‘Aspectos socioeconómicos’

Inauguración en Valencia de la exposición ” A vivir que son 100 años”

La consejera de Sanidad Universal y Salud Pública de la Generalitat Valenciana, Ana Barceló, inauguró la semana pasada en el Centro de Investigación Príncipe Felipe (CIPF) la exposición diseñada y producida por la Fundación General CSICA vivir que son 100 años”, una muestra que ofrece al visitante una visión científica sobre la longevidad y el envejecimiento saludable.

El acto contó con la presencia de Ramón Torrecillas, director de la Fundación General CSIC; Deborah Burks, directora del Centro de Investigación Príncipe Felipe; María Vicenta Mestre, rectora de la Universitat de València; Sacramento Pinazo, presidenta de la Sociedad Valenciana de Geriatría y Gerontología; Javier Quesada, presidente de la Fundación Premios Jaume I; y Juan A. Fuster, delegado del CSIC de la Comunidad Valenciana, entre otras personalidades.

Inició el turno de intervenciones Deborah Burks, quien destacó que la vejez no es una enfermedad y añadió que “comprender el proceso de envejecimiento nos ayuda a abordar mejor las patologías asociadas al envejecimiento como, entre otras, la diabetes, el Parkinson, Alzheimer, cáncer, osteoporosis, con alto impacto socioeconómico y para las que la ciencia, afortunadamente está logrando enormes avances”. A continuación, Ramón Torrecillas analizó cómo el envejecimiento está cambiando nuestras casas, nuestras infraestructuras y nuestras ciudades, apuntando que “también cambiará el modo en el que entendemos nuestra salud y nuestras expectativas de bienestar”.  La encargada de cerrar el acto fue Ana Barceló que finalizó su discurso con las palabras de Carmen Alborch sobre el envejecimiento: “La vida no es una cuesta hacia abajo, es una montaña rusa con subidas y bajadas, pero remontas y podemos transformar el proceso de envejecimiento en una fuente de oportunidades, y envejecer con calidad y con libertad”.

Conferencia inaugural Envejecer bien, una oportunidad y un reto

El catedrático de Fisiología de la Universitat de València, José Viña, fue el encargado de impartir la conferencia inaugural en este acto. Bajo el título Envejecer bien, una oportunidad y un reto, explicó a los asistentes cómo el estrés, el ejercicio, la alimentación y las relaciones sociales influyen en el proceso de envejecimiento y apeló a la responsabilidad individual de cuidarse.

La exposición “ A vivir que son 100 años” se  podrá visitar con reserva previa a través del correo events@cipf.es desde el 29 abril hasta el 30 de julio, de lunes a viernes  de  9:00 a 17:30 horas.

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¿El barrio puede influir en la salud cognitiva de nuestros mayores?

La demencia es una causa importante de pérdida gradual de memoria y una de las enfermedades neurodegenerativas que causan una gran dependencia sobre todo en la población mayor. Actualmente no existen tratamientos eficaces para curar la enfermedad, por lo que es importante identificar posibles factores de riesgo que puedan ser modificables. Existe evidencia de que las condiciones sociales, económicas, culturales y físicas en las que viven los seres humanos pueden afectar a su salud. Un estudio reciente publicado en la revista Neurology, pretende determinar si esas condiciones del entorno cercano y los vecindarios, pueden condicionar o influir de alguna manera en el aumento del riesgo de neurodegeneración y deterioro cognitivo asociado con las primeras etapas de la enfermedad de Alzheimer y la demencia.

Para el estudio, los investigadores identificaron aproximadamente a 600 personas de otros dos estudios más amplios de residentes en Wisconsin (EE.UU.). Los participantes tenían una edad promedio de 59 años y no tenían problemas de memoria asociados al comienzo del estudio, aunque el 69% tenía antecedentes familiares de demencia. Esta muestra de población fue seguido durante un periodo de 10 años.

Los participantes se sometieron a una resonancia magnética cerebral inicial y luego exploraciones adicionales cada tres a cinco años. Con cada exploración, los investigadores midieron el volumen en áreas del cerebro relacionadas con el desarrollo de la demencia y el Alzheimer. Los participantes también realizaron pruebas cognitivas y de memoria cada dos años, incluidas pruebas que midieron la velocidad de procesamiento, la flexibilidad mental y la función cognitiva.

Los investigadores utilizaron la dirección residencial de cada participante y un indicador denominado “Area Deprivation Index” para determinar si cada participante vivía en un vecindario favorecido o desfavorecidoLos barrios en el índice están determinados por áreas censales de unos 1.500 residentes. El índice incorpora información sobre las condiciones socioeconómicas de cada barrio y sus residentes, clasificando los barrios en base a 17 indicadores que incluyen ingresos, empleo, educación y calidad de la vivienda.

De todos los participantes, 19 personas vivían en el 20% de los barrios más desfavorecidos de su estado y 582 personas vivían en el 80% de todos los demás barrios. Las personas del primer grupo fueron emparejadas posteriormente de uno a cuatro con las personas del segundo grupo por raza, sexo, edad y educación y se procedió a su comparación.

Al comienzo del estudio, no hubo diferencia en el volumen del cerebro entre las personas que vivían en los barrios más desfavorecidos comparado con las de otros barrios. Pero al final, los investigadores encontraron señales de disminución del tamaño cerebral en zonas del cerebro asociadas con la demencia en aquellos individuos localizados en vecindarios más desfavorecidos, mientras que no se observó disminución cerebral en el otro grupo. Los investigadores también encontraron una mayor tasa de disminución en las pruebas que miden el riesgo de enfermedad de Alzheimer.

Estos hallazgos sugieren que una mayor vigilancia por parte de los proveedores de atención médica para detectar los primeros signos de demencia puede ser particularmente importante en esta población más vulnerable. Algunas posibles causas de estos cambios cerebrales pueden incluir la contaminación del aire, la falta de acceso a dietas más saludables, menor atención médica periódica y exposición a mayor número de eventos vitales estresantes. La investigación adicional sobre posibles vías sociales y biológicas puede ayudar a los médicos, investigadores y gestores a identificar vías efectivas para la prevención e intervención en la incidencia de Alzheimer en la población.

Cabe mencionar que este estudio muestra algunas limitaciones entre las que se incluyen, una pequeña cantidad de participantes de vecindarios muy desfavorecidos y un entorno geográfico limitado. Los estudios futuros deberían involucrar a grupos de personas más grandes y diversos durante períodos de tiempo más prolongados, para refrendar estas conclusiones.

Referencia: Jack F.V. Hunt, Nicholas M. Vogt, Erin M. Jonaitis, William R. Buckingham, Rebecca L. Koscik, Megan Zuelsdorff, Lindsay R. Clark, Carey E Gleason, Menggang Yu, Ozioma Okonkwo, Sterling C. Johnson, Sanjay Asthana, Barbara B. Bendlin, Amy J.H. Kind. Association of Neighborhood Context, Cognitive Decline, and Cortical Change in an Unimpaired CohortNeurology, 2021; 10.1212/WNL.0000000000011918 DOI: 10.1212/WNL.0000000000011918

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El sueño profundo puede actuar como antienvejecimiento

A medida que envejecemos, nuestras noches suelen estar plagadas de episodios de vigilia, viajes al baño y otras molestias a medida que perdemos nuestra capacidad de generar el sueño profundo y reparador que se disfrutaba en la juventud. 

¿Pero eso significa que las personas mayores, simplemente necesitan dormir menos? No, según un equipo de investigadores del Center for Human Sleep Science en UC Berkeley, quienes argumentan en un artículo publicado en la revista Neuron, que las necesidades de sueño en las personas mayores que no son cubiertas, elevan el riesgo de pérdida de memoria, además de una amplia gama de trastornos acumulativos físicos y cognitivos.

Según los investigadores de este estudio, muchas de las enfermedades relacionadas con el envejecimiento tienen un vínculo causal con la falta de sueño. La sociedad ha hecho un buen trabajo al extender la vida útil, pero no tan buen trabajo al extender los años con salud. Los investigadores ven el sueño y la mejora del sueño, como una nueva vía para ayudar a mejorar la salud durante más años. A diferencia de los marcadores más “cosméticos” del envejecimiento, como las arrugas y las canas, el deterioro del sueño se ha relacionado con afecciones como la enfermedad de Alzheimer, enfermedades cardíacas, obesidad, diabetes, accidente cerebrovascular, etc.

Numerosos estudios neurológicos revelan cómo la falta de sueño produce deterioro cognitivo. Además, el cambio de un sueño profundo y consolidado en la juventud a un sueño irregular e insuficiente, puede comenzar desde una edad temprana, allanando el camino para las dolencias cognitivas y físicas posteriores en la mediana edad.

Y mientras que la industria farmacéutica invierte muchos recursos para atender a personas con insomnio, los investigadores advierten que los medicamentos o suplementos diseñados para ayudarnos a dormir son un pobre sustituto de los ciclos naturales del sueño que el cerebro necesita para funcionar bien.

El equipo de científicos cita estudios previos, incluidos algunos propios, que muestran que un cerebro envejecido tiene problemas para generar el tipo de ondas cerebrales lentas que promueven el sueño curativo profundo, así como los neuroquímicos, que nos pueden ayudar a pasar de manera estable del sueño profundo a la vigilia. Las partes del cerebro que se deterioran más temprano precisamente son las mismas regiones que nos proporcionan ese sueño profundo.

El envejecimiento generalmente provoca una disminución en el movimiento ocular profundo (NREM) o “sueño de ondas lentas”, junto con ondas más rápidas conocidas como “husos del sueño”, que ayudan a transferir recuerdos e información del hipocampo, que proporciona la memoria a corto plazo, a la corteza prefrontal, que consolida la información y actúa como el almacenamiento de la información a más largo plazo.

Lamentablemente, ambos tipos de ondas cerebrales del sueño disminuyen notablemente a medida que envejecemos, y en los últimos años se conoce mejor la influencia de estas alteraciones del sueño que afecta a la disminución de la memoria según avanza nuestra vida.

Otro de los efectos acumulativos de esta desregularización del sueño, es la incapacidad de regular los neuroquímicos que estabilizan nuestro sueño y nos ayudan a pasar del sueño a los estados de vigilia. Estos neuroquímicos incluyen Galanina, que promueve el sueño y Orexina, que promueve la vigilia. Una desregularización del ritmo sueño-vigilia, suele dejar a los adultos mayores fatigados durante el día pero inquietos y nerviosos por la noche.

Lo interesante también de estas investigaciones es poder explorar intervenciones no farmacéuticas para mejorar la calidad del sueño. Según los investigadores, los medicamentos para dormir sedan el cerebro, en lugar de ayudarlo a dormir de forma natural, por lo que es una prioridad en sus líneas de investigación, encontrar mejores tratamientos para restaurar un sueño saludable de forma natural en los adultos mayores. Destacan algunas técnicas en estudio a partir de la estimulación eléctrica para amplificar las ondas cerebrales durante el sueño y los tonos acústicos que actúan como un metrónomo para ralentizar los ritmos cerebrales.

Por supuesto, no todo el mundo es vulnerable a los cambios del sueño en la edad adulta. Así como algunas personas envejecen con más éxito que otras, algunas personas duermen mejor que otras a medida que envejecen, y esa es otra línea de investigación que intentan explorar los investigadores. En todo caso, mientras todas estas investigaciones siguen avanzando, debemos intentar poner atención en nuestra cultura del sueño, no sólo en cantidad sino también en calidad.

Referencia: Bryce A. Mander, Joseph R. Winer, Matthew P. Walker. Sleep and Human Aging. Neuron. (2017) Apr 5; 94(1): 19-36. DOI: 10.1016/j.neuron.2017.02.004

 

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La contaminación del aire podría influir en las capacidades cognitivas durante el envejecimiento

Una reciente investigación sugiere que una mayor exposición a la contaminación del aire durante la infancia puede estar relacionada con un efecto perjudicial posterior sobre las capacidades cognitivas de las personas hasta 60 años más tarde.

Se trata de de un estudio del Centro de Investigación de la Demencia de Alzheimer de la Universidad de Edimburgo en Escocia, a partir de un estudio más amplio denominado Lothian Birth Cohort 1936, en el cual se ha realizado un seguimiento de un grupo de individuos que nacieron en 1936 y participaron en una encuesta de 1947 denominada Scottish Mental Survey. Desde 1999, los investigadores han estado trabajando con las cohortes de nacimiento de Lothian para trazar cómo cambia la capacidad del pensamiento de una persona a lo largo de su vida. En este estudio se ha hecho un análisis de las capacidades cognitivas de más de 500 personas que hicieron una prueba inicial sobre los 11 años y de las cuales se ha realizado un seguimiento posterior hasta los 70-80 años.

Con estos datos y los registros sobre el nacimiento y dónde había vivido cada persona a lo largo de su vida, se ha estimado el nivel de contaminación del aire que habían experimentado en sus primeros años de vida, teniendo en cuenta también factores relacionados con el estilo de vida, el nivel socioeconómico y el tabaquismo. Con todos estos datos, el equipo utilizó modelos estadísticos para analizar la relación entre la exposición a la contaminación y las habilidades de pensamiento en la edad adulta.

Los hallazgos mostraron que la exposición a la contaminación del aire en la infancia tenía una asociación pequeña pero detectable con la disminución cognitiva entre los 11 años y posteriormente a los 70-80 años.

Los investigadores mencionan que hasta ahora no se había podido explorar el impacto de la exposición temprana a la contaminación del aire sobre las capacidades cognitivas en la vida posterior debido a la falta de datos sobre los niveles de contaminación del aire antes de la década de 1990, cuando comenzó a generalizarse las mediciones de contaminantes atmosféricos.

Para este estudio, los investigadores utilizaron un modelo llamado Atmospheric Chemistry Transport Model (EMEP4UK) para determinar los niveles de contaminación, conocidos como concentraciones históricas de partículas finas (PM2.5), para los años 1935, 1950, 1970, 1980 y 1990. Ellos combinaron estos hallazgos históricos con datos modelados contemporáneos de 2001 para estimar la exposición del curso de vida de los participantes en la encuesta de Lothian.

El estudio muestra que es posible estimar la contaminación atmosférica histórica y explorar cómo esta se puede relacionar con la capacidad cognitiva a lo largo de la vida, lo que podría ayudar a reducir el riesgo de demencia para las futuras generaciones.

Referencia: Tom C. Russ, Mark P.C. Cherrie, Chris Dibben, Sam Tomlinson, Stefan Reis, Ulrike Dragosits, Massimo Vieno, Rachel Beck, Ed Carnell, Niamh K. Shortt, Graciela Muniz-Terrera, Paul Redmond, Adele M. Taylor, Tom Clemens, Martie van Tongeren, Raymond M. Agius, John M. Starr, Ian J. Deary, Jamie R. Pearce. Life Course Air Pollution Exposure and Cognitive Decline: Modelled Historical Air Pollution Data and the Lothian Birth Cohort 1936Journal of Alzheimer’s Disease, 2021; 1 DOI: 10.3233/JAD-200910

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La edad proporciona un “amortiguador” al impacto de la pandemia en la salud mental

Los adultos mayores están manejando el estrés de la pandemia del coronavirus mejor que los adultos más jóvenes, informando menos depresión y ansiedad a pesar de experimentar también una mayor preocupación general por la COVID-19, según un estudio publicado recientemente por investigadores de la Escuela de Enfermería de la UConn.

Esta investigación publicada en la revista Aging and Mental Health, sugiere que aunque se ha informado de una mayor angustia psicológica durante la pandemia, la vejez puede ofrecer un “amortiguador” contra los sentimientos negativos provocados por el impacto del virus.

Este estudio centrado en las personas mayores frente a los adultos más jóvenes, es parte de un macroestudio mayor realizado en Estados Unidos de un año de duración, sobre cómo cambia el comportamiento y las actitudes sociales, y qué factores influyen en esos cambios cuando las personas se enfrentan a la amenaza de una pandemia como la actual. El estudio está rastreando el bienestar, los sentimientos y el comportamiento de aproximadamente 1.000 individuos.

Según los investigadores, en promedio, los adultos mayores tienden a mostrar un mejor bienestar emocionalun estado de ánimo más positivo y más satisfacción con la vida que los adultos más jóvenes. Por eso, los investigadores querían analizar esta situación, con respecto al coronavirus, porque es contradictorio con el hecho de que estos tienen más probabilidades de tener complicaciones graves al padecer la COVID-19.

Si bien los investigadores encontraron una correlación positiva significativa entre la probabilidad de contraer la COVID-19 y los sentimientos de ansiedad en los encuestados del estudio entre las edades de 18 y 49, esa correlación no era tan fuerte para los participantes mayores. El hallazgo, escriben los investigadores, se alinea con otras investigaciones que muestran un mejor manejo emocional del estrés durante la vejez.

El estudio de los datos recopilados, parece mostrar una especie de amortiguación a esta edad en adultos mayores en la que, a pesar de que produce importantes preocupaciones sobre la pandemia, sin embargo no mostraban tasas más altas de ansiedad o depresión respectos a los adultos más jóvenes. Los datos sugieren que los adultos mayores pueden regular mejor sus emociones y afrontar mejor todo el estrés y la incertidumbre en este momento.

Las personas mayores parecen optar por centrarse más en los aspectos positivos del momento actual, escriben los investigadores, pero los riesgos del virus no parecen pasar desapercibidos para ellos. La edad avanzada se relacionó con una mayor preocupación por la COVID-19 y una mayor probabilidad percibida de morir si contraían la enfermedad.

Según los investigadores, los hallazgos presentan una oportunidad para que los legisladores y los responsables de salud pública aprendan de las formas en que los adultos mayores manejan el estrés y lidian con circunstancias inusuales para fomentar estrategias positivas de salud mental y conductual para otros grupos de población. Potencialmente, las prácticas o ejercicios de atención plena que se enfocan en el momento presente, en lugar de enfocarse en el futuro o preocuparse por el pasado, pueden ayudar a apoyar la salud mental de la sociedad. Sin embargo estos hallazgos no disminuyen la necesidad de apoyar a los adultos mayores para asegurarse que están manejando bien esta situación tan excepcional, ya que los adultos mayores todavía experimentan depresión y ansiedad, y no es que no se estén produciendo estas situaciones, sino que se percibe con menos intensidad que en el caso de los adultos más jóvenes.

Pero los investigadores también advirtieron que percibir un mayor riesgo de infección por la COVID-19 generalmente predice un mayor compromiso con los comportamientos de salud preventivos y que, si los adultos mayores perciben un bajo riesgo de infección, es menos probable que sigan las pautas de comportamiento destinadas a limitar la exposición potencial.

Hay que recordar que el estudio se centra en la sociedad norteamericana, por lo que hay que tener especial precaución con trasladar estas mismas conclusiones a nuestra sociedad.

Referencia: Jenna M. Wilson, Jerin Lee, Natalie J. Shook. COVID-19 worries and mental health: the moderating effect of ageAging & Mental Health, 2020; 1 DOI: 10.1080/13607863.2020.1856778

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El pensamiento positivo puede favorecer un envejecimiento saludable

Las personas que son capaces de proyectar su pensamiento de manera positiva en el futuro para verse como una persona saludable y con un proyecto vital al llegar a la edad adulta, es mucho más probable que experimenten ese resultado. La forma en que pensamos acerca de quiénes seremos en la vejez, es muy predictiva de cómo seremos aproximadamente, según muestra un estudio reciente de la Universidad Estatal de Oregón.

Estudios previos sobre el envejecimiento han encontrado que la forma en que las personas pensaban sobre sí mismas a los 50 años, podría predecir un alto porcentaje de casos sobre su estado de salud futura incluso hasta 40 años después, pudiéndose observar ese efecto tanto en eventos cardiovasculares, memoria, equilibrio, voluntad de vivir, hospitalizaciones, incluso en la propia mortalidad. Estas investigaciones han mostrado que las personas que tienen una visión positiva del envejecimiento a los 50 años viven de media hasta 7,5 años más, que las personas que no tienen esta predisposición.

Debido a que, en todas estas investigaciones previas, la autopercepción del envejecimiento se ha mostrado relacionada con muchos de los resultados de salud que se han podido seguir en el tiempo, los investigadores se propusieron en este estudio intentar comprender en qué influyen esas percepciones. Su estudio analizó específicamente la influencia de dos factores: la autopercepción como la capacidad percibida de una persona para convertirse en la persona que quiere ser en el futuro, y el optimismo como rasgo general de la personalidad.

Los investigadores midieron estos rasgos de la personalidad de los participantes mediante encuestas, pidiendo a los encuestados que comentaran en qué medida estaban de acuerdo o en desacuerdo con distintas afirmaciones. Los resultados mostraron que, como se predijo, un mayor optimismo se asoció con una autopercepción más positiva del envejecimiento, observando una correlación con su estado de salud futura.

Según los investigadores, un factor importante en la forma en que las personas se ven a sí mismas en el proceso de envejecimiento, es interiorizar los estereotipos de edad. Ejemplos de estos estereotipos incluyen la suposición de que los adultos mayores son malos conductores, o sufren problemas de memoria o ya no pueden realizar actividad física, etc. Según los investigadores, hasta los niños más pequeños ya tienen estereotipos negativos sobre las personas mayores, así que es probable que, si una persona tiene la suerte de vivir hasta la vejez y cree en esos estereotipos, es posible que se cumplan en esa persona.

Fomentar estos estereotipos pueden generar patrones de pensamiento que causan un daño real en el proceso de envejecimiento, según los investigadores. Lo que implicaría que las consecuencias negativas para la salud en la edad adulta, podrían no estar motivadas solamente desde el perfil biológico, ya que la mente y el cuerpo están completamente interrelacionados. Si una persona cree que esos pensamientos negativos van a suceder, con el tiempo, eso puede erosionar la voluntad de las personas o tal vez incluso eventualmente su capacidad para mantener unos hábitos saludables.

Una forma de mitigar esos estereotipos negativos sobre el envejecimiento sería fomentar las relaciones intergeneracionales, para que los más jóvenes puedan ver a los adultos mayores disfrutando de una vida feliz y saludable. Cuanto más estás rodeado de personas mayores, más te das cuenta de que no todo es malo. Aumentar las oportunidades para las relaciones intergeneracionales es una forma en que podríamos, como sociedad, hacer que las personas sean más optimistas sobre el envejecimiento.

Referencia: Shelbie G. Turner, Karen Hooker. Are Thoughts About the Future Associated With Perceptions in the Present?: Optimism, Possible Selves, and Self-Perceptions of AgingThe International Journal of Aging and Human Development, 2020; 009141502098188 DOI: 10.1177/0091415020981883

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Reconocernos en la población que somos (Reflexión de la investigadora Dolores Puga-CSIC)

“Cuanto antes asumamos que no volveremos a ser las poblaciones jóvenes y crecientes del pasado, antes podremos abordar la transformación de nuestros modelos de bienestar”. Esta es una de las principales reflexiones que la investigadora Dolores Puga (científica titular en el Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC) plantea en su artículo desarrollado para la plataforma Ágora* de la Fundación General CSIC (FGCSIC), en el que se afirma que la pandemia de la COVID-19 ha hecho patente la necesidad de transformar nuestros modelos asistenciales para ajustarlos a la realidad de la población envejecida de nuestra sociedad actual.

En el artículo se expone cómo la pandemia nos ha abierto los ojos a la realidad que han mostrado nuestros sistemas de cuidados de larga duración, constatando las dificultades de prevención y atención que se han podido observar durante estos meses del 2020.

Para contextualizar la situación, el artículo realiza un repaso de la evolución demográfica que ha tenido lugar en el último siglo y medio y que ha propiciado una transformación de la estructura poblacional sin precedentes, motivada por una disminución progresiva de la mortalidad a todas las edades y por el hecho de que “la longevidad humana esté aumentando a un ritmo de tres meses cada año”. Todo ello nos convierte en una población “con individuos de más edad y de más edades, en una población más compleja”. Según la Dra. Puga, debemos reconocernos en la población que somos y asumirlo lo antes posible para poder ponernos “manos a la obra” y adaptar nuestros modelos de bienestar a “las nuevas hechuras de una población envejecida”.

El artículo expone que la pandemia actual, igual que lo hicieron otras anteriores o los conflictos bélicos, dejará una huella temporal en los indicadores de supervivencia de la población (como es la esperanza de vida) durante algunos años, pero difícilmente modificará la tendencia a largo plazo en el cambio demográfico que se viene observando en el último siglo y medio. Este envejecimiento demográfico ha traído consigo un cambio en la estructura por edades de nuestras poblaciones, “incorporando nuevas edades al curso de vida colectivo” y convirtiéndonos en poblaciones más plurales y complejas, por lo que nuestro sistema de bienestar ya no se ajusta bien a esta nueva realidad, al haber sido diseñado con una estructura poblacional distinta.

Según la autora, en el debate público a menudo “se ha identificado el envejecimiento como una amenaza”, lo que ha favorecido la generación de una falsa idea de que el envejecimiento es el paso previo a la extinción y por tanto el empecinamiento, como sociedad, en intentar volver a ser poblaciones jóvenes y en buscar maneras de revertir lo irreversible. Esto ha dificultado abordar una readaptación del sistema de bienestar que nos hubiera dado mayor capacidad de enfrentar con mejor éxito esta nueva epidemia global.

Este nuevo escenario nos plantea el reto de un notable aumento de la población mayor con problemas crónicos, lo que hace necesario “transformar el actual modelo asistencial (…), un modelo centrado en el rescate, en lo agudo, en atender el episodio”, por otro que intente anticiparse para poder segmentar y predecir qué personas tendrán mayores necesidades ante un determinado riesgo como el actual y que nos permita evolucionar desde un enfoque reactivo y curativo hacia un enfoque preventivo centrado en la salud y no en la enfermedad.

En cuanto a los cuidados de larga duración, la Dra. Puga destaca el papel fundamental que tienen estos en el diseño de los sistemas de bienestar. En el caso español, se caracteriza por ir especialmente dirigido a los niveles más altos de dependencia y que en muchos casos requiere la asistencia familiar. Este modelo, según las reflexiones del artículo, debe ser adaptado para poner el acento en “las necesidades de las personas y en el cuidado en la comunidad”, para priorizar la autonomía residencial y para entender que los cuidados en instituciones deberían ser “el último eslabón en la cadena de servicios”. Es un reto que exigirá un mayor esfuerzo en servicios de prevención que combinen tecnología y apoyo personal y que permita mantener la independencia el mayor tiempo posible.

Finalmente, la Dra. Puga concluye con una reflexión sobre la baja influencia que tendrá la pandemia a largo plazo sobre el cambio de tendencia en el envejecimiento demográfico, pero llegar a “reconocernos en la población que ya somos” sería un gran aprendizaje del drama vivido en los últimos meses y una oportunidad para “mirar hacia delante y buscar sistemas nuevos para construir un mundo más seguro para todos”.

Para leer el artículo completo puede descargarse el documento PDF desde la plataforma Ágora FGCSIC

Ágora es un espacio de reflexión dirigido a la sociedad en su conjunto, en el que a través de la publicación de tribunas y artículos de divulgación se ofrece una visión fundamentada y de referencia sobre la actualidad científica y sus implicaciones económicas y sociales.

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El autocontrol y reflexión durante la infancia tiende a desarrollar un envejecimiento más saludable

Como en muchos otros artículos que podemos leer sobre envejecimiento, se constata la idea de una conexión entre el desarrollo de nuestra infancia y la evolución de nuestro envejecimiento. Este es otro de esos proyectos de investigación que reafirman esta idea.

En este caso la investigación se centra en la idea de cómo el autocontrol y la reflexión durante la infancia, pueden repercutir en un desarrollo más saludable en la edad adulta. El autocontrol es la capacidad de contener los propios pensamientos, sentimientos y comportamientos, y trabajar hacia un objetivo. Es uno de los rasgos de personalidad que hace que un niño esté listo para ir al colegio. Y resulta que este rasgo también les ayuda para enfrentarse a la vida que se encontrarán.

Los datos recopilados en esta investigación científica se basan en el estudio multidisciplinar de salud y desarrollo de Dunedin, un gran estudio de investigación que ha seguido a mil personas desde su nacimiento hasta los 45 años en Nueva Zelanda. Este estudio ha sido desarrollado por un grupo de científicos de la Universidad de Michigan junto con la Universidad de Duke y que se ha publicado el 4 de enero de 2021 en Proceedings of the National Academy of Sciences, donde se determina que las personas que tenían niveles más altos de autocontrol y capacidad reflexiva durante su infancia se han convertido en adultos que envejecían más lentamente que otros compañeros del estudio a los 45 años. Para ello se han evaluado distintos indicadores psicológicos y fisiológicos, como el caracter de los niños, teniendo en cuenta también los criterios de sus padres y profesores a distintas edades. Se evaluó en los niños la impulsividad, la agresividad y otras formas de sobreactividad, perseverancia y falta de atención, entre otras. De los 26 a los 45 años, los participantes también fueron medidos en busca de signos fisiológicos del envejecimiento en varios órganos, incluido el cerebro. En todas las medidas, un mayor autocontrol y capacidad reflexiva durante la infancia se correlacionó con un envejecimiento más lento.

Los niños con mejor autocontrol tienden a ser de familias con mayor seguridad financiera y suelen tener un mayor coeficiente intelectual. Sin embargo, los hallazgos de un envejecimiento más lento a los 45 años con más autocontrol pueden separarse de su estado socioeconómico y de su coeficiente intelectual en la infancia. Sus análisis mostraron que el autocontrol fue el factor que marcó la diferencia.

En las entrevistas, el grupo evaluado con mayor autocontrol también mostró que pueden estar mejor equipados psicológicamente para manejar los desafíos de salud, financieros y sociales que se han encontrado a lo largo de su trayectoria vital. Los investigadores utilizaron entrevistas estructuradas y distintas verificaciones para evaluar la preparación ante estos retos. Los participantes con alto autocontrol infantil expresaron opiniones más positivas sobre el envejecimiento y se sintieron más satisfechos con la vida en la actualidad, ya con mediana edad.

Los investigadores también encontraron casos que habían cambiado sus niveles de autocontrol cuando eran adultos y esto también influyó en obtener mejores resultados de salud de lo que hubieran predicho las evaluaciones en su niñez. Esto podría demostrar que el autocontrol y la capacidad reflexiva también se pueden “enseñar y entrenar”. Los investigadores sugieren que una inversión social y psicológica en dicha capacitación podría mejorar la duración y la calidad de vida posterior, no solo durante la infancia, sino también quizás en la mediana edad. Existe una amplia evidencia de que cambiar los comportamientos en la mediana edad (dejar de fumar o hacer ejercicio por ejemplo) conducen a un envejecimiento más saludable, que no hacerlo en ningún momento.

Todo el mundo tememos tener un envejecimiento con enfermedades que nos impidan tener una mínima calidad de vida, envejecer en solitario o sin capacidad financiera para desarrollar las actividades que nos hacen más felices, por lo que envejecer de la forma más saludable también requiere que invirtamos en prepararnos desde lo más temprano posible, tanto en el aspecto físico como psicológico para enfrentar las posibles dificultades a lo largo de nuestra vida, pero en todo caso, nunca es tarde para ello.

Referencia: Leah S. Richmond-Rakerd, Avshalom Caspi, Antony Ambler, Tracy d’Arbeloff, Marieke de Bruine, Maxwell Elliott, HonaLee Harrington, Sean Hogan, Renate M. Houts, David Ireland, Ross Keenan, Annchen R. Knodt, Tracy R. Melzer, Sena Park, Richie Poulton, Sandhya Ramrakha, Line Jee Hartmann Rasmussen, Elizabeth Sack, Adam T. Schmidt, Maria L. Sison, Jasmin Wertz, Ahmad R. Hariri, Terrie E. Moffitt. Childhood self-control forecasts the pace of midlife aging and preparedness for old ageProceedings of the National Academy of Sciences, 2021; 118 (3): e2010211118 DOI: 10.1073/pnas.2010211118

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Los cuidados de larga duración y la epidemia de la COVID-19: apuntes para la reflexión

Las formas actuales de entender la vejez y los cuidados muestran claros márgenes de mejora en nuestra sociedad. Esta es alguna de las reflexiones que el investigador Javier Yanguas (Director científico del Programa de Mayores de la Fundación “la Caixa”) presenta en el artículo desarrollado para la plataforma Ágora* de la Fundación General CSIC (FGCSIC) donde se analiza el ámbito de los cuidados de larga duración y propone una nueva manera de entenderlos, convirtiéndolos en un eje vertebrador de la sociedad y en una prioridad máxima en la construcción de un futuro colectivo.

Según el investigador, se calcula que unas 20.000 personas aproximadamente han muerto en las residencias para personas mayores en España a finales de agosto del 2020 (informe del Canadian Institute for Health Information), siendo España el segundo Estado con mayor porcentaje de fallecimientos en centros de cuidados de larga duración con respecto al total de fallecimientos relacionados con la enfermedad de la COVID-19 (66%), cuando la media para el conjunto de países es del 42%.

A pesar de la gravedad de los datos, el drama es aún difícil de dimensionar ya que hay un gran desconocimiento de lo que ha ocurrido en el caso de los domicilios de las personas mayores que viven solas (casi cinco millones en España).

Todos estos datos acompañan a las reflexiones que aborda Javier Yaguas, en el que pone el acento sobre la prioridad de revisar los cuidados de larga duración, un ámbito con déficits muy relevantes y especialmente sacudido por la COVID-19.

Bases para un nuevo modelo de cuidados

Este artículo presenta tanto un análisis como diversas propuestas de cambio del modelo de cuidados que se relacionan con tres categorías diferentes: por un lado, transformaciones en los modos de entender la vejez y estrategias relativas al rol del cuidado en nuestra sociedad; por otro, diversos enfoques alternativos sobre nuevos servicios y provisión de los cuidados; y finalmente, un abordaje de las nuevas formas de cuidado que demandan los cuidadores.

En lo relativo a las estrategias sobre el cuidado, Javier Yanguas reflexiona sobre la necesidad de que estos se transformen en el eje vertebrador de nuestra sociedad, en una prioridad máxima en la construcción de nuestro futuro colectivo, integrando más y mejor autonomía y dependencia y asumiendo que la vulnerabilidad, que forma parte de toda nuestra vida, también está presente, y de una manera más “explicita”, durante el proceso de envejecimiento. Según el investigador, “es recomendable normalizar los modelos asistenciales donde la vejez también es vulnerabilidad y, quizá para muchas personas, por desgracia, dependencia” y superar los modelos que se centran solo en la autonomía.

Javier Yanguas profundiza en la idea de los “cuidados de proximidad”, desde la convicción de que las personas mayores prefieren vivir y envejecer en su casa (o como en su casa) y afirma que es necesario desarrollar nuevos e innovadores servicios y profesiones, centrando el domicilio particular como la pieza básica de nuestro entorno, redefiniendo y mejorando el conjunto de apoyos y servicios de atención domiciliaria. Según el autor, se debe repensar el modelo residencial de largos pasillos llenos de habitaciones a ambos lados, que parten de un núcleo central donde están los “espacios comunes”, y en los que la vida, en términos de proyecto personal, es muy difícil. A diferencia de ese modelo, el autor defiende la necesidad de apartamentos y pisos “con tu nombre en la puerta”, preparados para vivir y recibir ayuda, y en los que los servicios se adaptan a las personas y no las personas a los servicios.

Otro de los temas que se abordan, es el de los cuidadores profesionales, insistiendo en la necesidad de crear nuevas profesiones de la mano de la formación profesional, haciendo atractivo el sector y reconociendo la labor de estos profesionales con sueldos dignos, alta capacitación y, por supuesto, una mayor exigencia y responsabilidad profesional.

Asimismo, se pone el foco en el papel de las Administraciones públicas sobre los cuidados de larga duración. La crisis de la COVID-19 ha dejado patente una falta de control de lo “público”, no solo proveyendo de estos servicios, sino asumiendo la responsabilidad en el control y supervisión de lo que sucede con los ciudadanos más vulnerables, exigiendo cambios que mejoren la calidad de la atención, en especial en el sector residencial.

Finalmente, el artículo destaca el papel de los cuidados familiares o informales, donde se están produciendo importantes transformaciones que tienen que ver con las aspiraciones de los cuidadores para poder compatibilizar cuidados y vida personal. Para ello resulta pertinente plantear y desarrollar nuevas formas de conciliación de vida laboral y familiar, sin las cuales “el cuidado no puede tener un futuro esperanzador“.

Concluye el autor, remarcando la idea de la necesidad de convertir el cuidado en un elemento clave de la sociedad, “como lo es la lucha contra el cambio climático, porque de ello depende el futuro de la cohesión social”.

Para consultar el artículo completo, visite la plataforma Ágora (FGCSIC)

Ágora es un espacio de reflexión dirigido a la sociedad en su conjunto, en el que a través de la publicación de tribunas y artículos de divulgación se ofrece una visión fundamentada y de referencia sobre la actualidad científica y sus implicaciones económicas y sociales.

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La falta de datos sobre las personas mayores tiene graves consecuencias para sus derechos

El Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas ha designado a partir de mayo de este año 2020, a Claudia Mahler como nueva Experta Independiente sobre el disfrute de todos los derechos humanos por las personas mayores. Claudia Mahler ha realizado un informe que fue presentado este octubre en el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas en el que señala la preocupante ausencia de datos sobre las personas mayores y afirma que esto tiene graves repercusiones sobre sus derechos e invisibiliza las desigualdades que experimentan.

Según este informe, la información sobre las realidades que viven las personas mayores está fragmentada o, incluso, es inexistente. Por ejemplo, se identifican preocupantes deficiencias en ámbitos como el cuidado, la discriminación por razón de edad y la pobreza y se comprueba que las encuestas demográficas y de salud, generalmente, excluyen a las mujeres de 50 años o más y a los hombres de más de 55 o 60 años de su ámbito de aplicación.

La principal causa de este problema es que los planteamientos y las metodologías en la recopilación de datos son inadecuadas, según el amplio informe de Claudia Mahler que explica que “la exclusión de las personas de edad de encuestas y censos nacionales afecta la capacidad de comprender en qué medida pueden participar en la sociedad y disfrutar de sus derechos en igualdad de condiciones que los demás” y añade que los datos “favorecen los conocimientos básicos sobre las necesidades de las personas de edad” y permiten a los responsables políticos identificar las deficiencias y, por tanto, mejorar sus planteamientos y medidas. El informe también incide en que los datos contribuyen a la concienciación, al empoderamiento de las personas mayores y a visibilizar e identificar la discriminación por razón de edad estructural.

Ante esta situación, en el informe se exige una mejora de las metodologías de recogida de datos relacionados con las personas de edades avanzadas, en las que se establezcan normas y requisitos claros a la hora de presentar informes. En este sentido, se especifica que los datos deben desglosarse por edad y otras variables sociodemográficas importantes, tales como el género, las condiciones de vida, la educación, el empleo y los ingresos, para que puedan analizarse y compararse adecuadamente con otros grupos de población. Además, los grupos de edad tienen que reflejar la diversidad que existe entre la población de personas mayores, en cuanto a necesidades, capacidades y prioridades en sus vidas. Claudia Mahler también solicita en el informe que las personas mayores participen de forma activa en todas las etapas de recogida, análisis, uso y notificación de datos, incluso en la elaboración de encuestas.

Finalmente, en el informe se reconoce que la incidencia de la revolución digital en la recopilación de datos genera “posibilidades sin precedentes” a la hora de abordar las lagunas que existen en relación con las personas mayores, pero Mahler recalca que los datos deben emplearse exclusivamente para el propósito que las personas hayan aceptado, respetando el derecho a la privacidad, y pone de manifiesto que los rastros digitales pueden no ser representativos de las personas mayores porque el uso de tecnología digital “inteligente” y las redes sociales entre estas personas es notablemente inferior a la media de la población general.

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Fuente: HelpAge International España

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