La Odisea y la adaptación de los clásicos: un viaje que nos recuerda lo que significa ser europeos

Hace unos días fui al cine a ver una nueva película inspirada en La Odisea, obra de Christopher Nolan. Al salir de la sala pensé que pocas historias han intervenido de manera tan profunda en la construcción de la imaginación occidental.

No se trata simplemente de que el poema homérico haya sobrevivido durante casi tres milenios ni de que sus personajes hayan proporcionado asuntos inagotables a escritores, pintores y cineastas. La Odisea ha contribuido a dar forma a algunas de las experiencias con las que Europa ha pensado su propia existencia: la figura del héroe, no solo como encarnación de la fuerza, sino de la inteligencia y la capacidad de perseverar; el deseo de regresar al hogar y recuperar el lugar al que se pertenece; la familia como término último de una larga travesía; el honor y la reputación; la responsabilidad hacia los propios compañeros; o la hospitalidad como principio que regula la relación con el desconocido que será característica también del monacato benedictino medieval.

En el poema, el viaje de Odiseo es el largo proceso mediante el cual un hombre trata de recuperar su casa, su nombre, su familia y el orden de una vida que la guerra y la errancia han deshecho. Por eso su historia ha seguido siendo reconocible para lectores pertenecientes a épocas radicalmente distintas: en ella Europa ha encontrado, una y otra vez, una de las narraciones fundamentales con las que ha pensado qué significa partir, perderse y regresar.

La Odisea pertenece a ese reducido número de textos que han contribuido a construir el tiempo histórico. Cada época ha encontrado en el regreso de Odiseo algo distinto: el modelo del héroe inteligente, la experiencia del exilio, la nostalgia de la patria, el viaje como conocimiento, la aceptación de la existencia de una realidad superior al ser humano o la fragilidad del hombre ante un mundo que nunca termina de dominar. El poema ha cambiado con sus lectores porque los grandes clásicos no permanecen inmóviles en el pasado. Continúan trabajando en el interior de las culturas que los reciben.

Cuando hablamos de las raíces de Europa solemos pensar en grandes tradiciones: Grecia, Roma, la Edad Media, el Siglo de Oro… Pero esas raíces no son compartimentos estancos. Europa se ha construido también mediante una prolongada conversación con sus propios textos, reinterpretándolos, traduciéndolos y adaptándolos a lenguas, creencias y sensibilidades que Homero nunca habría podido imaginar. La historia de La Odisea forma parte, precisamente, de esa conversación. Hemos heredado siglos de lecturas del poema, de imágenes inspiradas en sus episodios, de traducciones y comentarios que han ido transformando su significado.

Quizá por eso recuerdo con especial cariño un divertimento de mi adolescencia: cuando comencé a estudiar cultura clásica me gustaba comparar diferentes ediciones de La Odisea. No leía siempre el poema buscando una nueva historia (la historia era, naturalmente, la misma), sino atendiendo a la manera en que cada traductor intentaba trasladar al castellano una voz nacida en otra lengua y en otro tiempo. Algunas versiones buscaban la mayor fidelidad posible a las palabras y a la construcción del griego; otras trataban de conservar, en la medida en que nuestra lengua lo permite, algo de la sonoridad y de la entonación poética del original. Aquellas diferencias me hicieron comprender, quizá antes de poder formularlo con precisión, que traducir no consiste únicamente en cambiar unas palabras por otras sino que implica tomar una posición ante el texto.

No porque el traductor tenga libertad para inventar el texto, sino porque cada decisión obliga a establecer una relación entre dos mundos lingüísticos que nunca coinciden por completo. Traducir un clásico significa decidir qué hacer con su extrañeza. Significa determinar hasta qué punto queremos conservar las asperezas de un lenguaje que nos llega desde otro tiempo y hasta qué punto tratamos de hacerlo familiar para el lector contemporáneo. En esa tensión se encuentra una parte esencial de la historia cultural europea. Europa ha sido, entre otras muchas cosas, una civilización de traductores: una cultura que ha conservado sus textos porque no ha dejado de volver a escribirlos en nuevas lenguas.

El problema comienza cuando el deseo legítimo de acercar los clásicos a nuevos públicos se confunde con la obligación de simplificarlos hasta hacerlos perfectamente transparentes. No hay nada censurable en adaptar una obra para un niño, convertir un poema en una película o utilizar nuevos lenguajes para despertar la curiosidad por Homero. El cine, la novela gráfica o incluso los medios digitales pueden abrir caminos de acceso que de otro modo permanecerían cerrados. El peligro aparece cuando la adaptación deja de presentarse como una puerta de entrada y pretende sustituir la complejidad de aquello que adapta. Y todavía más cuando es la misma lengua: hay que leer el Quijote de Cervantes, con la dificultad y la prodigiosa riqueza de sus propias palabras. No conformarse con una adaptación vulgar que, bajo el pretexto de acercarlo a los jóvenes, acaba por privarlos precisamente de aquello que la literatura puede ofrecerles: el encuentro con una voz auténtica, con una lengua diferente y con la experiencia irrepetible de descubrir un mundo a través de las palabras con las que fue creado.

Los clásicos son difíciles, entre otras razones, porque proceden de mundos difíciles de recuperar. Su lenguaje conserva formas de pensar, ordenar el tiempo y nombrar la experiencia que no coinciden con las nuestras. El esfuerzo que exige su lectura no es un obstáculo accidental del que debamos liberar al lector, sino una parte de la experiencia intelectual que esos textos ofrecen. Leer a Homero supone aceptar que no todo lo valioso puede ser inmediatamente accesible y que, en ocasiones, comprender requiere demorarse en una frase, volver sobre un pasaje o aceptar que una palabra no se agota en la primera impresión que produce.

Esta cuestión adquiere una dimensión particularmente relevante en el presente digital. Nunca había sido tan fácil acceder a versiones de los clásicos, consultar traducciones paralelas, escuchar reconstrucciones de lenguas antiguas o recorrer, mediante imágenes y modelos digitales, los escenarios que nuestra imaginación asocia con sus relatos. Las Humanidades Digitales han multiplicado extraordinariamente nuestras posibilidades de encuentro con el pasado. Sería absurdo convertir esta reflexión en una nostalgia por un mundo anterior a la tecnología. El problema no reside en los nuevos medios, sino en la concepción de la cultura que puede acompañarlos cuando confundimos acceso con comprensión.

La inteligencia artificial generativa ha llevado esta cuestión a un extremo especialmente revelador. Buena parte de los textos que hoy circulan por la red (especialmente los post de LinkedIn y los hilos de X) parecen haber sido escritos con una misma voluntad de uniformidad: frases correctamente construidas, transiciones previsibles y una permanente tendencia a explicar, resumir y concluir aquello que quizá debería conservar una cierta resistencia crítica. El resultado suele ser una prosa reconocible incluso antes de saber quién la ha producido. Todo adquiere una elocuencia semejante; todo parece buscar el mismo equilibrio entre la claridad y la rapidez de consumo.

La paradoja es que ese lenguaje puede ser extraordinariamente eficaz para procesar información y, al mismo tiempo, profundamente incapaz de reproducir aquello que hace irreductible a una gran obra literaria. Homero no ha llegado hasta nosotros porque su relato pueda reducirse a la aventura de un hombre que intenta regresar a casa. Ha llegado porque esa aventura fue construida mediante una forma verbal determinada, con una arquitectura poética, un ritmo, una repetición y una densidad de imágenes que no pueden separarse completamente de lo que cuenta. En la literatura, como en las artes visuales, la forma no es el recipiente de un contenido previamente elaborado.

Salí del cine pensando de nuevo en aquellas viejas ediciones que comparaba durante mi juventud. Algunas frases me parecían entonces enormemente crípticas y solo con los años he comprendido un poco mejor su significado; otras, hermosas, me interpelaron al corazón para dedicarme al estudio humanístico. Con el tiempo he comprendido que aquella dificultad formaba parte de su valor. No todas las voces del pasado tienen que sonar como nosotros para poder hablarnos. De hecho, quizá seguimos necesitando los clásicos precisamente porque su lenguaje se resiste a la tentación contemporánea de convertirlo todo en una misma voz.

En una época en la que la tecnología nos permite producir y resumir textos a una velocidad desconocida, conservar la pluralidad de las formas de expresión puede ser una de las tareas más necesarias de las Humanidades Digitales. Su futuro no debería consistir en hacer que todo el patrimonio cultural hable el lenguaje uniforme de nuestras plataformas, sino en aprovechar las posibilidades de la tecnología para acercarnos a la extraordinaria diversidad de voces que constituyen nuestra memoria como civilización. Quizás Europa necesite volver a leer a Homero.

Compartir:

Deja un comentario