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La IA y la enseñanza de la historia del arte en la universidad: del entusiasmo a la medianía intelectual
Los beneficios de la inteligencia artificial son ya incuestionables. Tareas que hace apenas unos años requerían horas de trabajo minucioso pueden resolverse hoy en cuestión de minutos, liberando un tiempo precioso que puede dedicarse a actividades de mayor calado intelectual. Aunque conviene no olvidar que existe una cierta virtud en el esfuerzo repetitivo: la tradición monástica medieval ya comprendió muy bien que la repetición disciplina la inteligencia y educa la atención. El trabajo mecánico, pues, cuando está orientado a un fin superior, también forma parte del aprendizaje.
Con todo, resulta difícil negar que la inteligencia artificial está transformando profundamente la práctica profesional en casi todos los ámbitos. Automatiza procesos, organiza información, acelera búsquedas, detecta patrones y permite abordar proyectos que hace apenas una década hubieran resultado inabordables. La Universidad no puede permanecer ajena a esta revolución tecnológica.
En la enseñanza de la historia del arte comienzan a surgir iniciativas muy prometedoras destinadas a capacitar a los estudiantes en el uso crítico de herramientas que, con toda probabilidad, formarán parte de su futuro profesional en museos, archivos, instituciones patrimoniales o proyectos de investigación. Este movimiento responde, en buena medida, al esfuerzo de muchos docentes por actualizar sus competencias y comprender las posibilidades —y también las limitaciones— de estas tecnologías. Un buen ejemplo es la reciente Microcredencial Universitaria en Inteligencia Artificial aplicada a la investigación científica, coordinada por el profesor Antonio Julio López Galisteo, que refleja cómo la universidad empieza a asumir que alfabetizar digitalmente no consiste solo en enseñar programas, sino en formar criterio del profesor.
Sin embargo, toda innovación lleva consigo una sombra. Del mismo modo que internet produjo tanto investigadores extraordinarios como expertos en copiar y pegar, la inteligencia artificial puede convertirse en el mejor aliado de la excelencia o en el salvavidas perfecto para la mediocridad.
La historia de la universidad demuestra que la tecnología nunca sustituye al buen profesor. Antes de ChatGPT ya existían docentes que dictaban, curso tras curso, los mismos apuntes amarillentos, ajenos a décadas de renovación historiográfica. Hoy, esos mismos hábitos encuentran un instrumento mucho más sofisticado. La diferencia es que, donde antes se recurría a fotocopias envejecidas, ahora aparecen presentaciones en Genially impecablemente diseñadas, textos de apariencia académica y discursos perfectamente articulados… pero intelectualmente vacíos y dotados de una enorme superficialidad.
Hace unas semanas, varios estudiantes acudieron a mi despacho profundamente desconcertados. Me describían una experiencia que, desgraciadamente, resulta cada vez menos excepcional: clases de historia del arte construidas íntegramente a partir de presentaciones generadas por inteligencia artificial, leídas casi literalmente por una profesora incapaz de responder con solvencia a las preguntas que surgían durante la sesión. Las diapositivas terminaban subidas al aula virtual como si constituyeran material docente de una mínima calidad.
El problema no era tanto el mero uso de la inteligencia artificial, sino precisamente la ausencia del profesor universitario auténtico. Hace años que la historia del arte no consiste en enumerar estilos, fechas u obras. Nuestra disciplina es, ante todo, una conversación acumulada durante siglos. Enseñar historia del arte implica conocer cómo se han construido las interpretaciones, qué autores han formulado determinadas hipótesis, qué debates permanecen abiertos y por qué unas lecturas sustituyen o enriquecen a otras. Significa explicar que Panofsky no dijo lo mismo que Gombrich, que Belting reformuló cuestiones fundamentales sobre la imagen o que la antropología visual abrió problemas que la historiografía tradicional apenas había contemplado. Enseñar es introducir al estudiante en esa genealogía intelectual. Ningún modelo generativo puede hacerlo por sí solo si quien lo utiliza desconoce previamente ese paisaje bibliográfico que solo penetra en la mente de quienes se acercan a las lecturas críticas desde un bagaje profundo.
La paradoja resulta fascinante. Nunca había sido tan fácil producir textos aceptables y, sin embargo, nunca había sido tan evidente cuándo detrás de esos textos no existe una inteligencia humana que los sostenga. La inteligencia artificial redacta con sorprendente fluidez, pero no puede pensar, conmoverse o enfadarse con las interpretaciones de uno u otro autor; mucho menos posee criterio historiográfico. Ese sigue siendo un atributo exclusivamente humano. Cuando el profesor renuncia a ejercerlo, la IA deja de ser una herramienta para convertirse en una prótesis pseudointelectual.
No creo que estemos ante un fenómeno generalizado. La Universidad española sigue contando con magníficos profesores que están incorporando estas herramientas con inteligencia, prudencia y creatividad. Pero tampoco conviene ignorar que la tecnología amplifica las virtudes y también los defectos. Un docente excelente encontrará en la IA un extraordinario asistente. Un docente mediocre hallará en ella una forma de ocultar, durante algún tiempo, sus carencias. Y digo «durante algún tiempo» porque hay un actor que ha cambiado profundamente en esta ecuación: los estudiantes. Se suele repetir que pertenecen a una generación distraída, incapaz de mantener la atención o excesivamente dependiente de la tecnología. Tal vez exista algo de verdad en ese diagnóstico. Pero también poseen una competencia que generaciones anteriores nunca desarrollamos: reconocen casi instantáneamente cuándo un texto ha sido producido sin elaboración personal, cuándo una explicación carece de profundidad o cuándo detrás de una brillante presentación no existe un verdadero conocimiento. Son, paradójicamente, los mejores detectores de la superficialidad digital en la era de la inflación icónica, evocando a Juan Martín Prada.
Quizá esa sea la mayor lección que la inteligencia artificial está dejando en la universidad. Nos obliga a replantearnos qué significa realmente enseñar. Si un algoritmo puede generar en segundos los contenidos que antes ocupaban horas de preparación, entonces el valor del profesor ya no reside en producir información, sino en interpretarla, discutirla, dotarla de un sentido y, sobre todo, transmitir una forma de emocionarse por el saber y de estar en el mundo.
La historia del arte siempre ha sido mucho más que un conjunto de imágenes bellamente ordenadas. Es una disciplina construida sobre la lectura paciente, la comparación, la duda y la interpretación. Quien crea que la inteligencia artificial puede sustituir ese ejercicio intelectual probablemente nunca comprendió en qué consistía realmente nuestro oficio. Quien, por el contrario, la incorpore como una herramienta al servicio de un pensamiento sólido descubrirá que estamos ante una de las mayores oportunidades que ha conocido la universidad en décadas.
Como casi siempre ocurre con las revoluciones tecnológicas, el problema nunca es la máquina. El problema sigue siendo exactamente el mismo de hace siglos: la diferencia entre quien piensa y quien únicamente aparenta hacerlo.
