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Más allá de la mirada solitaria: los estudios sensoriales y las Humanidades Digitales
Una de las grandes paradojas de la historia del arte es que, siendo una disciplina dedicada al estudio de las imágenes, ha prestado relativamente poca atención al modo en que estas imágenes eran realmente experimentadas por quienes convivían con ellas. Durante buena parte del siglo XX, la investigación se centró en el análisis del estilo, la iconografía, la atribución o la función social de las obras, dando por supuesto que la percepción constituía un fenómeno estable, casi transparente, cuya dimensión visual bastaba para comprender el hecho artístico. Incluso cuando los Estudios Visuales ampliaron de manera decisiva el campo de análisis hacia la fotografía, el cine, la publicidad o la cultura digital, la vista continuó ocupando un lugar epistemológicamente privilegiado. El denominado pictorial turn, formulado por W. J. T. Mitchell, desplazó el interés desde las obras hacia las imágenes como agentes culturales, pero no cuestionó de forma radical la centralidad de la visión como una categoría del conocimiento de nuestro tiempo.
En las dos últimas décadas, sin embargo, ha comenzado a consolidarse un ámbito de investigación que obliga a revisar algunos de estos presupuestos. Los estudios sensoriales (sensory studies) parten de una idea aparentemente sencilla, aunque de profundas consecuencias historiográficas: los sentidos no constituyen un dato biológico universal, sino una construcción cultural e histórica. Percibir nunca ha sido un acto puramente fisiológico. Cada sociedad aprende a organizar la experiencia sensible del mundo mediante jerarquías, códigos y formas de atención que varían según el tiempo y el espacio.
El profesor David Howes ha insistido en esta idea al definir los sentidos como productos culturales antes que como simples capacidades naturales. Frente a la tradición occidental, que convirtió la visión en el paradigma del conocimiento racional, Howes propone comprender cada cultura a partir de su propio orden sensorial (sensory order), es decir, de la manera específica en que distribuye el valor concedido a cada uno de los sentidos y articula las relaciones entre ellos. En una línea semejante, la profesora Constance Classen ha mostrado cómo el olfato, el tacto o el oído poseen una historia tan compleja como la propia historia de las imágenes.
Esta perspectiva modifica profundamente nuestra manera de aproximarnos al patrimonio artístico. Las obras de arte dejan de entenderse como objetos destinados exclusivamente a la contemplación para aparecer como elementos integrados dentro de una experiencia corporal mucho más amplia. Un retablo medieval no organizaba únicamente una visión del espacio de una iglesia, sino que participaba de un entramado donde el incienso, el canto, la resonancia arquitectónica, la iluminación vacilante de las velas, la textura de los tejidos litúrgicos o el movimiento procesional contribuían de forma decisiva a construir su significado. Del mismo modo, una escultura clásica no fue concebida para ser observada inmóvil desde un único punto de vista, sino para ser vertebrada por un cuerpo que experimentaba simultáneamente proporciones, volúmenes, distancias y cambios de luz.
Esta constatación obliga también a revisar algunos de los fundamentos de los propios estudios visuales, uno de los argumentos teóricos centrales de este blog. Su principal aportación consistió en demostrar que las imágenes no podían reducirse a objetos estéticos aislados, sino que participaban activamente en la construcción de imaginarios, relaciones de autoridad y formas de conocimiento. Los estudios sensoriales prolongan ese mismo movimiento intelectual al recordar que ninguna imagen actúa únicamente sobre la vista. Toda cultura visual es también una cultura sensorial. Las imágenes producen significado porque movilizan a cuerpos situados en puntos concretos de la historia.
La cuestión adquiere una relevancia particular en el ámbito de las Humanidades Digitales. Con frecuencia se presentan tecnologías como la fotogrametría, el escaneado tridimensional, la realidad virtual o los entornos inmersivos como instrumentos destinados a reproducir con mayor fidelidad los objetos patrimoniales. Sin embargo, su interés trasciende la mera precisión técnica. Estas herramientas permiten plantear una pregunta que durante mucho tiempo permaneció fuera del horizonte disciplinar: ¿es posible reconstruir no solo la apariencia de un espacio histórico, sino también las condiciones sensoriales en las que ese espacio era vivido? La incorporación de paisajes sonoros, simulaciones lumínicas, reconstrucciones ambientales o interfaces hápticas revela que la digitalización del patrimonio ya no consiste únicamente en generar imágenes de mayor calidad, sino en aproximarse a la complejidad perceptiva de experiencias que fueron, desde su origen, profundamente multisensoriales.
Fue precisamente desde esta convicción desde donde realizamos hace algunas semanas el proyecto SENSOLAB: el Laboratorio Ciudadano de Experimentación Artística Sensorial impulsado por el Laboratorio INTERVISUALAB en colaboración con la Biblioteca de la Universidad Rey Juan Carlos. Esta iniciativa se concibió como un pequeño laboratorio de ciencia ciudadana destinado a explorar colectivamente la dimensión sensorial de las imágenes. Profesores, investigadores, estudiantes y ciudadanos del entorno de Fuenlabrada fueron invitados a enfrentarse a diversas obras de arte desde una perspectiva poco habitual: describir no solo aquello que veían, sino también los sonidos, olores, texturas, temperaturas o evocaciones táctiles que aquellas imágenes despertaban. Todo el proceso fue documentado de forma colaborativa y publicado en acceso abierto para construir un archivo de experiencias perceptivas susceptible de convertirse, a su vez, en objeto de investigación. Los participantes completaron sus registros sensoriales siguiendo una plantilla común al proyecto, anotando de manera libre aquello que cada imagen les sugería en términos visuales, táctiles, olfativos o sonoros.
La iniciativa no pretendía sustituir el análisis histórico por una colección de impresiones subjetivas. Su propósito era mucho más ambicioso. Si la percepción constituye una construcción cultural, también puede ser observada, comparada y estudiada. Documentar cómo diferentes personas organizan sensorialmente su relación con las imágenes permite abrir nuevas vías para comprender la experiencia estética contemporánea y, al mismo tiempo, plantear nuevas preguntas sobre la experiencia sensorial del pasado.
Quizá los estudios sensoriales no representen una ruptura con los estudios visuales, sino la consecuencia lógica de su propia evolución. Después de haber aprendido que las imágenes construyen formas de ver el mundo, comenzamos ahora a comprender que también construyen formas de habitarlo con el cuerpo. Las Humanidades Digitales, lejos de limitarse a incorporar nuevas herramientas tecnológicas, ofrecen un marco privilegiado para explorar este desplazamiento. En el fondo, el verdadero desafío ya no consiste únicamente en estudiar las imágenes, sino en reconstruir las condiciones perceptivas que les dieron sentido. Solo entonces podremos comprender que la historia del arte nunca ha sido exclusivamente una historia de la mirada. Ha sido, desde sus orígenes, una historia de los sentidos.


