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DE CIENTÍFICOS Y SUS POLÉMICAS. UN UNIVERSO DE RELACIONES

 

Naturalistas proscritos Cervantes, Emilio (coord.).  Ediciones Universidad de Salamanca. 2011, 135 páginas.



 
 

Como la colección que es, el atractivo del libro editado por Emilio Cervantes con el sugerente e incisivo título de Naturalistas proscritos, recae sobre las cosas que revela de estos, metafóricamente nominados, jinetes sin montura, diríase descabalgados, distribuidos por el orbe de la contemporánea historia de la biología. Nueve son los nombres seleccionados cuyos relatos conforman la obra, todos en masculino: Félix de Azara, Jean-Baptiste Lamarck, José Longinos, Francisco Antonio Zea, Mariano Lagasca, Lorenz Oken, Eduardo Carreño, Manuel González de Jonte y Emilio Huguet del Villar. Vidas transcurridas entre 1742 y 1951. Doscientos años partícipes de tres siglos. El grupo compone una muestra variopinta en tiempo, espacio e ideas, reflejo mayoritario de la ciencia española. Son ejemplos puntuales de una ingente e intemporal relación nominal sobre quienes, con diferente medida, recae la condición de científicos proscritos. Calificativo cuyo significado, vinculado a la esfera del conocimiento, es disímil al de la expulsión territorial que la palabra conlleva en su común acepción de destierro. En el contexto del saber, el sentido del término concuerda mejor con otras sinonimias: afrentar, desacreditar, ignorar, infamar, maltratar, marginar, olvidar, postergar, vilipendiar. Acciones impropias, consecuencia de la lucha ideológica mantenida por los sabios a la hora de determinar qué fundamentos rigen en la naturaleza para hacerla conocible. Saber es poder, explicó hace siglos Francis Bacon con clarividencia. Batalla por las ideas convertida en hilo conductor de este libro analizando la casuística de sus nueve protagonistas. ¿Quién es quién?

El ingeniero militar Félix de Azara (1742-1824) era consciente del poco aprecio que sus conocimientos zoológicos merecerían en su país. Así lo escribió. Sin embargo, su fama cruzó la linde pirenaica convirtiéndose en el naturalista más internacional de la hornada de españoles que exploraron América durante el siglo XVIII. El olvido nacional no fue un suceso particular, se corresponde con la precaria situación padecida por la ciencia española. No faltan argumentos en el haber de Azara, singularmente que sus libros fueron -continúan siéndolo-, de obligada lectura para conocer a los moradores del Río de la Plata y del Paraguay; universo que visualizó magistralmente. Y un pero, la errónea imagen como precursor de Charles Darwin usada por algunos historiadores, incluido este libro, para revindicarle olvidando su magnífica labor como descriptor de una naturaleza que fue conocida por los científicos de la vieja Europa a través de sus escritos.

Ciego, indigente, marginado, acabo sus días el biólogo Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829). Su caso pertenece al debate evolucionista que desde el año 1809 ocupó a las ciencias naturales. El naturalista francés fue el primero en formular una teoría evolutiva sobre el origen de las especies, y su condición de científico proscrito proviene del descrédito promovido por los darwinistas para refutarle. Tarea de demolición continuada en el siglo XX con la reformulación neodarwinista denominada teoría sintética. El tiempo no ha curado la herida, y aún hoy continúa vigente el antagónico bipartidismo: lamarckismo versus darwinismo.

Formando parte de la Real Expedición Botánica a la Nueva España, en noviembre de 1787 el cirujano José Longinos Martínez (1756-1802), alcanzaba la ciudad de México. Longinos fue pionero en el reconocimiento de la región de California. Consecuencia de su ingente actividad científica fue la fundación de sendos museos de historia natural en México y Guatemala. Nunca abandonó la práctica médica, oficio con el que ganó dinero y voluntades. Su condición de marginado nace de la rivalidad mantenida con Martín Sessé, uno de los naturalistas responsables de la Expedición, quien le amargó la existencia. Después, la Historia hizo el resto olvidándole. Realmente, solo a partir de la década de los 90 ha merecido algún reconocimiento.

Otra famosa expedición botánica, dirigida por Celestino Mutis en el Virreinato de la Nueva Granada a finales del siglo XVIII, ocupó al naturalista criollo Francisco Antonio Zea (1766-1822). El motivo de su desgracia fue político pues, al tiempo que recolectaba plantas, Zea abrazó la causa revolucionaria. Detenido por conspirador, viajó a la península para ser juzgado. Aquí no le faltaron valedores y salió bien parado del trance. Rehabilitado, en 1804 es nombrado director del Real Jardín Botánico de Madrid. Años después conocerá a Ignacio Bolívar. Desde entonces, el movimiento independentista colombiano hipotecó su futuro. Amigos y enemigos los tuvo, y su historia de ostracismo nace del juego de intereses derivado de una calculada ambigüedad científico-política.

Por las mismas fechas otro botánico, Mariano Lagasca (1776-1839), sufría las consecuencias políticas del convulso día a día de la España decimonónica. También fue director del madrileño Real Jardín Botánico, y será elegido diputado para el trienio liberal. Restaurado el mandato de Fernando VII, se refugia en Londres donde continúa su labor científica alcanzando gran predicamento dentro de la comunidad anglosajona. Regresó a España en 1833 amnistiado por la reina María Cristina. Botánico de prestigio internacional, su fortuna contrasta con su tribulación política.

El médico alemán Lorenz Oken (1779-1851) representa un perfil diferente de proscrito. Cualificado representante de la naturphilosophie fue una figura prestigiosa y controvertida. Es sobradamente conocida su polémica con Goethe atribuyéndose la autoría de la teoría vertebral del cráneo –la estructura craneal sería un conjunto de vértebras modificas-. Su pensamiento filosófico-naturalístico fue comprendido y compartido por pocos, siendo objeto de descrédito por sus colegas positivistas. Los anales de la historia de la ciencia no le olvidan, ocupando un puesto entre bambalinas.

Poca atención historiográfica ha merecido el naturalista Eduardo Carreño (1818-1842). Murió joven y lejos de su Avilés natal; en París donde viajó el año 38 para completar su formación. Aquí supo labrarse un porvenir dentro de los círculos científicos parisinos. Fue el primer entomólogo español que describió una nueva especie de insecto. Dejó como postrero e inmortal recuerdo una esplendida colección entomológica –conservada en del Museo Nacional de Ciencias Naturales-, única en muchos de sus especímenes. Carreño fue un científico infortunado; otro talento perdido e injustamente olvidado, para su época y por la historia.

Dos pecados capitales cometió el médico, botánico y humanista, Manuel González de Jonte (1827-1867): publicar un novedoso manual de botánica donde exponía la teoría celular, y ser adúltero. La conjunción de elementos trastocó su carrera hasta el punto de perder su puesto docente en la Universidad Central de Madrid y tener que buscar socorro en tierras alejadas de la metrópoli. Cuba fue su destino. En las isla practicó la medicina combatiendo la fiebre amarilla y el cólera. También se casó dos veces. Su ideario naturalístico generó la oposición de una comunidad científica alejada del pensamiento biológico emergente en el siglo XIX. Para justificarle quedan sus trabajos, aunque pocos le recuerden.

El último exponente del libro no es sólo un nombre, Emilio Huguet del Villar (1871-1951), también una obra, su diccionario secreto de ecología. Villar fue un autodidacta con amplios conocimientos sobre botánica, ecología y edafología. Al final de la guerra civil se encontraba en el bando equivocado viéndose obligado a exiliarse en Argelia y Marruecos. Fue un científico atípico tanto por su condición profesional como por la originalidad y novedad de su saber, siendo el introductor de la edafología en España. Su diccionario de ecología apareció de tapadillo entre las páginas de la enciclopedia Espasa, en cuya redacción comenzó a participar Villar el año 1923. Como quien no quiere la cosa, los sucesivos tomos recogen sus artículos componiendo un novedoso e informal diccionario ecológico disimulado entre las hojas de la enciclopedia más conocida del siglo XX escrita en español. Uno y otro continúan atrapados por el olvido.

De estos personajes y sus polémicas tratan los sucesivos capítulos de este libro con la virtud de contar historias sobre la condición humana de la ciencia. Un universo de relaciones donde ambición, injusticia, falsedad, infortunio, hostilidad, egoísmo, envidia, son monedas de uso corriente ocultas por el resplandor del saber. No es oro todo lo que reluce, sentencia el repetido proverbio.

Andrés Galera
CSIC