La Ley de la Ciencia y el cambio cultural
Hacia la implantación de una cultura de investigación-innovación

     
Patricio Morcillo
Catedrático de Organización de Empresas
Universidad Autónoma de Madrid
 

Decimos innovación cuando realmente queremos decir investigación. Innovar es sinónimo de progreso económico y social porque a través de los nuevos bienes y servicios que se generan se van satisfaciendo necesidades sociales que, a su vez, crean una demanda potencial que el sector productivo atiende mediante la realización de unas inversiones. Lo que ocurre es que sí, tradicionalmente, en España se ha abordado la innovación a través de la adquisición de patentes, licencias y asistencia técnica (la balanza tecnológica nunca ha superado una tasa de cobertura del 30 por ciento), es conveniente que rectifiquemos el rumbo y vayamos sustituyendo esta dependencia exterior en materia de nuevas tecnologías e innovaciones por unas inversiones en I+D con el objeto de originar tecnologías propias, pero, también, y ahí es donde interviene la Ley de la Ciencia, intentemos suscitar la creación e implantación de una cultura que favorezca el fomento de la investigación.

A este respecto, qué mejor que echar mano de lo que escribió Ramón y Cajal cuando quiso contestar a los que proclamaban: “Menos doctores y más industriales. Las naciones no miden su grandeza por lo que saben, sino por la copia de conquistas científicas aplicadas al comercio, a la industria, a la agricultura, a la medicina y al arte militar”. Ramón y Cajal (1899), afirmaba:

    “Cultivemos la Ciencia por sí misma, sin considerar por el momento las aplicaciones. Éstas llegan siempre, a veces tardan años; a veces, siglos. Poco importa que una verdad científica sea aprovechada por nuestros hijos o por nuestros nietos”.

    “El invento -sigue Ramón y Cajal- no es otra cosa que la conjunción de dos o más verdades en una resultante útil” y daba el siguiente ejemplo donde describe con pelos y señales los distintos pasos que se suceden hasta la obtención de una innovación:

    “La Ciencia registra muchos hechos cuya utilidad es actualmente desconocida, pero, al cabo de unos lustros, o acaso de siglos, ve la luz una nueva verdad que tiene con aquéllos misteriosas afinidades, y la criatura industrial resultante se llama fotografía, fonógrafo, análisis espectral, telegrafía sin hilos, vuelos mecánicos, etc. Tratase siempre de una síntesis a corto o a largo plazo. Porta descubrió la cámara oscura, hecho aislado, del cual apenas se sacó partido para el arte del diseño; Wedgwood y Davy señalaron en 1802 la posibilidad de obtener imágenes fotográficas sobre un papel lubricado en una solución de nitrato argéntico; pero como la copia no podía fijarse, este otro hallazgo no tuvo consecuencia; después llegó John Herschel, que logró disolver la sal argéntica no impresionada por la luz; con ello fue ya posible la fijación de la fugitiva silueta luminosa. Con todo eso, la débil sensibilidad de las sales argénticas hasta entonces aprovechadas hacía casi imposible el empleo del aparato de Porta; por fin aparece Daguerre, quien descubre en 1839, con la exquisita sensibilidad del yoduro argéntico, la imagen latente sintetiza admirablemente los inventos de sus predecesores y crea en sus fundamentos la fotografía actual.

    Así evolucionan todos los inventos: los materiales son, en diversas épocas, acarreados por sagaces cuanto infortunados observadores, que no lograron recoger fruto alguno de sus hallazgos, en espera de las verdades fecundantes; mas una vez acopiados todos los datos, llega un sabio feliz, no tanto por su originalidad como por haber nacido oportunamente, considera los hechos desde el punto de vista humano, opera la síntesis y el invento surge”.

En 1898, un sector de los intelectuales españoles, siguiendo la famosa polémica de la ciencia española, pensaba que nunca había existido por parte de España una aportación científica o técnica de importancia por la supuesta incapacidad del español ante la ciencia o la técnica, frente a la genialidad que manifestaba para las artes y las letras. “¡Que inventen ellos!” era la repetida frase de Unamuno, a veces sacada de contexto.

Del mismo tenor es un pasaje de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós, donde un inventor, tenido por loco por sus convecinos, es objeto de preocupación por sus familiares ya que imaginaba poder realizar grandes buques de vapor movidos por hélices y atravesar con ellos el Atlántico. El remedio que propone uno de sus familiares es el siguiente: “Cuando acabe el sitio, si vivimos, te lo llevas a Francia, que allí bien puede ser que el hombre despliegue con más tino sus invenciones. España no es país para eso: aquí inventamos guerras y trapisondas. Cosas de maquinaria, siempre vi. que venían del extranjero… de lo que deduzco que lo que aquí es locura, en otra parte no lo será”.

No cabe duda de que las cifras, a la luz de la historia, resultan llamativas: sólo el 0,4 por ciento de los premios Nobel de Ciencia y el 0,6 por ciento de las invenciones relevantes desde la antigüedad hasta 1960 se han producido en España. Sin embargo, parecen olvidarse de lo fecundo que fue el siglo XVI para los inventores españoles que, desgraciadamente, no encontraron el apoyo necesario que hubiese podido convertir España en un referente tecnológico (Ayala-Carcedo, 2001).

El hecho de que en España se haya dedicado, siempre, escasos recursos financieros a la I+D (los gastos en I+D respecto al PIB suponen el 1 frente al 2 % de la media europea y al 3 % de los países más ricos) ha repercutido, de forma negativa, en la capacidad tecnológica instalada y ha implicado que se registrase un retraso tecnológico bastante apreciable con relación a los países más avanzados pero si prestamos atención a la ya mencionada balanza tecnológica, recordemos lo elocuentes que son las cifras dado que España jamás ha superado una tasa de cobertura del 30 por ciento (esta tasa de cobertura de la balanza tecnológica española representa la tercera parte de la de Italia y la cuarta de los países más desarrollados de la UE). Es decir, que lo que ingresamos por venta de tecnología propia al extranjero nunca ha sobrepasado el treinta por ciento de lo que pagamos por adquisición de tecnología ajena. De esta manera, los escasos recursos destinados a la I+D revelan la acumulación de un retraso tecnológico por parte de los distintos agentes que innovan o están en condición de innovar en España mientras que el déficit de la balanza tecnológica señala una importante dependencia exterior en materia de innovación.

Dicho esto, desde hace unos años ha emergido un nuevo fenómeno a tener muy en cuenta porque está revolucionando el panorama actual, se trata de la mundialización de la investigación orquestada y organizada por los estados mayores de las empresas multinacionales. Por primera vez, las compañías transnacionales acometen buena parte de su investigación fuera de los países económicamente avanzados y estamos hablando de presupuestos astronómicos: las inversiones mundiales consagradas a la I+D, en 2002, por parte de las empresas multinacionales supusieron 677.000 millones de dólares y, en 2003, seis multinacionales (Ford, Pfizer, DaimlerChrysler, Siemens, Toyota y General Motors) dedicaron más de 5.000 millones de dólares a la I+D, cuando el presupuesto de España, para la misma finalidad, era inferior al de Ford en 2002.

Pero no es todo, si consultamos el número de solicitudes presentadas a la Oficina Europea de Patentes, obsservamos que, en 2004, hubo 846 demandas españolas frente a las 23.044 alemanas, 8.079 francesas, 4.791 británicas y 3.998 italianas. Suecia, Finlandia, Bélgica, Austria y Dinamarca también superaron a España pese a tener un PIB inferior al español y una población empresarial más reducida.

Visto lo visto, España adolece de una cultura de investigación e innovación que plantea una forma de pensar y de actuar que genera, desarrolla y establece valores, convicciones y patrones de comportamiento propensos a suscitar, asumir e impulsar ideas y cambios que, aún cuando impliquen una ruptura con lo convencional o tradicional, suponen la satisfacción de necesidades patentes y latentes de la sociedad y unos beneficios económicos y sociales a todos los agentes (Morcillo, 2006).

Según la antropología social, se debe abordar el estudio de la cultura a través del examen pormenorizado de cuatro tipos de factores y recursos: los procesos de aprendizaje, el pensamiento simbólico, el lenguaje y las herramientas.

    I. Los procesos de aprendizaje seguidos por las personas se fundamentan en las dos principales leyes de las ciencias sociales: la observación y la experiencia. Los individuos prestan atención a lo que sucede a su alrededor, escuchan lo que se dice y conversan e interactúan con otros agentes involucrados en el proyecto. De este modo, la cultura se va absorbiendo consciente o inconscientemente.

    Las personas no sólo heredan rasgos biológicos sino que, también, absorben importantes componentes sociales que definen parte de su personalidad y comportamiento.

    Refiriéndose a los variados procesos de formación y aprendizaje, Bourdieu (2001) utiliza el concepto de habitus que designa un conjunto de disposiciones que conduce a los agentes a reaccionar de una cierta manera. Las disposiciones engendran prácticas, percepciones y comportamientos regulares que no son conscientemente coordinados y regidos por una regla. Dichas disposiciones que constituyen los habitus se inculcan, son duraderas y están estructuradas.

    II. El pensamiento simbólico dota de significado a una cosa o hecho. Los símbolos pueden ser verbales (lenguaje) o no verbales (signos, objetos, imágenes, logotipos, letras, etc...). Éstos, son, en principio, recursos que favorecen las relaciones dado que cumplen funciones comunicativas. Traducen intenciones explícitas previas a la acción y regulan la conducta y actividad cognitiva de las personas.

    La antropología simbólica concede una gran importancia al análisis de los mitos que recogen los orígenes de una sociedad. Más que por los comportamientos observables se interesa por el sentido que los mismos tienen para los individuos que los crean.

    III. El lenguaje presenta el aspecto de un diseño muy elaborado cuya finalidad consiste en compartir experiencias, creencias, deseos, conocimientos e intenciones a través de la comunicación (Pinker y Bloom, 1990). Desde esta perspectiva, el lenguaje cumple una función que favorece la actividad cooperativa para el intercambio de ideas. El lenguaje es intencionalidad porque mediante el uso del mismo uno se hace comprender y predice la conducta de unos individuos que evolucionan en cierto entorno. En consecuencia, las palabras predeterminan unas actitudes, unos comportamientos de acuerdo con el sistema cognitivo vigente en cada sociedad.

    IV. Las herramientas incorporan tecnologías que aglutinan un conjunto de conocimientos y de saber hacer cuyos perfeccionamientos sucesivos pueden chocar, en un determinado momento, con los límites cognitivos y escasez de recursos existentes en cada sociedad. Tras su difusión más o menos rápida, en función del nivel de eficacia que procuran a los usuarios, las herramientas tendrán la facultad de extender las fronteras prácticas de la sociedad. Los utensilios constituyen una prueba fehaciente de como se explotan los recursos disponibles inoculando en aquellos los conocimientos y habilidades controlados en cada caso. Nadie se puede imaginar al ser humano sin herramientas y, de hecho, su fabricación se considera algo exclusivo del comportamiento humano.

Frente a estos elementos que definen y componen una cultura de investigación e innovación, los principios que inspira la Ley de la Ciencia (B.O.E. nº 93 de 18 de abril de 1986) establecen los instrumentos que fijan las líneas prioritarias de actuación en materia de investigación científica y desarrollo tecnológico, programan los recursos y coordinan las relaciones entre los sectores productivos, centros de investigación y universidades. Se trata de una Ley que se propone garantizar una política científica integral, coherente y rigurosa que favorezca el incremento de los recursos destinados a la investigación, la rentabilidad científico-cultural, social y económica que responda a las exigencias del entorno económico, político y social.

Como bien recoge la mencionada Ley, el definitivo despegue de la investigación científica y técnica española requiere un importante número de nuevos investigadores, un esfuerzo de formación a través del Plan Nacional de I+D que mejora la productividad del personal investigador sometido a evaluaciones y un clima social estimulante para la promoción de la ciencia y la tecnología.

En definitiva, investigar e innovar es cruzar fronteras culturales e intercambiar ilusiones. Comprender, compartir e integrar las colecciones de saberes y haceres a las que las personas tienen alcance sin ninguna clase de reserva, en plena libertad, en total confianza y con la firme voluntad de generar innovaciones que ofrezcan beneficios a la sociedad, en general. Dicha conducta hace a las personas más fuertes porque, primero, suman para, después, multiplicar.

La cultura se confecciona “para” y “con” las personas y cuanto más libertad y confianza tengan los seres humanos involucrados en proyectos de investigación más ilusión pondrán en sus tareas y más preparados estarán para encontrar soluciones originales que mejoren su vida y la de los demás.

Al margen de los procesos de aprendizaje que se llevan a cabo de manera colectiva, es importante contar con unas infraestructuras que faciliten la ejecución de acuerdos, transferencias de tecnología y protección de innovaciones. En este sentido, los apoyos institucionales son determinantes porque son ellos, a través del marco de competitividad territorial los que van a ayudar a crear un clima propicio para el fomento de la investigación que, más tarde, se transformará en innovación.

Debemos tener en cuenta que los flujos de información y conocimiento que contribuyen a generar innovaciones emanan de cuatro clases de interacciones como son: el sistema productivo, el sistema científico (universidades, centros de investigación, parques científicos, etc.), el sistema mediador (parques tecnológicos, redes, distritos, consultoras, ferias, etc.) y sistema institucional (política educativa, científica y tecnológica, regulación, etc.). El buen funcionamiento de este sistema socio técnico complejo y abierto favorece la creación de una red cultural, entendida como un conjunto de agentes, centros, organismos que desarrollan un entramado de costumbres, expectativas, valores y objetivos, así como unas interacciones que facilitan la comunicación entre personas y grupos enfrentados a un mismo destino (Morcillo, 2006).

En nuestra modesta opinión, uno de los mayores logros de la Ley de la Ciencia ha sido crear las bases sobre las cuales puede asentarse esta red de colaboración y cultural eficaz y eficiente que nos acerca los unos a los otros y facilita la transmisión de conocimientos. En cuanto a resultados más tangibles cabría destacar el crecimiento de la producción científica española que ya es acorde con el peso económico del país. Entre 1980 y 2002 hemos registrado un incremento en las publicaciones científicas de 2.953 documentos a 22.029, lo que representa una progresión de la aportación española al total mundial del 1,21 % al 2,7 % durante el período antes reseñado. Sin embargo, aún nos queda dar un paso decisivo y es transformar esos conocimientos en innovaciones para que nuestro país se codee con las naciones más dinámicas y avanzadas del planeta.

Con la definición y correcta implantación de un determinado modelo de cultura no se garantiza que, de pronto, una sociedad se convierta en la más progresista pero, lo que sí se asegura, es la creación de los cimientos adecuados para construir este lugar, este espacio y este proyecto común en el seno del cual todas las personas saben lo que se quiere y lo que se ambiciona en esta empresa. A partir de este momento, y apoyándonos sobre esas bases que empezó a crear la Ley de la Ciencia, todo nuestro empeño debe centrase en saber gestionar la mencionada red cultural para suscitar las capacidades creativas y ajustar el modelo de cultura a las necesidades de la sociedad.

Bibliografía citada.

AYALA-CARCEDO, F. J. (2001) (Coord.) Historia de la tecnología en España. Valatenea.

BOURDIEU, P. (2001) Langage et pouvoir symbolique. Le Seuil, Paris.

MORCILLO, P. (2006) Innovación y cultural empresarial. La conexión perfecta. Thomson Paraninfo, Madrid.

PINKER, S.; BLOOM, P. (1990) “Natural language and natural selection”. Behavioral and Sciences, Vol. 13, nº 4, pp. 707-784.

RAMÓN Y CAJAL, S. (1899) Reglas y consejos sobre la investigación biológica. En 1916, Cajal añadió el subtítulo “Los tónicos de la voluntad” y en 2005 se reeditó esta obra con el patrocinio de la Dirección General de Investigación y Universidades de la Comunidad de Madrid. Gadir, Madrid.