Ciencia industrial y big science

Un texto de José Antonio Acevedo Díaz

Políticos, empresarios y ciudadanos, en general, tienden a dar valor a la ciencia sobre todo por su capacidad para resolver problemas y su utilidad social (Acevedo-Díaz, 1997). No es de extrañar, pues, que muchos científicos de todos los tiempos se hayan enfrentado a la resolución de asuntos industriales. Así, en el siglo XIX, Pasteur resolvió con éxito ciertos problemas de las industrias francesas de la alimentación y la seda (Dubos, 1984). También en el siglo XIX, un físico teórico como Thomson (Lord Kelvin posteriormente) se interesó por el cableado de la telegrafía transatlántica, entre otras cuestiones relacionadas con la tecnología y la industria de su época (Ziman, 1976/1980; Sánchez-Ron, 2000). Ya en el siglo XX, Marie Curie contribuyó decisivamente a poner en marcha los procesos industriales destinados a fabricar y purificar muchas sustancias radiactivas, así como la instrumentación necesaria para ello. Bajo su dirección, el Instituto del Radio tuvo un decisivo papel en el desarrollo metrológico de la radiactividad para usos industriales y médicos (Boudia, 1997).

La ciencia industrial se desarrolló con vigor en Alemania durante el último tercio del siglo XIX: desarrollo industrial derivado del electromagnetismo, industria de los tintes basada en la química orgánica, motores de combustión interna como consecuencia de la termodinámica, entre otros más (Acevedo-Díaz, 2006). A comienzos del siglo XX, empresas de EE.UU. como la General Electric y la American Telephone and Telegraph (ATT) transformaron sus pequeños laboratorios para trabajos rutinarios en auténticos centros de Investigación, Desarrollo e Innovación (I+D+I).

Sin embargo, fue durante los años 1930, también en EE. UU., cuando la vocación tecnológica de la ciencia se hizo mucho más intensa; en particular, desde que surgió la big science (gran ciencia o macrociencia). Sus orígenes pueden encontrarse en la década de los años 1930, en la que se desarrollaron y pusieron en marcha con éxito los primeros aceleradores de partículas elementales (ciclotrones), bajo la dirección de Ernest O. Lawrence en el Radiation Laboratory de la Universidad de Berkeley (California); un proyecto pionero que culminó en 1940 con el apoyo económico de la Rockefeller Foundation, muy interesada en las posibles aplicaciones biomédicas del ciclotrón. Es llamativo comprobar cómo el laboratorio de Lawrence se parecía más a una factoría que a los típicos gabinetes de la ciencia académica (Sánchez-Ron, 1992, 1995).

La big science se consolidó entre los años 1940 y 1950, coincidiendo con la implicación de la ciencia en la Segunda Guerra Mundial. El proyecto Manhattan (Manhattan Engineer District) para la fabricación de las primeras bombas atómicas en las instalaciones de Los Álamos es un caso paradigmático de big science militarizada (Ferné, 1989). Otro proyecto de gran importancia fue el RADAR (Radio Detection and Ranging), iniciado en Gran Bretaña aunque desarrollado en el Radiation Laboratory (Rad Lab) del estadounidense MIT (Massachusetts Institute of Technology), con la participación decisiva de los laboratorios de la Bell Telephone y la colaboración de conocidas empresas norteamericanas como Westinghouse, General Electric, Sylvania y Du Pont. Además de su decisiva contribución militar en la Segunda Guerra Mundial; este proyecto también favoreció el desarrollo de la física del estado sólido (semiconductores), que condujo al descubrimiento del transistor en los laboratorios de la Bell Telephone a finales de 1947 (Sánchez-Ron, 1992; Ziman, 1976/1980).

También son ejemplos de proyectos de la big science el ENIAC (Electronic Numerical Integrator and Computer) de la Universidad de Pennsylvania (Moore School of Electronics Engineering) para hacer la primera computadora electrónica; el Hubble de la NASA (National Aeronautics and Space Administration) para construir el famoso telescopio espacial en el que también colaboró la ESA (European Agency Space); los diversos proyectos relacionados con la construcción de los gigantescos aceleradores de partículas europeos del CERN (Centre Européen de Recherches Nucléaires), etc. (Echeverría, 2003; Sánchez-Ron, 1992, 2000).

En suma, la big science supuso un gran cambio en la práctica científica, con rasgos como los siguientes: (i) concentración de recursos humanos y materiales en unos pocos centros de investigación; (ii) especialización del trabajo en los laboratorios; (iii) desarrollo de proyectos científicos con relevancia política y social, que contribuyen a incrementar el poder militar, el potencial industrial, la salud o el prestigio nacional; (iv) interacciones entre científicos, ingenieros, industriales y militares; (v) burocratización y politización de la ciencia y la tecnología; (vi) pérdida de autonomía de la ciencia; (vii) riesgo alto de sus posibles impactos; entre otros más (Acevedo-Díaz, 2006; Echeverría, 2003).

Referencias

Acevedo-Díaz, J. A. (1997). ¿Publicar o patentar? Hacia una ciencia cada vez más ligada a la tecnología. Revista Española de Física, 11(2), 8-11.

Acevedo-Díaz, J. A. (2006). Modelos de relaciones entre ciencia y tecnología: un análisis social e histórico. Revista Eureka sobre Enseñanza y Divulgación de las Ciencias, 3(2), 198-219.

Boudia, S. (1997). El laboratorio Curie. En el corazón de una red de competencias. Mundo científico, 183, 845-849.

Dubos, R. J. (1984). Pasteur. Barcelona: Salvat

Echeverría, J. (2003). La revolución tecnocientífica. Madrid: FCE.

Ferné, G. (1989). La ciencia una nueva mercancía. Mundo científico, 91, 564-571.

Sánchez-Ron, J. M. (1992). El poder de la ciencia. Madrid: Alianza.

Sánchez-Ron, J. M. (1995). La ciencia, su estructura y su futuro. Madrid: Debate.

Sánchez-Ron, J. M. (2000). El siglo de la ciencia. Madrid: Taurus.

Ziman, J. (1976). The force of knowledge. The scientific dimension of society. Cambridge: Cambridge University Press. Traducción al español de I. Cabrera (1980), La fuerza del conocimiento. La dimensión científica de la sociedad. Madrid: Alianza.

José Antonio Acevedo Díaz. Licenciado en Ciencias (Sección de Químicas) por la Universidad de Sevilla. Ha sido catedrático de Bachillerato de Física y Química; profesor tutor de la UNED de diversas asignaturas de Ciencias Químicas durante doce cursos; e inspector de Educación desde 1990 hasta su jubilación en el año 2009. Ha impartido varios cursos de formación inicial del profesorado de ciencias de Educación Secundaria en las Universidades de Málaga y Sevilla. Ha publicado un centenar de artículos de didáctica de las ciencias experimentales, un libro, varios capítulos de libros, así como participado con numerosas ponencias y comunicaciones en congresos nacionales e internacionales. Sus principales contribuciones a la educación científica se centran en el enfoque CTS para la enseñanza de las ciencias, la enseñanza de la naturaleza de la ciencia y la historia de la ciencia.

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