Conocimiento, innovación y crecimiento económico

     
Arturo González Romero
Profesor Titular de Análisis Económico
UNED
 

I.  El conocimiento es, en las economías avanzadas, el factor clave del crecimiento económico. El desarrollo de la ciencia como propulsor de los avances registrados en el conocimiento, y la capacidad de las sociedades (y países) para utilizar ese conocimiento para concebir productos, procesos o servicios nuevos o mejorados que compitan ventajosamente en los mercados globales, en esencia su capacidad para innovar, constituyen hoy la fuente de riqueza fundamental de estas economías[1]

Así se explica el protagonismo creciente que la tecnología y la innovación tienen en el desarrollo socioeconómico. Hoy, el avance tecnológico se produce a gran ritmo, y tiene enormes repercusiones sobre la sociedad y la economía. A modo de ejemplo ilustrativo baste mencionar que en 2001 se podía enviar más información por un solo cable en un segundo que toda la información transmitida por Internet en un mes en el año 1997 [Gilder (2000)]. Al mismo tiempo, estas innovaciones en microelectrónica, cibernética y telecomunicaciones, que aumentan la capacidad y la velocidad de transmisión de la información, vienen acompañadas de notables reducciones de costes, que impulsan a su vez un uso más generalizado de las nuevas tecnologías.

Surge así la denominada Economía del Conocimiento [Knowledge-based economy, OCDE (1998)] o Nueva Economía, en pleno periodo de implantación, y cuyo reflejo más inmediato en Europa es el objetivo de la UE de aumentar el esfuerzo global en I+D hasta llegar al 3% del PIB en el año 2010 [2]

Este término no significa una ruptura con los principios económicos tradicionales, sino un énfasis en la utilización del conocimiento, en todas sus vertientes: información, investigación e innovación, como factor de la producción y variable determinante del crecimiento. Pasamos pues de una estrategia competitiva basada en costes y precios a otra basada en ideas, productos diferenciados y servicios a medida. En la Economía del Conocimiento los mayores costes serán los de I+D e innovación, actividades que no constituyen un fin en sí mismas, sino en tanto en cuanto contribuyen a mejorar la competitividad de las empresas, lo que a su vez redundará en resultados como puede ser la balanza comercial y el incremento de puestos de trabajo de alto valor añadido. Además, se observa que aquellos países en los que existe una clara conciencia de rentabilidad en la inversión enciencia y tecnología son los más propensos a realizar cada vez mayores inversiones en estos conceptos.

Tres fenómenos ilustran el papel crítico del conocimiento, la tecnología y la innovación como factores determinantes del crecimiento económico actual en las economías avanzadas[3]. Primero, la constatación de que estos factores se encuentran estrechamente relacionados con el fuerte aumento observado en la productividad, mientras que los factores tradicionales de la producción (trabajo y capital) parecen tener una influencia cada vez menor. Segundo, la evolución registrada por la inversión en I+D e innovación y la participación de un número creciente de sectores económicos en las actividades innovadoras, destacando cada vez más los sectores de servicios y en especial los de servicios a empresas y financieros. Y tercero, la evolución observada en la demanda de trabajo hacía perfiles ocupacionales con mayor cualificación, y en especial, sobre todo en los países de la OCDE , la creciente participación de investigadores y científicos en el conjunto de la fuerza de trabajo.

En suma, las ideas, el conocimiento,la tecnología y la innovación se encuentran en la base del crecimiento actual y el crecimiento futuro, por lo que un entorno favorable a la generación y difusión de ideas y de innovaciones es una prioridad para alcanzar un crecimiento sostenido de la actividad económica y del empleo.

II.  Sin embargo,mientras que la acumulación del conocimiento científico y tecnológico es realmente fácil de medir mediante la actividad de investigación y desarrollo (I+D), lo que resulta más difícil es predecir la capacidad para convertirse en innovación, esto es en actividad productiva y por tanto en crecimiento económico. Sabemos mediante medidas indirectas que el conocimiento, base de la innovación, es clave para un mejor y más rápido crecimiento, pero aún no sabemos con precisión los mecanismos que lo convierten en innovación y lo difunden.

La teoría de los fallos de mercado apunta algunos de los obstáculos que pueden afectar adversamente a la actividad innovadora y al funcionamiento del sistema de innovación: la incertidumbre intrínseca a la actividad innovadora; la dificultad de apropiación de sus resultados, encontrándose frecuentemente el innovador con la imposibilidad de impedir el libre uso de la misma (bien público); el impacto favorable que sobre otras actividades, sectores y sobre el propio crecimiento económico y la competitividad de la economía tienen la difusión de las innovaciones (economías externas positivas), lo cual no repercute necesariamente en el generador de innovaciones. En suma, todas estas observaciones indican que, sin intervención pública, la actividad innovadora será insuficiente desde el punto de vista social.

Pero además ocurre que el proceso de innovación no está exclusivamente determinado por la fuerzas del mercado por el contrario, para su eficacia resulta absolutamente necesario un buen funcionamiento del sistema Ciencia – Tecnología – Empresa (sistema de innovación), en el que el mercado es sólo una parte y al que han de sumarse las organizaciones y las redes.

De esta forma, el éxito final del proceso de innovación no depende sólo de los agentes innovadores individualmente considerados, sino que en general es resultado de la interacción eficaz del conjunto de agentes que integran el sistema de innovación: desde las universidades y los organismos de investigación hasta las propias empresas y las entidades de financiación, pasando por las instituciones y centros responsables de los procesos de transferencia de tecnología.

Estas nuevas deficiencias se han denominado fallos sistémicos [systemic failure, OCDE (1998)]y apuntan a la existencia de determinadas variables estructurales que obstaculizan y/o no facilitan el proceso de innovación. Se suelen distinguir dos tipos de fallos, fallos institucionales y fallos de redes. Los fallos institucionales responden al hecho de que alguna de las organizaciones del sistema (universidades y centros de investigación públicos o privados, parques científicos y tecnológicos, centros tecnológicos, OTRIS,….. y aquellos pertenecientes al entorno financiero de la innovación)actúen deforma deficiente, o que las leyes, regulaciones, actitudes y cultura establecida dificulten la interacción entre los agentes innovadores. Los fallos de redes se producen cuando los agentes del sistema de innovación interactúan de manera débil, experimentando dificultades en sus procesos de coordinación y cooperación para la realización tanto de actividades como de inversiones.

Obstáculos a la innovación

Fallos de mercado -La I+D y el conocimiento tienen carácter de “bien público”, lo que desincentiva la actividad innovadora privada.
-Los beneficios de la investigación básica no se pueden apropiar con facilidad.
-Existen economías de escala, difíciles de aprovechar si la investigación es efectuada por pequeñas empresas de modo individual.
Fallos institucionales -Sistemas de educación inadecuados a las exigencias de la innovación.
-Falta de concienciación sobre las oportunidades tecnológicas.
-Obstáculos administrativos y fiscales a la creación de empresas. -Escasez de financiación para la innovación.
-Falta de cultura empresarial.
Fallos de redes -Falta de articulación y conexión entre empresas, universidades y centros de investigación.
-Escasez de movilidad de trabajadores.
-Debilidad de la cooperación empresarial en innovación.

III. En este complejo contexto, la política científica y de innovación se convierte en auténtica protagonista y responsable de la instrumentación de los medios que garanticen la eficiencia y operatividad del sistema Ciencia – Tecnología – Empresa. Es la responsable de acometerlas reformas estructurales[4] necesarias en los ámbitos de la educación, las infraestructuras científicas y tecnológicas, la protección de la propiedad intelectual, el mercado de trabajo, el sistema fiscal y la competencia, dirigidas a lograr los siguientes objetivos:

  • Fomentar la interacción entre la base científica y el sector empresarial, factor crítico para que se produzca la innovación tecnológica. Es necesaria la investigación científica, paso para obtener los beneficios de la misma es necesario explotar sus resultados de manera que sean, en la mayor medida, comercializables.
  • Reforzarlos procesos de difusión tecnológica, impulsando y facilitando la transmisión del conocimiento en el sentido de hacer posible la incorporación de nuevas empresas al proceso de innovación.
  • Fomentar la creación de redes y clusters, creando estructuras que motiven a los agentes a la cooperación y el intercambio de conocimientos. Esta plenamente constatado que producción y difusión de conocimientos requiere fundamentalmente estrategias cooperativas: proyectos en colaboración, redes de excelencia, parques científicos y tecnológicos,…
  • Impulsar la inversión en I+D+i, mediante incentivos que gocen de mayor estabilidad en el tiempo (estrategias políticas de largo plazo), libres de las incertidumbres de ciclo presupuestario y de los propios procesos de evaluación (incentivos fiscales), y de carácter automático, es decir, conectados directamente con la realización de la propia activada de I+D.
  • Responder al fenómeno de la globalización, fomentando el aprovechamiento de los resultados de la investigación nacional y extranjera y promoviendo la cooperación científica y tecnológica, todo ello con el fin de reforzar la capacidad de absorción de conocimiento del país.
  • A este respecto, estudios recientes[5] indican que el impacto de una innovación en el extranjero es aproximadamente el 60%comparado con el impacto que tienen en su propio país, lo que sugiere que las innovaciones son altamente transferibles, pero sin embargo deja un margen muy notable para afirmar que las diferencias observadas en productividad se derivan todavía y en una medida sustancial de las diferencias en tecnologías entre países y, por tanto, se encuentran asociadas al liderazgo tecnológico.

IV. Tres aspectos cabe destacar a la hora de reflexionar sobre la eficacia de las políticas. En primer lugar, la permanencia observada en la posición relativa de los países en investigación a lo largo de las últimas décadas permite concluir que no parece probable que, a corto plazo, la política sea capaz de inducir cambios significativos en el patrón de comportamiento investigador de los países. En este sentido, análisis recientes han concluido que las variables determinantes de las ventajas comparativas en la investigación evolucionan en general con lentitud [Eaton y Kortum (2002)]. Se trata de variables más ligadas a la propia función de comportamiento de los agentes (variables estructurales), que a variables de perfil financiero y real determinadas por el equilibrio continuo de los mercados (variables coyunturales).

En segundo lugar, debe tenerse presente que en estas políticas el capital privado es un elemento necesario y crítico, ha de estar involucrado en el esfuerzo y complementar operativa y financieramente al capital público, que entonces pasa a tener una función inductora y multiplicadora. El sistema de innovación debe estar avalado en último término por sus resultados en el mercado, bien a través de la comercialización de nuevos productos o mediante la utilización de procesos productivos más eficientes.

Por último, resulta decisivo que para alcanzar el máximo rendimiento de las políticas de apoyo a la innovación ha de tenerse en cuenta en el diseño de programas tecnológicos las peculiaridades y especificidades del sector hacia el que se orientan, diferenciando adecuadamente las acciones y los instrumentos según los sectores: biotecnología, automóvil, TICs, textil, siderurgia, farmacéutico, …..

V. En resumen, los países deben progresar de manera sostenida hacía un Sistema de Ciencia – Tecnología – Empresa competitivo e integrado; que haga del país una referencia notable no sólo por su excelencia científica, sino también por la innovación tecnológica de sus empresas; que dinamice al conjunto de la sociedad, haciéndola partícipe de la cultura de la innovación científica y tecnológica, y que revierta a la sociedad los beneficios económicos y de calidad de vida derivados de los cambios científicos-técnicos del siglo XXI.

Referencias

COMISIÓN EUROPEA (2004): “Europa y la investigación fundamental”, COM (2004)

EATON, J. Y KORTUM, S. (1999): Interaction Technology Diffusion: Theory and Measurement. International Economic Review.

EATON, J. Y KORTUM, S. (2002): Especialización en investigación y productividad en la OCDE: análisis de los últimos 20 años. National Bureau of Economic Research, NBER,United States.

GILDER, G. (2000): Telecom: How infinite Bandwidth will Revolutionize our World. New York Free Press.

LAREDO, P. (2003):Six major challenges facing public intervention in higher education, science, technology and innovation. Science and Public Policy. Febrero

OCDE (1998): Technology, Productivity and Job Creation. Best Policy Practice. OCDE, Paris.

OCDE (1999): Managing National Innovation Systems. OCDE, París.

OCDE (2000): A New Economy? The changing Role of Innovation and Information Technology in Growth. OCDE, Paris.

ROMER (1990): Endogenous Technological Change, Journal of Political Economy.

SOLOW R. (1957): Technical Change and the Aggregate Production Function. Review of Economics and Statistics.


[1] Desde el primer trabajo de SOLOW (1957), los economistas han reconocido que la innovación tecnológica es un factor decisivo como determinante del crecimiento económico. En la última década del siglo XX se han desarrollado los modelos de crecimiento endógeno donde se considera explícitamente el papel de la tecnología en el crecimiento económico y sus efectos sobre la competitividad de las empresas. Por ejemplo ROMER (1990)

[2] Comisión Europea (2004)

[3] Véase OCDE (2000)

[4] Al respecto, consultar OCDE (1999) y Laredo (2003)

[5] Véase EATON y KORTUM (1999)