Omar Jayyam: astrónomo, matemático, filósofo … poeta

Fue la casualidad la que me llevó a Omar Jayyam, uno de los intelectuales más sobresalientes del siglo XII. Conocía su nombre por referencias en diferentes libros de historia, ciencia y filosofía. Sobre todo aquellos que trataban de Oriente Medio y Persia. Pero nunca reflexione sobre su figura y su obra. Hasta que un pequeño libro, regalo de un buen amigo egipcio, cayó en mis manos. Me refiero a las Ruba’iyyat o Robaiyyat, los poemas de Jayyam.

Omar Jayyam (o Khayyám) es uno de los intelectuales más prominentes de los siglos XI-XII. Su figura sobresale entre la abundante cosecha que el Islam produjo durante el renacimiento cultural del final del periodo califal abbasí, en Bagdad. Entre su producción científica destaca sus aportaciones astronómicas, especialmente la corrección del sistema del calendario (el calendario Jalali, Yalalí, o Yalaledín, con un error de un día cada 3770 años, precursor del actual calendario persa) similar a la reforma gregoriana que se impuso en Occidente entre el siglo XVI y XVII, y sus tablas astronómicas; y los desarrollos matemáticos, incluyendo la geometría, en la que fue un precursor de la geometría no euclídea, y el álgebra. En filosofía, como seguidor aventajado de Avicena (fallecido unos diez años antes del nacimiento de Jayyam), impulsó decididamente la difusión de Aristóteles y la reinterpretación del Islam bajo el marco de la filosofía peripatética. 

En lo referente a su poesía, mi primera aproximación fue en una versión  inglesa (la conocida de Edgard Fitzgerald, del siglo XIX), de la que solo pude disfrutar parcialmente. Años después me hice con una excelente traducción al castellano; ahora nunca está lejos. Es uno de esos libros que tengo cerca de mi cabecero, para releer poemas a horas intempestivas. 

Jayyam nos habla en sus cuartetas de vinos y amores, de las alegrías de la vida y sus decepciones. Simultáneamente, nos lleva a comuniones con ideales más elevados. Pero, sobre todo, Jayyam canta a la libertad y a los peligros (la incertidumbre) que encierra.

Recientemente otro libro me ha traído, si aún es posible,  más cerca a Jayyam. Se trata de “Samarcanda”, de Amin Maalouf. En esta novela se recrea  la figura del poeta-científico, y se narra la historia de un libro único, la compilación manuscrita por su autor de sus Ruba’iyyat. Esta pieza única termina, desgraciadamente, en el fondo del Atlántico en 1912 durante un conocido naufragio, el del Titanic. Sea realidad o recurso literario, el final me recuerda el triste destino de numerosas joyas culturales, especialmente diezmadas en el siglo XX. También trae a mi mente numerosas conversaciones con amigos árabes de mi época pre y posdoctoral. Sobre la frustración que sienten al ver su cultura hundida, relegada a segundo plano, cuando no ignorada completamente. En cierta medida, la historia de Samarcanda es la de Oriente, la de su lucha para sobrevivir  a si mismo y al abuso de Occidente. 

Haremos bien en no olvidar las contribuciones de científicos y filósofos de Oriente Medio al desarrollo occidental. En cuanto a Omar Jayyam, es digno ejemplo de hombre completo. Infatigable viajero, científico inquisitivo, filósofo paciente. Y, sobre todo, poeta sediento de vida.

PD (2008/VII/27)

Universidad de St. Andrews. Depto. Matemáticas. Omar Jayyam

Ghiyas al-Din Abul Fath Umar ibn Ibrahim Khayyam Nishapuri, por Iraj Bashiri

POEMAS SELECTOS:


Sólo si nos cogemos de la mano, podremos
pisotear la pena con saltos de alegría;
¡ánimo! Respiremos antes que surja el alba;
surgirán muchas albas cuando no respiremos.

Las estrellas que habitan en ese peristilo
han provocado siempre el asombro de los sabios;
no extravíes el hilo de la cordura, ¡ojo!
los auténticos sabios son los que están perplejos.

Si dicen que de vino borracho estoy, lo estoy;
zoroástrico, blasfemo e idólatra, lo soy;
en cada cofradía creen de mí una cosa;
sólo para mí mismo soy sólo como soy.

Cabalgaba la tierra blanquinegra un bohemio,
ni musulmán, ni hereje, ni laico, ni pío,
sin  razón ni verdad, sin principios ni asertos;
en ambos mundos, ¿quién se atreverá a otro tanto?

Nos asombra el constante girar del firmamento;
una linterna mágica nos servirá de ejemplo:
la lámpara es el Sol, pantalla el universo,
y las constelaciones rodando en él, nosotros.

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Comentarios

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proscrita en un país como España, allí donde los prevaricadores

y sinverguenzas campan a sus anchas.

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