La actividad física aumenta el flujo sanguíneo al cerebro y puede prevenir el envejecimiento cognitivo


No son solo tus piernas y tu corazón los que se ejercitan cuando caminas o haces ejercicio sino también…tu cerebro.

Un nuevo estudio realizado por investigadores de UT Southwestern Medical Center muestra que cuando los adultos mayores con un inicio de pérdida leve de memoria o con un nivel de deterioro cognitivo leve, siguieron un programa de ejercicio durante un año, se observó un aumentó significativo del flujo sanguíneo al cerebro, lo que podría mejorar su memoria.

Hasta una quinta parte de las personas de 65 años o más muestran algún nivel de deterioro cognitivo leve (MCI): cambios leves en el cerebro que afectan la memoria, la toma de decisiones o las habilidades de razonamiento. En muchos casos, el MCI progresa a demencia, incluida la enfermedad de Alzheimer. Los científicos han demostrado anteriormente que los niveles de flujo sanguíneo más bajos de lo habitual y los vasos sanguíneos más rígidos que fluyen hacia el cerebro están asociados con el deterioro cognitivo leve y la demencia. Los estudios también han sugerido que el ejercicio aeróbico regular puede ayudar a mejorar el estado cognitivo y la memoria en adultos mayores sanos.

Sin embargo, los científicos no han establecido si existe un vínculo directo entre el ejercicio, la rigidez de los vasos sanguíneos y el flujo sanguíneo cerebral. En este estudio, se siguieron a 70 hombres y mujeres de entre 55 y 80 años que habían sido diagnosticados con MCI. Los participantes se sometieron a exámenes cognitivos, pruebas de aptitud física y escáneres de resonancia magnética (IRM) del cerebro. Luego se les asignó al azar para seguir un programa de ejercicio aeróbico moderado o un programa de estiramientos durante un año. El programa de ejercicio incluía de tres a cinco sesiones de ejercicio a la semana, cada una con 30 a 40 minutos de ejercicio moderado, como una caminata rápida. En ambos programas, los fisioterapeutas supervisaron a los participantes durante las primeras cuatro a seis semanas, luego hicieron que los pacientes registraran sus ejercicios y usaran un monitor de frecuencia cardíaca durante el ejercicio.

Cuarenta y ocho participantes del estudio, 29 en el grupo de estiramientos y 19 en el grupo de ejercicio aeróbico, completaron el año de entrenamiento y regresaron para las pruebas de seguimiento. Entre ellos, los que realizaron ejercicio aeróbico mostraron una disminución de la rigidez de los vasos sanguíneos en el cuello y un aumento del flujo sanguíneo general del cerebro. Cuanto más aumentaba su consumo de oxígeno (un marcador de aptitud aeróbica), mayores eran los cambios en la rigidez de los vasos sanguíneos y el flujo sanguíneo cerebral. No se encontraron cambios en estas medidas entre las personas que siguieron el programa de estiramientos.

Si bien el estudio no encontró cambios especialmente significativos en la memoria u otra función cognitiva, los investigadores mencionan que puede deberse al tamaño pequeño o la corta duración del ensayo. Los cambios en el flujo sanguíneo podrían preceder a los cambios en la mejora cognitiva. Los investigadores ya están llevando a cabo un estudio más amplio de dos años, Reducción del riesgo de la enfermedad de Alzheimer (rrAD), que investiga más a fondo este vínculo entre el ejercicio y el deterioro cognitivo.

Según los investigadores, es probable que algunas personas se beneficien más del ejercicio que otras, pero con el tamaño de la muestra en este estudio, resulta complicado analizar subgrupos de personas para llegar a esas conclusiones. Aún así, los datos son importantes para ayudar a explicar los efectos del ejercicio en el cerebro y por qué puede ser beneficioso, además de ser útiles para los propios médicos cuando hablan con sus pacientes y tratan de justificar los beneficios del ejercicio.

Referencia: Tsubasa Tomoto, Jie Liu, Benjamin Y, Tseng, Evan P. Pasha, Danilo Cardim, Takashi Tarumi, Linda S. Hynan, C. Munro Cullum, Rong Zhang. One-Year Aerobic Exercise Reduced Carotid Arterial Stiffness and Increased Cerebral Blood Flow in Amnestic Mild Cognitive ImpairmentJournal of Alzheimer’s Disease, 2021 [abstract]

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Categorias: Actividad física, Neurodegeneración

La soledad, la distancia física, el confinamiento y sus repercusiones en el bienestar de las personas mayores que viven en residencias (Reflexiones de la Profesora Sacramento Pinazo-Hernandis)


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 Las personas que enferman en un centro residencial tienen derecho a la atención sanitaria pública y gratuita por su condición de ciudadanos y no es admisible que sean privados de este derecho por su edad o por tener discapacidad o dependencia”, son algunas de las reflexiones que la Profesora Sacramento Pinazo-Hernandis (Profesora de Psicología Social en la Universidad de Valencia) plantea en su artículo desarrollado para la plataforma Ágora* de la Fundación General CSIC (FGCSIC).

El artículo destaca que las medidas generales de contención de la pandemia adoptadas para las personas que viven en residencias de personas mayores han evitado contagios y en cierta medida han salvado vidas, pero no siempre tuvieron en cuenta las necesidades de esta población, ya que en muchas ocasiones se han vulnerado sus derechos y se han limitado sus libertades.

La profesora Pinazo-Hernandis centra su reflexión sobre las residencias, donde la mayor edad y las comorbilidades que presentan sus usuarios han sido y son factores de riesgo de gravedad que, junto con un entorno cerrado y en estrecho contacto con otros residentes y cuidadores, favorece la transmisión. Todo esto ha hecho que los efectos de la emergencia sanitaria provocada por la COVID-19 hayan sido particularmente graves en este grupo poblacional.

Pero a pesar de mencionar los graves efectos directos de la pandemia, el artículo se centra en mayor medida en los efectos indirectos, asociados a las consecuencias producidas por el confinamiento en los residentes durante este largo y triste año.

Se ha corroborado que el aislamiento producido por el confinamiento impacta directamente en aspectos físicos, emocionales y sociales muy relevantes para la salud de las personas mayores, relacionándose con un aumento de sentimientos de soledad, miedo o desamparo y en los índices de depresión y ansiedad que se han podido observar.

Según la profesora Pinazo-Hernandis, los centros residenciales no han tenido los recursos sanitarios necesarios para hacer frente a la pandemia, ya que no son centros sanitarios ni hospitalarios. Son espacios de convivencia y las normas que regulan su creación y funcionamiento, así como las actividades que se realizan en su interior a diario, son las de un lugar de vida.

El abordaje que se ha dado al problema de la COVID-19 no siempre ha considerado suficientemente los criterios generales de mantenimiento de la autonomía y dignidad de las personas mayores. Por el contrario, algunas de las medidas que se implementaron no tuvieron en cuenta suficientemente la voluntad y la situación de las personas en los centros residenciales. La atención integral debe considerar las necesidades físicas, sensoriales, cognitivas y emocionales, evitando la discontinuidad en los cuidados en todas sus dimensiones, tengan o no relación con la propagación del virus con el fin de preservar y mantener lo mejor posible las capacidades de los usuarios de las residencias.

Finalmente, la profesora Pinazo-Hernandis, aboga por la necesidad de una estrategia de consenso nacional para el cuidado relacional y el buen trato de las personas que viven en residencias que asegure la dignidad en la última etapa de la vida, manteniendo en la medida de lo posible la voluntad manifestada por la persona mayor y el respeto.

Puede leer el artículo completo descargando el documento PDF desde la plataforma Ágora FGCSIC.


* Ágora es un espacio de reflexión dirigido a la sociedad en su conjunto, en el que a través de la publicación de tribunas y artículos de divulgación se ofrece una visión fundamentada y de referencia sobre la actualidad científica y sus implicaciones económicas y sociales.

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Uso del aprendizaje automático para encontrar tratamiento para la COVID-19 en personas mayores


Cuando se inició la pandemia de la COVID-19 a principios de 2020, los investigadores se apresuraron a intentar encontrar tratamientos eficaces, sobre todo para las personas mayores que se mostraban, a priori, como las más vulnerables. Había poco tiempo que perder, pero fabricar nuevos fármacos lleva mucho tiempo, por lo que realmente, la única opción más rápida era/es intentar reutilizar los medicamentos existentes y ya aprobados por las distintas Agencias.

Al principio de la pandemia, quedó claro que, en promedio, la COVID-19 dañaba más a los pacientes más mayores que a los más jóvenes. La hipótesis predominante es el envejecimiento del sistema inmunológico pero ahora un grupo de investigadores del campo de la biología computacional provenientes del Departamento de Ingeniería Eléctrica y Ciencias de la Computación del MIT y de Harvard, sugirieren un factor adicional: uno de los principales cambios en el pulmón que ocurre con el envejecimiento es que se vuelve más rígido. El tejido pulmonar endurecido de las personas mayores muestra patrones de expresión génica diferentes que en las personas más jóvenes, incluso en respuesta a la misma señal.

Trabajos anteriores habían mostrado ya que si se estimulan las células en un sustrato más rígido con una citocina, similar a lo que hace el virus, en realidad activan diferentes genes. Esto motivó la hipótesis actual con la que ahora trabajan estos científicos, desde un enfoque integrador observando los genes tanto en las vías relacionadas con el envejecimiento como en las que se producen por la infección con el SARS-CoV-2.

Para seleccionar medicamentos aprobados y ya en el mercado, aprovecharon este nuevo enfoque, recurriendo al aprendizaje automático (ML/Deep Learning), para intentar identificar aquellos medicamentos especialmente destinados a las personas mayores y que pudieran reutilizarse. Este enfoque explicaría los cambios en la expresión génica en las células pulmonares causados tanto por la enfermedad como por el envejecimiento. Esa combinación podría permitir a los expertos buscar con mayor rapidez medicamentos para llevar a cabo pruebas clínicas en pacientes de edad avanzada, que tienden a experimentar síntomas más graves. Los investigadores señalan a la proteína RIPK1 como un objetivo prometedor  e identificaron tres fármacos aprobados que actúan sobre esta proteína.

Primero, generaron una gran lista de posibles medicamentos utilizando una técnica de aprendizaje automático llamada autocodificador (Redes Neuronales). A continuación, mapearon la red de genes y proteínas involucradas tanto en el envejecimiento como en la infección por el SARS-CoV-2. Por último, utilizaron algoritmos estadísticos para comprender la causalidad en esa red, lo que les permitió identificar genes “aguas arriba” que causaron efectos en cascada en toda la red.

En principio, los fármacos dirigidos a esos genes y proteínas deberían ser candidatos prometedores para los ensayos clínicos. Para generar una lista inicial de fármacos potenciales, el autocodificador del equipo se basó en dos conjuntos de datos clave de patrones de expresión génica. Un conjunto de datos mostró cómo la expresión en varios tipos de células respondió a una variedad de medicamentos que ya están en el mercado, y el otro mostró cómo la expresión respondió a la infección por el  virus SARS-CoV-2. El autocodificador examinó los conjuntos de datos para destacar los fármacos cuyos impactos en la expresión génica parecían contrarrestar los efectos del SARS-CoV-2. A continuación, los investigadores redujeron la lista de fármacos potenciales centrándose en las vías genéticas clave. Mapearon las interacciones de las proteínas involucradas en el envejecimiento y las vías de infección por el SARS-CoV-2. Luego identificaron áreas de superposición entre los dos mapas. Ese esfuerzo identificó la red de expresión génica precisa a la que un fármaco debería dirigirse para combatir la COVID-19 en pacientes mayores.

El equipo utilizó algoritmos que infieren causalidad en sistemas interactivos para convertir su red no dirigida en una red causal. La red causal final identificó a RIPK1 como un gen/proteína diana para posibles fármacos contra la COVID-19, estos medicamentos habían sido ya aprobados para su uso en cáncer. Otros medicamentos que también se identificaron, como la Ribavirina y el Quinapril, ya se encuentran en ensayos clínicos para tratamiento de la COVID-19.

Hay que destacar que antes de que cualquiera de los medicamentos identificados pueda aprobarse para su uso reutilizado en pacientes mayores, se necesitan pruebas clínicas para determinar su eficacia. Si bien este estudio en particular se centró en la COVID-19, los investigadores mencionan que la plataforma generada a partir de estas investigaciones podría aplicarse de manera más general para otras infecciones o enfermedades.

La investigación se ha publicado en la revista Nature Communications.

Referencia: Anastasiya Belyaeva, Louis Cammarata, Adityanarayanan Radhakrishnan, Chandler Squires, Karren Dai Yang, G. V. Shivashankar, Caroline Uhler. Causal network models of SARS-CoV-2 expression and aging to identify candidates for drug repurposingNature Communications, Feb. 15, 2021; DOI: 10.1038/s41467-021-21056-z

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La microbiota intestinal implicada en un envejecimiento saludable y aumento de la longevidad


La microbiota intestinal es un componente integral del cuerpo, pero su importancia en el proceso de envejecimiento humano no está del todo claro. 

Un grupo de investigadores y colaboradores del Instituto de Biología de Sistemas (ISB) situado en Seattle, han identificado distintas huellas en el microbioma intestinal (conjunto de genes de los microorganismos presentes en nuestro organismo) que están asociadas con trayectorias de envejecimiento saludable, que a su vez podrían predecir la supervivencia en una población de personas mayores. El trabajo se ha publicado este mes en la revista Nature Metabolism.

El equipo de investigación analizó el microbioma intestinal, además de datos fenotípicos y clínicos de más de 9.000 personas, entre las edades de 18 y 101 años, en tres cohortes independientes. El equipo se centró, en particular, en datos longitudinales de una cohorte de más de 900 personas mayores (78-98 años), lo que les permitió realizar un seguimiento de los resultados de salud y supervivencia.

Los datos mostraron que los microbiomas intestinales se volvieron cada vez más específicos para cada individuo a medida que las personas envejecían, comenzando en la edad adulta media o tardía, lo que se correspondía con una disminución constante en la abundancia de géneros bacterianos similares entre humanos.

Sorprendentemente, mientras que esta especificidad se estaba dando durante un envejecimiento saludable, las funciones metabólicas que la microbiota estaban llevando a cabo, compartían rasgos comunes entra las personas más saludables. Esta huella de singularidad intestinal estaba altamente correlacionada con varios metabolitos presentes en el plasma sanguíneo derivados de microorganismos, entre ellos el indol, derivado del triptófano, que se ha demostrado que prolonga la vida útil en ratones. Por ejemplo, se sabe que estos metabolitos reducen la inflamación en el intestino y se cree que la inflamación crónica es un factor importante en la progresión de las morbilidades relacionadas con el envejecimiento. También los niveles en sangre de otro metabolito, la fenilacetilglutamina, mostraron la asociación más fuerte con la especificidad microbiana, y trabajos anteriores han demostrado que este metabolito está muy elevado en la sangre de los centenarios.

Los individuos sanos observados de alrededor de los 80 años de edad, mostraron una evolución continua de su microbioma hacia un estado de composición muy específico, pero esta evolución estuvo ausente en los individuos menos sanos. Curiosamente, este patrón de singularidad parece comenzar en la mediana edad, entre los 40 y los 50 años, y está asociado con una clara firma metabolómica sanguínea, lo que sugiere que estos cambios en el microbioma pueden no ser simplemente un predictor de un envejecimiento saludable, sino que pueden también contribuir directamente a la salud a medida que envejecemos.

Según los investigadores, los resultados anteriores en la investigación del efecto de la microbiota sobre el envejecimiento se han mostrado inconsistentes, con algunos informes que muestran una disminución en los géneros intestinales observados en las poblaciones centenarias, mientras que otros muestran una estabilidad relativa del microbioma hasta el inicio de la disminución de la salud relacionada con el envejecimiento. El trabajo de estos investigadores, incorpora un análisis detallado de la salud y la supervivencia, lo que podría disminuir estas inconsistencias.

En este estudio destaca el hecho de que la microbiota intestinal del adulto continúa desarrollándose con la edad avanzada en individuos sanos, pero no en los enfermos, y que las composiciones del microbioma asociadas con la salud en la edad adulta temprana o media pueden no ser compatibles con la salud en la edad adulta tardía.

Recordamos que mantener hábitos saludables y una nutrición variada y adaptada a cada edad puede influir en la composición de nuestra microbiota.

Referencia: Tomasz Wilmanski, Christian Diener, Noa Rappaport, Sushmita Patwardhan, Jack Wiedrick, Jodi Lapidus, John C. Earls, Anat Zimmer, Gustavo Glusman, Max Robinson, James T. Yurkovich, Deborah M. Kado, Jane A. Cauley, Joseph Zmuda, Nancy E. Lane, Andrew T. Magis, Jennifer C. Lovejoy, Leroy Hood, Sean M. Gibbons, Eric S. Orwoll, Nathan D. Price. Gut microbiome pattern reflects healthy ageing and predicts survival in humansNature Metabolism, Feb. 18, 2021; DOI: 10.1038/s42255-021-00348-0

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Las personas con alto nivel de fragilidad y con la COVID-19, presentan mayor mortalidad


El estado de fragilidad es un síndrome clínico-biológico caracterizado por una disminución de la resistencia y de las reservas fisiológicas del adulto mayor ante situaciones estresantes, a consecuencia del acumulativo desgaste de los sistemas fisiológicos, causando mayor riesgo de sufrir efectos adversos para la salud. El riesgo de fragilidad aumenta a medida que envejecemos, pero también puede desarrollarse a diferentes edades[2].

Ahora un nuevo estudio desarrollado por la red de investigación del Geriatric Medicine Research Collaborative (GeMRC), cuya investigadora principal (Dra.Carly Welch) pertenece a la Universidad de Birmingham, ha revelado por primera vez hasta qué punto la fragilidad aumenta el riesgo de mortalidad en pacientes con la COVID-19. El estudio de observación clínica publicado este febrero de 2021 en la revista Age and Aging, se realizó con 5.711 pacientes infectados con la COVID-19, en 55 hospitales de 12 países diferentes, y en el que se pudo observar que las personas con alto nivel de fragilidad presentaban hasta tres veces más probabilidades de mortalidad que aquellas que no lo eran, incluso teniendo en cuenta su edad. También se observó que aquellos con fragilidad severa que sobrevivieron al virus tenían siete veces más probabilidades de necesitar más atención en su hogar o residencia.

No todas las personas mayores son iguales, todos envejecemos de maneras diferentes, algunas personas pueden vivir hasta bien entrados los 90 años sin desarrollar fragilidad, o incluso puede desarrollarse sin la presencia de otras afecciones a largo plazo. Según los investigadores, ahora existe mayor evidencia que muestra el aumento del riesgo en aquellos perfiles de población mayor, con alta fragilidad y/o condiciones de salud subyacentes y que padecen la COVID-19. Los hallazgos del estudio podrían demostrar que no solo la edad avanzada sino también la fragilidad, independientemente entre sí, aumentando el riesgo de muerte por la COVID-19 y también una mayor necesidad de atención para los que consiguen vencer el virus.

Los investigadores  de la red GeMRC, esperan que los hallazgos de la investigación influyan en las políticas de salud pública, incluidas las recomendaciones para priorizar la vacunación destinadas a aquellas personas con mayor fragilidad, independientemente de la edad. La investigación puede ayudar a disponer de una mayor comprensión de la fragilidad como algo que ocurre por separado de la edad, y que podría tener una consideración más importante, junto con la edad, en las políticas de salud pública tanto dentro como fuera de los hospitales.

Sin duda una mayor comprensión de la fragilidad entre el público en general, permitiría una óptima comunicación entre los gestores de políticas de salud, médicos, pacientes y sus familiares o cuidadores.

Referencias:

1.Red de investigadores del GeMRC. Age and frailty are independently associated with increased COVID-19 mortality and increased care needs in survivors: results of an international multi-centre studyAge and Ageing, 2021; DOI: 10.1093/ageing/afab026

2. Lluis Ramos, Guido Emilio y Llibre Rodríguez, Juan de Jesús. Fragilidad en el adulto mayor: Un primer acercamiento. Rev Cubana Med Gen Integr [online]. 2004, vol.20, n.4. ISSN 0864-2125.

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El sueño profundo puede actuar como antienvejecimiento


A medida que envejecemos, nuestras noches suelen estar plagadas de episodios de vigilia, viajes al baño y otras molestias a medida que perdemos nuestra capacidad de generar el sueño profundo y reparador que se disfrutaba en la juventud. 

¿Pero eso significa que las personas mayores, simplemente necesitan dormir menos? No, según un equipo de investigadores del Center for Human Sleep Science en UC Berkeley, quienes argumentan en un artículo publicado en la revista Neuron, que las necesidades de sueño en las personas mayores que no son cubiertas, elevan el riesgo de pérdida de memoria, además de una amplia gama de trastornos acumulativos físicos y cognitivos.

Según los investigadores de este estudio, muchas de las enfermedades relacionadas con el envejecimiento tienen un vínculo causal con la falta de sueño. La sociedad ha hecho un buen trabajo al extender la vida útil, pero no tan buen trabajo al extender los años con salud. Los investigadores ven el sueño y la mejora del sueño, como una nueva vía para ayudar a mejorar la salud durante más años. A diferencia de los marcadores más “cosméticos” del envejecimiento, como las arrugas y las canas, el deterioro del sueño se ha relacionado con afecciones como la enfermedad de Alzheimer, enfermedades cardíacas, obesidad, diabetes, accidente cerebrovascular, etc.

Numerosos estudios neurológicos revelan cómo la falta de sueño produce deterioro cognitivo. Además, el cambio de un sueño profundo y consolidado en la juventud a un sueño irregular e insuficiente, puede comenzar desde una edad temprana, allanando el camino para las dolencias cognitivas y físicas posteriores en la mediana edad.

Y mientras que la industria farmacéutica invierte muchos recursos para atender a personas con insomnio, los investigadores advierten que los medicamentos o suplementos diseñados para ayudarnos a dormir son un pobre sustituto de los ciclos naturales del sueño que el cerebro necesita para funcionar bien.

El equipo de científicos cita estudios previos, incluidos algunos propios, que muestran que un cerebro envejecido tiene problemas para generar el tipo de ondas cerebrales lentas que promueven el sueño curativo profundo, así como los neuroquímicos, que nos pueden ayudar a pasar de manera estable del sueño profundo a la vigilia. Las partes del cerebro que se deterioran más temprano precisamente son las mismas regiones que nos proporcionan ese sueño profundo.

El envejecimiento generalmente provoca una disminución en el movimiento ocular profundo (NREM) o “sueño de ondas lentas”, junto con ondas más rápidas conocidas como “husos del sueño”, que ayudan a transferir recuerdos e información del hipocampo, que proporciona la memoria a corto plazo, a la corteza prefrontal, que consolida la información y actúa como el almacenamiento de la información a más largo plazo.

Lamentablemente, ambos tipos de ondas cerebrales del sueño disminuyen notablemente a medida que envejecemos, y en los últimos años se conoce mejor la influencia de estas alteraciones del sueño que afecta a la disminución de la memoria según avanza nuestra vida.

Otro de los efectos acumulativos de esta desregularización del sueño, es la incapacidad de regular los neuroquímicos que estabilizan nuestro sueño y nos ayudan a pasar del sueño a los estados de vigilia. Estos neuroquímicos incluyen Galanina, que promueve el sueño y Orexina, que promueve la vigilia. Una desregularización del ritmo sueño-vigilia, suele dejar a los adultos mayores fatigados durante el día pero inquietos y nerviosos por la noche.

Lo interesante también de estas investigaciones es poder explorar intervenciones no farmacéuticas para mejorar la calidad del sueño. Según los investigadores, los medicamentos para dormir sedan el cerebro, en lugar de ayudarlo a dormir de forma natural, por lo que es una prioridad en sus líneas de investigación, encontrar mejores tratamientos para restaurar un sueño saludable de forma natural en los adultos mayores. Destacan algunas técnicas en estudio a partir de la estimulación eléctrica para amplificar las ondas cerebrales durante el sueño y los tonos acústicos que actúan como un metrónomo para ralentizar los ritmos cerebrales.

Por supuesto, no todo el mundo es vulnerable a los cambios del sueño en la edad adulta. Así como algunas personas envejecen con más éxito que otras, algunas personas duermen mejor que otras a medida que envejecen, y esa es otra línea de investigación que intentan explorar los investigadores. En todo caso, mientras todas estas investigaciones siguen avanzando, debemos intentar poner atención en nuestra cultura del sueño, no sólo en cantidad sino también en calidad.

Referencia: Bryce A. Mander, Joseph R. Winer, Matthew P. Walker. Sleep and Human Aging. Neuron. (2017) Apr 5; 94(1): 19-36. DOI: 10.1016/j.neuron.2017.02.004

 

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La contaminación del aire podría influir en las capacidades cognitivas durante el envejecimiento


Una reciente investigación sugiere que una mayor exposición a la contaminación del aire durante la infancia puede estar relacionada con un efecto perjudicial posterior sobre las capacidades cognitivas de las personas hasta 60 años más tarde.

Se trata de de un estudio del Centro de Investigación de la Demencia de Alzheimer de la Universidad de Edimburgo en Escocia, a partir de un estudio más amplio denominado Lothian Birth Cohort 1936, en el cual se ha realizado un seguimiento de un grupo de individuos que nacieron en 1936 y participaron en una encuesta de 1947 denominada Scottish Mental Survey. Desde 1999, los investigadores han estado trabajando con las cohortes de nacimiento de Lothian para trazar cómo cambia la capacidad del pensamiento de una persona a lo largo de su vida. En este estudio se ha hecho un análisis de las capacidades cognitivas de más de 500 personas que hicieron una prueba inicial sobre los 11 años y de las cuales se ha realizado un seguimiento posterior hasta los 70-80 años.

Con estos datos y los registros sobre el nacimiento y dónde había vivido cada persona a lo largo de su vida, se ha estimado el nivel de contaminación del aire que habían experimentado en sus primeros años de vida, teniendo en cuenta también factores relacionados con el estilo de vida, el nivel socioeconómico y el tabaquismo. Con todos estos datos, el equipo utilizó modelos estadísticos para analizar la relación entre la exposición a la contaminación y las habilidades de pensamiento en la edad adulta.

Los hallazgos mostraron que la exposición a la contaminación del aire en la infancia tenía una asociación pequeña pero detectable con la disminución cognitiva entre los 11 años y posteriormente a los 70-80 años.

Los investigadores mencionan que hasta ahora no se había podido explorar el impacto de la exposición temprana a la contaminación del aire sobre las capacidades cognitivas en la vida posterior debido a la falta de datos sobre los niveles de contaminación del aire antes de la década de 1990, cuando comenzó a generalizarse las mediciones de contaminantes atmosféricos.

Para este estudio, los investigadores utilizaron un modelo llamado Atmospheric Chemistry Transport Model (EMEP4UK) para determinar los niveles de contaminación, conocidos como concentraciones históricas de partículas finas (PM2.5), para los años 1935, 1950, 1970, 1980 y 1990. Ellos combinaron estos hallazgos históricos con datos modelados contemporáneos de 2001 para estimar la exposición del curso de vida de los participantes en la encuesta de Lothian.

El estudio muestra que es posible estimar la contaminación atmosférica histórica y explorar cómo esta se puede relacionar con la capacidad cognitiva a lo largo de la vida, lo que podría ayudar a reducir el riesgo de demencia para las futuras generaciones.

Referencia: Tom C. Russ, Mark P.C. Cherrie, Chris Dibben, Sam Tomlinson, Stefan Reis, Ulrike Dragosits, Massimo Vieno, Rachel Beck, Ed Carnell, Niamh K. Shortt, Graciela Muniz-Terrera, Paul Redmond, Adele M. Taylor, Tom Clemens, Martie van Tongeren, Raymond M. Agius, John M. Starr, Ian J. Deary, Jamie R. Pearce. Life Course Air Pollution Exposure and Cognitive Decline: Modelled Historical Air Pollution Data and the Lothian Birth Cohort 1936Journal of Alzheimer’s Disease, 2021; 1 DOI: 10.3233/JAD-200910

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La edad proporciona un “amortiguador” al impacto de la pandemia en la salud mental


Los adultos mayores están manejando el estrés de la pandemia del coronavirus mejor que los adultos más jóvenes, informando menos depresión y ansiedad a pesar de experimentar también una mayor preocupación general por la COVID-19, según un estudio publicado recientemente por investigadores de la Escuela de Enfermería de la UConn.

Esta investigación publicada en la revista Aging and Mental Health, sugiere que aunque se ha informado de una mayor angustia psicológica durante la pandemia, la vejez puede ofrecer un “amortiguador” contra los sentimientos negativos provocados por el impacto del virus.

Este estudio centrado en las personas mayores frente a los adultos más jóvenes, es parte de un macroestudio mayor realizado en Estados Unidos de un año de duración, sobre cómo cambia el comportamiento y las actitudes sociales, y qué factores influyen en esos cambios cuando las personas se enfrentan a la amenaza de una pandemia como la actual. El estudio está rastreando el bienestar, los sentimientos y el comportamiento de aproximadamente 1.000 individuos.

Según los investigadores, en promedio, los adultos mayores tienden a mostrar un mejor bienestar emocionalun estado de ánimo más positivo y más satisfacción con la vida que los adultos más jóvenes. Por eso, los investigadores querían analizar esta situación, con respecto al coronavirus, porque es contradictorio con el hecho de que estos tienen más probabilidades de tener complicaciones graves al padecer la COVID-19.

Si bien los investigadores encontraron una correlación positiva significativa entre la probabilidad de contraer la COVID-19 y los sentimientos de ansiedad en los encuestados del estudio entre las edades de 18 y 49, esa correlación no era tan fuerte para los participantes mayores. El hallazgo, escriben los investigadores, se alinea con otras investigaciones que muestran un mejor manejo emocional del estrés durante la vejez.

El estudio de los datos recopilados, parece mostrar una especie de amortiguación a esta edad en adultos mayores en la que, a pesar de que produce importantes preocupaciones sobre la pandemia, sin embargo no mostraban tasas más altas de ansiedad o depresión respectos a los adultos más jóvenes. Los datos sugieren que los adultos mayores pueden regular mejor sus emociones y afrontar mejor todo el estrés y la incertidumbre en este momento.

Las personas mayores parecen optar por centrarse más en los aspectos positivos del momento actual, escriben los investigadores, pero los riesgos del virus no parecen pasar desapercibidos para ellos. La edad avanzada se relacionó con una mayor preocupación por la COVID-19 y una mayor probabilidad percibida de morir si contraían la enfermedad.

Según los investigadores, los hallazgos presentan una oportunidad para que los legisladores y los responsables de salud pública aprendan de las formas en que los adultos mayores manejan el estrés y lidian con circunstancias inusuales para fomentar estrategias positivas de salud mental y conductual para otros grupos de población. Potencialmente, las prácticas o ejercicios de atención plena que se enfocan en el momento presente, en lugar de enfocarse en el futuro o preocuparse por el pasado, pueden ayudar a apoyar la salud mental de la sociedad. Sin embargo estos hallazgos no disminuyen la necesidad de apoyar a los adultos mayores para asegurarse que están manejando bien esta situación tan excepcional, ya que los adultos mayores todavía experimentan depresión y ansiedad, y no es que no se estén produciendo estas situaciones, sino que se percibe con menos intensidad que en el caso de los adultos más jóvenes.

Pero los investigadores también advirtieron que percibir un mayor riesgo de infección por la COVID-19 generalmente predice un mayor compromiso con los comportamientos de salud preventivos y que, si los adultos mayores perciben un bajo riesgo de infección, es menos probable que sigan las pautas de comportamiento destinadas a limitar la exposición potencial.

Hay que recordar que el estudio se centra en la sociedad norteamericana, por lo que hay que tener especial precaución con trasladar estas mismas conclusiones a nuestra sociedad.

Referencia: Jenna M. Wilson, Jerin Lee, Natalie J. Shook. COVID-19 worries and mental health: the moderating effect of ageAging & Mental Health, 2020; 1 DOI: 10.1080/13607863.2020.1856778

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Categorias: Aspectos socioeconómicos, COVID-19

El pensamiento positivo puede favorecer un envejecimiento saludable


Las personas que son capaces de proyectar su pensamiento de manera positiva en el futuro para verse como una persona saludable y con un proyecto vital al llegar a la edad adulta, es mucho más probable que experimenten ese resultado. La forma en que pensamos acerca de quiénes seremos en la vejez, es muy predictiva de cómo seremos aproximadamente, según muestra un estudio reciente de la Universidad Estatal de Oregón.

Estudios previos sobre el envejecimiento han encontrado que la forma en que las personas pensaban sobre sí mismas a los 50 años, podría predecir un alto porcentaje de casos sobre su estado de salud futura incluso hasta 40 años después, pudiéndose observar ese efecto tanto en eventos cardiovasculares, memoria, equilibrio, voluntad de vivir, hospitalizaciones, incluso en la propia mortalidad. Estas investigaciones han mostrado que las personas que tienen una visión positiva del envejecimiento a los 50 años viven de media hasta 7,5 años más, que las personas que no tienen esta predisposición.

Debido a que, en todas estas investigaciones previas, la autopercepción del envejecimiento se ha mostrado relacionada con muchos de los resultados de salud que se han podido seguir en el tiempo, los investigadores se propusieron en este estudio intentar comprender en qué influyen esas percepciones. Su estudio analizó específicamente la influencia de dos factores: la autopercepción como la capacidad percibida de una persona para convertirse en la persona que quiere ser en el futuro, y el optimismo como rasgo general de la personalidad.

Los investigadores midieron estos rasgos de la personalidad de los participantes mediante encuestas, pidiendo a los encuestados que comentaran en qué medida estaban de acuerdo o en desacuerdo con distintas afirmaciones. Los resultados mostraron que, como se predijo, un mayor optimismo se asoció con una autopercepción más positiva del envejecimiento, observando una correlación con su estado de salud futura.

Según los investigadores, un factor importante en la forma en que las personas se ven a sí mismas en el proceso de envejecimiento, es interiorizar los estereotipos de edad. Ejemplos de estos estereotipos incluyen la suposición de que los adultos mayores son malos conductores, o sufren problemas de memoria o ya no pueden realizar actividad física, etc. Según los investigadores, hasta los niños más pequeños ya tienen estereotipos negativos sobre las personas mayores, así que es probable que, si una persona tiene la suerte de vivir hasta la vejez y cree en esos estereotipos, es posible que se cumplan en esa persona.

Fomentar estos estereotipos pueden generar patrones de pensamiento que causan un daño real en el proceso de envejecimiento, según los investigadores. Lo que implicaría que las consecuencias negativas para la salud en la edad adulta, podrían no estar motivadas solamente desde el perfil biológico, ya que la mente y el cuerpo están completamente interrelacionados. Si una persona cree que esos pensamientos negativos van a suceder, con el tiempo, eso puede erosionar la voluntad de las personas o tal vez incluso eventualmente su capacidad para mantener unos hábitos saludables.

Una forma de mitigar esos estereotipos negativos sobre el envejecimiento sería fomentar las relaciones intergeneracionales, para que los más jóvenes puedan ver a los adultos mayores disfrutando de una vida feliz y saludable. Cuanto más estás rodeado de personas mayores, más te das cuenta de que no todo es malo. Aumentar las oportunidades para las relaciones intergeneracionales es una forma en que podríamos, como sociedad, hacer que las personas sean más optimistas sobre el envejecimiento.

Referencia: Shelbie G. Turner, Karen Hooker. Are Thoughts About the Future Associated With Perceptions in the Present?: Optimism, Possible Selves, and Self-Perceptions of AgingThe International Journal of Aging and Human Development, 2020; 009141502098188 DOI: 10.1177/0091415020981883

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Reconocernos en la población que somos (Reflexión de la investigadora Dolores Puga-CSIC)


“Cuanto antes asumamos que no volveremos a ser las poblaciones jóvenes y crecientes del pasado, antes podremos abordar la transformación de nuestros modelos de bienestar”. Esta es una de las principales reflexiones que la investigadora Dolores Puga (científica titular en el Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC) plantea en su artículo desarrollado para la plataforma Ágora* de la Fundación General CSIC (FGCSIC), en el que se afirma que la pandemia de la COVID-19 ha hecho patente la necesidad de transformar nuestros modelos asistenciales para ajustarlos a la realidad de la población envejecida de nuestra sociedad actual.

En el artículo se expone cómo la pandemia nos ha abierto los ojos a la realidad que han mostrado nuestros sistemas de cuidados de larga duración, constatando las dificultades de prevención y atención que se han podido observar durante estos meses del 2020.

Para contextualizar la situación, el artículo realiza un repaso de la evolución demográfica que ha tenido lugar en el último siglo y medio y que ha propiciado una transformación de la estructura poblacional sin precedentes, motivada por una disminución progresiva de la mortalidad a todas las edades y por el hecho de que “la longevidad humana esté aumentando a un ritmo de tres meses cada año”. Todo ello nos convierte en una población “con individuos de más edad y de más edades, en una población más compleja”. Según la Dra. Puga, debemos reconocernos en la población que somos y asumirlo lo antes posible para poder ponernos “manos a la obra” y adaptar nuestros modelos de bienestar a “las nuevas hechuras de una población envejecida”.

El artículo expone que la pandemia actual, igual que lo hicieron otras anteriores o los conflictos bélicos, dejará una huella temporal en los indicadores de supervivencia de la población (como es la esperanza de vida) durante algunos años, pero difícilmente modificará la tendencia a largo plazo en el cambio demográfico que se viene observando en el último siglo y medio. Este envejecimiento demográfico ha traído consigo un cambio en la estructura por edades de nuestras poblaciones, “incorporando nuevas edades al curso de vida colectivo” y convirtiéndonos en poblaciones más plurales y complejas, por lo que nuestro sistema de bienestar ya no se ajusta bien a esta nueva realidad, al haber sido diseñado con una estructura poblacional distinta.

Según la autora, en el debate público a menudo “se ha identificado el envejecimiento como una amenaza”, lo que ha favorecido la generación de una falsa idea de que el envejecimiento es el paso previo a la extinción y por tanto el empecinamiento, como sociedad, en intentar volver a ser poblaciones jóvenes y en buscar maneras de revertir lo irreversible. Esto ha dificultado abordar una readaptación del sistema de bienestar que nos hubiera dado mayor capacidad de enfrentar con mejor éxito esta nueva epidemia global.

Este nuevo escenario nos plantea el reto de un notable aumento de la población mayor con problemas crónicos, lo que hace necesario “transformar el actual modelo asistencial (…), un modelo centrado en el rescate, en lo agudo, en atender el episodio”, por otro que intente anticiparse para poder segmentar y predecir qué personas tendrán mayores necesidades ante un determinado riesgo como el actual y que nos permita evolucionar desde un enfoque reactivo y curativo hacia un enfoque preventivo centrado en la salud y no en la enfermedad.

En cuanto a los cuidados de larga duración, la Dra. Puga destaca el papel fundamental que tienen estos en el diseño de los sistemas de bienestar. En el caso español, se caracteriza por ir especialmente dirigido a los niveles más altos de dependencia y que en muchos casos requiere la asistencia familiar. Este modelo, según las reflexiones del artículo, debe ser adaptado para poner el acento en “las necesidades de las personas y en el cuidado en la comunidad”, para priorizar la autonomía residencial y para entender que los cuidados en instituciones deberían ser “el último eslabón en la cadena de servicios”. Es un reto que exigirá un mayor esfuerzo en servicios de prevención que combinen tecnología y apoyo personal y que permita mantener la independencia el mayor tiempo posible.

Finalmente, la Dra. Puga concluye con una reflexión sobre la baja influencia que tendrá la pandemia a largo plazo sobre el cambio de tendencia en el envejecimiento demográfico, pero llegar a “reconocernos en la población que ya somos” sería un gran aprendizaje del drama vivido en los últimos meses y una oportunidad para “mirar hacia delante y buscar sistemas nuevos para construir un mundo más seguro para todos”.

Para leer el artículo completo puede descargarse el documento PDF desde la plataforma Ágora FGCSIC

Ágora es un espacio de reflexión dirigido a la sociedad en su conjunto, en el que a través de la publicación de tribunas y artículos de divulgación se ofrece una visión fundamentada y de referencia sobre la actualidad científica y sus implicaciones económicas y sociales.

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