Un recuerdo para un insigne médico, investigador y profesor: Alberto Tejedor

AUTOR  | Julián García Pareja. Coordinador Jurídico del Programa IMDEA Dirección General de Investigación e Innovación Tecnológica. Consejería de Educación, Universidades, Ciencia y Portavocía del Gobierno

Desde una óptica profesional y vocacional, Alberto Tejedor era una persona poliédrica: médico, investigador y profesor. Y en todas esas facetas sobresalió

En estos días, cuando se celebran homenajes institucionales a las víctimas del virus sars covid-19, quiero traer a la memoria a una persona que nos dejó hace poco más de un año y que tanto seguimos recordando quienes le conocimos, le admirábamos y nos considerábamos sus amigos: el doctor Alberto Tejedor Jorge.

Desde una óptica profesional y vocacional, Alberto Tejedor era una persona poliédrica: médico, investigador y profesor. Y en todas esas facetas sobresalió.

Estudió en la Universidad Autónoma de Madrid, bajo la supervisión directa de científicos de la talla de Alberto Sols o el “padre” de la nefrología española moderna, Luis Hernando. Realizó su residencia en la Fundación Jiménez Díaz y, luego de defender su tesis, marchó a la Universidad de Montreal, con una beca posdoctoral. También estuvo varios años trabajando e investigando en la Escuela de Medicina de Dallas. A pesar de que ya tenía una posición permanente en Montreal y le habían ofrecido un contrato en Dallas, cuando le llegó una invitación para incorporarse como adjunto en el servicio de nefrología del Hospital Gregorio Marañón, volvió a Madrid y estuvo siempre comprometido con la sanidad publica madrileña.

Alberto fue un gran médico, formando parte de la mejor generación de nefrólogos que probablemente haya habido en Madrid, con compañeros y amigos como Alberto Ortíz o Fernando Liaño.

La actividad clínica de Alberto estuvo permanentemente influida por una visión humanista de la medicina. Tuvimos ocasión de hablarlo muchas veces. Para él, el médico no solo debía curar. También formaba parte indisociable de su cometido acompañar y aliviar, en lo posible, el padecimiento de los enfermos y sus familiares. Estoy convencido de que los pacientes que fueron tratados por él personalmente, siempre recordarán la bonhomía y el amable trato del Dr. Tejedor.

Desde que comenzó a trabajar en el Gregorio Marañón, a sus actividades clínicas unió una faceta que para él nunca podía separarse de aquella, la tarea investigadora. Y lo hizo en uno de los lugares, quizá, más hostiles que haya habido en nuestro país para hacer ciencia biomédica: un hospital. Fundó el Laboratorio de Fisiopatología Renal y fue uno de los arquitectos de la Unidad de Medicina y Cirugía Experimental. También impulsó el Consorcio madrileño para el estudio del fracaso renal agudo, coordinado por su amigo y compañero de aventuras científicas, Lisardo Bosca, Director del Instituto de Investigaciones Biomédicas Alberto Sols CSIC-UAM. En este Consorcio se integraron grupos de investigación vinculados a los servicios de nefrología de algunos de los grandes hospitales de la Comunidad de Madrid, a varias universidades y a centros de investigación del CSIC, siendo uno de los artífices de la constitución del Biobanco situado en el Hospital Ramón y Cajal.

Alberto Tejedor fue la prueba viva de que en el mundo hospitalario se puede hacer ciencia “con mayúsculas”, y, como él mismo decía, no solo ser utilizados instrumentalmente por el sector privado para ejecutar ensayos clínicos o ser meros “facilitadores de tejidos y muestras” a quienes desarrollan ciencia básica y aplicada en la Universidad o el CSIC. En esa idea comprometió su tiempo y esfuerzo y, hasta en ocasiones, su propio dinero. A veces, incluso, ante la indiferencia, cuando no el desdén, de algunas “autoridades” hospitalarias y, por qué no decirlo, de ciertos compañeros.

Tan importante era la relación entre clínica e investigación para el Dr. Tejedor que, durante muchos años y hasta su fallecimiento se empeñó en obtener un medicamento nefroprotector, que pudiera evitar o prevenir los efectos del fracaso renal agudo. Y lo logró, junto a los componentes de su grupo de investigación y su compañero, el bioquímico Alberto Lázaro. Se llama cilastatina. Su confianza en la bondad del fármaco era absoluta. Habían superado con éxito todos los controles preclínicos. Y, cuando se contagió por covid-19 trabajando en el hospital, solo le restaba encontrar la financiación adecuada y la autorización para iniciar la fase de ensayos clínicos. Confío en que su “sueño”, más pronto que tarde, se haga realidad, y podamos ver la cilastatina administrada en pacientes.

Además de un excelente médico e investigador, Alberto fue un destacado profesor universitario. Catedrático de Fisiología en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, su compromiso con la docencia y la formación integral de los nuevos médicos es algo que hoy se puede constatar. Fue un profesor respetado entre sus pares y muy querido por sus alumnos. Lo he comprobado en múltiples ocasiones y no solo en el Gregorio Marañón.

La simple mención de Alberto Tejedor ante médicos jóvenes provoca muestras de cariño y recuerdo, como “fue profesor mío, de los mejores o, quizá, el mejor” o “yo hice con él la rotación y, aparte de una gran persona, es de los profesores con quien más aprendí”. En los últimos meses, he tenido oportunidad de escuchar estas expresiones y otras parecidas de personas tan distintas como un joven cirujano vascular de la Fundación Jiménez Díaz y una adjunta de oftalmología o un residente de cardiología, ambos del Gregorio Marañón.

Ese compromiso con la formación y la excelencia científica también le llevo a desarrollar una destacada labor como evaluador en el área biomédica. Lo hizo durante muchos años en el Fondo de Investigación Sanitaria del Instituto de Salud Carlos III, y también para distintas convocatorias de la Dirección General de Investigación de la Comunidad de Madrid. Y siempre, doy fe de ello, con el rigor y la humildad que le caracterizaban.

Alberto Tejedor Jorge fue un gran médico, un gran investigador y un gran docente. Pero, por encima de todo eso, era una gran persona. Buena gente. Un hombre machadianamente bueno. Siempre dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera. Una de las mejores personas que he tenido ocasión (y la suerte) de conocer a lo largo de mi vida.

Cuando ha transcurrido algo más de un año de su fallecimiento, quienes le admirábamos y queríamos, le echamos de menos. Debo confesar que personalmente, además, añoro especialmente lo que solíamos llamar “homenajes gastronómicos”, que nos dábamos de vez en cuando, y que se acompañaban de larguísimas sobremesas, conversando sobre los temas más diversos.

Alberto nos dejó físicamente, pero sigue presente. No solo está en el recuerdo de su familia, a la que adoraba (su mujer, Amparo, y sus hijos Marta y Alberto). Permanece en la memoria de muchos de nosotros.

Demasiado temprano madrugó la madrugada.

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