Número 31, septiembre 2005
LA I+D QUE TENEMOS>> Con otro aire
 
  El Pedigüeño

Dícese de aquél individuo que depende en cuerpo y alma de los demás y que vive del cuento

     
Patricio Morcillo Ortega
Catedrático de Organización de Empresas
Universidad Autónoma de Madrid
patricio.morcillo@uam.es
 
"Apprenez que tout flatteur
vit aux dépens de celui qui l´écoute."
La Fontaine

 

 

Para el sensato, para el monstruo sagrado, para el listo, para el colega, para Florentino, para el cazatalentos, para el académico, para el hedonista, para el que pita, para el espabilado, para el Bisbal, para el aristócrata, para el envidioso cochino, para el ilustrado, para mi cuñada Carmen, para el pendenciero, para el empresario, para Forges, para el egoísta, para el canta mañanas, para el tío Tom, para el maestro, para el Guerra, para el cobrador del frac, para el todopoderoso, para el más común de los mortales, para Juan -alcalde in pectore de Bormate-, el Pedigüeño es un individuo que depende en cuerpo y alma de los demás y que vive del cuento.

Pero no crean que esa condición de asistido le hace ir de humilde por el mundo aguantando carros y carretas, más bien todo lo contrario, ¡para chulo él!

Para más señas, diremos que es un comodón empedernido y partidario del más mínimo esfuerzo. Sólo está dispuesto a levantar el trasero de la silla cuando detecta una oportunidad capaz de solucionarle la papeleta durante algún tiempo. Le puede más el bienestar que la avaricia y como todo bon vivant, le encanta repantigarse en la butaca viéndolas venir sin darse malos ratos. Se cree que esto es jauja.

El Pedigüeño nace y se hace. Primero, debe atesorar ciertas predisposiciones innatas que apuntan hacia determinados patrones de comportamiento y, después, debe vivir en un contexto social que favorezca el desarrollo de sus capacidades. Los genes proponen y las circunstancias disponen. De esta manera, mientras va creciendo absorbe, conciente e inconcientemente, algunos valores propios de la Teoría X como los que se refieren a la aversión al trabajo y a la ausencia de ambición.

Idiosincrasia aparte, el Pedigüeño es un liante de tres pares de narices y, como todo buen espabilado, cuando pasa a la acción lidia con un arte que no se pué aguanta todo lo que le echan porque conoce los terrenos que pisa mejor que nadie. Cuando uno va, el ha ido y ha vuelto dos veces. Sabe, por ejemplo, que la vanidad nos pierde y se aprovecha bien de ello haciendo de la adulación y del halago sus principales armas de seducción. Ya lo decía La Fontaine en boca del zorro que, con su cortejo, consiguió que el cuervo que presumía de su afinada voz, abriese el pico y dejase caer el queso que tanto codiciaba: "todo adulador vive a costas de aquél que le escucha".

Bien mirado, no se piensen que el Pedigüeño es un charlatán o que sólo es un charlatán con un pico de oro, siempre tiene preparado un plan B alternativo. Si no funciona la adulación, apuesta por la compasión sabiendo que los seres humanos somos unos santos y que se nos abren las carnes en cuanto alguien se nos acerca y nos dice que ya no siente las piernas.

Algo de camaleón sí que tiene el Pedigüeño porque, sin mayores esfuerzos, entra en la piel de este nuevo personaje y, muy pronto, termina acurrucado al calor del costado de alguna alma caritativa. Santos, sí que somos, pero, también es cierto que no siempre nos empleamos a fondo y muchos solemos confundir la humanidad y lo socialmente correcto con la caridad y la compasión. Los caritativos no se rascan los bolsillos, reparten, a los sumo, caramelos con forma de corazón y misión cumplida, quedándose más anchos que largos. Estas limosnas no te sacan de pobre pero ¿cómo rechazarlas? No se trata de despellejar a todo aquél que se te acerca con buenas, pero medidas, intenciones, y de morderle la mano.

En el ámbito profesional, el Pedigüeño es el que, en los momentos difíciles, va chupando rueda de manera descarada. Cuando llegan los tiempos de penuria, inicia una estrategia de aproximación y se coloca tras el que lleva la voz cantante y marca los tiempos. En muchos casos, su hombre tiene un ego desorbitado por lo que no le será demasiado complicado tocarle la fibra sensible y subirse al carro para tirar adelante. Si, cosa rara, no funciona el peloteo entonces no le quedará otra opción que la de maldecir la mala suerte que le persigue para intentar ablandar el corazón del que reparte oportunidades para que lo mime.

Desgraciadamente, el Pedigüeño no es una especie en vía de extinción sino todo lo contrario. Con lo felices que viven no hay quién pueda con ellos. Pedigüeños van, Pedigüeños vienen, bien, piropeando a diestro y siniestro a todo aquel que ven pasar con buena pinta, o bien, deambulando como almas en pena, como moribundos para atraer la atención de los que, según ellos, nacieron de pie.

El Pedigüeño no pide por pedir como haría el avaricioso porque no es un chupa sangre aunque siempre reclamará lo que cree que le corresponde y, para muestra, un botón.

Cuando don Indalecio Mosquera regía la vieja plaza de toros de la carretera de Aragón en Madrid, quiso contratar a "Guerrita" para que se enfrentara a una corrida de mucho trapío. Revindicando su condición de maestro en tauromaquia y de máxima figura del escalafón "El Guerra" no se echo para atrás y aceptó el reto exigiendo unos honorarios que estuvieran a la altura de las circunstancias. No obstante, al empresario le resultó exagerado el caché que pretendía cobrar el coletudo y exclamó:

    - Sí Rafael, y un jamón.

Al año siguiente, el empresario hizo cuentas y pensó que cabía hacer un esfuerzo para intentar contratar al "Guerra" que era el que cortaba el bacalao en la fiesta. Se dirigió de nuevo al torero para introducirle en un cartel de mucho relumbrón:

    - Bueno maestro, estoy dispuesto este año a darte el dinero que me pidió.

Y "Guerrita" le advirtió:

    - Don Indalecio, me tiene que dar el dinero y un jamón.

Y así fue.