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Juan Martín Prada, la teoría del arte en la cultura digital y el aula universitaria
Este semestre decidí mandar como lectura obligatoria para mis estudiantes de la asignatura de Teoría del Arte y de las Ideas Estéticas en el primer curso del Grado en Historia, una de las últimas monografías del profesor Juan Martín Prada: Teoría del arte y cultura digital, editada por Akal en 2023. No quería convertir esta lectura en uno de esos trabajos académicos que se plagian o generan artificialmente, se entregan, se corrigen y desaparecen para siempre de la memoria del estudiante. Tampoco someter su lectura a un examen convencional de preguntas previsibles. Preferí hacer algo bastante más antiguo y, en estos tiempos, quizá bastante más arriesgado: una entrevista personal en mi despacho.
La experiencia, hasta el momento, me está resultando sorprendente:
—¿Qué dice el autor en el capítulo tercero acerca de la mirada automatizada?
Silencio.
El estudiante comienza a consultar unos «apuntes» del libro que, evidentemente generados con ChatGPT por su estructura en puntos y barras divisorias horizontales.
—Ah, no. Es que yo no lo leí así, por capítulos.
La respuesta me deja desconcertado.
—¿Y cómo se lee un libro si no es por capítulos?
No es una escena aislada. Ya son dos las alumnas que han terminado llorando durante el examen oral, incapaces de articular una respuesta ante un libro que debían haber leído. No lo escribo como una anécdota docente divertida ni como la típica acusación contra los problemas de toda una generación de estudiantes. Lo cuento porque hay algo profundamente significativo en esta escena: estamos empezando a encontrar dificultades para realizar una actividad que durante siglos hemos considerado elemental dentro de la educación universitaria, leer un ensayo y ser capaces de conversar intelectualmente sobre aquello que hemos leído. Quizá por eso merece la pena detenerse precisamente en el libro del profesor Martín Prada.
El libro Teoría del arte y cultura digital, publicado por Akal en 2023, es un ensayo ambicioso sobre las transformaciones que la cultura digital está produciendo en la creación artística, en nuestra relación con las imágenes y en las propias categorías con las que pensamos sobre arte. Su interés reside, entre otras cosas, en que no se limita a hablar de «arte digital», como si la tecnología constituyera simplemente un nuevo medio artístico que pudiéramos añadir a la fotografía, el vídeo o la instalación. Martín Prada plantea qué ocurre con el arte cuando las condiciones técnicas que organizan nuestra experiencia cotidiana han cambiado radicalmente.
El recorrido del libro resulta especialmente interesante porque atraviesa algunos de los problemas que deberían formar parte de cualquier reflexión contemporánea sobre la cultura visual. La inflación icónica, la circulación de las imágenes en red y su condición viral conducen hacia cuestiones como la transformación de la subjetividad, la identidad, la participación o la mirada automatizada. Más adelante aparecen asuntos que hace apenas unos años parecían pertenecientes a un futuro todavía distante: inteligencia artificial, realidad virtual, realidad aumentada, blockchain y NFT.
Uno de los capítulos que más me interesan para una asignatura de teoría del arte es precisamente el tercero, dedicado a las prácticas artísticas, los algoritmos y la inteligencia artificial. Juan Martín Prada no aborda la IA únicamente desde la fascinación tecnológica ni desde la discusión, ya agotada, acerca de si una máquina puede «crear arte». Su atención se dirige también hacia la racionalidad algorítmica, la mirada no humana y los sistemas automatizados de reconocimiento, así como hacia los sesgos que pueden contener los sistemas de visión computacional: todos ellos temas de emergente actualidad en el arte contemporáneo. El problema deja entonces de ser exclusivamente qué puede producir una máquina y pasa a ser qué clase de mirada estamos incorporando a nuestra cultura.
Esta perspectiva permite comprender mejor algunos fenómenos que hace unos años parecían difíciles de encajar dentro de la historia del arte. Pensemos, por ejemplo, en los NFT. Durante su momento de mayor expansión, buena parte del debate público quedó reducido a una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo puede venderse una imagen que cualquiera puede copiar? l.El capítulo dedicado al blockchain permite comprender que el asunto no se encuentra exactamente en la posibilidad de copiar una imagen, sino en las nuevas formas de autenticación y de certificación, de escasez y de circulación comercial que se construyen en torno a un bien digital.
Algo semejante sucede con el propio Bitcoin, aunque su naturaleza sea distinta. Más allá de sus fluctuaciones económicas, constituye uno de los síntomas más visibles de una transformación cultural mucho mayor: la progresiva separación entre el valor y la materialidad del objeto. Durante siglos, nuestras formas de intercambio estuvieron ligadas a monedas, billetes, metales, documentos y otros soportes físicos. La cultura digital ha producido sistemas en los que la confianza, la propiedad y el valor pueden inscribirse en arquitecturas técnicas que no tienen una presencia material equivalente a la de aquellos objetos.
Y es precisamente ahí donde un libro como el de Martín Prada resulta útil para los estudiantes de Historia del Arte. No porque ofrezca respuestas definitivas sobre estas tecnologías, sino porque enseña a formular las preguntas adecuadas. Por eso me preocupa tanto que algunos estudiantes intenten sustituir la lectura por un resumen generado automáticamente. No porque un resumen sea necesariamente inútil. Al contrario: puede ser una excelente herramienta para preparar una lectura, ordenar conceptos o recuperar una idea olvidada. El problema comienza cuando ocupa el lugar del disfrute de la lectura como proceso de descubrimiento.
Aquí aparece una cuestión que excede con mucho a mis propios estudiantes: cada vez resulta más difícil pedir a un universitario que lea un ensayo de doscientas páginas y esperar que esa lectura pueda darse por supuesta. Estamos empezando a perder las condiciones culturales que hacen posible una lectura larga, atenta y comprensiva. Eso tiene consecuencias mucho más graves que no conocer un determinado libro de teoría del arte. Cuando un estudiante universitario no puede seguir la estructura argumentativa de un ensayo, distinguir una tesis de un ejemplo, relacionar dos capítulos o explicar con sus propias palabras una idea que acaba de leer, nos encontramos ante una dificultad que ya no pertenece únicamente a una asignatura. Estamos ante una forma creciente de analfabetismo funcional (como decía satíricamente en su momento mi paisano gallego Manuel Torreiglesias en Saber Vivir), entendida no como incapacidad para descifrar palabras, sino como dificultad para comprender, relacionar y utilizar críticamente textos complejos.
Las Humanidades Digitales no deberían permanecer al margen de este problema. Sería contradictorio defender la incorporación de nuevas tecnologías a nuestras aulas mientras abandonamos precisamente aquellas capacidades intelectuales que permiten utilizarlas con criterio. La cuestión consiste en enseñar a nuestros estudiantes a servirse de las herramientas digitales sin renunciar a las capacidades intelectuales que hicieron posible la lectura tradicional.
Por eso a pesar de dirigir un laboratorio dedicado a las humanidades digitales les sigo pidiendo a mis estudiantes que se lean un libro completo en cada asignatura que imparto. Y por eso sigo haciendo exámenes orales, porque la mejor manera de comprobar si alguien se ha leído un libro consiste sencillamente en sentarse frente a él y conversar. No para comprobar cuánto recuerda, sino para descubrir si, después de cerrar el libro, hay todavía alguna idea que continúe pensando dentro de su cabeza. Quizá esa sea una de las cosas que más necesitamos recuperar en la universidad: no solo estudiantes capaces de encontrar información, sino lectores capaces de permanecer el tiempo suficiente delante de una idea como para dejarse transformar por ella.


