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El rejuvenecimiento del sistema inmunitario podría ser una de las estrategias para el tratamiento preventivo de la COVID-19 en personas mayores.

El envejecimiento es un proceso complejo y multifactorial que resulta el mayor factor de riesgo para las principales patologías humanas, como el cáncer, la diabetes, los trastornos cardiovasculares y las enfermedades neurodegenerativas.

Ahora, además, tristemente se suma la COVID-19 dentro de esta alta prevalencia en la que el virus se muestra más infeccioso y letal con las personas mayores. Las estadísticas mundiales de la pandemia del SARS-CoV-2 parecen indicar que es una infección que afecta en mayor proporción a las personas mayores. Según Worldometers, un recurso en línea que agrega datos sobre COVID-19, de las 1.864.639 personas infectadas en todo el mundo al 13 de abril de 2020, 433.825 pacientes se habían recuperado y 115.101 han muerto. En base a estos datos, se determina que la tasa de mortalidad (nº muertes/nº casos detectados) son hasta ahora de 3,6% para individuos de 60 a 69 años, 8% para individuos de 70 a 79 años y 14,8% para 80 años o más. La mayoría de la población infectada tiene 50 años o más, mientras que la mayoría de los fallecidos tiene 60 años o más.


Entre otras, una de las posibles causas de los aumentos mostrados en la mortalidad, gravedad y letalidad de la infección por la COVID-19 asociados con la edad es la inmunosenescencia, que es el deterioro gradual del sistema inmune provocado por el avance “natural” de la edad. Entre los factores que contribuyen a la inmunosenescencia se encuentra la disminución de la actividad crónica del timo con el transcurso de la edad. De hecho, las tasas de infección de COVID-19, estratificadas por edad, se correlacionan con esta disfunción del timo. Esta glándula es más activa en la edad infantil, alcanzando su tamaño máximo durante el primer año. Su actividad luego disminuye con la edad hasta que un individuo alcanza entre los 40 a 50 años, después de lo cual quedan pequeños rastros del timo restante, reemplazado por tejido conectivo fibroso. Como resultado de esta disfunción del timo, la generación de nuevas células T disminuyen significativamente según avanza la edad.

Esta inmunosenescencia asociada a la edad conduce a una capacidad cada vez más reducida para resistir las infecciones, lo cual produce daño biológico y pérdida de la homeostasis, lo que a su vez contribuye a un envejecimiento acelerado y al desarrollo de enfermedades relacionadas con la edad generando una especie de “pescadilla que se muerde la cola”.

En este contexto, las medidas preventivas clásicas y las estrategias de tratamiento utilizadas hasta ahora para atacar enfermedades infecciosas como el caso de la COVID-19 pueden no ser tan efectivas, y podrían ser necesario contemplar estrategias alternativas geroprotectoras.

Estas alternativas de intervención deberían permitir especialmente a las personas mayores inmunocomprometidas generar una respuesta inmune más eficiente a las vacunas que se desarrollaran para ayudar a erradicar la enfermedad y así reducir la mortalidad asociada. Una vez que podamos salir de esta fase de intervención y con el propósito de disminuir esta tasa de mortalidad y mejorar la calidad de vida, principalmente entre las personas mayores y las poblaciones más vulnerable, los gobiernos y los sistemas de salud deben investigar estrategias preventivas y de intervención derivadas de los avances ya realizados en las investigaciones del envejecimiento.

Se han iniciado en la mayoría de los países y a nivel global diferentes vías de financiación para la investigación de tratamientos de enfermedades infecciosas en respuesta a la COVID-19, y aunque sin duda se invertirá mucho dinero en diferentes alternativas investigadoras, quizás sería interesante también asegurar la financiación de aquellas líneas prometedoras que ya estaban en marcha como por ejemplo las mencionadas sobre la mejora de la función inmune en las personas mayores.

En este punto podemos hacer una breve mención de las investigaciones alrededor de la mejora de la función inmune más destacables realizadas hasta la fecha como por ejemplo, la estrategia ya mencionada sobre el desarrollo de medicamentos que apuntan a la reactivación del timo atrofiado, donde se reactiva la producción de células T, o el desarrollo de inhibidores de mTOR que parece que han mostrado signos de ajustar el metabolismo para mejorar el sistema inmune.

Otras estrategias prometedoras son la regeneración de los ganglios linfáticos, vital para la coordinación de una respuesta inmunológica adecuada o la regeneración de la población de células madre hematopoyéticas que crea todas las células inmunes o la destrucción selectiva de células inmunes defectuosas o senescentes, las cuales han mostrado ser enfoques prometedores, pero todavía lejos de estar preparados para su salto a los ensayos clínicos. Quizás la estrategia de eliminación de células senescentes mediante terapias senolíticas es una perspectiva a más corto plazo para poder hacerse realidad.

Por tanto, resultaría interesante tener presente para aplicar en las etapas más avanzadas, estrategias preventivas de investigación contra la COVID-19 que puedan proporcionar terapias capaces de hacer que una persona de 70 años exhiba el perfil y la respuesta inmune de una persona más joven. Para ello, se requiere la voluntad para asegurar ahora los fondos de investigación para avanzar en las investigaciones más prometedoras de rejuvenecimiento del sistema inmune.

Referencia: Geroprotective and senoremediative strategies to reduce the comorbidity, infection rates, severity, and lethality in gerophilic and gerolavic infections. Alex Zhavoronkov. https://www.aging-us.com/article/102988/text

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