Número 31, septiembre 2005
LA I+D QUE TENEMOS>> Editorial
 
  La I+D que tenemos      
Patricio Morcillo Ortega
Catedrático de Organización de Empresas
Universidad Autónoma de Madrid
patricio.morcillo@uam.es
 
 

El 22 de junio se presentó el Informe Cotec 2005 sobre Tecnología e Innovación en España y se puso, nuevamente, de manifiesto la paupérrima situación de nuestro país en lo que a esfuerzos financieros y capacidad tecnológica se refiere. Lo chocante ya no es, por citar el indicador por excelencia, que nuestros gastos en I+D respecto al PIB (en torno al uno por ciento) sean muy inferiores a los de los países económicamente avanzados imbuidos de una cultura de innovación sino que, por más señas, nos quedamos por debajo del porcentaje relativo a la media de la Unión Europea (cerca del dos por ciento). Según el plan de convergencia aprobado por el gobierno, el objetivo es lograr unos gastos en I+D/PIB del dos por ciento (porcentaje similar al de la media europea) en el 2010 lo que implica registrar una tasa de crecimiento anual acumulada del trece por ciento, esfuerzo nada baladí y muy superior al obtenido hasta la fecha. No obstante, parece que se empieza a colocar las primeras piedras del edificio para que se consiga alcanzar dicho objetivo puesto que el presupuesto nacional para el 2006 vuelve a registrar un esfuerzo muy importante en I+D con una inversión de 4.734 millones de euros, lo que supone un crecimiento del 28,4 por ciento con respecto de la prevista para el 2005, en que ya se aumentó un 27 por ciento.

Es evidente que un dato cuantitativo como son los gastos en I+D con relación al PIB no da, por sí solo, una imagen fiel de la realidad de un país y, aún menos de un país como España ya que si tomamos en consideración la parte correspondiente al esfuerzo llevado a cabo por las empresas debemos abrir un paréntesis y destacar las especificidades de nuestro tejido empresarial. En efecto, este último se caracteriza por la presencia de una importante población de pequeñas y medianas empresas tradicionales, mayoritariamente de origen familiar y con escasos recursos financieros, no dándose, de esta forma, las condiciones ideales para crear y disponer de un importante presupuesto para la I+D.

Con estas premisas, y desde nuestro punto de vista, concluir, a las primeras de cambio, que nuestras empresas no innovan, no deja de ser un diagnóstico precipitado y subjetivo dado que en una economía abierta como la que conocemos, donde ya no se compite tanto a través de la cartera de productos que poseen las compañías sino, más bien, a través de las competencias tecnológicas que las mismas controlan de cara a desarrollar, constantemente, nuevos bienes y servicios adaptados a unas necesidades cada vez más variables de la sociedad, la innovación constituye un imperativo que no se puede soslayar.

De acuerdo con este contexto, nos atrevemos a afirmar que nuestras empresas no son tan poco innovadoras como lo reflejan los datos ya señalados. No es que sean unas campeonas de la innovación pero tampoco son tan rudimentaria en su quehacer diario como lo quieren hacer ver algunas estadísticas. Para poder responder a las exigencias del mercado la gran mayoría de nuestras empresas juegan sus bazas las cuales estriban, fundamentalmente, en su proximidad al mercado y en la fuerte implicación de sus trabajadores. Es más, para reforzar nuestra idea respecto a las iniciativas de las Pymes cabe precisar que para ellas la innovación es vital porque se trata de modernizarse o desaparecer mientras que para las compañías de cierta envergadura que poseen un poder de mercado el hecho de innovar puede ser muy relativo en función de su grado de control sobre el mercado o de las fuerzas competitivas de su sector de actividad.

Por otra parte, volviendo a la importancia de los recursos financieros y productivos, precisemos que éstos son necesarios pero no suficientes para competir en condiciones ventajosas. Sólo permiten competir en "condiciones normales" porque en cuanto algunos de ellos, por su novedad y desempeño, garantizan una mejora de eficiencia éstos son, inmediatamente, codiciados por los competidores que siempre buscarán y acabará por encontrar soluciones de financiación para adquirirlos. Lo que sí, en cambio, es fuente de ventajas competitivas duraderas es la pericia con la que se explotan los mismos y eso depende, en gran medida, de las actitudes y aptitudes de las personas encargadas de utilizarlos.

De esta manera, el aprovechamiento de los recursos disponibles da un giro de ciento ochenta grados cuando interviene la creatividad y la capacidad inventiva que atesoran las personas. Sólo será necesario estimular y encauzar estas cualidades innatas o cuasi innatas con unos adecuados procesos de aprendizaje para generar unas innovaciones que mejoren el desempeño de las instalaciones y el desarrollo de nuevos productos.

Con estas líneas queremos corroborar que no hay competitividad sin innovación y que no hay innovación sin la colaboración de todas las personas involucradas en el proyecto. Por consiguiente, de todo ello se deduce que el éxito empresarial emergerá y estará asegurado cuando exista una conexión perfecta entre innovación y cultura.