El dolor del bogavante

Hasta ahora se pensaba que los crustáceos no experimentaban dolor, porque sus sistemas nerviosos no eran lo suficientemente complejos. Recientemente se ha descubierto que tal vez las gambas, el bogavante y otros crustáceos experimentan dolor cuando acaban en el puchero o la sartén.

Un grupo de científicos echó ácido acético (del vinagre) a parte de las antenas de 144 gambas. Inmediatamente, las criaturas empezaron a frotar las antenas afectadas, pero no las demás, lo que, “es consistente con la interpretación de la experiencia del dolor”.

Lógicamente, el hecho de sentir dolor resulta crucial incluso para los animales más primitivos porque les permite cambiar de comportamiento tras una experiencia dañina y aumenta sus posibilidades de supervivencia.

Sin embargo, otros científicos no están de acuerdo, y señalan que la respuesta observada en las gambas puede significar simplemente que el crustáceo trataba de limpiar las antenas y no que sintiese dolor.

Otros afirman, que la mayoría de los animales poseen receptores que responden a substancias irritantes ya que un organismo unicelular puede detectar una substancia amenazadora y retroceder. Pero eso no significa que sienta dolor.

Esto del sufrimiento de los animales que nos comemos no es ninguna tontería y recientemente se suspendió en La Casa de América una obra de teatro porque el protagonista cocinaba y se comía un bogavante sobre el escenario. La obra “Accidens” ya se había estrenado en Italia, donde el actor acabó denunciado por la Liga Antivivisección por ‘torturador’.

Desde hace años en EE.UU. se debate sobre la manera más humana de matar a los bogavantes. El asunto constituye un dilema ético y divide a un sector de la comunidad científica y activistas de los derechos de los animales quienes sostienen que cocinar vivos a esos crustáceos es “una crueldad inaceptable”

De hecho el consenso es el siguiente.

1. Poner al bogavante en la nevera para adormecerlo.

2. Mantener el bogavante boca arriba y poner el cuchillo entre las dos patas anteriores.

3. Clavar el cuchillo a fondo. No hace falta romper el caparazón dorsal.

No cuesta nada intentar hacer las cosas bien aunque dudemos sobre la posible percepción de dolor por parte del bogavante y otros animales.

Otra alternativa es la hipnosis.

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