Cuando la muerte desaparece de la ciudad: rituales, memoria y Humanidades Digitales

Hace unas semanas leía en El Mundo una reflexión sobre los funerales del papa Francisco publicada por el Dr. Ángel Pazos-López. El artículo partía de una cuestión aparentemente circunstancial como es la extraordinaria persistencia de unos rituales cuyos orígenes se remontan a la Edad Media, para concluir con una impresión difícil de ignorar: la sociedad contemporánea parece haber expulsado la muerte del espacio cotidiano. No porque haya dejado de existir, sino porque ha dejado de ocupar un lugar visible dentro de la experiencia colectiva. 

Quizá esta afirmación requiera una matización. La muerte nunca ha desaparecido. Lo que ha desaparecido es la compleja arquitectura simbólica que durante siglos permitió hacerla habitable. Las sociedades no han afrontado la muerte únicamente mediante creencias religiosas o sistemas filosóficos. Lo han hecho, sobre todo, mediante imágenes. La historia de la cultura occidental puede leerse, en buena medida, como una historia de las formas visuales de la ausencia. Los sepulcros medievales, las danzas de la muerte y otros motivos que nos recuerdan el inexorable destino que nos espera, los túmulos efímeros levantados para las exequias de reyes y pontífices, los retratos funerarios, las reliquias o las arquitecturas conmemorativas fueron dispositivos culturales destinados a transformar una pérdida biológica en un acontecimiento inteligible para una comunidad.

El profesor Hans Belting nos recordó hace años que las imágenes nacieron, en gran medida, para mantener una relación con quienes ya no estaban. Mucho antes de convertirse en objetos estéticos, las imágenes fueron lugares de presencia. Sustituían un cuerpo que estaba ausente, hacían visible un recuerdo o memoria y permitían que la comunidad continuara estableciendo algún tipo de vínculo con aquello que había desaparecido. En este sentido, la historia del arte comienza mucho antes del museo: allí donde una sociedad necesita construir una imagen para hacer soportable una ausencia. Aunque las imágenes también permiten al grupo humano activar mecanismos de defensa frente aquello que genera miedo o incertidumbre. Las representaciones visuales y, más concretamente las de la cultura mortuoria, responden a una necesidad de regular y canalizar los sentimientos colectivos que despierta el final de la vida.

Desde esta perspectiva, la riqueza visual de los funerales pontificios adquiere un significado que trasciende cualquier consideración estrictamente litúrgica. La lenta sucesión de gestos, las vestiduras, el catafalco, las procesiones, el sonido de las campanas o la propia escenografía de la basílica constituyen un lenguaje extraordinariamente elaborado para administrar colectivamente el tiempo del duelo. No se trata de un exceso ceremonial heredado de otras épocas. Se trata de una tecnología cultural de la memoria compartida.

La modernidad ha alterado profundamente esta lógica. La progresiva medicalización de la muerte, el desplazamiento del fallecimiento al ámbito hospitalario y la profesionalización de los servicios funerarios han reducido la experiencia del duelo a un espacio cada vez más especializado y ajeno al sentir diario. Philippe Ariès describió este proceso como una transformación histórica de la sensibilidad occidental frente a la muerte. Allí donde las sociedades tradicionales habían integrado el morir en la vida cotidiana, las sociedades contemporáneas tendieron a convertirlo en un acontecimiento discreto, higiénico y progresivamente invisible. Tal vez sea debido al aumento de la esperanza de vida o al progresivo distanciamiento de lo sacro, nuestro tiempo de exposición a la muerte se ha reducido en comparación con el de nuestros antepasados. Y, a pesar de que tratemos de apartar de nuestra vida todo aquello relacionado con lo fúnebre, los rituales no han desaparecido. Simplemente han cambiado el lugar que ocupan dentro de la vida social.

La revolución digital introduce una segunda transformación cuya profundidad apenas comenzamos a comprender. Con frecuencia se afirma que Internet constituye un inmenso archivo de la memoria. La expresión resulta sugestiva, pero es insuficiente. Lo característico del entorno digital no es únicamente su capacidad para conservar información, sino la modificación radical de las formas de permanencia.

Durante siglos la memoria cultural dependió de objetos materiales sometidos al desgaste del tiempo. Manuscritos, fotografías, esculturas, lápidas o monumentos compartían una misma condición física. Envejecer formaba parte de su significado. La erosión de la piedra o el amarilleamiento del papel actuaban como una manifestación visible del paso del tiempo sobre la memoria.

Los archivos digitales alteran esa relación. La fotografía almacenada en un servidor no envejece como envejecía el papel fotográfico. El perfil de una persona fallecida permanece potencialmente activo durante años. Los sistemas automáticos continúan generando recordatorios, reorganizando imágenes o devolviendo al presente acontecimientos ocurridos décadas atrás. La memoria deja de construirse mediante la sedimentación del tiempo para depender de procesos algorítmicos de actualización permanente. No es tanto una memoria estable como una memoria recurrente.

Esta diferencia resulta decisiva. Recordar nunca ha consistido exclusivamente en conservar información. La memoria es una operación cultural que requiere selección, olvido, interpretación y distancia temporal. Ninguna comunidad recuerda todo y toda memoria implica una determinada economía de las ausencias. Precisamente por ello los rituales desempeñaron históricamente una función insustituible: la de ordenar el camino que va desde la presencia de un ser querido hasta su ausencia.

Las Humanidades Digitales permiten abordar este problema desde una perspectiva especialmente fértil porque desplazan el debate más allá de la tecnología. Su objeto de estudio no son únicamente los instrumentos digitales, sino las transformaciones culturales que esos instrumentos producen sobre nuestras formas de conocer, representar y transmitir el pasado. La cuestión ya no consiste en preguntarse cómo digitalizar la memoria, sino en comprender qué tipo de memoria hace posible el entorno digital. En este sentido, las ceremonias funerarias conservan una inesperada actualidad. No porque constituyan reliquias de un pasado incompatible con la sociedad tecnológica, sino porque recuerdan algo que las plataformas digitales difícilmente pueden sustituir: la memoria necesita una experiencia compartida del tiempo. Ningún archivo, por inmenso que sea, puede reemplazar la dimensión comunitaria del recuerdo, al igual que ningún algoritmo puede elaborar el trabajo simbólico que una cultura desarrolla para asumir la pérdida.

Quizá por ello las imágenes de los funerales del papa Francisco suscitaron una atención tan intensa incluso entre quienes permanecían completamente ajenos a la tradición católica. Durante unos días, millones de personas contemplaron una sociedad que todavía era capaz de detener su ritmo para convertir la muerte en un acontecimiento público. Lo verdaderamente extraordinario no fue la magnificencia del ceremonial, sino la persistencia de una temporalidad distinta de la productividad, una temporalidad construida para recordar que toda comunidad necesita reconocer la ausencia antes de continuar su propio relato. Las Humanidades Digitales suelen asociarse con la innovación tecnológica. Tal vez una de sus tareas más urgentes consista, precisamente, en recordarnos que ninguna innovación resulta verdaderamente significativa si no modifica también nuestra comprensión de la experiencia humana. Entre todas ellas, pocas hay tan decisivas como la manera en que una sociedad mira a sus muertos. 

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