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Patrimonio - Personajes   
Francisco Hernández (Puebla de Montalbán, Toledo, ca.1515 - Madrid, 1587)
Autor | José Pardo Tomás, Departamento de Historia de la Ciencia. Institución Milá i Fontanals (CSIC). Barcelona

Francisco Hernández estudió medicina en la Universidad de Alcalá de Henares, donde se doctoró el año 1539. Prosiguió su formación en ámbitos de práctica científica como la disección anatómica, las herborizaciones y la asistencia a enfermos en los hospitales reales de Guadalupe y de Toledo, lo que le vinculó a los aledaños de la corte de Felipe II. Allí, en diciembre de 1569, se tomó la decisión de enviar a Francisco Hernández "a las Indias por protomédico general de ellas", con la misión de "hacer la historia de las cosas naturales" de aquellos territorios.

Hernandez, figurado como el preguntador

El encargo real se dirigía principalmente a conocer el mayor número posible de plantas medicinales: "Os habéis de informar dondequiera que llegáredes de todos los médicos, cirujanos, herbolarios e indios y de otras personas curiosas en esta facultad y que os pareciere podrán entender y saber algo, y tomar relación generalmente de ellos de todas las yerbas, árboles y plantas medicinales que hubiere en la provincia donde os halláredes". Sin embargo, en contraste con lo estipulado en las instrucciones reales, Francisco Hernández expresó así el objetivo de su empresa: "No es nuestro propósito dar cuenta sólo de los medicamentos, sino de reunir la flora y componer la historia de las cosas naturales del Nuevo Mundo, poniendo ante los ojos de nuestros coterráneos, y principalmente de nuestro señor Felipe, todo lo que se produce en esta Nueva España". Esta tensión entre utilidad pública y desarrollo del plan de una auténtica historia natural del territorio estuvo presente siempre en la expedición hernandina y obligó a desplegar estrategias de negociación entre su protagonista y los patrocinadores de la empresa.


Hernandez, figurado como el preguntador.

Hernández y sus compañeros se embarcaron a finales de agosto de 1570. La flota llegó al puerto de Veracruz, en febrero de 1571; desde allí, ascendieron hasta la ciudad de México, que debía convertirse en el epicentro de sus actividades durante los siguientes seis años. Durante una primera fase, Hernández se dedicó a recorrer varios territorios del virreinato, acompañado por un grupo de colaboradores: mozos y acemileros para el transporte de enseres y personas, así como escribientes, pintores y herbolarios, tanto indios como españoles, encargados de recoger por escrito sus dictados, traducirlos y hacer de intérpretes con sus informadores, dibujar del natural plantas, animales u otras escenas del paisaje, copiar esos dibujos y pintarlos sobre papel a partir de los apuntes tomados en el campo y otras tareas similares. Los viajes largos se planearon tomando como apoyo la red de conventos y hospitales, sobre todo franciscanos pero también dominicos y agustinos, establecida por los colonizadores a medida que fueron expandiendo su dominio sobre el territorio. Estos hospitales en un territorio colonial constituían una eficaz herramienta de penetración de las formas culturales de los colonizadores, pero, paradójicamente, eran también escenario privilegiado del intercambio entre las culturas de colonizadores y colonizados, incluyendo saberes y prácticas en torno a las enfermedades y sus remedios. La segunda fase del proyecto hernandino se desarrolló en la ciudad de México y sus alrededores. El objetivo esencial fue ordenar y elaborar los materiales que se habían tomado in situ a lo largo de los viajes por el territorio, traducir el texto pulido y ordenado de la Historia natural del latín al castellano y al náhuatl. Asimismo, en el Hospital Real de Naturales se probaron la mayor parte de remedios medicinales recogidos, para poder clasificarlos según las afecciones para las que servían, las partes del cuerpo que sanaban, o los nombres que recibían en las lenguas de indios y españoles.

En marzo de 1576, Hernández envió los tomos de su obra que había hecho encuadernar lujosamente para ser presentados al Consejo y al monarca: diez contenían más de dos mil ilustraciones de plantas y animales; los otros albergaban los textos, aunque, advertía Hernández, "no van tan limpios ni tan limados o tan por orden ni ha sido posible, que no deban esperar la última mano antes que se impriman". En febrero de 1577, por fin, Hernández y su hijo bajaron hasta Veracruz, donde se embarcaron con un inmenso equipaje, que no incluía solamente libros y papeles, sino también semilleros y numerosas barricas con especímenes vivos.

Portada de la obra de Francisco Hernández

Portada de la obra de Francisco Hernández
El Armadillo. Códice Pomar

Pero el Francisco Hernández que volvió a pisar el muelle sevillano en 1577 no era la misma persona que había embarcado siete años antes. Las experiencias en México y en las largas travesías habían deteriorado su salud. En mayo de 1578, su estado se agravó, incluso redactó su testamento. Logró sobrevivir; pero desde entonces, en los casi nueve años que le quedaban de vida, "no tuvo un día de salud", como escribieron sus hijos al rey. Ésta es una de las razones que explican la desaparición de Hernández de los escenarios donde se tomaron las decisiones sobre lo que debía hacerse con su obra. La más importante fue encargar al médico napolitano Nardo Antonio Recchi "ver lo que truxo escripto de la Nueva España el doctor Francisco Hernández y concertarlo y ponerlo en orden, para que se siga utilidad y provecho dello". La tensión entre el proyecto científico de Hernández y el de quienes lo habían patrocinado acabó resolviéndose claramente a favor de éstos. Los tomos en poder del rey quedaron en El Escorial hasta que en 1671 fueron pasto de las llamas; los originales en manos de Hernández acabaron dispersos, tardaron siglos en ser redescubiertos y aun esperan una edición completa; sólo el De materia médica de Recchi consiguió publicarse, aunque no se distribuyó efectivamente hasta 1651.


El Armadillo. Códice Pomar

Aún así, una parte sustancial de la obra hernandina fue conocida por sus contemporáneos y por las generaciones que le siguieron y por eso consiguió ejercer una duradera influencia en quienes abordaron en los siglos posteriores el estudio de la botánica y de la materia médica. Unos pocos tuvieron el privilegio de visitar El Escorial antes del incendio, otros tuvieron acceso a las diversas copias manuscritas de la selección hecha por Recchi. Una copia llegó a manos del fraile Francisco Ximénez, que la tradujo al castellano y la publicó en México, en 1615. Otra copia llegó a manos del holandés Jan de Laet, de la Compañía de las Indias Occidentales; otra más, circuló por Inglaterra. Además, las copias que Recchi se había llevado a Nápoles despertaron gran interés e incluso pudieron ser consultados por algunos estudiosos, antes de acabar en las manos del joven Federico Cesi y un entusiasta grupo de científicos reunidos en la Accademia dei Lincei. De ahí surgiría, tras largos avatares, la publicación del que ya desde 1625 muchos naturalistas europeos conocían como Il tesoro messicano. La obra hernandina estaba destinada a marcar decisivamente una parte del devenir de la medicina y de la botánica de Europa y de sus territorios coloniales.

Fachada de Universidad de Alcalá

Fachada de Universidad de Alcalá

La vida de Francisco Hernández contiene muchos elementos que la convierten en representativa de su época; por ejemplo, de la manera en que muchos médicos se formaban dentro y fuera de las universidades, se forjaban una carrera profesional y abordaban el estudio de la naturaleza, del cuerpo humano, de la enfermedad o de los remedios medicinales. Pero, al mismo tiempo, otros elementos de la vida y la obra de Hernández poseen rasgos de una singularidad y originalidad excepcionales. El más destacado de ellos fue, sin duda, la empresa que lo llevó a viajar a la Nueva España entre 1570 y 1577 para elaborar una obra que marcó verdaderamente un hito en la ciencia europea de la época y cuyo influencia se dejó notar durante muchas generaciones posteriores de científicos, médicos y naturalistas.


Más información:
José Pardo Tomás. El tesoro natural de América. Colonialismo y ciencia en el siglo XVI. Nivola libros y ediciones S.L, Madrid 2002. 183 páginas

 


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