La memoria de la piedra y la memoria digital con cámaras de cine y escáneres digitales en la diócesis de Vitoria

Hay viajes que comienzan mucho antes de arrancar el coche: cuando un proyecto reúne a personas con intereses comunes y las invita a mirar el patrimonio desde nuevas perspectivas. Acabamos de regresar de uno de esos viajes que dejan cansancio en el cuerpo, cientos de gigabytes en los discos duros y, sobre todo, numerosas ideas dando vueltas en la cabeza.

 

En la compañía de los colegas y amigos Gorka López de Munain e Isabel Mellén, recorrimos durante varios días distintos enclaves de la Diócesis de Vitoria acompañados por técnicos, estudiantes y docentes del Laboratorio INTERVISUALAB de la Universidad Rey Juan Carlos: Antonio Sánchez Rosa, Naiara Ortega, Daniel Muñoz Martínez-Blanco, Miguel Esteban, Diego Souto, Jamal Bouzecour, Daniel Candilejo, Jonathan Retuerta, Laura Facenda, Lucas Brea y Ana Sánchez Saz. Nuestra expedición respondía a la amable invitación de Ricardo Garay, responsable de Patrimonio Cultural de la diócesis, a quien agradecemos profundamente su generosidad y la confianza depositada en nuestro equipo.

 

Nuestro centro inicial de operaciones fue el extraordinario Museo de Arte Sacro de Vitoria-Gasteiz, desde donde nos desplazamos hasta algunas iglesias rurales que conservan un patrimonio tan discreto como excepcional: la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora de Santa Cruz de Campezo, la iglesia de San Andrés de Vírgala Mayor y la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora de Elvillar. Lugares que, alejados de los grandes itinerarios turísticos, recuerdan que una parte fundamental del patrimonio histórico español sigue habitando pequeños pueblos y comunidades que lo han conservado durante siglos.

 

La misión que emprendimos consistía en documentar espacios y objetos mediante distintas tecnologías de captura digital. Para ello pusimos a prueba el escáner Artec Spider, incorporado recientemente al laboratorio, junto con una nueva cámara de captura esférica de 360 grados y diversos equipos de fotografía y cinematografía digital. Cada objeto exigía una estrategia diferente e imponía nuevos retos de iluminación, accesibilidad o resolución. La tecnología, lejos de simplificar el trabajo, obligaba a observar con mayor detenimiento aquello que se pretendía registrar.

 

Junto a las labores de documentación tridimensional, aprovechamos la estancia para rodar diversas escenas documentales con cámaras de cine digital. Más allá del registro técnico, buscamos construir pequeñas historias visuales capaces de mostrar el trabajo que habitualmente permanece oculto tras los proyectos de investigación y documentación patrimonial. Los planos de los procesos de escaneado, el montaje de los equipos, el trabajo coordinado del laboratorio y la relación con los espacios y las comunidades que los custodian formarán parte de futuros proyectos audiovisuales de INTERVISUALAB, concebidos no solo como herramientas de difusión científica, sino también como una forma de acercar al público la complejidad y el valor humano que hay detrás de las Humanidades Digitales.

 

Existe una idea equivocada según la cual digitalizar un bien patrimonial equivale simplemente a producir una copia tridimensional. La realidad es mucho más compleja. Escanear una escultura, un retablo o un objeto litúrgico significa traducir una realidad material —con su volumen, textura, desgaste e incluso sus imperfecciones— a un lenguaje de millones de puntos y polígonos. Es un ejercicio de interpretación técnica que obliga a tomar decisiones constantemente: qué nivel de detalle es necesario, qué zonas requieren una captura específica, cómo registrar materiales especialmente difíciles o cómo conservar digitalmente aquello que el tiempo terminará transformando. En cierto modo, el escáner comparte algo con el historiador del arte. Ambos seleccionan, interpretan y construyen una representación de la realidad. Ningún modelo digital es completamente neutro, como tampoco lo es ninguna investigación histórica. Toda documentación implica una mirada.

 

Pero si hubo algo verdaderamente valioso durante estos días no fueron los equipos, sino las personas. Ver trabajar conjuntamente a investigadores consolidados, jóvenes técnicos y estudiantes demuestra que el patrimonio sigue siendo, por encima de todo, un espacio privilegiado para el aprendizaje colectivo. La formación universitaria adquiere una dimensión completamente distinta cuando abandona el aula y obliga a enfrentarse a las condiciones reales del trabajo de campo: transportar equipos delicados, resolver problemas inesperados, coordinar tareas, adaptar metodologías y comprender que detrás de cada objeto existen responsabilidades de conservación y de respeto hacia quienes lo custodian.

 

Con demasiada frecuencia asociamos las humanidades digitales a ordenadores, algoritmos o inteligencia artificial. Sin embargo, pocas veces recordamos que buena parte de este trabajo comienza precisamente fuera de la pantalla. Comienza en iglesias abiertas únicamente para el equipo de documentación, en museos silenciosos antes de la llegada del público, en conversaciones con conservadores, párrocos y responsables del patrimonio, o en largas jornadas durante las cuales la tecnología se pone al servicio de algo mucho más importante: conocer mejor los objetos para conservarlos todavía mejor.

 

Los modelos tridimensionales que hemos comenzado a generar tendrán múltiples aplicaciones. Servirán para la investigación, facilitarán futuras intervenciones de conservación, permitirán crear experiencias inmersivas para la difusión del patrimonio e incluso constituirán un valioso registro documental para las generaciones futuras. Pero conviene no olvidar que un modelo 3D nunca sustituirá al original. Su auténtico valor reside precisamente en ampliar las posibilidades de acceso, estudio y preservación sin reemplazar la experiencia irrepetible del encuentro directo con la obra.

 

Regresamos a Madrid con la satisfacción del trabajo bien hecho, con nuevos proyectos en el horizonte y con la certeza de que el patrimonio rural español continúa ofreciendo un espacio experimental extraordinario para probar nuevas metodologías de documentación digital. Si algo hemos aprendido durante estos días es que las tecnologías más avanzadas solo despliegan todo su potencial cuando están acompañadas de curiosidad, conocimiento y una profunda sensibilidad hacia el legado histórico que intentan preservar.

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