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Esto (no) es una narración transmedia

# Todo medio genera su propio lenguaje.

# Cuando todos los medios que conocíamos son susceptibles de ser digitalizados —la escritura, el cine, la música—, se genera una nueva forma de hibridación, de confluencia, que genera una forma de expresión necesariamente distinta, combinada y agregada, que estamos todavía aprendiendo a construir y a descifrar.

# En esa hibridación los nuevos medios acaban encontrando su verdadera naturaleza y significado cuando remodelan y renuevan los usos de los antiguos medios, cuando los remedian, tal como lo denominaran Jay David Bolter y Richard Grusin[1].

# Algunos han denominado a este nuevo horizonte creativo cultura de la convergencia[2], porque la naturaleza nativa e íntegramente digital de todos los medios fuerza su concomitancia;

# Siempre ha sucedido a lo largo de la historia que el nuevo medio ha prolongado durante un tiempo variable la forma de expresión precedente: “según parece”, escribió el gran Walter Ong, “la primera poesía escrita en todas partes, al principio consiste necesariamente en una imitación por escrito de la producción oral. Originalmente, la mente no cuenta con recursos propiamente caligráficos”[3]. Esa presencia de lo oral en los textos escrito, esa tensión entre la oralidad y la escritura, se encuentra todavía presente hasta los textos del siglo VI D.C.

# En el año 16 del siglo XXI, adentrados tan sólo unas pocas décadas en el nuevo ecosistema digital global, no cabe duda de que todavía estamos en ese estadio en el que imitamos y remedamos digitalmente los medios de expresión precedentes.

# Aún así vislumbramos que el contenido, la narración, se desplegará en distintos medios, contando cosas diferentes o complementarias en cada uno de ellos, según sus potencialidades y características. Curiosamente, esa expansión o extensión no descarta que alguno de los soportes en los que se exprese la narración vuelva a ser analógico.

# “Seamos realistas”, escribió Henry Jenkins: “hemos entrado en una era de convergencia de medios que hace que el flujo de contenidos a través de múltiples canales sea casi inevitable”[4].

# Por voluntad de los autores que generan el relato, o sin voluntad alguna en algunos casos, lo cierto es que sus destinatarios no se conforman con disfrutarlo estáticamente: lo manipulan, lo amplían, lo mezclan, lo enriquecen, lo comparten y lo distribuyen, utilizando para ellos todas las potencialidades de los medios digitales. El fenómeno de la  fan fiction no es, por eso, el de un mero club de fans. Es, más bien, el de un taller creativo que sigue una pauta inicial hasta convertirla en una nueva obra derivada.

# “Los niños que han crecido consumiendo y disfrutando de Pokemon través de los distintos media”, escribió también Jenkins, “van a esperar que este mismo tipo de experiencia se encuentre en El ala oeste a medida que se hagan mayores. Por diseño, Pokemon se desarrolla a través de juegos, programas de televisión, películas y libros, sin que ningún medio se sobreponga de manera privilegiada sobre cualquier otro”.

# El 22 de febrero de 1774 se celebró en Londres el juicio Donaldson contra Becket[5]. El primero, librero, con tienda en esa misma ciudad, reclamaba la limitación temporal de los derechos de los autores y editores sobre la propiedad intelectual de sus escritos. La Cámara de los Lores, habilitada para tomar decisiones ejecutivas al respecto, concluyó que el autor tenía derecho al copyright, a la propiedad de su trabajo y del fruto de su trabajo, pero esa posesión vendría limitada por el derecho que los demás detentaban de acceder al conocimiento. Sobre ese equilibrio entre propiedad y acceso, en un mundo analógico, se ha construido el edificio legislativo de la propiedad intelectual. Va siendo hora de adaptar sus términos, de modificar y adaptar esas leyes, cuando los usuarios generan toda clase de obras derivadas digitalmente a partir de un original.

# Dice Lessig: “si la piratería significa usar la propiedad creativa de otros sin su permiso —si es verdad que “si hay valor, hay derecho”— entonces la historia de la industria de contenidos es una historia de piratería. Cada uno de los sectores más importantes de los conglomerados de medios de hoy en día —el cine, los discos, la radio y la televisión por cable—, nació de una forma de piratería, si es así como la definimos. La historia, que se repite sistemáticamente, consiste en que la última generación de piratas se hace miembro del club de los privilegiados en esa generación —hasta ahora—“[6].

# Llamamos convencionalmente narrativa transmedia, por tanto, a las historias y narraciones que se despliegan a través de múltiples medios digitales —sin excluir alguna modalidad analógica—, y en las que los destinatarios intervienen activamente en su desarrollo, modificación, extensión y resolución. No es infrecuente que se adopten diferentes denominaciones para describir la transmedialidad del hilo narrativo y que encontremos designaciones como cross-media, plataformas múltiples o multimodalidad.

# Una buena y profunda adaptación de una obra precedente, que despliegue el argumento a través de medios diversos, debería ser también considerada una modalidad de narrativa transmedia.

# Lo transmedial no se limita a la ficción narrativa. Puede abarcar potencialmente cualquier forma de razonamiento y expresión, sea el pensamiento científico y sus modalidades de publicación y circulación, sea la poesía y ciertas encarnaciones móviles y digitales, sea una campaña de márketing y comunicación que discurra en diversos medios y dispositivos.

[Este es un fragmento del artículo "Esto (no) es una narracción transmedia" aparecido en el último número de la revista Telos. Revista de pensamiento sobre comunicación, tecnología y sociedad, 104 - Junio - Septiembre 2016, coordinado por Javier Celaya y dedicado a "El futuro del libro en la era digital]. Puede descargarse el número completo en el siguiente enlace y este artículo en particular en este otro].

[1] Bolter, J. D. y Grusin, R. 1998 Remediation. Understanding new media. MIT Press, 312 p.

[2] Jenkins, H. 2008. Convergence Culture: Where Old and New Media Collide. NYU Press, New York, 368 p.

[3] Ong. W. 1998. Oralidad y escritura. Madrid. FCE.

[4] Jenkins, H. 2003. “Transmedia storytelling”, en MIT Technology Review, http://www.technologyreview.com/news/401760/transmedia-storytelling/

[5] Vaidhyanathan, S. 2003. Copyrights and Copywrongs: The Rise of Intellectual Property and How it Threatens Creativity. NYT Press. New York. 256 p.

[6] Lessig, L. 2005. Por una cultura libre. Madrid. Traficantes de sueños. 304 p.

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Libros que no acaban

No hay casi ningún libro que se contente con los límites de sus páginas. Casi todos tienden a desbordarse, a rebosar de significado. Unos más que otros, claro. Este es un lugar común en la literatura desde los años 60 del siglo XX al menos: “La literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de que un sólo libro no lo es. El libro no es un ente incomunicado: es una relación, un eje de innumerables relaciones. Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída”, dice uno de los comentarios más citados de Jorge Luis Borges.

Quizás sea esa la suposición sobre la que se basa el desarrollo del sitio web dedicado a La izquierda reaccionaria, un viejo libro de Horacio Vázquez-Rial que rejuvenece digitalmente gracias a que sus editores se preocupan, seriamente, por interpretar editorialmente ese rebosamiento de significado, esa abundancia de sentidos e incitaciones que un libro a veces no puede contener. Y no es sólo, simplemente, añadir materiales como señuelo, como reclamo comercial, como extra por los euros que hubieran podido pagarse por una versión en otro formato. Se trata de explorar, cabalmente, los meandros y vericuetos que una indagación deja insinuados en el papel y pueden seguir rastreándose en el vasto espacio de lo digital.

Algo así ocurre, también, con Poor economics: a radical rethinking of the way to fight global poverty, una obra llamada a transformar el mundo, dicho simple y llanamente, sin rodeos: un trabajo, por tanto, de una magnificiencia que sus datos, sus ejemplos, los casos sobre los que están basados sus ejemplos, las buenas prácticas que puedan derivarse de las enseñanzas que propague, su apertura a un posible coedición ciudadana en forma de wiki donde se vayan sumando las evidencias, testimonios, cartografías, iniciativas, a las que la obra pueda dar lugar, abre una nueva etapa en la forma de comprender, también, la edición. La del libro que nunca acaba, la de la edición fluida. El ejemplo de Macrowikinomics, de Don Tapscott, es tan bueno como el anteriorr.

“… un texto”, decía Roland Barthes, “no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura”. Aquel texto se titulaba, premonitoriamente, La muerte del autor, y aunque los fans de Harry Potter no pretendan en ningún caso liquidar a su autora original, también es cierto que sin teorizarlo ni saberlo juegan a lo que Barthes anticipó cuarenta años antes, a tejer un inabarcable texto de citas al pie de una obra inicial. Eso ocurre en sitios -por citar uno sólo- como FictionAlley, donde centenares de insurrectos fans pretenden prolongar las fantasías de su héroe cabalístico, en un ejemplo claro de lo que la fanfiction comporta y de lo que un libro inacabable puede significar.

Es posible que mucha literatura ni necesite ni desee ser prolongada, porque de lo que se trata es, precisamente, de conformarse con lo que el autor quiso y propuso; es posible también que, editorialmente, algunos sellos corran el riesgo de ganar en visibilidad por título lo que pierden de coherencia y presencia como sello; es posible que el esfuerzo que comporte prolongar las avenidas abiertas por un libro no esté al alcance de nadie, menos aún de los limitados recursos de los editores, más allá del alcance de lectores que suelen ser solamente merodeadores. Sí, todo eso es verdad, pero también lo es que vale la pena correr el riesgo de explorar las vías abiertas por los libros que no acaban.

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