TSUNAMI

Los miles de muertes y la destrucción causada por el tsunami en Asia durante las Navidades del 2005 encendieron las alarmas de todos los que vivimos cerca del mar. España y Portugal, que conforman prácticamente una isla, son una de las zonas más expuestas a este riesgo en la Unión Europea. Sin embargo, los terremotos no figuran entre las catástrofes de la naturaleza que más temor despiertan entre los españoles. Salvo el sudeste, la Península Ibérica no muestra una actividad sísmica homologable a escala mundial. El terremoto que en 1884 sacudió la localidad granadina de Arenas del Rey, Granada, es el más grave del que se tiene noticia, con 900 muertos y más de 1.000 casas destruidas.


Se ha discutido hasta la saciedad si se podía haber evitado o disminuido el elevado numero de muertes causadas por el reciente Tsunami. De hecho, investigadores de la red de alerta del Pacífico intentaron ponerse en contacto con las autoridades de los países cercanos al epicentro del terremoto causante del maremoto sin conseguirlo.

La secuencia:

Ante esta situación se nos plantean al menos dos preguntas ¿Es posible que suceda esto en España? A día de hoy es imposible avisar a tiempo a las poblaciones costeras del Atlántico, evidentemente incluidas las de Galicia, del peligro de un maremoto. La tragedia del sudeste asiático encendió en España y Portugal la luz de emergencia, y el país reclama ya la puesta en marcha de un sistema de alerta precoz. Un dispositivo de aviso basado en la colocación de sensores en el océano que transmitirían información sobre la altura de las olas.  El sistema, implantado ya en la región del Pacífico, dispone de más de un centenar de sensores.

En la costa Atlántica existe un antecedente especialmente preocupante: el maremoto que destruyó Lisboa en 1755. Su origen estuvo en una falla situada en pleno Atlántico frente al territorio luso. Según algunos expertos españoles “la falla denominada Marqués do Pombal podría perfectamente desencadenar un tsunami. Ya lo hizo en 1755 y ocasionó alrededor de 60.000 víctimas”.  El tsunami que afectó a Japón a mediados de los años 80 fue ocasionado por un terremoto que ocurrió en Valparaíso (Chile). En aquella ocasión hubo tiempo para reaccionar, porque la ola  cuya velocidad oscila entre 500 y 700 kilómetros por hora atravesó todo el Pacífico, nada menos que 5.000 kilómetros.

Además de disponer de un sistema de sensores, la población debe estar entrenada para actuar. Un ejemplo es el de la niña inglesa que, al haber estudiado los tsunamis recientemente en clase, salvó la vida de 100 turistas.

Recientemente se cumplió el 250 aniversario del terremoto de Lisboa. Al filo de las 10 de la mañana del 1 de noviembre de 1755, día de Todos los Santos, las iglesias de Portugal y del sur de España estaban abarrotadas de personas que se vieron sorprendidas por la mayor catástrofe natural conocida en la historia de Europa. Un terremoto de 8,7 grados en la escala Richter sacudió la tierra durante 120 segundos. Dos réplicas del temblor sobrevinieron dos horas y diez minutos después. El terremoto destruyó la mayoría de los edificios de Lisboa, arrasada luego por las llamas de un incendio. Alrededor de 50.000 de sus 230.000 habitantes murieron. El temblor sacudió también España. El 85 por ciento de los edificios de Sevilla, incluida la Torre del Oro, resultaron dañados.

Pero lo peor fue un devastador tsunami originado por el gran terremoto. Olas de 10 metros arrasaron el  Golfo de Cádiz y el norte de Marruecos. En Ayamonte hubo más de mil muertos y Conil quedó destruido. La conmoción social desencadenada por la tragedia fue tan dura que llegó a pensarse, dado que la mayoría de las víctimas se encontraban en el interior de iglesias, en una especie de castigo divino. En Cádiz, el mar rompió los lienzos de las murallas desplazando piezas de sillería de 8 a 10 toneladas, e invadió la población hasta 3 veces con intervalos de 6 minutos. Hubo numerosas víctimas. También se produjeron daños en el muelle y el hundimiento de un barco. El Gobernador de Cádiz ordenó el cierre de las murallas, y con ello salvó la vida a miles de personas.

Del mismo modo, en los pueblos de la provincia se sintió el terremoto. Conil, Sanlúcar de Barrameda, Puerto de Santa María, Jerez de la Frontera… sufrieron desperfectos en los edificios y numerosas víctimas.

Fuera de la Península la ola gigante causó daños en la costa occidental de Marruecos, desde Tanger hasta Agadir, donde el mar rebasó las murallas y provocó muchas víctimas. El tsunami alcanzó con menor intensidad la costa de Francia, Gran Bretaña, Irlanda, Bélgica y Holanda. Se tiene noticia de que la ola cruzó el Atlántico y alcanzó las Antillas por la tarde. Informes recogidos de Antigua, Martinica y Barbados hablan de que el mar subió más de un metro con grandes olas.

Ante cualquier catástrofe natural la pregunta es obligada. ¿Cuándo ocurrirá de nuevo?. No hay que ser muy sagaz para darse cuenta del riesgo que se cierne sobre la costa suroeste peninsular, por más que la tragedia descrita ocurriera hace casi tres siglos. En sismología la estadística es muy importante, y siempre hay una fecha más o menos prevista para un “big one”.

Áreas directamente afectadas por el maremoto de 1755, como el Algarve portugués o la costa onubense y gaditana; están hoy ocupadas por una sucesión de complejos turísticos en una zona de costa llana, sin elevaciones, que harían aún más devastadores los efectos de un tsunami.

¿Estamos preparados?

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