El Doctor Luis Calandre Ibáñez. De la Junta para Ampliación de Estudios al exilio interior.

AUTOR  | Calandre Hoenigsfeld, Cristina; Prólogo de Mirta Nuñez Díaz-Balart. Silente Memoria Histórica. 2008.

LA BIOGRAFÍA DE UN GRAN MÉDICO Y HUMANISTA
Reseña realizada por Teresa Jiménez-Landi

Cristina Calandre Hoenigsfel rescata del olvido en este libro, la insigne figura de su abuelo, el Dr. don Luis Calandre Ibáñez (Cartagena 1890-Madrid 1961) desde la sensibilidad y un doble compromiso familiar por el que se siente identificada con una gran "pesadumbre": con los represaliados del bando republicano en la guerra civil española, y con las consecuencias del holocausto judío -por su ascendencia materna-, asociada a lo que Marianne Hirsch denomina postmemory, la memoria que va más allá de la propia memoria de las víctimas.

Supone un verdadero estímulo para todo investigador que se precie de ello, el admirable tesón con el que la autora ha sabido manejar el valioso legado de fuentes primarias heredado -alrededor de 1.000 documentos, así como otros tantos consultados en archivos públicos y privados-, y superar con éxito las dificultades que ello conlleva, para presentarnos la síntesis de una personalidad extraordinaria y compleja, como fue la del doctor Luis Calandre, iniciador de la cardiología en España, republicano y progresista, pero sobre todo humanista, "médico del corazón y el alma" como le definió su amiga Carmen Conde en el Réquiem (1961) escrito a su muerte, publicado también en esta biografía.

Hablar de los "Calandre" es seguir la trayectoria de una familia de médicos, vinculada a la Institución Libre de Enseñanza (ILE - 1876-1940). La preocupación de don Francisco Giner de los Ríos, su fundador, por elevar el nivel científico de España tuvo dos proyecciones: la más modesta, dentro de la Institución; y la más ambiciosa, a través de organismos del Estado nacidos por su iniciativa personal y de las personas que se movían a su alrededor. Así nació la Junta para Ampliación de Estudios (JAE), la Residencia de Estudiantes y los primeros laboratorios en 1912, que se instalaron definitivamente en la "colina de los chopos" (como la denominó Juan Ramón Jiménez). Entre la Institución y estas entidades oficiales existió siempre una estrecha relación y el doctor Calandre fue uno de sus representantes.

Por estos laboratorios de Histología, Química Biológica, Fisiología General o Anatomía, etc., pasaron los mejores científicos españoles, casi todos íntimamente ligados a la Institución: Luis Simarro, Nicolás Achúcarro, Juan Madinaveitia... Estos dos últimos, junto con Ramón y Cajal, fueron profesores de Luis Calandre, quien consiguió una beca de la Junta para estudiar Histología en Alemania. A su regreso a Madrid, fue nombrado médico de la Residencia de Estudiantes y director del laboratorio de Histología, a la vez que polarizaba sus trabajos en la clínica del doctor Madinaveitia enfocados hacia la cardiología.

También fue médico de casi todas las familias institucionistas que acudían a su consulta, y participó activamente en las "Colonias de vacaciones" que la Institución Libre realizaba en San Vicente de la Barquera (Santander), poniendo en práctica un nuevo método pedagógico basado en la formación "integral" del individuo. En ellas Calandre prosiguió la tarea comenzada por sus antecesores, los doctores Antonio García del Real y Joaquín Sama entre otros, consistente en el reconocimiento médico exhaustivo de cada colono según los datos específicos en la "hoja antropológica" que habían elaborado junto a Manuel B. Cossío, ya por entonces Director del Museo Pedagógico. Calandre asiste a la XXIV colonia de agosto (1914), junto con Gabriela Bueno, María Cebrián, América Fontanals, Gustavo Koeckert, Lorenzo Miralles, Pedro Blanco y Pedro González Bueno. Y escribe sobre las "Colonias escolares de vacaciones" en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza y en El Sol (1920) defendiendo el beneficio del campo para el desarrollo físico de todos los niños urbanos y no únicamente de los enfermos, endebles y pobres. Los nombres de sus hijos, Luis y Julia, figuran en las listas de "colonos" de las Memorias publicadas en los años 1925 y 1930, participando el primero de ellos, aún muy joven, en la última colonia escolar (LXVI Colonia, julio a septiembre de 1936) que quedó interrumpida por la cruenta guerra civil, junto a Celestino Bustos, Lucía Uceda, Ernestina Loma, Pilar Gobernado, José Marzoa y Leopoldo Fabra.

Al libro precede un magnífico prólogo escrito por Mirta Núñez Díaz-Balart, profesora de la Universidad Complutense de Madrid, que esboza la trayectoria vital del biografiado. En la Introducción Cristina Calandre explica con humildad, el por qué y el cómo de su intenso trabajo, demostrando su generosidad en los agradecimientos. Diseña la biografía de su abuelo en cuatro partes, a su vez con varios capítulos, siguiendo un orden cronológico: "Los inicios", su formación, el medio familiar liberal, comprensivo y tolerante; la investigación científica y el laboratorio de la Junta para Ampliación de Estudios...; "Cotas más altas": Contribución científica y social de la Revista Archivos de Cardiología y Hematología, en la que Calandre y el Dr Pittaluga fueron codirectores desde 1920 a 1936, y donde por primera vez aparece la palabra "cardiología"; La cruz Roja, donde funda la Escuela de Enfermeras, y renueva y moderniza los hospitales, etc; "Medicina de guerra"; y "Represalias. La ley del más fuerte".

En estos últimos capítulos Cristina Calandre aporta novedosa y documentada investigación sobre la actuación del biografiado en la Junta de Defensa de Madrid y su importante actividad durante la contienda como Director médico en el Hospital de Carabineros, situado en la Residencia de Estudiantes de la calle Pinar 21, donde se llegó a construir un refugio antiaéreo, del que la autora reivindica su completa protección y restauración. Por otra parte, demuestra la relevante labor científica desarrollada por él a través de la Junta para Ampliación de Estudios, desde sus sedes republicanas en Valencia, Barcelona y Madrid, donde fue Subdelegado desde octubre de 1938 hasta la desaparición de la JAE con la derrota de la II República. La veracidad de estos datos invalida la historiografía franquista que ponía punto final a la Junta con un Decreto de 1938 en su origen nulo (Pues, fue un decreto emitido para disolver la JAE, el 19 de mayo en Burgos, por un auto denominado "gobierno", no votado ni reconocido por el pueblo español, y, por tanto, ilegal).

También denuncia de modo valiente la actuación antidemocrática del Comité Central de la Cruz Roja, a favor del gobierno de derechas, durante la revolución asturiana de octubre de 1934, que obligó a Calandre a dimitir como Vicepresidente de dicha organización; y el cruel proceso de depuración y represalias de la España dictatorial que le hicieron padecer juicios sumarísimos, meses de cárcel y un triste exilio interior. Pero quizá lo más grave e hiriente para sus herederos sea el silencio actual por cuantos deberían homenajear -instituciones y autores de cierto renombre- la valiosa labor realizada por institucionistas -Antonio de Zulueta, Juan Madinaveitia, Tomás Navarro Tomás, Rubén Landa, José Royo Gómez, etc.- durante la contienda, para devolverles su dignidad y reconocimiento en la historia de la ciencia española que tanto merecen.

La publicación se completa con una interesante recopilación bibliográfica que incluye monografías de alto nivel científico para su época sobre fisiología, electrocardiografía o enfermedades del corazón; dos libros curiosos que indican su interés por temas muy institucionistas, relacionados con el arte y la naturaleza -El Palacio del Pardo y Árboles, editados por él mismo-; sobre la Historia familiar o el Hospital de Carabineros (1937); y más de 70 artículos publicados en revistas especializadas, algunas relacionadas con su inquietud por el higienismo: "Baños de sol"; por la tierra que le vio nacer: "Cartagena vista por los extranjeros"; la finca familiar "La Almenara en el campo de Cartagena"; y muchas otras colaboraciones, sobre todo en la citada revista "Archivos de Cardiología y Hematología"; notas bibliográficas y necrológicas que según la autora sobrepasan en número de ciento cincuenta. Cabe aún destacar el índice onomástico y el magnífico álbum fotográfico que enriquecen la monografía.

El libro de Cristina Calandre Hoenigsfel es ejemplo de honestidad consigo misma y con la Historia de la Ciencia (con mayúsculas) española. Y, aunque pienso, como la autora, que ésta debe al doctor Calandre un mayor reconocimiento, espero que la biografía reseñada, sea punto de partida para futuros trabajos de mayor envergadura sobre el médico humanista, sabio y a la vez sencillo que contribuyó a la modernización de la medicina en España.

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