Antes de ChatGPT ya existían las Humanidades Digitales: una visita a ‘El sueño de la razón’

Cada revolución tecnológica tiene la extraña costumbre de convencernos de que todo empieza con ella. Hoy sucede con la inteligencia artificial. Basta abrir cualquier periódico para encontrar titulares que anuncian el nacimiento de una nueva era, como si la humanidad no hubiera vivido antes otras transformaciones igualmente profundas en su manera de producir, organizar y representar el conocimiento.

La exposición «El sueño de la razón. Del Siglo de las Luces a la inteligencia artificial», organizada por el Espacio Fundación Telefónica, propone un recorrido que atraviesa más de dos siglos de historia visual para responder a una pregunta sorprendentemente actual: ¿cómo hemos aprendido a representar el mundo? La respuesta comienza mucho antes de los ordenadores. El recorrido se inicia en el siglo XVIII, cuando la Ilustración convirtió el conocimiento en uno de los grandes proyectos colectivos de la modernidad. La Encyclopédie de Diderot y d’Alembert, los atlas científicos o las expediciones naturalistas no pretendían únicamente recopilar información. Aspiraban, sobre todo, a ordenar el mundo mediante imágenes. Dibujos botánicos, grabados anatómicos, mapas, vistas arqueológicas o estudios zoológicos formaban parte de un mismo empeño intelectual: hacer visible aquello que podía conocerse.

En realidad, la exposición nos recuerda algo que con frecuencia nos pasa inadvertido. Antes de existir la fotografía, antes incluso de la informática, las imágenes ya funcionaban como auténticas tecnologías del conocimiento. Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial deja de aparecer como una ruptura absoluta para convertirse en el último capítulo de una historia mucho más larga. Una historia en la que cada innovación técnica ha prometido representar la realidad con mayor precisión que la anterior. El grabado sustituyó parcialmente al dibujo científico; la fotografía cuestionó la autoridad del grabado; el escaneado tridimensional amplió las posibilidades de la fotografía; y hoy los modelos generativos ya no solo registran el mundo, sino que son capaces de producir imágenes completamente nuevas a partir de modelos matemáticos entrenados con enormes conjuntos de datos.

Es precisamente aquí donde la exposición deja de ser una historia de la imagen para convertirse en una reflexión sobre las Humanidades Digitales. Con demasiada frecuencia se identifica este campo con el uso de inteligencia artificial, bases de datos o herramientas computacionales aplicadas a las ciencias humanas. Sin embargo, las Humanidades Digitales no nacieron con ChatGPT. Nacieron mucho antes, cuando comenzamos a preguntarnos cómo las tecnologías modifican nuestra forma de construir conocimiento sobre la cultura.

En ese sentido, resulta especialmente acertada la decisión curatorial de establecer un diálogo entre grabados científicos del Setecientos, fotografías históricas, instalaciones contemporáneas y obras realizadas mediante inteligencia artificial. El visitante comprende que todas ellas participan de una misma aspiración: producir imágenes capaces de explicar el mundo. Lo que cambia no es tanto el objetivo como el dispositivo técnico que hace posible esa representación.

Hay una segunda cuestión que la exposición plantea de forma especialmente inteligente. Solemos pensar que las imágenes son el resultado del conocimiento. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario: también producen conocimiento. Un dibujo anatómico no solo representa un cuerpo; determina cómo ese cuerpo puede ser estudiado. Un mapa no solo describe un territorio; condiciona la manera de recorrerlo. Un modelo tridimensional obtenido mediante escáner láser no constituye únicamente una copia digital de un monumento; transforma la forma en que arqueólogos, restauradores o historiadores del arte interactúan con él. Del mismo modo, una imagen generada mediante inteligencia artificial no refleja simplemente una realidad previa: construye nuevas posibilidades visuales que antes no existían.

Esta idea resulta especialmente sugerente para quienes trabajamos en patrimonio cultural. En los últimos años hemos asistido a una auténtica revolución en las formas de documentar, analizar y difundir bienes culturales mediante fotogrametría, escáneres tridimensionales, sistemas LiDAR o modelos de inteligencia artificial. Con frecuencia presentamos estas herramientas como innovaciones puramente técnicas. La exposición invita, en cambio, a interpretarlas como parte de una larga tradición intelectual dedicada a ampliar nuestra capacidad para observar el mundo.

Quizá sea esa la principal virtud de El sueño de la razón. Frente al entusiasmo desmedido, o al rechazo igualmente acrítico, que suele acompañar cualquier conversación sobre inteligencia artificial, la muestra propone una saludable perspectiva histórica. Nos trae a la mente que cada tecnología nace sobre los logros de las anteriores y que ninguna sustituye por completo a la mirada humana.

Al abandonar la exposición resulta difícil no pensar que las Humanidades Digitales tienen precisamente esa misión. No se trata únicamente de incorporar nuevas herramientas a la investigación, sino de comprender cómo esas herramientas transforman nuestra manera de producir imágenes, construir conocimiento y relacionarnos con el patrimonio cultural.

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