Los incendios del SE de Australia: debate entre la gestión forestal y el cambio climático

AUTOR  | Emilio Chuvieco. Facultad de CC. Ambientales. Universidad de Alcalá de Henares (UAH).

Pocas semanas después de cerrarse la controversia internacional sobre los incendios de la cuenca del Amazonas en el verano de 2019, agitada por el cambio político en Brasil y la presión conservacionista internacional, empezó una nueva crisis relacionada con los incendios, en este caso en un escenario geográfico y político muy variado

Australia es uno de los territorios con mayor biodiversidad natural, un país con avanzado desarrollo económico y con larga experiencia en la gestión de incendios. No es noticia que Australia se queme: es uno de los territorios con mayor ocurrencia del fuego a escala global (alberga un promedio del 11% del área quemada, solo por detrás de África). La novedad es dónde y cuándo se ha quemado este año. La mayor parte de los incendios australianos ocurren en el norte del país, en el Territorio del Norte y en Queensland, sobre sabanas tropicales y durante la estación seca (Junio a Octubre). Esta zona se viene quemando en periodos muy cortos de recurrencia del fuego casi desde el inicio de la colonización humana del país, hace más de 50.000 años.
La extraordinaria novedad de la campaña de incendios de este año ha sido la masiva afectación del fuego en el Sureste del país, principalmente en los estados de Nueva Gales del Sur y Victoria, que son los más intensamente poblados. Con estimaciones basadas en el producto global de áreas quemadas, parte del proyecto de la Agencia Espacial Europea FireCCI que coordinamos (https://www.esa-fire-cci.org/), se habían quemado hasta diciembre algo más de 25.000 km2 en estos dos estados. Este cálculo resulta conservador, ya que hay que añadir a la cifra lo quemado en enero (aún por determinar) además de las zonas quemadas en incendios pequeños que nuestro producto no detecta con precisión, al basarse en imágenes de sensores de baja resolución espacial (Terra MODIS). 


Como ocurre en otros desastres naturales de los últimos años, parte del debate público pasa por atribuir o no esta inusitada ocurrencia del fuego al cambio climático.

Más allá de la precisión de estas cifras, interesa considerar las anomalías que suponen sobre las tendencias observadas en la serie temporal disponible. Entre 2001 y 2018, se había quemado en ambos territorios un promedio de 7.574 km2, con un máximo en 18.100 km2 en 2003. Comparados con esos valores, en el 2019 se ha quemado en ambos estados 3.32 veces más del promedio anual y casi 5 veces más que en el 2018.  La figura muestra la severa anomalía que suponen los incendios del 2019 en el SE australiano. Usando como base una cuadrícula de 0.25 grados (unos 25 km), en las zonas más pobladas de Nueva Gales, entre Camberra y Sidney y a lo largo de la costa, en algunas de ellas se ha superado el promedio de área quemada hasta 100 veces el valor de la desviación típica de la serie histórica (2001-2018), y son muy abundantes los valores z entre 3 y 6. Asumiendo una distribución gausiana de la ocurrencia histórica del fuego, la probabilidad de que se dén estos valores de área quemada está por debajo del 0.0001.  En la figura también aparecen, en color azul, algunas zonas que no se habían quemado previamente en toda nuestra serie histórica. Hay que recordar que en Este y Noreste de Nueva Gales se encuentran algunas de las ciudades más pobladas del país, como Canberra, Wollong, Sidney, Central Coast y Newcastle. El sur de Victoria también ha sido muy afectado, incluyendo las inmediaciones de Melbourne. De ahí que las inusitadas quemas hayan ocupado la primera página de los medios internacionales, principalmente por el impacto del humo en la salud. En estas ciudades la población local ha tenido que permanecer refugiada en sus hogares huyendo de la severa contaminación aérea. Además de la influencia en la zona costera oriental, también aparecen valores anómalos en el estado de Australia occidental, en zonas muy poco pobladas. A estos valores hay que sumar las estimaciones que se han realizado desde el servicio atmosférico de Copernicus (https://atmosphere.copernicus.eu/wildfires-continue-rage-australia), que cifra en 400 millones de Tm el CO2 emitido a la atmósfera por estos fuegos. 

Como ocurre en otros desastres naturales de los últimos años, parte del debate público pasa por atribuir o no esta inusitada ocurrencia del fuego al cambio climático. Australia tiene actualmente un gobierno conservador, con escaso convencimiento sobre la severidad del problema, lo que ha agitado más todavía el debate interno sobre las atribuciones de esta catástrofe. Algunas voces han puesto el énfasis en la gestión de los bosques australianos, precisamente en un país donde las quemas prescritas cuentan con gran experiencia. Para otros investigadores, las excepcionales condiciones meteorológicas (prolongada sequía, olas de calor), son las principales causas del fenómeno, que imposibilitan atacar estos incendios con métodos tradicionales. Es necesaria una nueva cultura del fuego, insisten, pero también reconocer la gravedad de los impactos del cambio climático, no solo de los previsibles en un inmediato futuro, sino también de los que ya estamos observando. Si las condiciones de peligro resultan excepcionales, solo podemos actuar reduciendo la vulnerabilidad, mejorando la preparación de la población ante los riesgos y los medios de prevención y gestión de la crisis. Esta es, después de todo, la mejor noticia de los incendios australianos de 2019, ya que, pese a la magnitud de la superficie afectada, han implicado menor pérdida de vidas humanas que otras situaciones catastróficas previas. 

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