La mujer que descubrió el efecto invernadero y cayó en el olvido

Eunice Foote, citada por Pedro Sánchez en la inauguración de la Cumbre del Clima en Madrid, fue la primera en teorizar sobre el cambio climático en 1856

Eunice Foote tenía un trabajo magnífico que presentar en la octava reunión anual de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS), un prestigioso encuentro en el que los científicos estaban llamados a compartir descubrimientos, discutir sobre los avances en sus campos y prepararse para el futuro. El documento, que demostraba experimentalmente los efectos del sol sobre ciertos gases, teorizaba por primera vez la existencia del efecto invernadero. Sin embargo, el texto que anticipaba la ciencia climática no pudo ser leído por su propia autora. Era 1856 y las mujeres no tenían permiso para exponer sus ideas científicas, así que fue su colega Joseph Henry, profesor del Instituto Smithsoniano, quien lo hizo. A pesar de los impresionantes resultados, Foote fue condenada al olvido.

En su intervención el lunes ante el plenario de la COP25, Pedro Sánchez reconoció la importante aportación de esta pionera desconocida para la gran mayoría. Tiene un curiosa historia. Nacida como Eunice Newton en 1819 el seno de una familia numerosa de Goshen, Connecticut, recibió una educación extrañamente progresista para la época que la llevó a interesarse por las ciencias. Sus experimentos, realizados en un laboratorio construido en su casa, eran ingeniosos. Utilizó cuatro termómetros, dos cilindros de vidrio y una bomba de vacío para aislar los gases de la atmósfera y exponerlos a los rayos solares. De esta forma, se dio cuenta de que el CO2 y el vapor de agua absorbían suficiente calor como para afectar al clima. Esto la llevó a tener una visión notable sobre el dióxido de carbono y el clima pasado de la Tierra.

Foote logró esta hazaña tres años antes que el físico y químico británico de origen irlandés John Tyndall, quien ha sido considerado hasta hace poco como el descubridor del efecto invernadero. Sus experimentos, más complejos, tenían conclusiones similares, pero es probable que el científico ni siquiera conociera lo que había hecho una aficionada al otro lado del Atlántico.

Lo verdadero

Sin embargo, mientras que el nombre de Tyndall ha quedado para la posteridad, el de Foote ha permanecido en las sombras. Su estudio no fue incluido en las Actas anuales de la AAAS, un registro de los documentos presentados en las reuniones anuales. No importó que fuera el mejor de todos. Superior sin duda al de su marido, el matemático e inventor Elisha Foote, que también acudió al encuentro y que sí fue tenido en cuenta. La ciencia era un mundo de hombres. Para alguien como ella, que también participó activamente en el movimiento por los derechos de las mujeres, no tuvo que ser fácil admitirlo. Siete años antes de su trabajo, estuvo presente en la primera Convención sobre los Derechos de la Mujer en Seneca Falls, Nueva York, en julio de 1848. Allí se presentó un documento que exigía la igualdad con los hombres en el estatus social y los derechos legales, incluido el derecho al voto.

Por su trabajo sobre los gases de efecto invernadero, Foote recibió los aplausos de la revista «Scientific American», que la halagaba porque defendía sus opiniones con «experimentos prácticos». El «American Journal of Science and Arts» le dedicó una página y media y un resumen apareció en «Annual of Scientific Discovery». Nada más. Su carrera científica continuó sin apenas destacar hasta su muerte en 1888. Su figura fue rescatada del olvido en 2011 por Raymond Sorenson, un investigador independiente que dio con su artículo tal y como lo leyó Joseph Henry.

Precisamente, en esa lectura el eminente Henry incluyó un prefacio muy acertado que hoy no ha perdido ni un ápice de fuerza y que bien podría ser escuchado en esta Cumbre del Clima de Madrid: «La ciencia no pertenece a un país o a un sexo. La esfera de la mujer abarca no solo lo bello y lo útil, sino lo verdadero».

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