Fecha
Autor
Rodrik, Dani. Ed. Antoni Bosch. Barcelona, 2011. 366 páginas.

La paradoja de la globalización. Democracia y el futuro de la economía mundial.

UN ENSAYO INTELIGENTE E INNOVADOR<br> Reseña realizada por Pedro Fraile Balbín <br> Universidad Carlos III

Ni los impuestos, ni los conflictos laborales, ni las pensiones. Nada sigue suscitando tanta polémica como la libertad de comercio con otras naciones. El debate no cesa desde los tiempos de David Ricardo y Thomas Malthus. Cuando pensábamos que había consenso sobre la necesidad de mantener el marco de libertad comercial y financiera internacional y no hacer lo mismo que en la Gran Depresión, surgen de nuevo voces poniendo en tela de juicio la libertad de los individuos y empresas para intercambiar con residentes en otros países. Este es el caso de Dani Rodrik, profesor de economía política en la Universidad de Harvard. Su Paradoja de la globalización es una nueva crítica, bien trabada e inteligente, a la libertad de intercambios, especialmente financieros. La paradoja está dividida en doce capítulos y un apéndice titulado "Cuento para adultos" en el que Rodrik resume sus argumentos en forma de una parábola en la que narra los males que se pueden derivar para una aldea primitiva y aislada si empieza a comerciar de manera no controlada con sus vecinos. Tras una introducción que vincula la crisis actual con la globalización financiera, Rodrik pasa revista en los dos primeros capítulos a la historia del comercio internacional, desde el auge del mercantilismo en el siglo XVII, hasta el triunfo del librecambio en la segunda mitad del XIX, la crisis de entreguerra y después. Ya en estos capítulos de descripción histórica deja ver el autor sus dudas sobre la utilidad del libre comercio para el crecimiento económico, y la necesidad del estado interventor para amortiguar los males de la libertad comercial. El tercer capítulo tiene un carácter más teórico. Empieza afirmando que "el libre comercio no es el orden natural de las cosas" (p. 67) y destaca los méritos de las posturas proteccionistas. A continuación, capítulos cuarto y quinto, se analizan los acuerdos de Bretton Woods (1944), el establecimiento del GATT (1947) y la OMC (1995). Fue la obsesión de esta última por incluir la liberalización de los flujos financieros--lo que Rodrik llama integración internacional profunda--lo que dio al traste con las ventajas de Bretton Woods y llevó a los despropósitos de la globalización actual. Tras un capítulo, el sexto, fundamentalmente metodológico que tiene como fin tachar de obsesivos, tendenciosos y monotemáticos a los seguidores del librecambio, el autor aborda en los dos siguientes el análisis de los obstáculos que la globalización ha supuesto para los países pobres: la "trampa de los productos básicos" (pp. 175-177). En el capítulo noveno--"El trilema político de la economía mundial"--Rodrik plantea el núcleo de su argumentación: la libertad comercial y financiera es contraria a la libertad de los gobiernos para conducir políticas discrecionales, y a la vez, es casi imposible establecer un gobierno mundial con poder sobre los asuntos locales de cada país. En consecuencia, ante la imposibilidad de establecer un gobierno mundial, tenemos que elegir entre el caos de la globalización o reservar un espacio político a los gobiernos nacionales para que puedan interferir limitando los intercambios internacionales. El décimo capítulo demuestra la imposibilidad de la gobernanza global, y los dos últimos están dedicados a justificar la intervención estatal en las transferencias internacionales en nombre de las identidades y peculiaridades propias de cada economía, que cada gobierno está, naturalmente, legitimado para preservar.

La paradoja es un ensayo inteligente e innovador. A pesar de que su estilo es a veces arrogante y derogatorio, la argumentación fluye con ingenio y llega a ser casi convincente. El lector es conducido con habilidad de un miedo a otro de los muchos que jalonan la liberalización del comercio, y Rodrik sabe esconder con estilo las falacias intervencionistas que subyacen a todo su argumento. Las inexactitudes de su narración--Smith como apóstol del liberalismo, la lógica interna del mercantilismo, la influencia negativa del comercio sobre el crecimiento, por ejemplo--no abundan en el texto, y en general, el autor logra llevar con éxito el agua al molino de la intervención estatal.

Casi todos los enemigos del librecambio defienden el proteccionismo de manera oblicua. Ya Federico List en 1841 empezaba su Sistema Nacional ensalzando la libertad comercial antes de proceder a considerarla una excepción irrelevante y recomendar su extinción. Rodrik sigue la tradición : el libre comercio internacional moderado, como el establecido en Bretton Woods, es bueno y beneficioso, pero, la libertad irrestricta de movimientos financieros, como la establecida por la OMC a partir de 1995, es excesiva, y desestabiliza a los gobiernos que se endeudan. El mérito de Rodrik consiste en la novedad del argumento proteccionista. Mientras las excusas tradicionales han sido la necesidad de alcanzar la competencia entre iguales después de una protección transitoria, o la idea hamiltoniana de incrementar la generación de valor añadido doméstico, Rodrik usa una excusa nueva y atractiva: la independenciapolítica de los países que se ven amenazados por la globalización, especialmente la financiera. Pero es este enfoque político lo que también constituye el talón de Aquiles de su argumentación. Desde el principio del libro Rodrik describe engañosamente la relación entre el estado y el comercio exterior: el mercantilismo no generó monopolios comerciales por el ánimo expansionista del poder absoluto, sino porque éste vendía (y sigue vendiendo) a buen precio privilegios monopólicos a los empresarios que así disfrutan de mercados cautivos; la liberalización del comercio y las finanzas implica un proceso redistributivo consistente en eliminar los privilegios que los grupos de interés consiguen del estado en los mercados políticos, y es lógico, por lo tanto, que los perdedores de privilegios se resistan y que en muchas ocasiones el estado que los concede no sea neutro frente al restablecimiento de la libertad comercial. Esta relación entre el estado vendedor de favores protectores y los grupos favorecidos por el proteccionismo está ausente en La Paradoja, y sin embargo este mercadeo político es la clave de la globalización, de sus avances y de sus retrocesos. Rodrik confunde adrede--pero de forma inteligente y sutil--la expansión del estado como proveedor de un marco legal, con el crecimiento intervencionista del estado que ofrece favores a grupos que buscan ser protegidos de la competencia internacional. Es cierto--como señala Rodrik refiriéndose a Douglass North --que la expansión del comercio requiere un marco legal: normas sobre contratos, garantías de los derechos de propiedad, un sistema jurídico estable y muchas más normas que provean de seguridad y certeza a los intercambios internacionales. Pero de ahí a que el estado necesite crecer en tamaño y funciones interventoras del mercado hay un gran trecho. Es en este punto donde la falacia estatista de Rodrik se muestra más débil. El crecimiento económico parece ser para Rodrik una cuestión independiente de la especialización, el intercambio libre y el avance técnico, y en su opinión parece depender principalmente de la intervención estatal. A tal efecto, el autor arguye que las economías más desarrolladas son aquellas que tienen un sector público mayor, sin darse cuenta de que--al margen del carácter dudoso de esa correlación--la dirección de la causalidad es la opuesta a la que él insinúa: no es la intervención estatal lo que fundamenta el crecimiento a largo plazo, sino que el cambio técnico, la acumulación de capital (tanto físico como humano) y las mejoras institucionales en un ámbito de libertad son las causas de que crezca el producto total y por persona, y que, a su vez, esto da lugar a una búsqueda de rentas por grupos de interés cuyo objetivo es la redistribución del crecimiento a través de un estado con cada vez más poder y funciones.

Sorprendentemente, Rodrik denomina avance de la democracia (pp. 206-218) a este crecimiento interventor del estado, y supone implícitamente que éste se produce con el único propósito altruista por parte de los individuos que ocupan el poder de acrecentar el progreso económico de los países. Esta misma idea es la que subyace al análisis que La Paradoja hace de la globalización financiera. Se sabe de antiguo que la internacionalización de la economía requiere la supeditación de las políticas fiscal y monetaria al mantenimiento de los equilibrios externos. Sin embargo Rodrik culpa al Consenso de Washington y a la OMC de la falta de disciplina fiscal de muchos gobernantes que desde los años 1990 se endeudaron en los mercados financieros internacionales y que después no han podido hacer frente a sus deudas. Es cierto que la oferta internacional de fondos prestables se convirtió a partir de entonces en una gran tentación, pero la responsabilidad última fue de los políticos en control de los bancos centrales que propiciaban bajos tipos de interés y, sobre todo, de los gobernantes irresponsables que expandieron el gasto y la deuda, o como diría Rodrik, ampliaron su espacio político (pp.117-120).

En resumen, La paradoja de la globalización es un ensayo altamente recomendable para aquellos--quizá una minoría, pero sustancial, en nuestro país--que estén previamente convencidos de la maldad intrínseca de la apertura. En caso contrario, los lectores encontrarán en el ensayo de Rodrik una excusa más, aunque ingeniosa, para oponerse a la libertad económica de los individuos frente a la coerción de los estados. Seguro que no será la última.

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