La tecnología no salvará los museos (pero puede ayudarnos a repensarlos)

Hace unas semanas tuve la oportunidad junto al profesor Ángel Pazos de participar en el encuentro «Lectura en digital», organizado por la Sociedad de Humanidades Digitales Hispánicas, con motivo de la presentación de nuestro libro Digital Humanities for the XXI Century Museum. Best Practices, Networks, and Accessibility (Boleine, 2024). Más allá de la satisfacción que siempre supone compartir un proyecto editorial con colegas interesados en las Humanidades Digitales, el encuentro me sirvió para volver sobre una cuestión que lleva años acompañando algunas de nuestras investigaciones: ¿qué significa realmente hablar de transformación digital en los museos?

La pregunta puede parecer innecesaria. Vivimos un momento en el que prácticamente cualquier institución cultural incorpora en sus discursos conceptos como inteligencia artificial, digitalización, realidad aumentada, experiencias inmersivas o participación virtual. La tecnología se ha convertido en un indicador casi automático de innovación. Cuanto más sofisticados son los dispositivos, mayor parece ser el compromiso del museo con el futuro. Sin embargo, sospecho que estamos formulando mal el problema.

Durante las dos últimas décadas hemos asistido a una extraordinaria aceleración tecnológica en el ámbito del patrimonio cultural. Nunca antes había resultado tan sencillo documentar una colección mediante modelos tridimensionales, crear recorridos virtuales, desarrollar aplicaciones móviles o utilizar algoritmos para gestionar colecciones y analizar grandes cantidades de información. Las posibilidades son inmensas y muchas de ellas están transformando profundamente la investigación, la conservación y la difusión del patrimonio cultural. Pero ninguna tecnología convierte, por sí sola, a un museo en una institución mejor.

Con frecuencia tendemos a identificar la innovación con la incorporación de nuevos dispositivos. Sin embargo, la historia de los museos demuestra que las transformaciones verdaderamente importantes nunca han dependido exclusivamente de la tecnología. El nacimiento del museo público tras la Revolución Francesa, la aparición de la nueva museología en la segunda mitad del siglo XX o el desarrollo de los ecomuseos modificaron radicalmente la manera de entender estas instituciones sin necesidad de revoluciones tecnológicas comparables a las actuales. Cambiaron porque cambió la manera de concebir la relación entre patrimonio, conocimiento y sociedad. Las Humanidades Digitales obligan precisamente a recuperar esa perspectiva.

Con demasiada frecuencia se presentan como un conjunto de herramientas destinadas a digitalizar procesos previamente existentes. Sin embargo, su aportación resulta mucho más profunda. Nos invitan a preguntarnos cómo las tecnologías modifican la producción del conocimiento, alteran las formas de mediación cultural y redefinen la experiencia del visitante. En otras palabras, no consisten únicamente en incorporar ordenadores al museo, sino en comprender cómo el entorno digital transforma la propia naturaleza del museo.

Esta fue, en buena medida, la idea que articuló nuestro libro Digital Humanities for the XXI Century Museum. Best Practices, Networks, and Accessibility. Los diferentes capítulos parten de una convicción compartida: los museos han dejado de ser simples lugares destinados a conservar y exhibir objetos para convertirse en espacios donde se construyen experiencias de conocimiento, memoria y participación. La tecnología constituye una herramienta privilegiada para favorecer esa transformación, pero únicamente cuando responde a un proyecto intelectual y social claramente definido.

Resulta significativo que buena parte de las experiencias más interesantes recogidas en el volumen no tengan como protagonista la tecnología en sí misma. Lo verdaderamente relevante es la manera en que esta contribuye a mejorar la accesibilidad, fortalecer redes de colaboración entre instituciones, facilitar nuevas metodologías de investigación o ampliar la participación de comunidades tradicionalmente alejadas de los museos. El éxito de un proyecto digital rara vez depende de la sofisticación de sus herramientas. Depende, sobre todo, de las preguntas que pretende responder.

Quizá por eso convenga introducir un cierto espíritu crítico en el entusiasmo tecnológico que caracteriza nuestro tiempo. La inteligencia artificial, los gemelos digitales o las experiencias inmersivas poseen un enorme potencial para enriquecer la vida de los museos. Pero también existe el riesgo de convertirlos en un fin en sí mismos. No faltan proyectos donde la espectacularidad tecnológica termina eclipsando el patrimonio que pretendía poner en valor. El visitante recuerda la pantalla, las gafas de realidad virtual o la proyección envolvente, pero apenas conserva memoria de las obras, de las historias o de las preguntas que daban sentido a la exposición.

En ocasiones da la impresión de que algunos museos aspiran a parecerse cada vez más a un parque temático tecnológico. Paradójicamente, cuanto mayor es el despliegue de dispositivos, menor parece ser el espacio reservado para la contemplación, la interpretación crítica o el diálogo pausado con los objetos. La fascinación por la innovación puede terminar produciendo un efecto inesperado: desplazar el centro de gravedad del museo desde el patrimonio hacia la tecnología. Las Humanidades Digitales constituyen un excelente antídoto frente a esa deriva precisamente porque sitúan de nuevo el conocimiento en el centro del debate. Nos recuerdan que toda herramienta tecnológica incorpora una determinada forma de comprender la cultura y que cada decisión sobre la digitalización del patrimonio implica también una decisión sobre cómo queremos investigar, comunicar y preservar ese patrimonio.

Al terminar la sesión de «Lectura en digital» tuve la sensación de que esa sigue siendo la conversación verdaderamente importante. No se trata de decidir si los museos deben incorporar inteligencia artificial, modelos tridimensionales o experiencias inmersivas. Esa discusión pertenece ya al pasado. La cuestión consiste en determinar qué tipo de museo queremos construir mediante esas tecnologías. Porque la transformación digital consiste, sobre todo, en cambiar la manera de pensar el museo, no únicamente en cambiar las herramientas.

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