Aby Warburg y las bibliotecas en la era del algoritmo

La cultura, la memoria, la comunidad, la mirada y, sobre todo, la experiencia de la visión han vinculado tradicionalmente la biblioteca a un espacio elitista. Aún hoy sigue existiendo esa percepción, pero las bibliotecas están experimentando otra transformación: cada vez se parecen más a una estación de metro, a la terminal de un aeropuerto o a una dársena. Es decir, se están convirtiendo —si es que no lo han hecho ya— en espacios algorítmicos, orientados a la pregunta y la respuesta inmediata, a cumplimentar una búsqueda antes que a enseñar. Este proceso las acerca a lo que Marc Augé denominó los «no lugares». En ellas se diluyen muchas de las relaciones que antes surgían de manera espontánea: la lectura pausada, el discernimiento, la conversación en torno a los libros o incluso el encuentro casual con otra persona interesada en el mismo volumen.

La era del algoritmo, intensificada por la digitalización sistemática, ha transformado profundamente la experiencia de la biblioteca. Cada vez es más un espacio de consulta y menos un espacio de pensamiento. Encontrar el libro que buscábamos ha dejado de ser una aventura intelectual; desaparece la sorpresa de descubrir un volumen inesperado que cambia nuestra manera de comprender un tema, y también esa capacidad de quedar absortos ante un conocimiento que no sabíamos que existía. No se trata de reclamar un regreso imposible a las lógicas del pasado. Se trata, más bien, de preguntarnos si todavía somos capaces de reestructurarlas y resignificarlas para que la biblioteca deje de percibirse como un espacio elitista y deje de resultar, especialmente para los jóvenes, un lugar opresivo o aburrido. Sobre todo, se trata de ofrecer una alternativa frente a esa espada de Damocles que representa un algoritmo cada vez más deshumanizador.

En este sentido, la biblioteca de Aby Warburg (nacida en Alemania y trasladada posteriormente a Londres para protegerla de la amenaza nazi) constituye un ejemplo extraordinario. Su organización responde al célebre principio del buen vecino: cada obra se sitúa junto a otra con la que mantiene una relación intelectual, aunque pertenezca a disciplinas distintas. Esa disposición producía, como recordaba Ernst Cassirer, una mezcla de desconcierto, fascinación e incluso cierto temor, precisamente porque obligaba al lector a perderse.

Hoy, cuando entramos en una biblioteca o en una librería, mismamente, la disposición de los libros rara vez nos hace sentir perdidos. Lo que realmente nos inquieta es perder demasiado tiempo dentro de esos espacios, convertidos con frecuencia en «no lugares». En la biblioteca de Warburg, en cambio, los libros dejan de ser simples objetos estáticos. Están en permanente movimiento porque establecen relaciones entre sí y transmiten esa energía al lector. Allí uno no puede hacer otra cosa que dejarse llevar, reflexionar e incluso perderse, porque se trata de un conocimiento que nunca se agota.

Podría decirse que esa biblioteca funciona mediante un algoritmo humanizante. El tiempo deja de medirse por la rapidez y los libros no se ordenan únicamente por categorías, sino por afinidades profundas, huellas culturales y Pathosformeln. En cierto modo, la biblioteca debe atraparnos; debe ser ella quien marque nuestro ritmo, y no nosotros el suyo. Vivimos, sin embargo, en una época en la que creemos saberlo todo porque basta un clic para obtener una respuesta.

Desde esta perspectiva, podríamos imaginar las bibliotecas como grandes paneles de un Atlas Mnemosyne, el proyecto más ambicioso de Warburg. Los libros dejarían de ser simples piezas que se suceden unas a otras para convertirse en elementos que dialogan constantemente entre sí, generando espacios donde detenerse, pensar y reinterpretar. La biblioteca volvería así a ser un lugar de memoria, donde los gestos, las emociones y las imágenes también forman parte del conocimiento y donde cada lectura abre nuevas posibilidades de resignificación. Sin embargo, la velocidad de nuestro tiempo dificulta esa experiencia. Vivimos sometidos a ritmos que favorecen la acumulación de información antes que la construcción de conocimiento.

Algo semejante ocurre con las bibliotecas digitales. En ellas solemos dirigirnos directamente al libro que buscamos y, si no lo encontramos, pasamos inmediatamente al siguiente enlace. Perdemos así buena parte de la experiencia intelectual que debería ofrecer un espacio bibliotecario. La datificación y la computación nos separan de aquellos procesos de descubrimiento que la biblioteca física propicia casi de manera natural. Es cierto que la búsqueda analógica y la digital producen efectos diferentes, pero, parafraseando a Vestberg, la complementariedad entre ambas conduce a resultados mucho más ricos.

La biblioteca de Warburg representa, en este sentido, un espacio de desconcierto, pero también de desconocimiento; no entendido como ausencia de saber, sino como conciencia de todo aquello que aún queda por conocer. La enorme cantidad de información o la atracción constante de los hipervínculos pueden hacernos salir de una biblioteca (si es que realmente llegamos a salir de ella) con la sensación de no haber aprendido nada. Sin embargo, precisamente esa sensación nos invita a volver a entrar. Es entonces cuando habitamos un tiempo distinto: un tiempo que no busca la inmediatez ni persigue obsesivamente el futuro, sino que rompe con la linealidad temporal para abrir un espacio de reflexión.

Porque, ante todo, una biblioteca debe ser un proyecto inacabado. Siempre tiene que haber algo más por descubrir. No debería limitarse a proporcionarnos exactamente la información que pedimos (como hacemos con ChatGPT o con cualquier otra herramienta de inteligencia artificial generativa), sino impulsarnos a pensar, repensar y resignificar el conocimiento, tanto individual como colectivamente.

Con una lógica algorítmica humanizante, la biblioteca de Warburg sigue siendo una obra abierta, aunque albergue ya más de cien mil volúmenes. En cambio, muchas bibliotecas contemporáneas parecen haber convertido su finalidad en acumular libros, satisfacer necesidades inmediatas de información y garantizar la permanencia de sus colecciones, pero no necesariamente producir significado.

Quizá el verdadero reto consista en dejar de entender la biblioteca como un simple repositorio o un espacio de consulta donde encontramos exactamente lo que buscábamos para marcharnos inmediatamente después. Tal vez sea el momento de incorporar, también en nuestras bibliotecas, algunas de las lógicas warburgianas: convertirlas en lugares de descubrimiento, de relaciones inesperadas y de pensamiento compartido. Solo así dejarán de ser espacios que cobran vida únicamente en época de exámenes o para unos pocos profesores y lectores especialmente curiosos, y volverán a convertirse en auténticos laboratorios de conocimiento.

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