¿Qué aporta realmente la visualización de datos a la investigación histórica?

Existe una idea profundamente arraigada en la investigación histórica según la cual las imágenes ocupan un lugar subordinado respecto al texto. Una vez concluido el trabajo de archivo, formuladas las hipótesis y redactadas las conclusiones, llega el momento de incorporar mapas, diagramas, cronologías, reconstrucciones o infografías destinadas a facilitar la comprensión del lector. La visualización aparece entonces como un ejercicio de traducción gráfica de un conocimiento previamente construido mediante palabras. Se trata de una concepción comprensible desde la tradición académica, aunque probablemente insuficiente para explicar el lugar que las representaciones visuales ocupan hoy dentro de las Humanidades Digitales.

En las últimas décadas, este campo de investigación ha contribuido a desplazar el debate desde las tecnologías empleadas hacia las formas de conocimiento que dichas tecnologías hacen posibles. La cuestión ya no consiste únicamente en digitalizar fuentes o producir imágenes de mayor calidad, sino en comprender de qué manera determinados lenguajes visuales modifican los propios procesos de investigación. En este sentido, la visualización de datos constituye uno de los ejemplos más reveladores de un cambio epistemológico que apenas comenzamos a explorar.

La elaboración de una reconstrucción histórica obliga a formular decisiones que raramente permanecen visibles en la escritura convencional. Cada línea dibujada responde a una determinada interpretación documental y supone la comparación crítica de algunas fuentes escritas o evidencias arqueológicas y artísticas. La imagen no ilustra el conocimiento producido previamente, sino que pone a prueba su coherencia interna y obliga a explicitar hipótesis que el texto puede mantener implícitas.

Pocas publicaciones recientes ilustran mejor esta cuestión que La Roma de Constantino, de Néstor F. Marqués y Pablo Aparicio Resco, editado por Despertaferro Ediciones. El extraordinario trabajo gráfico que acompaña al volumen trasciende ampliamente la función ornamental que durante tanto tiempo se atribuyó a la ilustración científica. Las reconstrucciones digitales, los esquemas espaciales y las restituciones urbanas permiten comprender la complejidad topográfica de la Roma tardoantigua mediante un lenguaje visual que no sustituye al discurso histórico, sino que lo desarrolla por otros medios. La lectura del libro pone de manifiesto que determinadas relaciones espaciales, escalas monumentales o secuencias constructivas resultan prácticamente imposibles de imaginar únicamente a través de la descripción escrita. La imagen no aparece como una traducción del texto, sino como una forma autónoma de argumentación, como una ékphrasis visual tan propia del mundo clásico.

Este desplazamiento resulta especialmente significativo para la historia del arte. Durante décadas, la disciplina ha estudiado las imágenes como objetos de conocimiento, mientras relegaba a un segundo plano las imágenes producidas por los propios investigadores para construir ese conocimiento. Existe aquí una paradoja difícil de ignorar. Una disciplina dedicada al análisis de la cultura visual apenas ha reflexionado sobre sus propios lenguajes visuales de investigación. Los estudios visuales comenzaron a cuestionar esta limitación al ampliar el concepto de imagen más allá de las obras artísticas. Las Humanidades Digitales prolongan ese movimiento al incorporar la visualización como una práctica intelectual que participa directamente en la construcción del saber.

Desde hace años, esta convicción orienta buena parte de las actividades desarrolladas por la Red de Infografías Científicas de la Comunidad de Madrid, un espacio de encuentro donde investigadores, docentes, diseñadores y especialistas en comunicación científica exploran conjuntamente las posibilidades de la representación visual como herramienta de investigación y transferencia del conocimiento. Los congresos, talleres y proyectos impulsados desde la Red parten de una premisa que conviene recordar en un contexto donde la infografía suele asociarse exclusivamente con la divulgación: una representación visual rigurosa no reduce la complejidad de un problema histórico, sino que permite reorganizarla de maneras inéditas y hacer visibles relaciones cuya formulación exclusivamente textual resulta mucho más difícil.

En realidad, la historia del conocimiento científico ofrece numerosos precedentes de esta capacidad heurística de las imágenes. Los dibujos anatómicos de Vesalio, las láminas botánicas de Linneo, las ilustraciones de las enciclopedias litúrgicas o los atlas arqueológicos del siglo XIX, las reconstrucciones arquitectónicas desarrolladas por la arqueología moderna fueron indispensables para formular nuevas preguntas y construir nuevas formas de evidencia. Las tecnologías digitales amplían extraordinariamente sus posibilidades mediante sistemas interactivos, modelos tridimensionales, cartografías dinámicas o visualizaciones de redes complejas.

Quizá uno de los mayores desafíos intelectuales de las Humanidades Digitales consista precisamente en abandonar la vieja oposición entre texto e imagen. Ambos constituyen formas complementarias de pensamiento. Del mismo modo que determinadas ideas solo pueden desarrollarse mediante la escritura, existen relaciones espaciales, temporales o estructurales cuya comprensión depende de procesos de visualización. La investigación histórica no produce primero conocimiento para representarlo después. Produce conocimiento también a través de las formas visuales que construye para pensar el pasado.

En este sentido, las ilustraciones científicas, las reconstrucciones históricas y las infografías dejan de ocupar un lugar periférico dentro de la investigación para convertirse en uno de sus lenguajes fundamentales. Su verdadero valor no reside únicamente en facilitar la comprensión del lector, sino en obligar al propio investigador a ordenar, jerarquizar y confrontar críticamente las evidencias con las que trabaja. La visualización no constituye, por tanto, el último paso de una investigación bien comunicada. Forma parte, cada vez con mayor intensidad, del propio proceso mediante el cual el conocimiento histórico llega a construirse.

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