Cultiva el gusto por lo relevante

Hace unos meses nos propusieron a un grupo de científicos que comentasemos algún aforismo de Baltasar Gracián, escritor del Siglo de Oro de la literatura española que todavía conserva plena vigencia. Los comentarios fueron publicado por la Escuela de Organización Industrial en un libro titulado “El arte de aprender“, contrapartida de otro anterior (“El arte de emprender”) escrito por directores de empresas.

 

Cada pocos días la EOI publica uno de estos comentarios. La semana pasada le toco al mío, que adjunto. Espero que lo disfruten.

Cultiva el gusto por lo relevante

Es resultado de la cultura y la inteligencia.
Con él aprendes a dominar el apetito de desear,
y después el deleite de poseer.
Se conoce tu altura por la elevación de tus gustos.
Los platos exquisitos son para los excelentes paladares
y las ciencias elevadas para los altos genios.
El buen gusto se hereda, pero
también puede adquirirse con el trato.
No vayas a caer en el error de verle defectos a todo
y rechazarlo todo, por un afán artificioso y afectado
de querer presumir de mostrar buen gusto.
No vayas a llegar como algunos al extremo de querer que Dios
creara otro mundo para satisfacer sus extravagantes fantasías de perfección.

 

 

Lo que es importante: la esencia, con el objetivo último de vivir plenamente. Sin duda, la educación en su sentido más amplio nos proporciona la base necesaria para discernir lo importante de lo accesorio.

Sin embargo, las primeras ideas que vienen a la mente son las modas y sus extremadamente cortas vidas en estos días: deseos verdaderamente efímeros y en muchos casos superfluos que provocan frustración tanto en la consecución como en la imposibilidad de alcanzar lo anhelado. Es por tanto imprescindible que nos conozcamos a nosotros mismos, que en base a nuestra personalidad definamos objetivos a corto, medio y largo plazo. Esto es válido tanto en el ámbito privado como en la carrera personal, o en la adolescencia y en la madurez. Por supuesto, manteniendo siempre cierto grado de flexibilidad que permita la adaptación, la optimización. Dotarnos de unas guías maestras que estructuren nuestra conducta y nuestras diferentes etapas, pero evitando encorsetarnos. Que nos den firmeza en las convicciones, sin dogmatismos. Y esto sólo se consigue mediante una formación continuada, y bien fundamentada desde el inicio.

El niño, durante su aprendizaje, se enfrentan a una tarea en apariencia titánica: aprender la realidad, pero también aprehenderla, saber manipularla, crearse su nicho. La educación debe consistir en dotarle de unas herramientas que le permitan tanto desarrollar sus posibilidades al máximo como desear hacerlo. Una mano que le ayude en esas primeras etapas es casi una garantía de éxito.

El joven, durante su instrucción académica, debe evitar elegir una profesión impuesta por el momento, por el mercado más instantáneo. Y, por descontado, querer emular a un personaje de un medio de comunicación de masas (como series de televisión o juegos de ordenador), que cambiará a las pocas semanas. En el mundo cambiante en el que vivimos, las opciones son múltiples; los ejemplos, positivos y nefastos, casi infinitos. Por tanto la adecuada selección inicial y el papel de referentes cercanos evitan errores de consecuencias difícilmente reversibles.

Como adultos, debemos percatarnos de que la capacitación es continua, que nunca llegamos a ser verdaderamente librepensadores, siempre estamos en un devenir. En el mejor de los casos mejorando, pero el desliz siempre es posible. La verdadera apreciación de nuestro entorno, desde la cotidianidad hasta los secretos más arcanos del Universo, exigen dedicación y que nos cultivemos en las disciplinas más amplias. Afirmación que debiera ser aplicable tanto a la mente como al cuerpo, en una mejora constante, de ser posible con la excelencia como horizonte final. La autoexigencia y la autocrítica, junto con la propia humildad y el reconocimiento de nuestras limitaciones, deben primar frente al rechazo de lo ajeno, del otro. Al igual que un examen continuo de la realidad, desde la objetividad y la templanza, incluso adoptando una posición cercana al estoicismo.

La capacidad de separar lo irrelevante de lo inmanente de la realidad y de nuestras vidas no es un regalo de los dioses olímpicos, es el resultado de una cadena que empieza con el nacimiento y que no termina nunca. La ambición, bien entendida, es una fuerza creativa que nos propulsa en ese esfuerzo formativo, pero que debe ser atemperada por unos firmes principios éticos que se empiezan también a construir en la niñez. Tanto desde la aceptación de nuestra propia individualidad como desde nuestra responsabilidad social. Y es ese un aspecto clave para determinar la importancia, la trascendencia de un fenómeno o circunstancia: su impacto social más allá del puramente personal.

Varios avisos para navegantes: rechacemos tanto actitudes chovinistas como el desprecio de lo propio, infravalorando nuestras raíces. Mejora sí, pero desde la identidad, fusionando lo mejor de aquí y de allá. Además, evitemos la dicotomía entre la ciencia y las humanidades. Todo forma parte de ese fenómeno tan complejo, tan humano (pero que nos trasciende, ya que aparece también en algunos animales), que es la cultura.

El desarrollo de un espíritu crítico, discriminador, es una conquista compleja, ardua, pero cuyos beneficios son múltiples y se extienden a lo largo de toda la vida. Nos permite relativizar éxitos y fracasos, permitiéndonos minimizar penurias y frustraciones, y un disfrute pleno de los logros conseguidos. Saboreando cada experiencia desde el conocimiento.

 

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Comentarios

[...] Cultiva el gusto por lo relevante [...]

[...] este post, David Barrado, en su Cuaderno de Bitácora Estelar, también mostraba su contribución (Cultiva el gusto por lo relevante) Alfonso González, actual director de la EOI y hasta 2008 “alma máter” de todo el entramado de [...]

Vaya, Davíd, qué reflexión tan estupenda, se la voy a reenviar a mis alumnos del Global MBA de EOI – Escuela de Organización Industrial.

Un cordial saludo,

Daniel Siles.

Vaya, Davíd, qué reflexión tan estupenda, se la voy a reenviar a mis alumnos del Global MBA de EOI – Escuela de Organización Industrial.

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