artículo y enviárselo a alguien interesado–, a ver si cuela. Algo así como intentar empaquetar o embotellar el aire e intentar venderlo a quienes lo respiran libremente advirtiendo, además, que el compartir una botella de aire comprimido es delito que contraviene el breatheright.



¿Qué es lo que impide a los científicos y a sus comunidades caer en la cuenta, sin embargo, de esta obviedad? La pregunta no es gratuita y desmontar ciertas inercias y apegos a formas de consumo y difusión requiere de iniciativas poderosas y globales que alteren la percepción de las cosas: la ya mencionada Public Library of Science es una iniciativa de científicos para científicos que pretende, sobre todo, crear conciencia de la propia autonomía e independencia, que apela, por tanto, a los principios fundamentales y constitutivos del campo científico. La Budapest Open Access Initiative, por su parte, propone el acceso universal y sin restricciones al contenido de las publicaciones científicas y la creación, también, de archivos de prepublicaciones o trabajos en curso sujetos a críticas y revisiones, todo ello financiado y auspiciado por mecenas que en este caso pretenden que la globalización contribuya a la generalización del acceso al conocimiento –loable si contribuye a la expansión del campo científico y a reforzar sus leyes intrínsecas y no se le pasa por la cabeza pedir algo a cambio.


Existen, claro, resistencias de otra índole que tampoco son menores, pero en absoluto irreducibles: ciertos sectores conservadores dentro de ciertas especialidades científicas pueden percibir esta apertura como un riesgo para la posición de poder que ocupan, porque no debemos olvidar que en la ciencia se lucha por imponer el reconocimiento de una determinada forma de conocimiento, aunque eso se haga, inevitablemente, sublimando la libido dominandi en libido sciendi siguiendo los preceptos del campo científico. De esa forma, los comités científicos y de redacción de determinadas y prestigiosas revistas científicas pueden pensar con razón que la facilidad y fluidez de la difusión de los contenidos altera el equilibrio preestablecido, pero poner puertas al campo nunca ha sido un buen negocio. Además, nadie ha dicho que en una revista científica cuyo soporte sea digital y se distribuya a través de Internet no se vaya a necesitar un comité prestigioso versado en la materia de que se trate. Otra cosa será de qué manera discriminar y atribuir valor al aluvión de publicaciones que puedan surgir.

Hay, también, cómo no, un apego al papel, a lo que su materialidad tiene de garante de la estabilidad y calidad de lo editado (que alguien llame la atención, por favor, sobre La vida social de la información, editado sin pena ni gloria en España). El papel del papel no es sólo el de absorber la tinta sino, más bien, el de proporcionar consistencia, valor y realidad a los contenidos, porque así lo han querido algunas sociedades, y esa tradición de siglos no se olvida así como así –en algunos casos,
no conviene ni que se olvide-. En todo caso, la naturaleza misma de la información científica –en rápida y constante transformación, fugaz en buena medida– y de las comunidades científicas que la tratan y manipulan –construyen sobre el rescoldo de lo que se conoce–, hacen del papel algo enteramente prescindible.

¿Y qué le queda por hacer entonces a la editoriales comerciales? No es cuestión de ocultar datos en beneficio de una tesis que pretenda verificarse a toda costa: Reed Elsevier, según publica la revista Forbes Global en su número de 11 de noviembre de 2002, alcanzó una facturación mediante la venta de revistas y artículos científicos a través de la red de 1,5 billones de dólares. La propia magnitud de la cifra nos ha- bla, claro, de la dimensión del negocio, de la extensión del debate y de la sensación de despojo de los científicos militantes. Kluwer Online, la división digital de Kluwer Academic Publishers, anuncia en su último boletín de noticias que el Dr. Kart Wüthrich, editor jefe de la revista Journal of Biomolecular NMR publicada y distribuida exclusivamente a través de Kluwer Online, ha obtenido el Premio Nobel de Química del año 2002, de manera que es cierto que los caminos del Nobel son innumerables y que no siempre es el más recto el que conduce a la misma recompensa. La tangible e innegable realidad anterior no debe ocultar, sin embargo, la pregunta que sigue flotando en el aire: ¿durante cuánto tiempo seguirán las cosas así cuando Internet ofrece una posibilidad de reapropiación incontestable? Pues bien, tanto la Budapest Open Access Initiative como la Public Library of Science abogan por una especie de periodo de transición en el que se busquen fórmulas de viabilidad económica para las empresas editoriales comerciales que vayan a perder el cuasi monopolio del que gozaban, pero todo eso suena, más bien, a la música de fondo de unos grandes almacenes que nos va distrayendo mientras vamos a lo nuestro: ni el valor añadido que potencialmente pudieran sumar las editoriales comerciales a los productos científicos es algo que ya no puedan hacer las propias comunidades científicas (comparen, si no, las interesantes iniciativas que proponen Safari Books y Science Direct de Reed Elsevier, con la que propone la Public Library y lo que ya funciona en páginas públicas como las del Online Journal Publishing Service del American Institute of Physics y la National Academy Press basada en la búsqueda de contenidos concretos en multitud de publicaciones), ni prestar seis meses los contenidos a las editoriales para que los comercialicen y distribuyan con la condi- ción de que a su vencimiento los hagan accesibles parece que sea otra cosa que una cuestión de tiempo (hoy seis meses, mañana dos y al otro ninguno).



Cuando la libido se exalta y encuentra, además, el medio a través del que alcanzar el objeto de su deseo, lo mejor que uno puede hacer, como ya demostrara Almodóvar, es someterse a sus leyes (y publicar en un blog).

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