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El cielo cayó sobre Massachusetts (y nadie lo tenía en la agenda)
El pasado 31 de mayo, los habitantes del área de Boston oyeron un estruendo que sacudió ventanas y casas. Algunos llamaron a la policía. Otros, más imaginativos, especularon en redes sociales sobre un ataque nuclear o una invasión extraterrestre. La explicación fue más prosaica, aunque no menos espectacular: un meteorito de aproximadamente el tamaño de una pelota de baloncesto había entrado en la atmósfera a 120.000 kilómetros por hora, se había fragmentado a 65 kilómetros de altitud sobre la frontera entre Massachusetts y New Hampshire, y había liberado una energía equivalente a 300 toneladas de TNT. La NASA lo confirmó en pocas horas. El objeto, al parecer, acabó en el océano.
Una semana antes, otro boom inexplicable había sacudido Carolina del Sur. En ese caso, la NASA descartó un meteoro, aunque no llegó a identificar con certeza la causa. Dos sobresaltos en siete días. Un continente en alerta. Y luego, nada: el ciclo de noticias siguió rodando.
Lo que me llama la atención no es el evento en sí —ya escribí en 2024 sobre Tunguska, Chelyabinsk y el largo catálogo de piedras que nos caen encima— sino la reacción. O, más exactamente, su brevedad. Llevamos años inmersos en una conversación global, intensa y necesaria, sobre el cambio climático. Conferencias, acuerdos, titulares, ansiedad colectiva, manifestaciones. Y sin embargo, cuando un objeto de origen cósmico sacude literalmente los cimientos de una ciudad estadounidense, el asunto se resuelve en un par de días y desaparece. ¿Por qué?
La respuesta no es irracional. El cambio climático es un proceso continuo y medible, con consecuencias ya visibles y cada vez más costosas. Un meteorito como el de Massachusetts es un evento puntual, sin víctimas, con un objeto del tamaño de un balón de baloncesto como protagonista. La asimetría en la atención tiene cierta lógica. Pero también tiene un punto ciego.
Las probabilidades, con frialdad
Los números son los siguientes. Objetos del tamaño del meteoro de Massachusetts —algunos metros de diámetro— entran en la atmósfera terrestre varias veces al año sobre el territorio continental estadounidense, según la American Meteor Society. La mayoría pasa desapercibida porque cae sobre el océano o en zonas despobladas, o simplemente porque nadie mira arriba en ese momento. Los del tamaño de Chelyabinsk (unos 17-20 metros de diámetro, con energía equivalente a varios cientos de kilotones de TNT) ocurren, según diversas estimaciones publicadas en Nature y por la Agencia Espacial Europea, entre cada 50 y cada 150 años. El de Chelyabinsk, en 2013, hirió a más de 1.500 personas —fundamentalmente por la onda de choque y los cristales rotos— y nadie lo había detectado con antelación.
Ahí está el problema. El objeto de Chelyabinsk llegó desde la dirección del Sol, una zona ciega para los telescopios terrestres de seguimiento de asteroides. Nadie lo vio venir. Nadie dio la alerta. La primera noticia que recibieron los habitantes de una ciudad rusa de más de un millón de habitantes fue el propio fogonazo en el cielo.
¿Ha cambiado algo desde entonces? En parte, sí. En septiembre de 2022, la misión DART de la NASA impactó deliberadamente contra Dimorphos, un asteroide secundario de unos 170 metros de diámetro que orbita Didymos. El resultado superó las expectativas: el período orbital de Dimorphos se redujo en 33 minutos, cuando el objetivo mínimo era reducirlo en apenas 73 segundos. La tecnología del proyectil cinético—en esencia, enviar una nave a embestir el asteroide— funciona, al menos en ese rango de tamaños y con suficiente antelación. Investigaciones posteriores publicadas en 2026 mostraron que el impacto incluso modificó ligeramente la órbita del propio sistema Didymos alrededor del Sol, lo que valida la técnica para amenazas reales.
Pero DART requiere años de antelación para ser eficaz. Y aquí está la otra grieta: según un documento presentado ante el Congreso estadounidense en 2025, solo se han detectado siete objetos antes de su entrada en la atmósfera a lo largo de toda la historia. Siete. El asteroide 2023 CX1, por ejemplo, fue detectado apenas siete horas antes de explotar sobre Francia. En la práctica, muchos de los proyectiles cinéticos más peligrosos —los que provienen de la dirección del Sol— siguen siendo invisibles hasta el último momento.
El sesgo de las amenazas lentas
Lo anterior no es un argumento para sustituir la preocupación por el clima por la preocupación por los asteroides. Es exactamente al revés: es un argumento para entender qué tipo de riesgos somos capaces de gestionar colectivamente y cuáles tendemos a ignorar.
Tenemos un sesgo cognitivo bien documentado hacia las amenazas graduales y visibles: el nivel del mar que sube centímetro a centímetro, los veranos que se alargan, los glaciares que retroceden en fotografías comparativas. Esas amenazas merecen, y tienen, toda nuestra atención. Pero las amenazas de baja frecuencia y alto impacto —lo que los especialistas en gestión de riesgos llaman eventos HILP, high-impact, low-probability— tienden a quedar fuera del radar hasta que ocurren. El caso del asteroide 2024 YR4 es ilustrativo: en enero de 2025 alcanzó un 3,1% de probabilidad de impacto terrestre en 2032 —la más alta registrada por la NASA para un objeto de ese tamaño—, activó protocolos internacionales de la ONU, y generó cierta atención mediática. Luego las observaciones refinaron su trayectoria, la probabilidad cayó a casi cero, y el asunto desapareció igualmente del debate público.
En 2013, cuando ocurrió el suceso de Chelyabinsk, el jefe de defensa planetaria de la ESA, Richard Moissl, señaló que si se hubiese dado aviso con suficiente antelación, las autoridades simplemente habrían pedido a la población que se alejase de las ventanas y los cristales, y el número de heridos habría sido mínimo. No hacía falta deflectar nada. Bastaba con saber.
La pregunta relevante, en definitiva, no es «¿cuándo nos caerá el siguiente?» —porque caerá, la estadística es implacable—, sino «¿tenemos sistemas de detección suficientes para los objetos que vienen de donde no miramos?» Y la respuesta honesta, en 2026, sigue siendo: en muchos casos, no.
El cielo cayó sobre Massachusetts. Nadie salió herido. Y al día siguiente, todo el mundo volvió a hablar del clima.
Nota: Este post conecta con «¡Que el cielo no caiga!» (marzo 2024).
Referencias principales:
- Thomas, C.A. et al. (2023). «Orbital period change of Dimorphos due to the DART kinetic impact.» Nature, 616, 448–451. doi:10.1038/s41586-023-05805-2
- Brown, P.G. et al. (2013). «A 500-kiloton airburst over Chelyabinsk and an enhanced hazard from small impactors.» Nature, 503, 238–241.
- NASA Planetary Defense Blog (2025). Actualizaciones sobre 2024 YR4.
- Duke University Bass Connections (2026). «Asteroid Science: A Tool for Planetary Defense, Law and Policy 2026–2027.»
- NASA (2026). «DART Mission Changed Orbit of Asteroid Didymos Around Sun.» JPL/NASA, marzo 2026.
- NASA/AFP (2026). Meteor over Massachusetts, 31 mayo 2026. The Guardian / NASA statement via Jennifer Dooren.
