Ostras, virus y rock and roll…

La tradición popular sostiene que las ostras despiertan nuestro apetito sexual, pero lo que es seguro es que nosotros dificultamos la reproducción de estos moluscos. En palabras de Antonio Figueras, parece que no nos diéramos cuenta de que “lo que se va por el desagüe acaba en un animal”.

Parte de los disruptores endocrinos que las personas utilizamos -como la píldora anticonceptiva-, no se eliminan en las depuradoras de agua y llegan al mar con consecuencias desastrosas. Estos desechos dañan la capacidad reproductora de las ostras y otros moluscos, les feminizan, masculinizan o directamente les impiden la reproducción. “Este no es ya sólo un problema de contaminación, sino de biodiversidad”, sentencia Figueras.

Un afrodisiaco con herpes

En algunos lugares de Europa los cultivadores de ostras y ‘gourmets’ tienen aún más motivos para preocuparse por las ostras. En Francia, un meticuloso herpevirus ha acabado con casi total desaparición de la ostra japonesa o rizada. El herpes OsHV-1 llegó a las costas del país vecino en 2008 y arrasó con la población joven de ostras. En otros países europeos, como Holanda o Gran Bretaña, también se han detectado casos de la enfermedad.

Las ostras afectadas por el herpevirus murieron, pero el virus no se irá jamás. Esta peligrosa enfermedad “entra en el ecosistema marino y ya no sale”, explica Antonio Figueras, profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Investigaciones Marinas de Vigo. Aunque eliminásemos a todos los animales afectados por el virus, éste podría seguir existiendo en otras especies, que actuarían como reserva a la espera de nuevos sujetos a los que atacar.

Malos tiempos para las ostras

La mortalidad de ostras por OsHV-1 se suma una situación global ya de por sí desangelada para estos moluscos. Un estudio publicado en la revista ‘BioScience’ y liderado por Michel W. Beck estima que hemos perdido un 85% de las poblaciones naturales de ostras que una vez tuvimos.

En España y Francia, la ostra plana (‘Ostrea Edulis’) sucumbió a dos parásitos protozoos en los años 70 y 80. Los responsables se llamaban ‘Marteilia refringens’ y ‘Bonamia ostreae’ y fueron la causa de que los cultivadores de ostras franceses introdujesen en sus aguas a otra clase de ostra, la desafortunada ostra rizada que ahora se rinde ante el herpevirus. En España apenas se intodrujo a este molusco, por miedo a que pudiera perjudicar a nuestro preciado mejillón -somos el segundo productores mundial de mejillón-.

Reproducción de un artículo de Henar Mejías aparecido en el suplemento Eureka de El Mundo.

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