Poesías



Balada de los números

AUTOR  | José Verón Gormaz (Calatayud, Zaragoza 1946)

Un monte me sostiene y el sol traza mi sombra.

Bajo el peso ligero de mis ojos
                                 los números se extienden,
signos en la materia polícroma del valle.

Junto al camino;
                     al amparo del único ciprés,
los huesos de un centauro son la nada,
lo que un cero perdido significa.
Pero el árbol esbelto y verde oscuro,
el ciprés solitario de funeral ternura,
es la unidad, lo simple, lo que empieza.
Y ese abrirse la estrada de dos senderos,
como el eco sonoro y los amantes,
trama el sentido del número segundo.
Y las hojas menudas del trébol atrevido
que, retando a mis pies, surge del suelo
¿no son principio, centro y fin, como reclama
el tres para ser cifra?

Si mis brazos extiendo y miro el horizonte,
siento cruzar los puntos cardinales: 
                                           cuatro,
y en ellos flota el viento caprichoso
que el fuego misterioso siembra de humo,
y la tierra y el agua se cortejan
                                             con fluvial armonía.

En lo agreste hay un cinco,
                           digital y bucólico,
                                             que significa paz.

Desde el valle se aniebla
                                   la sangre de los números

Veo un seis en el paisaje vivo,
en la hermosa parcela de universo
que la tarde y el tiempo seducen con amor.

Lejos, 
        heredero de lluvias,
el puente celestial del Arco Iris:
siete colores presta al firmamento,
y la leyenda eterna, siete enigmas.

Hay quietud; todo es perfecto y mesurado
como si fuese un ocho la campiña.
Tal vez las nueve musas no están lejos
de la alameda que ríe junto al río,
y el cielo sea un diez incontenible y puro.

Ocultos al orgullo de las urbes,
los números construyen sinfonías
                                   y definen aromas planetarios,
espejos del infinito y de la nada.

Madrigal futuro

AUTOR  | Joaquín María Bartrina (Reus, 1850 - Barcelona, 1880)

Juan, cabeza sin fósforo, con Juana
paseaba una mañana
(24 Reaumur (*), Viento N.E.,
cielo con cirrus) por un campo agreste.

Iban los dos mamíferos hablando,
cuando Juan se inclinó, con el deseo
de ofrecer a su amada, suspirando,
un Dyanthus Cariophillus (**) de Linneo.

La hembra aceptó, y a su presión nerviosa
en su cardias la diástole y la sístole
se hizo más presurosa,
los vasos capilares de las facies
también se dilataron
y al punto las membranas de su cutis
sonrosado color transparentaron.

(*) 24 grados en la Escala Reaumur equivalen a 30 grados centígrados en la escala Celsius.
(**) Dyanthus Cariophillus es el nombre cienttífico del clavel.

Segunda revolución industrial

AUTOR  | Miguel Labordeta Subías (Zaragoza, 1921 - Ibidem, 1969)

                                   Gratismegaombligostop
jaleovamostirandobraguetafeliz
                                   féretrosdefuegoviscerasmordidas
minutodiscontinuonuminososalario
                                   suspirosdemazmorratriunfodelosbesos
bagatelaalquimistapordiosenloquecía
                                   acasocatetoferozadurocadatrago
elnuncaazarflorlostelescopiosdeléxtasis
                                 unincendiovacíolosplanetasincesantes
escorpionmiserablevendavalunhastioelminúsculo

porlossubcomitesporlasindustrialesrevolucionesporlosrecienna
                                                                       cidosel'budget'
en mis bolsillos renuevo el infinito lo llevo a los apasionados jardines
una lluvia delicia una noche suave un amanecer indefinible

                                      morirás morirás morirás morirás
                                                        es obvio

Pequeño poema infinito

AUTOR  | Federico García Lorca (Fuentevaqueros - Granada, 1898 - Entre Viznar y Granada, 1936)

Equivocar el camino
es llegar a la nieve
y llegar a la nieve
es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios.


Equivocar el camino
es llegar a la mujer,
la mujer que no teme la luz,
la mujer que no teme a los gallos
y los gallos que no saben cantar sobre la nieve.

Pero si la nieve se equivoca de corazón
puede llegar el viento Austro
y como el aire no hace caso de los gemidos
tendremos que pacer otra vez las hierbas de los cementerios.

Yo vi dos dolorosas espigas de cera
que enterraban un paisaje de volcanes
y vi dos niños locos que empujaban llorando las pupilas de un asesino.
Pero el dos no ha sido nunca un número
porque es una angustia y su sombra,
porque es la guitarra donde el amor se desespera,
porque es la demostración de otro infinito que no es suyo
y es las murallas del muerto
y el castigo de la nueva resurrección sin finales.
Los muertos odian el número dos,
pero el número dos adormece a las mujeres
y como la mujer teme la luz
la luz tiembla delante de los gallos
y los gallos sólo saben votar sobre la nieve
tendremos que pacer sin descanso las hierbas de los cementerios.

El cerebro

AUTOR  | Emily Elizabeth Dickinson (Amherst, Massachusetts, 1830 - 1886)

El cerebro - es más amplio que el cielo -
colócalos juntos-
contendrá uno al otro
holgadamente - y tú - también
el cerebro es más hondo que el mar -
retenlos - azul contra azul -
absorberá el uno al otro -
como la esponja - al balde -
el cerebro es el mismo peso de Dios -
pésalos libra por libra -
se diferenciarán - si se pueden diferenciar -
como la sílaba del sonido -

Agua en Marte

AUTOR  | Francisco Umbral (Madrid, 1932- Boadilla del Monte (Madrid), 2007)

Inventan el milagro, hay agua en Marte.
Ese charco ligero entre los cielos,
esa huella ligera y matutina.
Si hay agua en Marte hay vida para siempre.
Si hay agua en Marte hay luz en la tiniebla.
Pasan los soles, como reyes viejos,
pasan los tiempos, como dinosaurios,
y ese cuenco ligero, agua en la roca,
ese brocal de luz,
ese milagro,
nos devuelven la fe en el universo,
esta casa sin puertas que habitamos,
esta continuidad de las edades.

La vida en Marte,
qué sorbo de vida,
el agua en Marte, qué soplo de cielo,
qué espejo roto, que fragmento breve.
Ya en Marte nos revela, nos recoge
el espejito mínimo del agua,
ese charco doméstico, infinito.
Y el hombre se repite con la nasa
en el reflejo eterno de la vida.

Lágrima de negra

AUTOR  | Antonio Gedeao, Seudónimo de Rómulo Vasco da Gama de Carvalho (Lisboa, 1906- Ibidem, 1997)

Encontré una negrita
que estaba llorando
y le pedí una lágrima
para analizarla.

Recogí la lágrima
con mucho cuidado
en un tubo de ensayo
esterilizado.

Miré de un lado,
de otro y de frente
y me pareció una gota
muy transparente.

Encargué los ácidos,
las bases y sales,
agentes usados
en asuntos tales.

Ensayé en frío,
también en caliente,
y todas las veces
hallé lo de siempre:

No hay rastro de negro,
ni signos de odio.
Agua (casi todo)
y cloruro de sodio.

Declaración matemática

AUTOR  | Manuel Ossorio y Bernard (Algeciras, 1839 - Madrid, 1904)

Niña, me postro a tus pies
para pintar la pasión
que abrasa mi corazón
como dos y una son tres.
Escucha mi amor vehemente,
pues des que te he conocido
continuamente ha crecido
en progresión ascendente.
Que me quieras solicito
y ésta no mires esquiva:
si es mi beldad negativa
mi cariño es infinito.
Multiplicamini, etcétera,
dijo Dios al padre Adán,
y yo quiero ese refrán
seguir al pie de la letra.
Mas no fundo mi porfía
en una incógnita unión
que es regla de aligación
o de falsa compañía.
No a fe, y en buen testimonio
del fin que mi amor barrunta
quiero la regla conjunta
que se llama matrimonio.
Si no sumo grandes bienes
tengo un caudal de razones;
piensa que no hay proporciones
cual la que en tu mano tienes.
Y si bien no da la ciencia
para pavos ni perdices,
ni tengo bienes raíces
ni he de elevarme a potencia.
Sabré, aunque el mundo lo note
prestar a interés compuesto,
y solamente con esto
multiplicaré tu dote.
Espero respuesta el martes.
Madrid, tantos... sin errata.
Tuyo,
         Pascasio.
                     Postdata:
Si me desprecias me partes.

Muerte de un naturalista

AUTOR  | Seamus Heaney (Condado de Derry, Irlanda del Norte, 13 de abril de 1939 - Dublín, 30 de agosto de 2013)

Durante todo el año el dique de lino supuraba
en el corazón del pueblo; verde y de cabeza pesada
el lino se pudría allí, aplastado por enormes terruños.
A diario chorreaba bajo un sol de justicia.
Burbujas gorgojeaban con delicadeza, moscardones
tejían una fuerte gasa de sonido en torno al olor.
Había también libélulas, mariposas con lunares,
pero lo mejor de todo era esa baba caliente y espesa
de huevos de rana que, a la sombra de las orillas,
crecía como agua coagulada. Aquí, cada primavera
yo llenaría los tarros de mermelada con gelatinosas
motas para poner en fila en el alféizar de la casa,
y en el colegio, sobre estantes, y esperaría y miraría
hasta que los puntos engordasen estallando en ágiles
renacuajos nadadores. La Señora Walls nos contaría cómo
a la rana padre se le llamaba rana toro
y cómo croaba y cómo la mamá rana
depositaba centenares de pequeños huevos y eso eran
babas de rana. También se podía predecir el tiempo por las ranas
pues eran amarillas al sol y marrones
bajo la lluvia.

Entonces, un caluroso día cuando los campos apestaban
a boñiga de vaca sobre la hierba, las airadas ranas
invadieron el dique de lino; yo atravesaba los marjales
agachado y al son de un áspero croar que no había oído
antes. El aire se espesó con un coro de bajos.
Justo al pie del dique ranas de gordas barrigas sé mantenían alertas
sobre terruños; sus nucas sueltas latían como velas. Algunas saltaban:
el slap y plop eran amenazas obscenas. Algunas se sentaron
dispuestas como granadas de barro, con sus calvas cabezas pedorreando.
Me sentí enfermo, di la vuelta y corrí. Los grandes reyes babosos
se reunían allí para vengarse y supe
que si metía mi mano las babas la agarrarían.

Yunque: alba

AUTOR  | Pascual Pla y Beltrán (Ibi, Alicante, 1908 - Caracas, Venezuela, 1961)

100.000 voltios rodados de poleas
más ágiles.
Que la luz, la impaciencia, la imagen
y el retorno.
Mediodía de grúas encendidas de grillos.
Fuego de hierro y fragua.
Yunque en constelaciones de martillos
sin sueño.
Bajo el brazo tendido de músculos
y de puras distancias.
Entre mares de hulla se consumen
los cerebros más vivos.
En la niebla, la niebla que confunde
la ruta de los astros sin cielo.
Con el mudo cansancio de estos hombres
de cobre.

Ilumina el sol lunas en los espejos
de los hornos.
Roja lumbre se agita en las poleas
impacientes.
Y el canto sin gracia de los obreros
con voluntad de bayonetas.

Abecedario ardido en las esquinas
de los yunques calcinados de hierro.
Humo oxidado en las espadañas de
los crepúsculos.
El cansancio olvidado de la vida de
los obreros se despereza sobre la playa
de los siglos.

¡Hierro, martillo y yunque!
¡Hombre, trabajo y alba!

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