La crisis de la Universidad

La universidad actual sufre una crisis de la que -aunque es grave- no hay que preocuparse demasiado: padece una enfermedad crónica causada por un parásito conocido, que surge de la pobredumbre social,  que la  debilita y desorganiza. Cuando la universidad entra en crisis todos los doctores piensan que todo es inútil, que no hay nada que hacer, pero -repito- no es tan grave.


El parásito en cuestión produce mediocridad, desorientación general y especialización; es decir, debilidad, miopía y -a veces- ceguera. Pero junto con la enfermedad aparecen mecanismos de defensa, que son los buenos doctores encargados de planear la universidad futura: la universidad presente, dicen – y con razón- está caduca, ya ha llegado a su fin, a un fin de ciclo, porque en sus cátedras se han colado técnicos utilitaristas que sólo buscan enseñar una profesión  a cambio de dinero. Estos técnicos se descubren por su amor a lo práctico, a la informática, a los idiomas, a los barnices de formación continua (CTV), etc. Y como no tienen más horizonte que lo inmediato, quieren que “ante todo” la universidad sea un negocio rentable. Un negocio que consiste en colocar a los niños en profesiones que les den mucho dinero; todo lo demás es adorno.


Quizá este episodio haya sido más grave que lo habitual, pero crisis como esta ha habido en cada siglo y en cada país, aunque estoy especialmente familiarizado las crisis españolas y con los libros que escribieron los doctores de la crisis universitaria del XIX y del XX. Cada uno a su modo coinciden en que es imposible pensar la universidad sin un compromiso ineludible con la verdad completa, sin ésta, la universidad, no sirve para ensanchar la mente y percibir mejor y de manera más amplia la realidad. 


En general los que quieren una universidad con salud tienen plantean recetas para curar en cuatro líneas: 

A. Defensa de las artes liberales, las humanidades de ahora y los saberes no inmediatamente prácticos; 

B. Autonomía e independencia de poderes políticos y religiosos; 

C. Respeto a los profesores y exigencia a los alumnos (y no al revés); 

D. Máximo trabajo por una investigación que sirva para algo.


A. La universidad en su estado normal, de salud, es un centro de humanidades en el que se enseña alguna cuestión técnica, pero con reservas y siempre para ilustrar la teoría


La enfermedad, muy extendida hoy por casi todo el cuerpo universitario, hemos dicho, produce miopía y en algunos casos ceguera, por lo que es normal que muchos se escandalicen al leer esto y digan muy serios: “yo no estoy de acuerdo, la universidad tiene que formar profesionales competentes, bla, bla, bla”


Pues no. la universidad debe formar personas dirigentes. Persona como saben es el sustantivo del adjetivo “profesional”. La persona puede ser profesional, es decir, puede ejercer una profesión, o puede no hacerlo. Y puede aprender una profesión por la práctica y observación, yendo a una academia, en la Formación Profesional estatal o por correspondencia. Quiero decir que en todo caso la misión fundamental de la Universidad no es formar profesionales, sino personas. 


Pero, se dirá, también la familia, o el colegio, o la sociedad en general forman personas, sí. De acuerdo, pero la universidad forma a las personas que serán las que dirijan la sociedad del futuro. Por ello la universidad no puede ser la masificada del XX, la estatal, sino que debe refundarse en una escuela de liderazgo real.

 

Si la universidad es un espacio donde se enseña a realizar un oficio, si la universidad está a las expensas del mercado profesional, generando títulos cada año más especializados, la universidad pierde su esencia y se desvirtúa, pierde su razón de ser y se convierte en una empresa que hace su dinero a costa de que unos clientes paguen unas cuotas determinadas a cambio de un título que les da un trabajo.


Sé que en la descripción anterior muchos no verán nada malo. No lo hay, a menos que se quiera forzar la realidad y convertir la universidad en eso: en una academia de oficios. La universidad es el lugar donde maestros y discípulos buscan la verdad en común. Se quiera o no se quiera, se logre o no se logre, sea posible o imposible. Es eso y nadie lo puede cambiar: ni el mercado, ni el estado; se puede mejorar o empeorar, de acuerdo a si uno se acerca o no al ideal por el que unos hombres deciden ser universidad (es algo así como el amor: donación plena, incondicional. Puede ser más o menos auténtico; pero lo que no podemos decir es que “ahora” el amor consiste en otra cosa).


Claro que puede uno engañarse y decir: “esto es la universidad del siglo XXI” (“esto es el amor del siglo XXI, ahí te quedas!”), pero se equivoca porque “esto”, la universidad no es un sitio donde se entretienen quince millones de personas actualmente. La universidad es una institución que deviene, es la misma desde el siglo XII.


Lo dijo hace dos años, durante la Jornada Mundial de la Juventud, Benedicto XVI: “La Universidad encarna, pues, un ideal que no debe desvirtuarse ni por ideologías cerradas al diálogo racional, ni por servilismos a una lógica utilitarista de simple mercado, que ve al hombre como mero consumidor”.


Así que si quieren detectar al intruso, al virus que causa el daño en la universidad, busquen quién ataca a las humanidades, quién habla a diario de nuevas técnicas y de mercado… 


B. Autonomía Universitaria


C. Respeto al Profesor 


D. Investigación (próximamente)

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