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La edición y la ecología de la investigación

A menudo se reivindica una versión fuerte del copyright, de la parte más angosta de la Ley de Propiedad Intelectual, apelando a la función cultural de los editores y a la preservación de la creatividad. Entre quienes lo defienden, claro, están aquellos que creen que tienen mucho que perder y poco que ganar. Como en cualquier transformación, sin embargo, esa cuenta de pérdidas y ganancias es inevitable. Los editores difunden cultura, es cierto, o es cierto al menos en parte, al igual que los creadores generan contenidos culturales, al menos parcialmente. De ahí no se deriva, sin embargo, que esa función de creación y diseminación cultural esté mejor o peor protegida por un tipo de licencia que limita la circulación y la reproducción de los contenidos; tampoco se deriva de esa premisa que los únicos que puedan distribuir cultura deban ser profesionales dedicados a ese ejercicio.

Este prolegómeno viene a cuento de la celebración de la inminente Feria de Frankfurt, de la celebración del seminario “Economy and Acceptance of Open Access Strategies” y de la presentación de los resultados del programa europeo PEER “Publishing and the ecology of european research“. Históricamente, fueron los científicos quienes cayeron en la cuenta que un nuevo medio de producción, Internet, les permitía reapropiarse de toda la cadena de valor que había estado tradicionalmente en mano de los editores. Más aún, que debían prescindir de todos aquellos que mermaban valor al contenido que producían: ¿por qué no publicar en abierto cuando es el crédito y el reconocimiento de los pares quienes dispensa prestigio y renombre? ¿por qué no construir una red abierta y transparente, distribuida, de peer review que garantice la calidad y la legitimidad de lo publicado? ¿por qué no abrirlo para generar una plataforma de conocimiento común y compartido accesible a cualquiera que lo demande y lo necesite, haciendo con eso real la vocación comunal de la ciencia?

¿Se atrevería alguien a decir que los científicos, sin intermediaciones editoriales, no generan conocimiento y cultura? ¿Se atrevería alguien a no recomendar un uso consecuente de lo que la propiedad intelectual permite, es decir, disponer libremente de lo creado para hacerlo circular a voluntad? ¿No se darán cuenta los editores y de quienes los representan que ese terreno está perdido o que, al menos, deberán convivir con él generando valor a esa nueva cadena de una manera enteramente distinta a la preliminar, un tanto abusiva y costosa? Y el ejemplo de la comunidad científica que se apodera de sus herramientas de edición es naturalmente extensible a multitud de colectivos civiles, personales y profesionales, claro está.

Si algo me gusta de la Feria de Frankfurt, si padezco el famoso síndrome (tal como lo describiera Sergio Vila-San Juan), es porque saben enfrentarse sin embozos ni ambajes a la obvia realidad, atreviéndose a proponer soluciones sin acantonarse en evidencias acortonadas cuando no manifiestamente imaginarias. Como reza el lema de la feria este año: pensar de una manera novedosa. Eso es lo que necesitamos.

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Frankfurt y los mercaderes de la cultura

Mañana miercoles, 6 de octubre, comienza la feria de ferias, el lugar que cualquier amante de los libros debería visitar al menos una vez en su vida para cobrar plena conciencia de las inabarcables proporciones de este negocio que no es negocio. No cabe la menor duda que, tal como acuñara Ernst Rowohlt, el gran editor alemán, el oficio de editor es una ocupación intrínsecamente bastarda, porque ama el dinero tanto como el arte o viceversa. No hay buenos libros sin buenos planes financieros ni ventas sostenidas; no hay ventas sostenidas ni márgenes de contribución aceptables si no interviene un criterio refinado de selección literaria. Pierre Bourdieu, el gran sociólogo francés, lo dejó también escrito y yo no paro de repetirlo: la profesión de editor es compleja, díficil, porque trata de hacer convivir el agua con el aceite, el amor al arte con un riguroso criterio contable y comercial. Frankfurt es lugar donde la confusión inevitable de los dos criterios se da cita y se fusiona de tal forma que uno nunca sabe si lo que prepondera es el amor por los libros o las cantidades estratosféricas alcanzadas por algunas pujas alanzeadas por el interés pecuniario de agentes e intermediarios. Ni una cosa ni la otra, quizás las dos.

Mi amigo José Pons, que es un editor irreductible (y cada vez más consumido por el peso de esa responsabilidad), me recomendó hace poco un libro que he devorado casi por entero, una obra directamente deudora de esa otra que nunca me canso de recomendar: Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario, que ahora tiene una heredera contemporánea, una puesta al día que Bourdieu anticipó en gran medida sin poder tener en cuenta, claro, la deriva digital. Merchants of Culture. The Publishing Business in the Twenty-First Centure, del profesor John Thompson, también sociólogo, corrobora lo que Bourdieu anticipara siguiendo la lógica del campo literario: las grandes concentraciones editoriales y comerciales que amenazaban con desestabilizar el campo literario hacia su polo más comercial, desnaturalizando en buena medida su impulso de emancipación original, que no era otro que independizarse de una demanda opresiva, parecen estar sufriendo una recesión anunciada: las grandes cadenas de librerías que conspiraron para cerrar las pequeñas librerías independientes, se ven ahora agobiadas por unos gastos generales inasumibles, por una disminución anoréxica de la oferta exhibida, por una insumisión de los pequeños que tienden a recuperar el espacio del que se les había privado. El campo literario basa su funcionamiento, precisamente, en que nuevos y continuos independientes innovan y arriesgan insuflando al campo con nueva vida y nuevas ideas, asumiendo los riesgos inherentes a la inversión cultural, practicando cabalmente la exploración y el descubrimiento. Y nadie ha dicho que eso sea fácil.

Pero además de esa interesantísima constatación empírica de lo que está sucediendo, Thomson añade algo que Bourdieu nunca pudo anticipar: la deriva digital y sus previsibles consecuencias. Parece que los grandes agentes analógicos viran hacia una dimensión más razonable haciendo de nuevo sitio a los pequeños pero mientras tanto, en el mundo digital, agentes por completo ajenos al campo, comodifican con ambición comercial desmedida buena parte del patrimonio intelectual. Mercaderes digitales de la cultura que no se paran en consideraciones equitativas sobre el tamaño de los sellos editoriales o de las librerías ¿Es eso necesariamente bueno? ¿Necesariamente malo? ¿De qué manera resolver ese acertijo renovado entre el amor por los libros y por el dinero? Ya lo dijo Ernst Rowohlt: un oficio bastardo, sea en el formato y el medio que sea.

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