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La Edad Media que imaginamos: cómo las imágenes construyen nuestro pasado
¿Por qué seguimos utilizando la palabra «medieval» como sinónimo de atraso, violencia, ignorancia o barbarie? Desde que mi interés por la Edad Media comenzó a florecer, no he dejado de escuchar comentarios peyorativos acerca de este período histórico. Con frecuencia, se trata de afirmaciones fundamentadas en prejuicios sobre sociedades y culturas pasadas y carentes de verdadero rigor científico. Precisamente, en una sociedad tan consciente del problema que supone la desinformación, resulta paradójico que hayamos normalizado la emisión de juicios de valor que menosprecian otras épocas históricas y deslegitiman de manera sistemática las creencias, los saberes y las aportaciones de quienes nos han precedido.
Si bien la Edad Media no ha sido el único período histórico defenestrado, el lenguaje popular ha incorporado el término «medieval» para referirse a situaciones de injusticia, desigualdad, ignorancia o barbarie. De este modo, mil años de historia han quedado reducidos a una visión simplista y estereotipada que perpetúa la idea de una época marcada por la oscuridad, el atraso y la falta de desarrollo científico y cultural. El problema no es solo que esta imagen resulte simplista: también condiciona la manera en que interpretamos las imágenes y los relatos que nos hablan de ese pasado.
Es posible que la consolidación de estos prejuicios se haya visto favorecida, en cierta medida, por el ecosistema mediático actual. En este sentido, diversos teóricos de la comunicación y del cine, entre ellos el profesor François Amy de la Bretèque, han señalado que las representaciones audiovisuales de la Edad Media a las que accedemos a través de los medios de comunicación se articulan en torno a un «imaginario medieval». Dicho de otro modo, las historias que transmiten los productos audiovisuales se fundamentan en ideas ficticias sobre el pasado que, con el tiempo, los espectadores podemos llegar a asimilar como «verdaderas».
Los imaginarios nos permiten dar sentido a realidades que no conocemos directamente. Se construyen a partir de mitos, imágenes, relatos y símbolos que, cuando se repiten una y otra vez, terminan formando una determinada manera de entender el mundo. El principal problema surge cuando la reiteración de estos mitos, especialmente a través de los medios de masas, contribuye a consolidar en el público un imaginario colectivo y socialmente aceptado. De este modo, los imaginarios producen en la audiencia una sensación de autenticidad que puede desplazar a un segundo plano la veracidad de los hechos históricos.
Basta con pensar en cómo representamos la vida cotidiana durante la Edad Media en nuestras películas y series de ficción favoritas. A este respecto, la historiadora Katherine Harvey, al analizar aspectos de la vida cotidiana medieval (como la sexualidad), advierte de que producciones como Juego de Tronos han contribuido a construir una representación del sexo medieval como violento, depravado y, sobre todo, carente de higiene. Estas representaciones penetran en la cultura visual de los espectadores y favorecen la proliferación de estereotipos sobre el pasado.
Es un tanto contradictorio recurrir al mundo medieval para que la audiencia sea capaz de tolerar escenas de violencia sexual y de maltrato, como si tales comportamientos fueran exclusivos de las sociedades pasadas y ya no se dieran en la actualidad. Sin duda, la distancia temporal permite al consumidor cultural de hoy exponerse a gestos y acciones, en ocasiones morbosas y macabras, sin apenas escandalizarse ni sentir incomodidad. Y sí, se trata de ficción y, por supuesto, todos tenemos derecho a disfrutar de este tipo de historias y a encontrar en ellas un espacio de entretenimiento y desconexión. La problemática emerge cuando acudimos a la ficción para que sus imágenes fortalezcan nuestros prejuicios, aunque lo hagamos de forma inconsciente.
Pero ¿somos realmente espectadores pasivos ante estas imágenes? En relación con lo anterior, la Teoría de Usos y Gratificaciones, consolidada en la década de 1970 por los sociólogos Elihu Katz, Jay G. Blumler y Michael Gurevitch, resulta especialmente útil para comprender la cuestión de los imaginarios simbólicos. Esta teoría sostiene que las personas eligen los medios de comunicación que desean consumir para cumplir con sus intereses y satisfacer sus necesidades, otorgando así un papel activo a la audiencia. En aquel momento, este enfoque transformó el estudio del consumo de los medios de comunicación, puesto que sus autores pusieron el foco en el público. El interrogante pasó de ser qué hacen los medios con la gente a qué hacemos las personas con los medios.
En estudios posteriores, Katz, Gurevitch y Hass determinaron que el consumo de televisión, cine, prensa, radio y literatura daba respuesta a determinadas demandas de la sociedad. Entre ellas podemos citar la necesidad de disfrutar, de acceder a información y conocimiento o de reforzar la credibilidad de un asunto y la confianza que este genera. Naturalmente, esta forma de consumo mediático precisa de una selección interesada de los contenidos. Tendemos a escoger aquellos que responden a nuestros intereses, satisfacen nuestras expectativas o, incluso, refuerzan nuestras convicciones. Y es precisamente ahí donde el imaginario medieval puede encontrar un terreno especialmente fértil.
Sin embargo, no debemos culpar al espectador contemporáneo ni reprobar su actitud interesada con respecto al consumo mediático. Resulta lógico y natural que elijamos los productos informativos y de entretenimiento que mayor comodidad nos generan. Además, conviene destacar que las producciones audiovisuales buscan transmitir efectos de realidad o autenticidad al recrear épocas históricas. Este objetivo se consigue por medio de un conglomerado de formas visuales que interactúan entre sí y que afianzan nuestra manera de percibir e interpretar el pasado: el vestuario, la escenografía y la decoración, el lenguaje, la banda sonora, etc.
No se trata, por tanto, de exigir que una película o una serie de ficción reproduzca el pasado con absoluta fidelidad. La ficción tiene otras reglas y también puede ofrecernos formas legítimas de imaginar y reinterpretar la historia. El problema aparece cuando esas imágenes dejan de funcionar únicamente como recursos narrativos y terminan convirtiéndose, para nosotros, en una fuente de conocimiento histórico sin que seamos plenamente conscientes de ello.
En definitiva, los imaginarios forman parte inevitable de nuestra manera de acercarnos al pasado, pero eso no significa que tengamos que dejarnos engañar por ellos. Probablemente, la solución sea recordar que la ficción es ficción y que, como solemos hacer con otros asuntos de interés público, nuestra responsabilidad como ciudadanos es formular opiniones críticas fruto de la lectura, la investigación y la reflexión compartida. Quizá no podamos evitar que estos referentes construyan nuestra manera de imaginar la Edad Media, pero sí podemos aprender a preguntarnos de dónde proceden esas referencias, qué nos están contando y, sobre todo, cuánto hay de historia y cuánto de imaginario visual en aquello que creemos recordar.


